feb 26 2014

IV Festival Internacional de Magia de Madrid

A estas alturas parece que lo único posible con esta crisis que vivimos es hacerla desaparecer por arte de magia. ¿Se puede hacer algo así? Claro que sí.
Imaginen. Unos jovencitos llegados de Holanda nos empujan a la risa más sincera con trucos imposibles que van desde volar dentro de una caja de cartón hasta aparecer y desaparecer de y en lugares imposibles. Ted Kim, un muchacho coreano con pinta de haber salido de un vídeojuego, nos arrastra a un mundo lleno de color y sorpresas en el que el dibujo de una manzana es, en realidad, una deliciosa pieza de fruta; un mundo original sin primas de riesgo. La pareja formada por Scoot & Muriel, americanos ellos, parten por la mitad al que se acerca con una máquina infernal y, voilà, no pasa nada; todos contentos. Charlie Mag hace milagros; con peces y palomas; casí, casí, consigue lo de los peces y… los panes. Norbert Ferré, gabacho bueno (lo dice él y no yo que soy inocente) se ríe de sí mismo, del que le mira; y a la vez consigue que el mundo desaparezca para que sólo quede su público, sus cartas y él mismo. Y, por si era poco, Jorge Blass echa a volar como si tal cosa. Bye, bye, crisis.
El IV Festival Internacional de Magia de Madrid es, sencillamente, un espectáculo fabuloso. El público entra en la carpa del Circo Price y, durante dos horas, no es capaz de pensar en nada que no sea magia. El ritmo es arrollador. Tan sólo nos dan un respiro cuando el narrador (un niño que hace su trabajo con solvencia y con el desparpajo de alguien mucho mayor) presenta el siguiente número o trenza el hilo argumental que quiere soportar el espectáculo.
Tal vez el artista que desentona algo es Charlie Mag. No es que sea un mal mago; en absoluto. Pero sí está en la periferia de un conjunto muy sólido formado por el resto de magos. Excesiva solemnidad y magia, aunque original, con cierto acento anejo. En cualquier caso, no es fácil hacer aparecer peces de colores donde debería haber pichones.
Todos están muy bien, provocan que sintamos ese desconcierto que sólo te abruma ante lo inexplicable. Pero, sin duda alguna, son Norbert Ferré y Jorge Blass los que logran niveles extravagantes. Si Jorge Blass (director del festival) presenta unos trucos fabulosos y le echa una buena dosis de humor a su trabajo; Ferré es la elegancia pura. El que escribe nunca había visto una cosa igual. Pelotitas de colores y una baraja de cartas. No le hace falta nada más. Además, provoca grandes carcajadas con sus bromas y su lenguaje corporal.
Vivir en Madrid y no acercarse al Circo Price para asistir a este espectáculo no puede ser.
Ah, cuando se vayan ustedes a casa, se encontrarán con una agradable sorpresa. Los magos le esperarán en la puerta para que puedan hablar con ellos.


feb 26 2014

Alceste: Falsa modernidad

Alceste, la ópera de Christoph Willibald Gluck, es una obra excelente en la que la innovación es absoluta respecto a lo que se componía en el momento en que este autor la escribió. Es el drama lo que manda y no una partitura que busca lucimientos o un libreto vacío que sirve para el entretenimiento. El resultado es una ópera importante.
Pero vivimos en el siglo XXI y cada director de escena puede interpretarla como le viene en gana o como buenamente puede.
El Teatro Real de Madrid presenta Alceste dentro de una programación que corresponde a la era Mortier. Y se nota. Ya lo creo que se nota. Esta vez el director de escena es Krzysztof Warlikowski. La propuesta resulta desconcertante siempre, absurda a veces, práctica e inteligente en algunos aspectos. Por tanto, la producción resulta irregular y no termina de funcionar bien.
Warlikowski utiliza bien los medios técnicos de los que dispone el Teatro Real de Madrid. Con ello soluciona un problema que tiene que ver con los cambios espacio temporales que plantean Gluck y su libretista Marie Francois-Louis Gand Le Blanc du Roullet. A base de plataformas móviles que ocupan el escenario, de subir o bajar estructuras y un buen uso de la iluminación, todo nos lleva de un lugar a otro sin problemas. Sin embargo, el trasiego de actores y actrices de un lado a otro del escenario mientras la partitura avanza sin que tengan que cantar, o lo que se inventa Warlikowski sin razón lógica aparente, se convierte en un pequeño caos o en un toque de falsa modernidad que amenaza con cargarse la obra en su conjunto. Nos encontramos con varios momentos que difícilmente podemos encajar sin una buena dosis de generosidad. Momento Star Wars que comienza con una imagen divina que sostiene un fluorescente a modo de espada láser (esa es la sensación). Más tarde, el actor que encarna esa imagen (un cantante bastante limitado y que corretea por el escenario sin mucho ton y menos son) también lleva el fluorescente en la mano. Momento cañí que arranca con el coro dando palmas y que parece estar dando ánimos a un equipo colegial de baloncesto. Pero la que se arranca de verdad es la madre de todas las madres zapateando y tratando de bailar con gracia. Sin conseguirlo. Lo peor no es eso. El gran problema es que por más que uno piense a qué viene algo así no da con la solución. Los hijos de Alceste también bailan algo parecido al finalizar la obra. Debe ser que Warlikowski quiere dejar constancia que la estirpe continúa adelante. En cualquier caso, es difícil de digerir incluso siendo generoso y buscando simbologías. O las inventas o no hay nada que hacer. Momento The Walking Dead que consiste en que los muertos se levantan temblando y terminan haciendo diferentes cosas. Para ser justo diré que lo hacen muy bien. El problema es que, aun siendo lo que más sentido tiene de todos estos inventos, no termina de encajar en lo que representa la ópera. Al comenzar, nos encontramos con otro momento. Este es el momento Lady Di. Se proyecta un vídeo de la entrevista que Alceste protagoniza para, suponemos, la cadena de televisión Zeus Tv. Se intenta fijar la trama y el mito. Y no está mal, pero todo rechina por esa intuición colectiva que nos han marcado a fuego los medios de comunicación. El trabajo audiovisual firmado por Denis Guéguin no es nada del otro mundo ni en este primer momento ni más adelante. Por otra parte, hay un momento en que los actores se mueven por el escenario viviendo conflictos. Celos, alcohol, lágrimas incontrolables y cosas así. Debería saber el director de escena que, a veces, es mejor dejar a los actores y actrices quietecitos porque la partitura y el libreto ya rebosa conflicto. Todo lo que no sea eso parece que puede sobrar y si el reparto sobreactúa de forma ridícula mejor evitarlo.
Willard White está estupendo. Ángela Denoke logra momentos bellísimos. El resto de cantantes correctos. El coro como siempre, muy bien. No es esta una partitura que deje espacios para el lucimiento de los cantantes.
La dirección musical de Ivor Bolton, aun estando a un gran nivel, no parece estar ajustada al máximo. Sobre todo en los momentos en los que debe buscar la conexión de la partitura con el coro.
En fin, cosas buenas, cosas que no los son tanto, falsa modernidad, momentos de todos los colores y una sensación extraña que lleva a formularse una pregunta: Pero aquí ¿qué ha pasado?
© Del Texto: Nirek Sabal