feb 23 2014

Cara de ángel: Influencias del cine en una mujer

Desde sus inicios, el cine en Hollywood se presenta como una fábrica de productos para ser consumidos por las masas. Manufacturas, de la que es considerada, la primera industria cultural en la historia de la humanidad.
La exportación de mercancías culturales, es una de las fuentes más importantes de acumulación de capital y de beneficios mundiales para el mercado económico norteamericano y, casi ha desplazado a las exportaciones de bienes manufacturados más clásicos.
(Extraído del interesante artículo, de Sergio Zadunasky: “We speak (and think) in English).

Muy grande, ha sido la influencia del cine norteamericano en mi vida. Intentaré ser ordenada en el relato de los hechos. Mi amiga María Algara, se burla de mí, porque en Facebook, solo comparto fotos de actores y actrices que, ya han pasado a mejor vida. Pero antes, una pequeña reflexión de gran calado: ¿Hace falta, realmente, estar muerto/a para ser considerado divo o diva? Yo creo que sí.
Toda mi vida, me he esforzado en parecerme a esas mujeres fatales, buenas y malas, que aparecían en las pelis en blanco y negro que tanto me fascinan.
La primera que me viene a la cabeza, es Jean Simmons, en Cara de Ángel, dirigida nada más y nada menos que, por Otto Preminger, allá por el año 1952. Ella es Diana, una malvada hijastra, millonaria, delicada y sensual que, intenta engañar a su chófer, el apuesto Robert Mitchum, para ella, un empleado más, conduciéndole a un viaje al infierno, sin retorno.
No me costó demasiado, dejarme unas cejas parecidas a las suyas: Forma muy definida y mucha personalidad, ya que las mías también son bastante pobladas. Lo del flequillo muy corto, dejando respirar a ese par de cejas, sólo fue cuestión de tijeras.
Ahora viene lo más difícil: FUMAR. Sí, porque aunque a casi todo el mundo, fumadores y no fumadores, les parezca algo malo, yo, por mi influencia cinéfila, siempre he encontrado glamurosa esta práctica.Si me tragaba el humo tres veces seguidas, me mareaba y, a la cuarta, me entraban ganas de vomitar. Intentaron intimidarme: aunque no me tragase el humo, si lo dejaba alojado en mi boca, podría acabar con algún tumor maligno en esa zona, pero este, tampoco fue el motivo…
Lo peor del mundo mundial, en relación a mí y, a ese afán por querer imitar, fue mi torpeza y mi pinta de pardilla. Llegué a una dolorosa conclusión: jamás sería, ni de cerca, tan estilosa como la Garbo, la Gardner o la Bacall, con sus sensuales maneras de seducir fumando.
Aún me quedaba enfrentarme a otro gran reto: CONDUCIR. Yo soñaba con ser como ellas, conduciendo un impresionante descapotable de enorme volante por la pacífica (entre comillas), costa de Los Ángeles, huyendo de algún peligro o al encuentro de algún amante furtivo, con fular en ristre, a lo Grace Kelly.
Cuando empecé con mis clases prácticas, allá por los cuarenta (los cuarenta años de edad, I meant), embarazada de casi ocho meses, (me gusta dejar todo para el último momento), el profe de autoescuela, me regañaba, sí, por ese vicio adquirido viendo películas de cine negro.
El no entendía por qué, yo movía el volante con ese ligero balanceo, cuando uno va en línea recta, como el que hacían mis divas. Como este profe, no destacaba precisamente por sus buenas formas, y yo, debía estar sensiblona, por mi estado, decidí abandonar ese estilo hollywoodiense y empezar a conducir como la gente normal.
Para acabar, sé que dos bodas, no son suficiente para ser considerada una diva, aunque tampoco haga falta casarse 8 ó 9 veces, como la Taylor. Mi amigo Juanjo me incitaba, a que si no me casaba tres veces, habría fracasado. Tampoco es cuestión de hacer mi vida añicos por el cine, me considero una persona bastante feliz, especialmente después del golpe en la cabeza contra un bordillo. Desde entonces, lo veo todo mucho más claro, pero esa, es otra cuestión…
En fin, que nunca es tarde. Quizá cuando sea una viejecita, arrugadita y flaca, al salir de mi lujoso apartamento, del Upper East Side de New York, del brazo de mi atractivo y amanerado secretario, enfundada en un clásico Channel azul marino, algún que otro transeúnte, se detendrá a mirarme y se preguntará: “¿Qué fue de Baby Jane?”. That’s all Folks!
© Del Texto Mar Franco


feb 23 2014

Stockholm: Los extremos de la juventud

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena.
Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos.
El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en cada frase sin conseguirlo del todo. Es durante la segunda parte -llega la luz del día para que las verdades y las mentiras se mezclen- cuando el guión saca músculo y consigue que la película se eleve a gran altura. Si algo podía oler a imitación o a algodón de azúcar, se disipan las dudas. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, echan el resto con gracia y, esta vez, una gran dosis de inteligencia. Sin altibajos.
Los actores protagonistas (que casi son los únicos actores de la película puesto que las intervenciones de otros son cortas y sin importancia) están muy, muy, bien. Javier Pereira mantiene su personaje a gran altura durante todo el metraje. Creíble y muy contenido incluso cuando los momentos son especialmente delicados e invitan a la exageración. Aura Garrido, con un papel muy exigente, se mete en el bolsillo a los espectadores con rapidez. Durante la segunda parte de la película, su trabajo es formidable.
Pues bien, todo esto ha sido posible a la aportación económica de muchas personas. El presupuesto con el que contó Sorogoyen era mínimo. La rentabilidad que le han sacado a cada euro es máximo. Stockholm es una muestra de cómo se pueden hacer las cosas cuando el buen cine manda en el proyecto. Da gusto comprobar cómo la gente joven se abre camino sin miedos, con ideas nuevas, y la pasión por el cine como arma definitiva.
Una grata sorpresa. Porque el buen cine siempre lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal