La herida: Lo brusco

Ahora que ya sabemos quiénes ganaron qué Goya, me parece bastante justo que el premio a Mejor Película no se lo haya llevado La herida, del mismo modo que digo que también me parece justo que el premio a Mejor actriz protagonista sí se lo haya llevado Marian Álvarez por interpretar a Anita, la chica atormentada de La herida. O la chica herida, para decirlo de una vez.
En pleno Goyas, la Sala Berlanga está pasando las películas candidatas (o ya podemos decir las vencedoras y vencidas) a solo tres euros la entrada. Esta oportunidad se acaba el próximo domingo 16 de febrero.
La herida, que fui a ver a la mencionada sala de cine de la calle Andrés Mellado, comienza bien: un prolijo guión que dedica los primeros cinco minutos, o tal vez siete o diez, a la presentación del personaje: vemos a Ana, observamos que trabaja abordo de una ambulancia, entendemos que está perturbada, sabemos que es un personaje que tiene una necesidad dramática aunque todavía no sepamos bien cuál es, y eso nos gusta más. Nos atrapa como espectadores, nos emociona, nos acomodamos en la butaca. Terminan estos minutos de presentación, funde la pantalla a negro e imprime título: LA HERIDA, así escrito en mayúsculas, y tensiona y queremos saber más.
Entonces sigue la película: vemos que está perturbada, que vive con su madre, conocemos a su compañero de trabajo, y observamos una cierta rutina patética en su vida: llegar del trabajo, chatear, su madre que llega más tarde y le pregunta si ya cenó y la respuesta siempre idéntica (afirmativa) de ella. Luego, algo de su ritual autodestructivo y adictivo. Su culpa, autocastigo. Y vuelta a empezar. Un padre ausentado. Un reencuentro con el padre. Una madre un tanto pasiva aunque no me atrevo a criticarla. Un novio, un ex novio, un amigo virtual. Algunas noches de alcohol. Y de nuevo: la ambulancia, el compañero de trabajo. Y así, y así.

No sabemos mucho de Ana, porque toda la película se queda en esos diez minutos iniciales. Es como una gran presentación del personaje: que está perturbada, ya lo entendimos. Pero no hay historia. Ni pasada ni presente. La película nunca estalla. Es cierto que hay un salto temporal y que el personaje ha avanzado o crecido en ese período. Pero nada cambia mucho. La película se mueve igual. Algo sí es destacable: que a pesar de su perturbación, Ana es dedicada, sensible y se entrega a lo más humano, su profesión es admirable, es humana y llana, es sincera cuando sonríe y tiene luz en los ojos cuando se le ven los dientes. Espeluznan las escenas de contraste cuando pasa de la sonrisa y esa luz a su oscuridad y la rigidez de las facciones de su rostro. Ese juego de contrastes me parece interesante y destacable. De lo humano al monstruo, pero más un auto-monstruo. Ella es destructiva con ella y no sabemos cuánto tienen que ver los demás en todo esto. También, a pesar de que la película no se esmera en tratar a fondo nada, creo que un tema en ella es la soledad: en la Ana humana hay una necesidad terrible de otros humanos. Una búsqueda de ellos (una búsqueda activa) y una decepción dolorosa detrás de cada encuentro o rechazo. Estamos solos, pienso. Esa es una herida, no solo las literales, las que se ven sobre la piel lastimada.
Es evidente: sin una buena actriz, lo poco que tiene para funcionar esta película no habría funcionado. Cuando acabó la peli, la chica que estaba sentada en la butaca de mi lado derecho exclamó ¡jodeme! A mí no me sorprendió el final ni esperaba más: era evidente que así como bruscamente había fundido a negro para imprimir el título, iba a fundir a negro para imprimir el reparto. En ese sentido, lo brusco funciona de maravillas en la película, que acaba de la única manera posible: de pronto, porque si no, seguiría al infinito, y así, y así.
© Del Texto: Flor Bea


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