La última llamada:

No descubro nada si digo que sólo sorprende lo que no se conoce y llega de forma inesperada. Pues bien, algo tan simple no parecen saberlo algunos guionistas de cine. Resulta patético e irritante que alguien se quede tan ancho después de intentar colar una idea vieja y gastada como si fuese la gran novedad cinematográfica.
La última llamada es una película que arranca bien. Muy bien. La primera media hora resulta electrizante, inquietante. Todo funciona a las mil maravillas. Los encuadres son los que tienen que ser, el ritmo narrativo es espléndido, Halle Berry está bien, el guión se mantiene a un nivel más que notable. Pero claro, la imaginación del guionista se queda sin fuelle y eso, en cine, no puede ocurrir. Si el guión se viene abajo todo tiende a desplomarse como un castillo de naipes. En La última llamada llega un momento en que los intentos de giro argumental se convierten en un insulto a la inteligencia por ser previsibles y chapuceros. Del mismo modo que la tensión te ha pegado a la butaca durante un buen rato, las ganas de salir corriendo se hacen irresistibles con esas trampas tan evidentes.
La cámara del director Brad Anderson (excelente en sus series; irregular en la gran pantalla), sigue en un sitio privilegiado, pero da igual; el desastre arrolla todo lo que encuentra a su paso.
La última llamada cuenta cómo viven un par de situaciones terribles en el centro de llamadas de emergencia de la policía. Un tarado, un par de jovencitas y la operadora (Halle Berry), son los ingredientes fundamentales. Lo terrible del argumento en su arranque es angustioso. Hasta que la cosa se convierte en una idiotez. El desenlace es, sencillamente, bochornoso.
Una pena de trabajo porque con un poquito de imaginación todo hubiera sido estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal


Comentarios cerrados.