feb 27 2014

Her: La soledad humana

Después de Where the Wild Things Are, Spike Jonze nos trae Her, tan conmovedora como la anterior e igual de triste y melancólica a la vez. Es curioso, porque las historias no tienen nada que ver a primera vista, pero yo encuentro una palabra para unirlas: soledad, a pesar de que los dos protagonistas encuentran compañías por fuera de lo humano. Supongo que uno no puede prever los inconvenientes de la soledad, dice Sartre en La náusea, y aunque me parece una frase perfecta y cierta, aquí tampoco se podrán prever los inconvenientes de las compañías.
Theodore (Joaquin Phoenix) está solo porque se separó de su esposa y eso no deja de dolerle aunque con la cara apoyada en la almohada y lágrimas en las mejillas aguarde a que llegue ese momento en que acabe, termine de doler. Está solo porque su vida ha quedado vacía. Tiene un trabajo casi envidiable pero tan triste, en un punto, como su soledad: escribe cartas a clientes que contratan los servicios de esta empresa para que escriban por ellos y así lograr cometidos o asegurarse llegar al corazón (cartas de amor, a los abuelos, y más, no hay límites en estos encargos). Entonces, Theodore puede y es capaz de decir preciosas palabras de amor aunque los sentimientos sean en realidad ajenos, aunque las palabras sean a cambio de dinero y por encargo. Está solo porque eso que gestiona tan bien para otros no parece hacerse realidad en la propia vida; más bien al contrario: su ex mujer le asegura que no puede gestionar emociones. Está solo porque está impregnado de una nostalgia de la compañía: Hay algo que se siente muy bien sobre compartir tu vida con alguien, dice.

Hasta que se enamora del sistema operativo de su ordenador (voz interpretada por Scarlett Johansson), comienza un romance con ella y entonces le cambia el modo de estar en el mundo, y le cambia la expresión de la cara: el Theodore solo tiene el ceño fruncido en casi todas las escenas, pero cuando está enamorado y de novio, sonríe, permanentemente sonríe. Es raro que un hombre solo tenga ganas de reír, otra vez Sartre.
Y aquí empieza la película: en esta peculir relación entre una persona y ella, que es virtual, que es una voz, pero que lo ama como nunca amó a nadie, pero tiene sexo, pero siente celos, pero se pregunta cómo es tener un cuerpo. O sea: pero existe.
Los inconvenientes de estas compañías tendrán que ver con los universos distintos de los que provienen o peor aun, habitan. Mientras uno corresponde al mundo de los mortales en el que el amado necesita sentirse único, el otro habita un universo virtual donde las velocidades y las cantidades son impensables en este mundo físico, y entonces se es capaz de dialogar con más de 4000 personas a la vez o tener una relación con más de 600… Si eres el preferido, ¿para qué quieres ser el único?, pregunta un personaje del escritor mexicano Juan Villoro. Bueno, supongo que para no caer en otro tipo de soledad y perder la sonrisa adquirida, como le sucede a Theodore ante la revelación de esos números; no, al menos, hasta que no tenga razones peores, aun peores, como volver a ser abandonado y estar otra vez solo, solo y serio, en la vieja y conocida soledad.
© Del Texto: Flor Bea


feb 26 2014

IV Festival Internacional de Magia de Madrid

A estas alturas parece que lo único posible con esta crisis que vivimos es hacerla desaparecer por arte de magia. ¿Se puede hacer algo así? Claro que sí.
Imaginen. Unos jovencitos llegados de Holanda nos empujan a la risa más sincera con trucos imposibles que van desde volar dentro de una caja de cartón hasta aparecer y desaparecer de y en lugares imposibles. Ted Kim, un muchacho coreano con pinta de haber salido de un vídeojuego, nos arrastra a un mundo lleno de color y sorpresas en el que el dibujo de una manzana es, en realidad, una deliciosa pieza de fruta; un mundo original sin primas de riesgo. La pareja formada por Scoot & Muriel, americanos ellos, parten por la mitad al que se acerca con una máquina infernal y, voilà, no pasa nada; todos contentos. Charlie Mag hace milagros; con peces y palomas; casí, casí, consigue lo de los peces y… los panes. Norbert Ferré, gabacho bueno (lo dice él y no yo que soy inocente) se ríe de sí mismo, del que le mira; y a la vez consigue que el mundo desaparezca para que sólo quede su público, sus cartas y él mismo. Y, por si era poco, Jorge Blass echa a volar como si tal cosa. Bye, bye, crisis.
El IV Festival Internacional de Magia de Madrid es, sencillamente, un espectáculo fabuloso. El público entra en la carpa del Circo Price y, durante dos horas, no es capaz de pensar en nada que no sea magia. El ritmo es arrollador. Tan sólo nos dan un respiro cuando el narrador (un niño que hace su trabajo con solvencia y con el desparpajo de alguien mucho mayor) presenta el siguiente número o trenza el hilo argumental que quiere soportar el espectáculo.
Tal vez el artista que desentona algo es Charlie Mag. No es que sea un mal mago; en absoluto. Pero sí está en la periferia de un conjunto muy sólido formado por el resto de magos. Excesiva solemnidad y magia, aunque original, con cierto acento anejo. En cualquier caso, no es fácil hacer aparecer peces de colores donde debería haber pichones.
Todos están muy bien, provocan que sintamos ese desconcierto que sólo te abruma ante lo inexplicable. Pero, sin duda alguna, son Norbert Ferré y Jorge Blass los que logran niveles extravagantes. Si Jorge Blass (director del festival) presenta unos trucos fabulosos y le echa una buena dosis de humor a su trabajo; Ferré es la elegancia pura. El que escribe nunca había visto una cosa igual. Pelotitas de colores y una baraja de cartas. No le hace falta nada más. Además, provoca grandes carcajadas con sus bromas y su lenguaje corporal.
Vivir en Madrid y no acercarse al Circo Price para asistir a este espectáculo no puede ser.
Ah, cuando se vayan ustedes a casa, se encontrarán con una agradable sorpresa. Los magos le esperarán en la puerta para que puedan hablar con ellos.


feb 26 2014

Alceste: Falsa modernidad

Alceste, la ópera de Christoph Willibald Gluck, es una obra excelente en la que la innovación es absoluta respecto a lo que se componía en el momento en que este autor la escribió. Es el drama lo que manda y no una partitura que busca lucimientos o un libreto vacío que sirve para el entretenimiento. El resultado es una ópera importante.
Pero vivimos en el siglo XXI y cada director de escena puede interpretarla como le viene en gana o como buenamente puede.
El Teatro Real de Madrid presenta Alceste dentro de una programación que corresponde a la era Mortier. Y se nota. Ya lo creo que se nota. Esta vez el director de escena es Krzysztof Warlikowski. La propuesta resulta desconcertante siempre, absurda a veces, práctica e inteligente en algunos aspectos. Por tanto, la producción resulta irregular y no termina de funcionar bien.
Warlikowski utiliza bien los medios técnicos de los que dispone el Teatro Real de Madrid. Con ello soluciona un problema que tiene que ver con los cambios espacio temporales que plantean Gluck y su libretista Marie Francois-Louis Gand Le Blanc du Roullet. A base de plataformas móviles que ocupan el escenario, de subir o bajar estructuras y un buen uso de la iluminación, todo nos lleva de un lugar a otro sin problemas. Sin embargo, el trasiego de actores y actrices de un lado a otro del escenario mientras la partitura avanza sin que tengan que cantar, o lo que se inventa Warlikowski sin razón lógica aparente, se convierte en un pequeño caos o en un toque de falsa modernidad que amenaza con cargarse la obra en su conjunto. Nos encontramos con varios momentos que difícilmente podemos encajar sin una buena dosis de generosidad. Momento Star Wars que comienza con una imagen divina que sostiene un fluorescente a modo de espada láser (esa es la sensación). Más tarde, el actor que encarna esa imagen (un cantante bastante limitado y que corretea por el escenario sin mucho ton y menos son) también lleva el fluorescente en la mano. Momento cañí que arranca con el coro dando palmas y que parece estar dando ánimos a un equipo colegial de baloncesto. Pero la que se arranca de verdad es la madre de todas las madres zapateando y tratando de bailar con gracia. Sin conseguirlo. Lo peor no es eso. El gran problema es que por más que uno piense a qué viene algo así no da con la solución. Los hijos de Alceste también bailan algo parecido al finalizar la obra. Debe ser que Warlikowski quiere dejar constancia que la estirpe continúa adelante. En cualquier caso, es difícil de digerir incluso siendo generoso y buscando simbologías. O las inventas o no hay nada que hacer. Momento The Walking Dead que consiste en que los muertos se levantan temblando y terminan haciendo diferentes cosas. Para ser justo diré que lo hacen muy bien. El problema es que, aun siendo lo que más sentido tiene de todos estos inventos, no termina de encajar en lo que representa la ópera. Al comenzar, nos encontramos con otro momento. Este es el momento Lady Di. Se proyecta un vídeo de la entrevista que Alceste protagoniza para, suponemos, la cadena de televisión Zeus Tv. Se intenta fijar la trama y el mito. Y no está mal, pero todo rechina por esa intuición colectiva que nos han marcado a fuego los medios de comunicación. El trabajo audiovisual firmado por Denis Guéguin no es nada del otro mundo ni en este primer momento ni más adelante. Por otra parte, hay un momento en que los actores se mueven por el escenario viviendo conflictos. Celos, alcohol, lágrimas incontrolables y cosas así. Debería saber el director de escena que, a veces, es mejor dejar a los actores y actrices quietecitos porque la partitura y el libreto ya rebosa conflicto. Todo lo que no sea eso parece que puede sobrar y si el reparto sobreactúa de forma ridícula mejor evitarlo.
Willard White está estupendo. Ángela Denoke logra momentos bellísimos. El resto de cantantes correctos. El coro como siempre, muy bien. No es esta una partitura que deje espacios para el lucimiento de los cantantes.
La dirección musical de Ivor Bolton, aun estando a un gran nivel, no parece estar ajustada al máximo. Sobre todo en los momentos en los que debe buscar la conexión de la partitura con el coro.
En fin, cosas buenas, cosas que no los son tanto, falsa modernidad, momentos de todos los colores y una sensación extraña que lleva a formularse una pregunta: Pero aquí ¿qué ha pasado?
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 24 2014

Las maestras de la República: Un sueño por cumplir

La película documental Las maestras de la República ya forma parte de esa recuperación de la memoria histórica tan querida por muchos y tan denostada por muchos también.
El documental está realizado con mimo. Se cuida el guión, se presentan valiosos documentos de la época que ilustran la idea que se maneja en cada momento, y se utilizan testimonios de personas involucradas en uno de los hechos históricos más terribles de la historia reciente de España. Es verdad que se echa en falta la presencia de alguien o de algo que intente, no ya justificar una barbarie atroz y en sí injustificable, sino dar fe de lo que sucedió; algo o alguien distanciado de la propuesta para que nadie pueda dudar de la veracidad de lo que se narra. Porque tratándose de algo así, habrá quien siga negando evidencias o tratando de minimizar lo que sucedió. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente. Desconozco si se han declinado invitaciones o no, pero el resultado es que esa parte falta y hubiera sido el remate perfecto a un trabajo más que sobresaliente.
Arranca el trabajo desde un punto de vista muy concreto. María Sánchez Arbós, maestra de la Institución Libre de Enseñanza, se presenta como guía de lo que será un recorrido por el planteamiento del gobierno republicano en materia de enseñanza. Es decir, la declaración de intenciones es muy clara, la película es un homenaje a las maestras republicanas. Pero la directora del documental, Pilar Pérez Solano, recorre un camino algo más largo analizando la situación de las escuelas públicas españolas poco antes de que se pusiera en marcha una reforma ilusionante y muy ambiciosa durante la II República. Es sencillamente espeluznante conocer la situación de los maestros y de los alumnos hasta el año 1931.
Tras la introducción el documental rompe, y rompe bien, al llegar ideas evocadoras a raudales. Ideas que no deberían representar nada que no fuera la realidad que vivinos, pero no están. No adoctrinar y sí formar. Igualdad y calidad. Más escuelas y mejores maestros. Santo respeto al niño. Educar para la paz, preparar para el futuro, para la libertad. El arte de perder el tiempo. La pantalla se llena de imágenes maravillosas que muestran mujeres dispuestas a enseñar, preparándose, integradas en una sociedad en la que los hombres (por primera vez) aprenden de ellas y en la que la igualdad de género comienza a abrirse paso. Mujeres independientes, con autonomía y capacidad para educar. Pero, poco después todo se oscurece y las vemos en prisión haciendo lo que pueden con la educación del resto de reclusas. Presas o aniquiladas. Gris, muerte.
El testimonio de Hilda Farfante resulta emotivo y nos arrastra hasta las zonas de terror, de la desolación de los vencidos, del silencio eterno. Perdió a sus padres –ambos maestros- durante la guerra civil. Ella y dos hermanas sobrevivieron gracias a su tía, maestra también. Recuerdos de niñez que se limitan a un vestido de flores y poco más porque algún bestia le arrancó la posibilidad de tenerlos.
Las maestras de la República se acerca a la actualidad de la enseñanza española casi sin quererlo puesto que no podemos evitar la comparación de la escuela pública de los diferentes momentos históricos que pasea el documental con la actual. Enseñanza que es asignatura pendiente desde siempre y que no parece tener solución mientras los partidos políticos la utilicen como moneda de cambio.
El montaje de la película es sencillo y efectivo. La fotografía se cuida en cada plano. La dirección es valiente. Y la música resulta emotiva y discreta. El conjunto es especialmente atractivo. Los ideales, intactos a pesar de todo, siguen en el lugar de siempre para que los tome el que quiera hacerlo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


feb 24 2014

La gran familia española: Me gusta el fútbol

La gran familia española, del director madrileño Daniel Sánchez Arévalo, es una película con aroma a buen cine. Nada de complejos, personajes en los que los rasgos de su carácter son múltiples, diálogos llenos de acidez e inteligencia, un montaje estupendo (la escena en la que los jóvenes protagonistas hablan con sus familias por separado y que nos presentan como una única escena es una obra de arte en sí misma), una música notable y un ritmo narrativo rápido aunque sin atropellos. Eso es La gran familia española. Pero, al mismo tiempo, es una película con algunos cabos sueltos, con momentos que lejos de producir carcajadas lo que hacen es resultar vergonzosas, y algo ventajista puesto que elegir la final de la copa del mundo como vehículo de la trama es jugar sobre seguro entre los espectadores españoles.
Resulta algo irregular el metraje. Sólo cuando los personajes aparecen sin protección alguna es cuando la película marcha a toda velocidad. Y eso coincide con unos diálogos que escapan del chiste fácil y dinamitan los cimientos de los protagonistas.
Sánchez Arévalo intenta indagar en lo que supone el núcleo familiar que ordena la sociedad española desde mucho tiempo atrás. Pero también la necesidad de amor que el ser humano tiene que soportar; un amor que se puede desarrollar de muchas formas incluidas las que nos pueden resultar surrealistas. Desde ese territorio que ocupa el amor, el director da un salto hasta la construcción de la persona como reflejo, como complementario, de otros. Por eso la propuesta crece cuando los personajes se ofrecen sin tapujos. El resto de la película se tambalea. Afortunadamente, esas zonas que soportan el resto son más que las que flojean.
Las interpretaciones son estupendas. Y no sólo eso. Los actores disfrutan mucho con lo que hacen y la complicidad entre ellos es absoluta. Un reparto muy compensado. Suma que alguno de ellos son repetidores con este director y eso se deja notar en el resultado final.
Quim Gutiérrez, Antonio de la Torre, Patrick Criado, Verónica Echegui, Roberto Álamo, Héctor Colomé, Miquel Fernández, Arantxa Martí, Sandra Martín, Sandy Gilberte, Raúl Arévalo, Pilar Castro. Casi nada. Destaca Antonio de la Torre como ya es habitual de un tiempo a esta parte. Aunque si De la Torre está bien, Roberto Álamo y Verónica Echegui están espléndidos. La dirección actoral es uno de los fuertes de este director. De eso no hay duda. Y su capacidad para contar una historia. Parece como si el relato hubiera estado siempre ahí esperando a que llegase él para contarlo.
La trama arranca con la boda de una pareja que se celebra el mismo día que España juega la final de la copa del mundo frente a la selección holandesa. Y una declaración de intenciones queda clara desde el principio cuando las imágenes de la película Siete novias para siete hermanos sirven de prólogo a lo que va a pasar. Se suceden escenas disparatadas, se van sumando personajes extravagantes y una historia pasada que puede convertir esa familia en un vertedero.
Aparecen algunos problemas de guión de difícil solución. Por ejemplo cuando una casa desordenada por completo se ve ordenada como por arte de magia. Pero, salvo algún detalle como este, se busca una coherencia interna y una justificación de la acción bastante potente.
¿Es una buena película? Claro que lo es. ¿Le gustará a todo el mundo? Claro que no. Desde luego no es tan buena como para ser la favorita en cualquiera de los premios a los que ha optado y, desde luego, no es tan mala como para quedarse viéndolas venir en cada gala.
© Del Texto:Nirek Sabal


feb 23 2014

Cara de ángel: Influencias del cine en una mujer

Desde sus inicios, el cine en Hollywood se presenta como una fábrica de productos para ser consumidos por las masas. Manufacturas, de la que es considerada, la primera industria cultural en la historia de la humanidad.
La exportación de mercancías culturales, es una de las fuentes más importantes de acumulación de capital y de beneficios mundiales para el mercado económico norteamericano y, casi ha desplazado a las exportaciones de bienes manufacturados más clásicos.
(Extraído del interesante artículo, de Sergio Zadunasky: “We speak (and think) in English).

Muy grande, ha sido la influencia del cine norteamericano en mi vida. Intentaré ser ordenada en el relato de los hechos. Mi amiga María Algara, se burla de mí, porque en Facebook, solo comparto fotos de actores y actrices que, ya han pasado a mejor vida. Pero antes, una pequeña reflexión de gran calado: ¿Hace falta, realmente, estar muerto/a para ser considerado divo o diva? Yo creo que sí.
Toda mi vida, me he esforzado en parecerme a esas mujeres fatales, buenas y malas, que aparecían en las pelis en blanco y negro que tanto me fascinan.
La primera que me viene a la cabeza, es Jean Simmons, en Cara de Ángel, dirigida nada más y nada menos que, por Otto Preminger, allá por el año 1952. Ella es Diana, una malvada hijastra, millonaria, delicada y sensual que, intenta engañar a su chófer, el apuesto Robert Mitchum, para ella, un empleado más, conduciéndole a un viaje al infierno, sin retorno.
No me costó demasiado, dejarme unas cejas parecidas a las suyas: Forma muy definida y mucha personalidad, ya que las mías también son bastante pobladas. Lo del flequillo muy corto, dejando respirar a ese par de cejas, sólo fue cuestión de tijeras.
Ahora viene lo más difícil: FUMAR. Sí, porque aunque a casi todo el mundo, fumadores y no fumadores, les parezca algo malo, yo, por mi influencia cinéfila, siempre he encontrado glamurosa esta práctica.Si me tragaba el humo tres veces seguidas, me mareaba y, a la cuarta, me entraban ganas de vomitar. Intentaron intimidarme: aunque no me tragase el humo, si lo dejaba alojado en mi boca, podría acabar con algún tumor maligno en esa zona, pero este, tampoco fue el motivo…
Lo peor del mundo mundial, en relación a mí y, a ese afán por querer imitar, fue mi torpeza y mi pinta de pardilla. Llegué a una dolorosa conclusión: jamás sería, ni de cerca, tan estilosa como la Garbo, la Gardner o la Bacall, con sus sensuales maneras de seducir fumando.
Aún me quedaba enfrentarme a otro gran reto: CONDUCIR. Yo soñaba con ser como ellas, conduciendo un impresionante descapotable de enorme volante por la pacífica (entre comillas), costa de Los Ángeles, huyendo de algún peligro o al encuentro de algún amante furtivo, con fular en ristre, a lo Grace Kelly.
Cuando empecé con mis clases prácticas, allá por los cuarenta (los cuarenta años de edad, I meant), embarazada de casi ocho meses, (me gusta dejar todo para el último momento), el profe de autoescuela, me regañaba, sí, por ese vicio adquirido viendo películas de cine negro.
El no entendía por qué, yo movía el volante con ese ligero balanceo, cuando uno va en línea recta, como el que hacían mis divas. Como este profe, no destacaba precisamente por sus buenas formas, y yo, debía estar sensiblona, por mi estado, decidí abandonar ese estilo hollywoodiense y empezar a conducir como la gente normal.
Para acabar, sé que dos bodas, no son suficiente para ser considerada una diva, aunque tampoco haga falta casarse 8 ó 9 veces, como la Taylor. Mi amigo Juanjo me incitaba, a que si no me casaba tres veces, habría fracasado. Tampoco es cuestión de hacer mi vida añicos por el cine, me considero una persona bastante feliz, especialmente después del golpe en la cabeza contra un bordillo. Desde entonces, lo veo todo mucho más claro, pero esa, es otra cuestión…
En fin, que nunca es tarde. Quizá cuando sea una viejecita, arrugadita y flaca, al salir de mi lujoso apartamento, del Upper East Side de New York, del brazo de mi atractivo y amanerado secretario, enfundada en un clásico Channel azul marino, algún que otro transeúnte, se detendrá a mirarme y se preguntará: “¿Qué fue de Baby Jane?”. That’s all Folks!
© Del Texto Mar Franco


feb 23 2014

Stockholm: Los extremos de la juventud

Una de las sorpresas más agradables del año 2013. Eso es Stockholm. Aunque la película no es perfecta, funciona. Buen guión (con algunos errores en su primera parte), excelentes interpretaciones, un delicado movimiento de cámara, encuadres acertados, una fotografía exquisita y una música que no invade y matiza la imagen cuando suena.
Rodrigo Sorogoyen sabe muy bien lo que quiere desde la primera escena. Y no deja ver dudas en su dirección. Sabe que si no consigue dibujar bien los personajes la propuesta no puede funcionar. Sabe que si no presenta el entorno -una noche cualquiera en Madrid- como parte misma de la trama, nada terminará de cuajar. Sabe que debe exprimir a sus protagonistas. Para ello busca encuadres diversos con los que acerca o separa a los protagonistas, desenfoca parte de la imagen para que el punto de vista quede claro o busca localizaciones como, por ejemplo, una terraza que nos lleva de lo idílico al desasosiego. Sorogoyen nos enseña los extremos de la juventud. La verdad y la mentira; la inmortalidad y la muerte; la fortaleza y la fragilidad; el amor y el odio; la ficción mágica y la voraz realidad; lo luminoso y lo oscuro; el día y la noche; el egoísmo y la generosidad. Y en el movimiento pendular de los factores que se contraponen, va construyendo un clima y unos personajes exquisitos.
El guión recuerda claramente, en su primera parte, a la película de Richard Linklater Antes del amanecer. Dos jóvenes se conocen y establecen una relación desde el diálogo que crece cada minuto. Es en esa zona de exposición narrativa donde se encuentran los problemas de ese guión. Todo parece algo artificial, especialmente pensado para que aquello sea idílico sin serlo, pensado para que se vierta inteligencia en cada frase sin conseguirlo del todo. Es durante la segunda parte -llega la luz del día para que las verdades y las mentiras se mezclen- cuando el guión saca músculo y consigue que la película se eleve a gran altura. Si algo podía oler a imitación o a algodón de azúcar, se disipan las dudas. Sorogoyen y la coguionista Isabel Peña, echan el resto con gracia y, esta vez, una gran dosis de inteligencia. Sin altibajos.
Los actores protagonistas (que casi son los únicos actores de la película puesto que las intervenciones de otros son cortas y sin importancia) están muy, muy, bien. Javier Pereira mantiene su personaje a gran altura durante todo el metraje. Creíble y muy contenido incluso cuando los momentos son especialmente delicados e invitan a la exageración. Aura Garrido, con un papel muy exigente, se mete en el bolsillo a los espectadores con rapidez. Durante la segunda parte de la película, su trabajo es formidable.
Pues bien, todo esto ha sido posible a la aportación económica de muchas personas. El presupuesto con el que contó Sorogoyen era mínimo. La rentabilidad que le han sacado a cada euro es máximo. Stockholm es una muestra de cómo se pueden hacer las cosas cuando el buen cine manda en el proyecto. Da gusto comprobar cómo la gente joven se abre camino sin miedos, con ideas nuevas, y la pasión por el cine como arma definitiva.
Una grata sorpresa. Porque el buen cine siempre lo es.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 22 2014

Caníbal: Ragout de rubia

Ver a un hombre solo, comiendo en silencio un filete, no tiene gran importancia. Salvo que creamos que ese trozo de carne, condimentado previamente con mimo y pasado por la plancha (vuelta y vuelta), sea el muslo de una guapa señorita que poco antes caminase por las calles de Granada. Si presentimos que el plato no es lo que entendemos como comida casera tradicional es posible que nos entren los nervios.
Este es uno de los grandes logros de Caníbal, película dirigida por Manuel Martín Cuenca, ya que es un intenso y poderoso lenguaje visual el que ordena la trama de principio a fin. El espectador sabe porque intuye. El espectador no sabe ni quiere hacerlo porque apenas tienen importancia las cosas que en otro tipo de películas no perdonaríamos si faltasen. En Caníbal nada se conoce del pasado del personaje principal. Ni siquiera podemos intuirlo. La relación del protagonista con una costurera que tiene relación con ese tiempo e imagina su futuro de forma cómplice nos abre caminos hacia una vida que podemos transitar si lo deseamos, sendas inquietantes que nos despiertan la curiosidad y la imaginación. Pero no hay nada concreto en el guión que marque la verdad. Algunos podrán protestar porque no saber significa no comprender y la imposibilidad de crear un vínculo con el personaje. Sin embargo, esa esencia que arrastra todo el guión, todo eso que queda por debajo de lo visto y de lo dicho, es suficiente para soportar el trabajo. Entre otras cosas porque la dirección de Martín Cuenca es exquisita, la fotografía de Pau Esteve es espléndida y la interpretación de Antonio de la Torre supone un esfuerzo, una asimilación de carácter, fuera de lo común.
El personaje principal es un sastre. Pulcro, metódico, solitario. Siente una atracción desbocada por las mujeres desconocidas a las que, por supuesto, asesina y devora. Hace trajes como hace un ragout de rubia rumana. Pero no se siente humano y busca esa condición desesperadamente. Se acerca a la religión intentando parecer lo que él mismo no siente como propio. Y cuando encuentra el nexo que le permite ubicarse en este mundo -el amor, claro- la cosa se tuerce. El arranque de la película consiste en la presentación del sastre (el plano es fijo y larguísimo) que nos parece un fantasma, alguien completamente ajeno a la realidad. El final consiste en dejar las cosas como comenzaron. No hay redención ni en el cielo ni en la tierra.
La trama se desarrolla en Granada. Preciosa desde cada encuadre, con cada detalle llegado de una iluminación que busca convertir las calles en lugares propicios para la caza, que busca mezclar la belleza del campo con la maldad más espeluznante. Lugares tranquilos como lo es el montaje de la película. Un montaje que convierte Caníbal en un trabajo tranquilo, sosegado o, para algunos, lento.
La pareja de actores protagonistas interpretan sus papeles sin dudar en un solo movimiento. Ambos están estupendos. Ahora bien, si Olimpia Melinte se defiende con solvencia, lo de Antonio de la Torre parece cosa de marcianos. Pocas veces conseguirá un papel en el que haga tan creíble a su personaje (personaje sumamente difícil, por cierto).
Es verdad que la implicación del espectador pasa por imaginar y generar vínculos desde la sospecha, desde la intuición, desde el no saber y no querer hacerlo por innecesario. Eso es verdad y complica algo la relación con el patio de butacas. Sin embargo, merece la pena sumergirse en la propuesta y saborear cada secuencia como el sastre hace con cada bocado.
© Del Texto: Nirek Sabal


feb 16 2014

La herida: Lo brusco

Ahora que ya sabemos quiénes ganaron qué Goya, me parece bastante justo que el premio a Mejor Película no se lo haya llevado La herida, del mismo modo que digo que también me parece justo que el premio a Mejor actriz protagonista sí se lo haya llevado Marian Álvarez por interpretar a Anita, la chica atormentada de La herida. O la chica herida, para decirlo de una vez.
En pleno Goyas, la Sala Berlanga está pasando las películas candidatas (o ya podemos decir las vencedoras y vencidas) a solo tres euros la entrada. Esta oportunidad se acaba el próximo domingo 16 de febrero.
La herida, que fui a ver a la mencionada sala de cine de la calle Andrés Mellado, comienza bien: un prolijo guión que dedica los primeros cinco minutos, o tal vez siete o diez, a la presentación del personaje: vemos a Ana, observamos que trabaja abordo de una ambulancia, entendemos que está perturbada, sabemos que es un personaje que tiene una necesidad dramática aunque todavía no sepamos bien cuál es, y eso nos gusta más. Nos atrapa como espectadores, nos emociona, nos acomodamos en la butaca. Terminan estos minutos de presentación, funde la pantalla a negro e imprime título: LA HERIDA, así escrito en mayúsculas, y tensiona y queremos saber más.
Entonces sigue la película: vemos que está perturbada, que vive con su madre, conocemos a su compañero de trabajo, y observamos una cierta rutina patética en su vida: llegar del trabajo, chatear, su madre que llega más tarde y le pregunta si ya cenó y la respuesta siempre idéntica (afirmativa) de ella. Luego, algo de su ritual autodestructivo y adictivo. Su culpa, autocastigo. Y vuelta a empezar. Un padre ausentado. Un reencuentro con el padre. Una madre un tanto pasiva aunque no me atrevo a criticarla. Un novio, un ex novio, un amigo virtual. Algunas noches de alcohol. Y de nuevo: la ambulancia, el compañero de trabajo. Y así, y así.

No sabemos mucho de Ana, porque toda la película se queda en esos diez minutos iniciales. Es como una gran presentación del personaje: que está perturbada, ya lo entendimos. Pero no hay historia. Ni pasada ni presente. La película nunca estalla. Es cierto que hay un salto temporal y que el personaje ha avanzado o crecido en ese período. Pero nada cambia mucho. La película se mueve igual. Algo sí es destacable: que a pesar de su perturbación, Ana es dedicada, sensible y se entrega a lo más humano, su profesión es admirable, es humana y llana, es sincera cuando sonríe y tiene luz en los ojos cuando se le ven los dientes. Espeluznan las escenas de contraste cuando pasa de la sonrisa y esa luz a su oscuridad y la rigidez de las facciones de su rostro. Ese juego de contrastes me parece interesante y destacable. De lo humano al monstruo, pero más un auto-monstruo. Ella es destructiva con ella y no sabemos cuánto tienen que ver los demás en todo esto. También, a pesar de que la película no se esmera en tratar a fondo nada, creo que un tema en ella es la soledad: en la Ana humana hay una necesidad terrible de otros humanos. Una búsqueda de ellos (una búsqueda activa) y una decepción dolorosa detrás de cada encuentro o rechazo. Estamos solos, pienso. Esa es una herida, no solo las literales, las que se ven sobre la piel lastimada.
Es evidente: sin una buena actriz, lo poco que tiene para funcionar esta película no habría funcionado. Cuando acabó la peli, la chica que estaba sentada en la butaca de mi lado derecho exclamó ¡jodeme! A mí no me sorprendió el final ni esperaba más: era evidente que así como bruscamente había fundido a negro para imprimir el título, iba a fundir a negro para imprimir el reparto. En ese sentido, lo brusco funciona de maravillas en la película, que acaba de la única manera posible: de pronto, porque si no, seguiría al infinito, y así, y así.
© Del Texto: Flor Bea


feb 11 2014

La última llamada:

No descubro nada si digo que sólo sorprende lo que no se conoce y llega de forma inesperada. Pues bien, algo tan simple no parecen saberlo algunos guionistas de cine. Resulta patético e irritante que alguien se quede tan ancho después de intentar colar una idea vieja y gastada como si fuese la gran novedad cinematográfica.
La última llamada es una película que arranca bien. Muy bien. La primera media hora resulta electrizante, inquietante. Todo funciona a las mil maravillas. Los encuadres son los que tienen que ser, el ritmo narrativo es espléndido, Halle Berry está bien, el guión se mantiene a un nivel más que notable. Pero claro, la imaginación del guionista se queda sin fuelle y eso, en cine, no puede ocurrir. Si el guión se viene abajo todo tiende a desplomarse como un castillo de naipes. En La última llamada llega un momento en que los intentos de giro argumental se convierten en un insulto a la inteligencia por ser previsibles y chapuceros. Del mismo modo que la tensión te ha pegado a la butaca durante un buen rato, las ganas de salir corriendo se hacen irresistibles con esas trampas tan evidentes.
La cámara del director Brad Anderson (excelente en sus series; irregular en la gran pantalla), sigue en un sitio privilegiado, pero da igual; el desastre arrolla todo lo que encuentra a su paso.
La última llamada cuenta cómo viven un par de situaciones terribles en el centro de llamadas de emergencia de la policía. Un tarado, un par de jovencitas y la operadora (Halle Berry), son los ingredientes fundamentales. Lo terrible del argumento en su arranque es angustioso. Hasta que la cosa se convierte en una idiotez. El desenlace es, sencillamente, bochornoso.
Una pena de trabajo porque con un poquito de imaginación todo hubiera sido estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal