El único superviviente: Cal y arena

Peter Berg presenta una película que tiene cal y arena a partes iguales.
El único superviviente tiene mucho de patriotismo exagerado, mucho estereotipo machote, buenos y malos perfectamente ubicados (no hace falta que entre en detalles sobre quién es quien); y un título que, sumado a la primera escena de película, nos desvela el desenlace sin miramientos y resta algo de carga emotiva en el desarrollo. Este es un trabajo que podría ser duramente criticado por no alejarse de lo que tantas veces nos han contado, tantas veces nos irritó y en tantas ocasiones nos pareció una extravagancia sin cabida en el cine. Es una de vaqueros e indios con aparatos carísimos, unos efectos especiales muy logrados y un rescate aereotransportado.
Sin embargo sería una injusticia tremenda dejar la cosa de esa manera. Porque El único superviviente tiene cosas muy buenas.
Por un lado, Berg intenta encontrar una redención algo forzada después de dibujar a los afganos como criminales sin escrúpulos y a los soldados norteamericanos como si fueren la señorita Pepis. Lo hace en el último tramo de la narración. Bien sabe el director que estas cosas son difíciles de conseguir, pero lo intenta con ímpetu. Es astuto dejando algunas notas en la despedida que justifican esta parte del relato y debilitan la idea de flojera narrativa. Por otra parte, la zona central de la película es, sencillamente, impresionante.
El tiroteo que se produce entre los soldados norteamericanos y los talibanes (los primeros sufren una emboscada después de que todo salga al revés de lo previsto) tiene al espectador en constante tesión durante media hora. La escena está muy bien rodada. No se abusa de lo imposible. Por ejemplo, ¡los soldados americanos se quedan sin balas! A Rambo nunca le pasó y si las balas se acababan siempre había un machete enorme con el que liquidar a cien tíos más. En este escena podría parecer que los talibanes son excesivamente fallones con sus armas y los americanos unos fenómenos. En realidad, la diferencia en la preparación y en el equipo justifica esta diferencia que, en otras condiciones, parecería una mala broma. El músculo narrativo, aunque alguna pega se podría plantear con el uso de la cámara, crece en la zona central de la película de tal forma que las carencias tienden a perdonarse. La película es dura de ver aunque no se hace un uso excesivo de la sangre, ni se va más allá de lo necesario con detalles escabrosos. Pero risas, poquitas.
Las actuaciones de Mark Wahlberg, Taylor Kitsch, Ben Foster y Emile Hirsch, son buenas. En el caso de los dos primeros son más que buenas. Están bien los actores que hacen de talibanes. La fotografía es preciosa y el maquillador, Greg Nicotero (The Walking Dead), hace un trabajo espectacular. El realismo de los rostros durante y después de la batalla es digno de elogio. La banda sonora acompaña estupendamente la acción, de principio a fin. Sin invasiones, sin buscar protagonismo, logra matizar cada escena de forma acertada.
El guión no es lo mejor de la película y tiene algunas lagunas. Se busca más la trama que la profundidad dramática de los personajes o las razones por las que alguien reacciona de este modo cuando se ve en una situación similar. Es el mensaje del hombre luchando hombro con hombro lo que prevalece. Es poco aunque se consigue con creces.
La película es muy entretenida. Mucho. Los tres actos en los que se divide no aburren en absoluto. El clima que se genera en el primero, la tensión descomunal del segundo y la emoción del tercero, no defraudan. Si el espectador es capaz de descargar la película de patriotismos, cuestiones domésticas que sólo entienden de ese modo los norteamericanos e ideologías algo xenófobas, puede quedar gratamente sorprendido.
© Del Texto: Nirek Sabal


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