Vidas pequeñas: Refugios

En la misma línea de lo que hizo Altman al adaptar el libro de relatos de Raymond Carver (Vidas cruzadas), Enrique Gabriel propone una reflexión sobre la dureza de la exclusión y autoexclusión social en época de crisis.
Esta película comenzó a rodarse, curiosamente, cuando a los políticos se les llenaba la boca diciendo que España era un festival de luz y de color. Hubo muchos problemas de financiación y el rodaje se alargó hasta que la crisis ya era reina y señora en España y el resto del mundo.
Nos cuentan, desde un guión sólido, bien desarrollado y con un ritmo notable, una serie de historias que se entremezclan y convierten la película en una historia coral (aquí es donde encuentra su parecido con el trabajo de Altman). Si bien las dificultades y la dureza de la vida está presente en cada secuencia, una lectura más profunda hace que todo tome un sentido hondo e importante. Porque descubrimos, poco a poco, que la forma de afrontar los problemas, en situación de clara desventaja social y económica, es encontrar un refugio; el que podemos, el que tenemos a mano, el que improvisamos o estuvimos preparando durante años. Vemos al hombre que rehusa y crea un personaje en el que deja de ser; el escritor que busca el cobijo del olvido y de la pasividad porque su éxito era un fraude; el ir y venir buscando zonas menos dolorosas; el recuerdo como guarida. Son muchos los refugios; tantos como vidas pequeñas; tantos como personas. Es este otro asunto que quiere ventilar el director: todos somos personas, sin excepción.
La fotografía de David Carretero es espléndida. Muchas de las escenas se convierten en claras alegorías que hablan de la crueldad social, de lo papanatas que podemos llegar a ser cuando dedicamos todos nuestros esfuerzos a mirar a otro lado. Exquisita, de verdad.
El reparto está a una altura muy considerable. Se une una dirección actoral que busca y encuentra lo mejor de cada actor. Alicia Borrachero y Ana Fernández defienden sus papeles con uñas y dientes. Están imponentes las dos. Y el resto del reparto, igual. Tal vez, Roberto Enríquez es el que está más flojo. Este actor debería entender que delante de una cámara no puedes parecer un marmolillo. Emilio Gutiérrez Caba y Ángela Molina llenan la pantalla con papeles cortos que se convierten en el anclaje de la trama para que encuentre un último sentido. Son tan buenos actores que consiguen cosas así. Las protagonistas están espléndidas y ellos les comen el terreno con papeles secundarios.
El vestuario y la peluquería y el maquillaje cumplen con creces. El trabajo que hacen las maquilladoras con Alicia Borrachero debería ponerse de ejemplo en los manuales de las escuelas de maquillaje. El montaje es inteligente y permite al espectador seguir la trama sin problemas a pesar de la gran cantidad de personajes y tramas tangenciales.
Es una pena que películas como esta no cuenten con el apoyo financiero suficiente, ni con campañas de promoción a la altura del producto. Pasan medio desapercibidas por los cines y son muchos los que ni se enteran de su existencia. Una verdadera lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


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