Doce hombres sin piedad (12 Angry men): Prohibido juzgar

Todos nosotros llevamos encima una mochila que va llenándose a medida que pasan los años, a medida que vamos teniendo experiencias. Todos sin excepción. Los equipajes pueden ser diversos. Buenas vivencias, malas o regulares. Rencores, amores, filias y fobias. Pero, también, en esa mochila, se encuentra todo aquello de lo que no podemos sentirnos orgullosos; todo lo que, en mayor o menor medida, rebaja nuestra catadura moral. ¿Quién puede juzgar a otro cuando la mochila arrastrada pesa? ¿Podemos condenar a otros aplicando el sentido común y la objetividad y sólo eso? Lanzar la primera piedra está al alcance de muy pocos.
Doce hombres sin piedad (12 Angry men), película dirigida por Sidney Lumet, habla de todo esto a través de una propuesta simple y, quizás, teatral en exceso. Además, se cuestiona el funcionamiento del sistema judicial norteamericano y es una película que se enfrenta con la pena de muerte de forma clara y rotunda.
Es una adaptación de la obra teatral de Reginald Rose (guionista de la película). Por ello, Lumet arrastra algún condicionante de más que no estropea el trabajo aunque hace que rechine en algún tramo. El director le echa una buena dosis de profesionalidad e intenta resolver este inconveniente generando un clima opresivo que va apareciendo con los primeros planos de los personajes llenos de crispación, de necesidad, de venganza o desidia, que presentan esos hombres encerrados en la sala del juzgado. Allí se decide si un ser humano es un asesino y si morirá en la silla eléctrica. La cámara muestra planos generales para que los personajes puedan moverse dependiendo de lo que piensan o de la evolución que van sufriendo.
El guión está lleno de frases brillantes que ahondan en las cuestiones que Lumet quiere ventilar, que aportan un sentido profundo a la acción. Además, logra que la tensión argumental se eleve con fuerza incluyendo giros argumentales que la hacen avanzar y logra una evolución en los personajes que soportará gran parte de la propuesta. Se dosifican muy bien los picos de carga dramática.
La moral se trata desde el soporte de la duda. Este es un recurso que siempre ha dado mucho juego en el cine y en la literatura puesto que impregna de matices misteriosos toda la trama. Todo, por muy evidente que parezca, pudiera tener aristas que modificaran las distintas percepciones. Desde aquí se trabaja para que el guión tome importancia y sentido. Lumet agarra los ingredientes y sale airoso del conflicto puesto que reparte bien los encuadres entre los doce personajes así como del conjunto que forman para que veamos cómo el guión modifica a cada sujeto, al grupo.
Henry Fonda interpreta el papel protagonista. Sobrio, algo rígido a veces, encorsetado en algún tramo de la película. Pero encaja bien en el resto del conjunto. El resto de actores (todos varones) pasan bien la prueba. A decir verdad, ninguno de los papeles es exigente con el trabajo actoral.
Doce hombres sin piedad es una muy buena película con lugar propio entre los clásicos de culto. Actualmente, sigue funcionando bien puesto que la vejez no le ha sentado del todo mal. En el buen cine de antes predominaba lo que se quería contar sobre la forma de hacerlo. Los alardes técnicos eran pura cosmética y nunca la razón última por la que se hacía cine. El cine, además de ser espectáculo, es la representación de un mundo que nos explica la realidad. Dicho así, la cosa parece sencilla. Sin embargo, para que eso no ocurra, el sentido último tiene que ser potente y ser el centro de un universo que tiene de vida un par de horas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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