Navidad Circo Price (Madrid): El circo ha llegado a la ciudad

A pesar de todo, el circo ha llegado a la ciudad. Y, con él, la magia en estado puro.
Tal vez esta sea una frase de entrada que encajaría mejor en el último tramo del texto. Tal vez. Pero prefiero comenzar con ella para evitar despistes. Hay demasiadas cosas en el Madrid actual que no nos permite ver más allá de la realidad y nos empaña cualquier forma de halago, cualquier crónica de lo bello, lo divertido, lo entrañable o, en definitiva, lo mágico.
El Circo Price presentó ayer su nuevo espectáculo. Un buen espectáculo. Podría parecer que decir esto es poca cosa, pero dadas las circunstancias (la falta de presupuestos, los pocos recursos de los que disponen los ciudadanos para gastar en tiempo libre y ocio) es mucho. Falta alguna cosa, se echa en falta un número que tire de espaldas al espectador. Tal vez, incluso falta algún número más que alargue el tiempo; pero es un buen espectáculo. Es circo.
Destaca la dirección artística de Jesús Silva “Suso”; su gusto por mezclar el circo de siempre con el concepto nuevo. Destacan los Rampin Brothers por sus ganas de agradar, por venirse arriba si las cosas no son perfectas y por el oficio que pesa en su adn. Destaca la entrega del público madrileño que, seguramente, harto de tanta huelga, de tanto impuesto y de tanto Madrid, entra en el circo para vivir un tiempo auténtico, rebosante de buen rollo. Un tiempo único reservado para lo fantástico.
El circo es volver a ser niño; es marcar la experiencia con una equis brillante que te haga recordar a tus padres dando palmas y sonriendo; es ese rato que vives pudiendo olvidar que la realidad espera un poco más allá. El circo es eso que nos lleva a pensar que el tiempo puede extenderse o recogerse tanto como queramos. El circo es la varita mágica que nos gustaría tener siempre a mano para fabricar deseos improbables.
El que escribe tuvo una relación con el circo muy intensa. Desde niño he tenido el privilegio de conocer ese mundo desde las mismas entrañas. Una tía trapecista da mucho de sí (trabajó en el viejo Circo Price durante mucho tiempo). Los hermanos Tonetti me tuvieron sobre las rodillas para hacerme reír (se llevaban algún coscorrón de parte de la trapecista cuando decían tacos, es decir, casi siempre). Asistieron a mi bautizo que tardó en llegar tanto como el Circo Price a Toledo. Pude ver las fieras de cerca (no me daban miedo porque me miraban con una tristeza infinita y cuando les hablaba rugían muy bajito), a los contorsionistas después de actuar (discutían cada vez que terminaban su número por los errores de uno y otro; eran pareja y se enfurecían muchísimo, pero siempre les terminaba viendo abrazados), al primer domador de osos de la historia que era un barbudo enorme al que le arrancó un brazo un animal durante su primera función, a los payasos que se maquillaban y me pintaban la nariz una y mil veces. Así lo puedo recordar y no me pregunto sobre la verdad. Al fin y al cabo era un niño y los niños entienden el mundo como les da la gana. Y cuando el circo llega a la ciudad (ahora lo ha hecho y se ha plantado en el centro de Madrid) los recuerdos vuelven para instalarse de nuevo del mismo modo que se grabaron.
El espectáculo del Circo Price es entrañable. Tal vez hay un pequeño exceso de saltos y músculo. Pero, sólo, tal vez. Quizás el conjunto quede algo desigual; no parece que todo case. Pero ¡es tan bonito ver algo así! Puestos a ser exquisitos, podríamos sacar alguna pega más. Como si miramos a izquierda o derecha. Pero no, no puede ser porque lo importante de todo esto es que lo mágico no hace ese tipo de prisioneros. La magia, magia es.
Números como el del payaso Edek, que tiene a la grada dando palmas y riendo más de cinco minutos sin parar, es lo que necesitamos. ¿Hay payasos mejores? Claro que sí, pero Edek se convierte durante un par de horas en nuestro payaso, en el que nos hace reír. Nos olvidamos de los mejores. Y es bueno. Tampoco lo somos nosotros.
Por cierto, las bailarinas (guapas y simpáticas a más no poder) están estupendas haciendo lo que les han pedido. A veces, no nos acordamos de estas cosas hablando de lo más notorio. El espectáculo sin ellas no sería lo mismo. Ni sin la dulzura de Sara Silva que sirve de nexo potente con el público más menudo.
A pesar de todo, el circo ha llegado a la ciudad. Y, con él, la magia en estado puro. Y eso es lo importante. En tiempos como los actuales nada puede aliviar tanto y tan bien nuestra parte irritada, exhausta y gris. Vayan al Circo Price porque lo agradecerán. Se lo garantizo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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