La escafandra y la mariposa: El agua y el aire

Todos tenemos un cuerpo. Y nunca terminamos de decidirnos si nos importa o no nos importa el cuerpo (¿cómo?, ¿qué? Pero… ¿de qué estamos hablando?, ¿salud?, ¿estética? No sé, no sé…). Lo mezclamos, nos mezclamos, nos confundimos. Nos esmeramos por separar apariencia de esencia, follar de hacer el amor, ser de parecer, y somos hipócritas o animales. Narcisistas mentirosos o algo mucho peor: seres humanos.
Lacan, en El estadio del espejo, dice que el sujeto infante-lactante asume su imagen ante el espejo mucho antes de perder su impotencia motriz, su dependencia de la lactancia, de adquirir lenguaje y por lo tanto, antes de asumir su función de sujeto que le permitirá objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro. Vamos, o sea: no puedes hacer nada, pero puedes verte reflejado en un espejo porque el yo se determina mucho antes de su determinación social. Pero luego entra lo simbólico al cuerpo, por eso no somos animales. El cuerpo (parecer) se une con la identidad de un sujeto (ser) y entonces ya sí, el psicoanálisis nos habla de narcisismo y de goce. Y asegura: no hay cuerpo sin sujeto. Vale, vale, entendido, pero… ¿hay algo parecido a sujeto sin cuerpo?
Mejor hablemos de cine: hay películas que son poéticas desde su título. Suele suceder con aquellos títulos que son en sí mismos metáforas de eso que tratará la película. La escafandra y la mariposa es una de ellas.
Una escafandra es un traje que al mismo tiempo que aísla perfectamente del espacio exterior (acuático), permite respirar y ver. Una mariposa es el vuelo, la libertad, la movilidad. La escafandra y la mariposa, el agua y el aire, el ser contenido y el ser suelto.
En estas dualidades habita el personaje de la película de Julian Schnabel.
Un empresario, editor de la revista Elle, sufre un día un accidente que lo deja cuadripléjico. Despierta, tiempo después del coma, en un hospital y debe comenzar su nueva y diferente vida allí. Una vida en la que ya no cuenta con un cuerpo. Ahora el cuerpo es solo un envoltorio de los órganos. Jean-Do solo ve y respira (lo mismo que permite hacer una escafandra). Su cuerpo es un traje, su cuerpo es una escafandra. Pero su actividad cerebral está intacta. Entonces Jean-Do también fantasea, piensa, siente, desea y sueña. Su mente es el vuelo, su mente es la mariposa.
Ayudado por un alfabeto que diseña una de las doctoras que lo cuida, Jean-Do logra dictarle a una mujer que contratan especialmente para esto, el libro que quiere escribir. Es el libro sobre su vida, sobre su condena al cuerpo y su libertad de mente. Es una biografía que se sale del cuerpo y narra poéticamente un exterior que recuerda (donde aparece su padre, entre otros) y recrea, pero también un exterior que imagina y crea.
La escritura de un libro (expresión, libertad, vuelo…) a pesar de la condena (cuerpo-cárcel) me remite un poco a Ramón Sampedro, el cuadripléjiico de Mar adentro, la película de Amenábar. Pero también la huída de la mujer-amante me hace relacionarlas. En La escafandra y la mariposa hay una mujer que nunca va a visitarlo al hospital, parece que no se atreve; mientras que en Mar adentro él cuenta que había mujer a la que liberó, dejó volar, para no condenarla a esa realidad. En ambas películas estas mujeres no tienen representación física (aunque nadie pone en duda su existencia) por eso ni siquiera necesitan actrices para ser interpretadas: solo existen en la palabra y nunca en el cuerpo o la carne. Por supuesto, hay otras mujeres, hay presencia femenina, y es Emmanuelle Seigner en la película de Schnabel interpretando a la madre de los hijos del protagonista quien encarna esa presencia.
Con escenas visualmente poéticas y una banda de sonido alucinante, La escafandra y la mariposa hace reflexionar acerca de la condición humana mediante algunas dicotomías que he mencionado, si se quiere, pero también sobre qué imagenes es capaz de asumir el sujeto ahora no infante (retomando algo de Lacan) sino adulto en esta vuelta accidentada a una impotencia motriz.
© Del Texto: Flor Bea


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