L’Elisir D’amore: La horterada está servida

Descubrir, a estas alturas, una obra como L’elisir D’amore a un aficionado resulta imposible. Tan sólo los matices musicales o la puesta en escena pueden representar alguna novedad. Esta ópera bufa es una de las más famosas del repertorio y una de las más representadas de la historia.
Gaetano Donizetti triunfó con L’elisir D’amore. La mezcla acertadísima de lo bufo y un tono sentimental muy marcado imprimen a la obra un atractivo especial. Gustó, gusta y gustará durante mucho tiempo.
La producción que presenta el Teatro Real (en coproducción con el Palau de les Arts Reina Sofía de Valencia) deja un sabor agridulce. Por un lado, la dirección musical de Marc Piollet es magnífica. Disfruta de la partitura y logra una conjunción con las voces más que meritoria. La sensibilidad de este hombre al dirigir es grande y se deja notar desde el primer compás. Las voces bien. No es L’elisir D’amore una ópera especialmente exigente con los cantantes, eso es verdad,  y las carencias tienden a desaparecer (si es que las hay). En cualquier caso, todos están a buena altura. Ismael Jordi (Nemorino) es el que destaca algo más al aportar tonalidades preciosas en alguna de sus intervenciones. Paolo Bordogna interpreta muy bien el papel de Dulcamara y cumple bien con la voz. El resto correctos. Como de costumbre, el coro funciona a las mil maravillas.
Hasta aquí las buenas noticias. Porque la puesta en escena resulta hortera a más no poder. Es verdad que el esfuerzo por casar el libreto con lo que sucede en el escenario es grande y que el resultado es pasable. Pero la propuesta que hacen al público de Madrid, rebosando colorido (en su gama más chillona, más acharolada y más deslumbrante), derrochando buen rollo y diversión (no falta un deporte de playa, un solo mueble playero), rebosando movimiento (sobre el escenario no para nada ni nadie), resulta molesta al oído y a la vista. A veces es difícil escuchar lo importante (lo de Donizetti, digo) porque una docena de figurantes no deja de saltar sobre un hinchable o juegan al voleiplaya o mueven colchonetas de aquí para allá. A veces es difícil centrar la vista en el lugar que toca intentando seguir el desarrollo argumental porque, cuando no es un jeep es un grupo de personas que van de extremo a extremo, lo que arrastra la atención del espectador. Una atención obligada e incómoda, por cierto. Y, a veces, es imposible intuir el grado hortera que puede llegar a tener el espectáculo. Cuando uno cree que el límite está superado aparece algo en escena que hace superarse a sí mismo a Damiano Michieletto (director de escena). Todo parece estar en el extremo, pero no. Por ejemplo, se llena parte del escenario de espuma. Eso sí, sin ton ni son. Afortunadamente, cuando la carga dramática se eleva, se vacía de figurantes el escenario o allí no se mueve nadie o las luces se centran en los personajes principales (sólo) para que Nemorino y Adina nos cuenten sus penas. Por cierto, la iluminación exquisita.
Este montaje es una clara muestra de lo prescindible que puede llegar a ser lo accesorio. Para hacer algo como esto, es mejor dejar las cosas como estaban originalmente. Comienza a ser sorprendente la cantidad de nuevos clichés que están adosándose a las óperas hoy en día. Por ejemplo ¿por qué Dulcamara es gay en esta producción? ¿Por qué ya es costumbre convertir a alguno de los personajes en lo que nunca fueron? Es incomprensible. Ni es más gracioso, ni aporta mínimamente al personaje, ni nada de nada. ¿Por qué hay que enseñar músculos o pantorrillas en cada ópera sea la que sea?  Alguna vez puede quedar bien la cosa. Otras no. Pero, desde luego, que sea algo obligado comienza a ser absurdo. Me temo que adaptar una obra operística no consiste en eso. Me temo que la falta de talento se intenta disimular con detalles irrelevantes que captan la atención del espectador más por su estupidez que por otra cosa. Eso no imprime ese punto de modernidad tan bien recibido cuando merece la pena el esfuerzo. La modernidad, creo yo, no es ser gay. A ver si ahora resulta que serlo es cosa de hace poco. La modernidad no es enseñar las piernas y sólo eso. La modernidad es otra cosa.
Pero la obra de Donizetti aguanta bien todo tipo de tonterias. De hecho, es posible que, a pesar de todo, guste mucho al público de Madrid. Musicalmente es impecable y uno puede cerrar los ojos cuando ya no aguanta más el amarillo asesino o el naranja violento.
© Del Texto: Nirek Sabal


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