Una cuestión de tiempo: Todos felices y eso

Richard Curtis es experto en filmar películas amables y simpáticas. Los padres son lo más; todo el mundo vive en lugares estupendos; los finales son felices; bodas divertidas; y la parte más sensiblera del espectador, siempre, sale a flote entre alguna lagrimilla emocionada. Richard Curtis hace cine para ser aplaudido. Curtis escribe guiones para ser aplaudido. Y, supongo, que el Sr. Curtis reza todo lo que sabe con el fin de evitar que alguien piense algo, por poco que sea, sobre sus trabajos. Qué cosas tiene este Richard.
Una cuestión de tiempo es una comedia simpática y llevadera. Eso sí, mejor no pensar en la propuesta del guionista y director.
El tiempo, la posibilidad de viajar a través de él, es el motor de la trama que plantea Curtis sin hacer demasiados esfuerzos. La cosa queda bonita y todos tan contentos. Pero si el espectador reflexiona sobre lo que le cuentan no entiende nada y se puede sentir estafado.
Seré buena persona y fingiré no haber pensado sobre ello. Así podré soportar mejor el asunto.
Un chico conoce a una chica -tal vez la escena del primer encuentro y la de la boda sean lo único que se puede salvar- se enamoran y son felices. Aquí todos son felices, damas y caballeros. Ya está. Eso es todo. Bueno, el chico puede viajar a través del tiempo si cierra con fuerza los puños y a oscuras. Pero esto es mejor no tenerlo encuenta como ya he dicho. Qué bonita es la vida y eso. Pero el cine no está ni se le espera.
Richard Curtis, además, acompaña la acción con una banda sonora que no pega ni con cola. Yo diría que pensó primero en los temas musicales y luego escribió el guión. También creo, viendo el resultado, que tardó algo más en elegir la música que en escribir el libreto. Quizás meter los chistes con calzador le entretuvo algo. No lo sé. La partitura original que firma Nick Laird-Clowes es bastante empalagosa y sosa.
Rachel McAdams es lo mejor en Una cuestión de tiempo. Tranquila, contenida y muy guapa. Domhnall Gleson es un actor algo cargante que necesita poner cara de algo para que la cosa funcione (eso si funciona, claro). No remata bien un papel que le habría servido para lucirse. A Bill Nighy no hay quien se lo crea. Muy forzado. El resto pasa desapercibido.
La película se llena de cosas muy, muy, bonitas. Todo es una maravilla. En fin, representa eso que quisiéramos que fuese la realidad. Momentos tiernos, momentos cómicos o que quieren pasar por serlo, momentos emocionantes (sería más adecuado decir que son un pastelón y de una sensiblería apabullante). Y el motor de la acción, el tiempo, maltratado. Porque el vehículo argumental se trata como si fuese una caja que abierta colorea todo de rosa. El amor. Claro, claro.
Es demasiado poco lo que ofrece Richard Curtis. Un rato frente a la pantalla olvidando las preocupaciones. Pero eso es casi nada. El cine es mucho más que un antidepresivo. Carísimo, por cierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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