Eichmann: Cuando el cine se convierte en un panfleto

Adolf Eichmann fue un asesino salvaje, parte de una maquinaria demoledora. Eso nadie lo podrá poner en duda jamás. Sin embargo, si hablamos de cine, incluso teniendo un personaje en nómina de esta calaña, no se puede ser tendencioso al narrar.
Eichmann es una película dirigida por Robert Young que se centra en los interrogatorios previos al juicio contra el nazi que tuvieron lugar en Jerusalén. Pero, aquí llega el problema, realiza varios flashbacks que nos enseñan a Eichmann durante la época en la que desarrolló su trabajo como responsable del transporte de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio. Dicho así, no parece que esto sea nada del otro mundo, pero se aprovecha el recurso para mostrar al demonio, al mismísimo demonio. El espectador no dispone de alternativas ante un punto de vista tan sesgado como ese. Si añadimos que las lagunas del guión son enormes (el final es apresurado, el dibujo del personaje es escaso, las subtramas son del todo irrelevantes), tenemos como resultado una película sin interés alguno que intenta arrastrar al espectador a un territorio no elegido, impuesto desde el primer momento. Parece que el único interés del director es resaltar la maldad incalculable del alemán; algo que todos sabemos. No necesitamos de una mala película para reforzar la idea.
La ambientación no está mal y se apoya en una tenue fotografía aunque la zona expositiva en la que aparece uno de los campos de concentración es muy pobre. Las interpretaciones no son malas ( Thomas Kretschmann está contenido; Stephen Fry se defiende bien en un papel muy corto). Pero sin personaje, sin un guión solvente, en cine no hay nada que hacer. Es por ello que la estética de la película se acerca peligrosamente al telefilm de domingo en televisión.
Después de ver la película de Margarethe von Trotta, Hannah Arendt, esta parece una caricatura en todos los sentidos. No se puede ser tendencioso y tratar de maquillar ese movimiento dando importancia en la trama a otros asuntos que no interesan y que intentan equilibrar una clara postura del realizador. No se puede intentar perfilar un personaje con cuatro trazos gruesos y llenos de violencia porque no entendemos nada y, por tanto, no nos interesan lo más mínimo. Convertir una película en una historia de buenos contra malos sin definir lo que es bueno y lo que es malo es un esfuerzo que no lleva a ninguna parte.
Es seguro que muchos se conforman con algo así. A veces, lo que hacen los narradores es decir lo que sus espectadores o lectores quieren escuchar. Y siempre que esto pasa el resultado es una catástrofe artística.
Flojísima película en la que los pocos esfuerzos verdaderos por hacer un buen trabajo se diluyen en la nada.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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