Fanny y Alexander: Lo insólito

Ingmar Bergman escribió Fanny och Alexander en tres meses con un pensamiento: Jugando puedo vencer la angustia, aliviar las tensiones y derrotar la destrucción; en un momento en el que lo habían acusado de evasión de impuestos. Así, quería describir el lado luminoso de la vida, en un momento en que para mí la vida era insoportable.

Queriendo hacer una película que dure tanto como la lluvia, realizó una versión de cinco horas para televisión y otra cinematográfica de tres horas y ocho minutos. Este filme parece un extraordinario y bello cuento infantil (y no infantil), en el que el propio director confiesa la influencia de dos hombres que se han colado en las fantasías de muchos niños de todo el mundo, como son E.T.A. Hoffman y Charles Dickens. Concretamente, de sus relatos El Cascanueces y Cuento de Navidad. Al mismo tiempo, es una historia que retrata toda la profundidad humana, metafísica y sentimental, con el empleo de metáforas, sutilidades y complejas alegorías que ensanchan la percepción. Y es precisamente en Navidad, a principios del XX, donde comienza la historia de los dos niños protagonistas, Fanny y Alexander (Pernilla Allwin y Gunn Wållgren), siempre inseparables, que duermen juntos en una habitación donde juegan con casas de muñecas, teatros de marionetas, un cinematógrafo y trenes de juguete, y en donde sólo la campanilla de la gran casa barroca, cómoda y rojísima en la que viven, indica cuándo es mañana y noche. Es una buena vida, la vida bondadosa, la sencilla, la increíble vida, escribe el director.

Esta cinta es un cuadro de la infancia con valor universalista, en el seno de la familia Ekdahl, inmensamente rica y burguesa que se dedica a un trabajo vinculado al prestigio y la fama, como es el teatro y del que hay referencias a Strindberg y Shakespeare. Todo en el filme es bondad, luz, positividad, paz, armonía y una belleza que jamás había visto antes, y que debemos en gran parte a Anna Asp, Sven Nykvist y Sylvia Ingemarsson: Los niños sabían de sobra que sus papás les habrían comprado toda clase de bonitos regalos, que se ocupaban de colocar; también estaban seguros de que, junto a ellos, el Niño Jesús los miraría con ojos bondadosos, y que los regalos de Navidad esparcían un ambiente de bendición, como si los hubiese tocado la mano divina. (El Cascanueces, E.T.A. Hoffmann). 

Por otra parte, señalaba Bergman: Todo tiene que ser delicado como la lluvia. De esta forma, la niña lame los sellos de las cartas mientras la criada plancha, nos llega el olor a pan caliente y chocolate fundido y a delantales de sirvientas. Percibimos el aburrimiento pesado, pero dulce mientras nieva, y cómo no les duele nada. También sentimos sus pieles suaves y los ojos brillantes y limpios. Desconocen toda la miseria, conocen el dolor, pero no la miseria. También vemos a Alexander, tras el teatro de marionetas, y cómo la luz de las velas alumbra su rostro imposible. Siempre cuidadosamente vestidos, no hay en la película ni un solo elemento indiferente, grotesco sí, pero hay una total ausencia de elementos sin importancia.

Digo que todo es bondad, porque es lo que más recuerdo de esta película, en palabras del propio director sueco: Por fin quiero dar forma a la alegría que, a pesar de todo, llevo dentro de mí y a la que tan rara vez y tan vagamente doy vida en mi trabajo. El poder describir la fuerza de actuar, la vitalidad, la bondad. Sí, no estaría mal por una vez. Pero también se percibe cómo, al igual que en el Fausto de Murnau, un Mefistófeles inconmensurablemente más grande que todos nosotros, extiende su manto negro promulgando la peste: Hay crueldad, educación severa e irracional y castigos muy duros por mentir o tonterías. 

La madre de estos niños, Emilie Ekdahl (Ewa Fröling), se casa con el obispo de gran poder y prestigio cuando muere su esposo. Esta mujer es el pilar que sostiene la película y, sin su belleza, no se entiende. El pastor representa la cara más destructiva del protestantismo, rechazando todos los placeres mundanos, y buscando una austeridad que se alimenta de sacrificios. Da un miedo apabullante la firmeza de carácter del obispo, con un comportamiento estático, gélido y gótico. Obliga mediante vejaciones a Alexander a confesar su mentira y a pedirle perdón, cuando éste relata la muerte en el río de la mujer y las hijas del obispo. El obispo representa la idea que todos albergamos de una incomprensible autoridad, a veces tan deseada: los guías, el orden, el poder. Cogerle la mano fuertemente para no perderte en las calles, en la nieve. Su lachrymarum palacio episcopal es estéril, enfermo y carcelario; al igual que las mujeres que viven allí: Con este fantasmal librito he procurado / despertar al espíritu de una idea sin que pro- / vocara en mis lectores malestar consigo / mismos, con los otros, con la temporada ni / conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie / sienta deseos de verle desaparecer. (Prefacio a Cuento de Navidad, Charles Dickens). Desde que eres pequeño intuyes la sombra. Fanny y Alexander las descubren con las impertinencias de los adultos, que no saben vivir, que se desnaturalizan, que son unos incompetentes hacedores de ilusiones y alegrías. A través de las ventanas de la gran casa, como en el cuento de Buda, los niños presienten la existencia de otro palacio que amenaza con aniquilar todas las historias encantadoras de flores y futuro, de Amélies, de inventos de realidades de ensueño, de castillos de locos, doctorados del amor y escuelas de luz.
Todos los personajes parecen de fábula. El rico judío Isak (Erland Josephson) es un personaje entrañable, que hace cosas mágicas y tiene objetos raros y excitantes, además de juguetes, que se extienden por una tienda laberíntica, oscura y recargadísima que no tiene fin. Allí es donde a Alexander se le aparece Dios en forma de marioneta, alimentado por la ignorancia que siempre revela los dientes del mal, y donde se encuentra Ismael, membrana sensible a los deseos, el ser andrógino fantástico y tétrico con ojos ambiguos y cristalinos, que representa todo el miedo del mundo, como todas esas pesadillas que dibujaba el genial Alfred Kubin, pero que al mismo tiempo se convierte en una fuerte atracción para Alexander.
Como ya he dicho, la película hace realidad la corte de fantasías infantiles que no podrían existir fuera del arte, la superchería o el milagro. Alexander tiene relaciones con lo secreto: la escultura marmórea se mueve cuando el reloj da la campanada, el episodio del baúl, el chico habla con su padre muerto e incendia telepáticamente la casa del Obispo, como metáfora de su inmenso odio hacia él y, al mismo tiempo, por la imposibilidad para Alexander de escapar de ese trauma.

¿Acaso no es toda la película la visión de un niño? Se titula Fanny y Alexander porque se retrata su mundo, los niños víctima, la vida en todo su esplendor que son los infantes: los sentidos intactos, abiertos como nunca; las visiones llevadas al límite, la convivencia del ensueño con la amabilidad de la realidad; los traumas que dejan su hendidura irreparablemente, su clavo profundo, urdido, exasperante y cómo el odio se instala para siempre. 

Pero esta cinta es un mundo de todas las mujeres: Fanny, la niña que aparta la cara para evitar la caricia del Obispo, después de que este haya, con su amor áspero, encerrado en el desván a su hermano; la pequeña niñera Mai, que con el corsé desatado da de comer al tío divertido, cariñoso, dado a los discursos y que se toma libertades; la rica abuela de un pasado dichoso como amante principesca y notable actriz que pasa de la risa a las lágrimas y besa a Isak recordando sus infidelidades; las sirvientas, algunas dulces, otras muy amargas; y la madre, un caso de belleza que se siente vacía, y que se refugia en los brazos del contemplador, ya que no puede vivir sin que alguien la observe y la guíe. La desesperación del que no necesita buscar la belleza porque ya la posee y entonces es como no tener finalidad en la vida.
En la solemnidad impecable y terrible a lo largo de toda la película, son imborrables momentos los alaridos de Emilie Ekdahl que despiertan a los niños y los llevan hasta la habitación donde reposa su padre muerto; el velatorio de Oscar Ekdahl, un haiku de Gritos y Susurros, y en el que Alexander dice palabrotas como forma de llorar y escapar del miedo; los discursos, tanto del padre de los niños como del tío libertino; la canción navideña que cantan en la mansión cogidos de la mano, mientras dan vueltas por todas las habitaciones y se observa el esteticismo en todos los detalles llevado casi al decadentismo. Ello me hace pensar en una escena que me encanta en la que la niñera pelirroja Mai con un precioso recogido, pecosa, alegre, cojuela y que huele bien a sudor; entra en la habitación por la noche con un vestido muy elegante, que le ha regalado su amante (el tío de estos niños), y el niño la mira enamorado, celos e inocencia desconfiada. Y también cuando juegan ella y los dos niños con la almohada, y el cuarto se llena de plumas. Esta cinta muestra la sobrenatural sublimidad de la belleza sueca que colma todas las copas, y que parece negociar con los recursos extremos de dioses y demonios, los cuales nos colocan ojos de niño, ojos de Wagner, ojos de Hoffman. Quizás lo que más me interesa de la película es el deseo de vivir de ese modo, como en un cuento infantil, donde la alegría triunfa y cualquier cosa puede suceder, donde vives para crear belleza y todo es educación y aspirar a lo grande, a la sublimidad. Supongo que lo que me pasa con esta película es que me inspira a pensar en cosas insólitas que de otro modo no podría haber imaginado: Me veo contándole cuentos a todos los niños de la ciudad, haciendo un pastel por la tarde cuando llueve para mis seres queridos, llevando un teatro o vistiéndome cada día con una estética impecable. El sueño de lo nórdico siempre lo he tenido, y Fanny och Alexander guía mis pasos.
*Citas de Imágenes de Ingmar Bergman.
© Del Texto: Claudia Ruiz Cívico


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