La vida es la de Adèle: La piel es la de todos

En los últimos días de mayo se empezó a hablar de la película La vida de Adèle cuando se hizo público que era la ganadora del Festival de Cannes 2013. Las noticias que salían entonces, las que leíamos en junio, ahondaban en el logro cinematográfico de Abdelatif Kechiche, director franco-tunecino ya conocido por su película Vénus noire.
Durante los últimos días de octubre resurgió en los medios esta película como tema, pero ya no para exponer los méritos y los hallazgos visuales y cinematográficos de esta obra sino para ventilar un escándalo que surgió a partir de que una de las actrices protagonistas del film (Léa Seydoux, que interpreta a Emma) acusara a Kechiche de violento y autoritario. Según la actriz, el director les hacía rodar como cien veces una escena que luego resultó ser de solo treinta segundos. Por su parte, Adèle Exarchopoulos, quien interpreta a la mismísma Adèle, apoyó a su compañera en las acusaciones y se refirió a lo incómodo que fue grabar esa escena de sexo que dura aproximadamente diez minutos en pantalla; a lo exigente y poco cuidado que fue el director con ellas en esas tomas; y a que tuvieron que trabajar en ellas diez días… Según la actriz, el rodaje se extendió varios meses y fue una experiencia traumática. Pero no hay dos sin tres, y Julie Maroh, autora del comic Le bleu est une couleur chaude (El azul es un color cálido), libro en el que está basada esta película, aseguró que el director agregó escenas sexuales lésbicas para alimentar el morbo. Estos escándalos coincidieron con el estreno de la película en España.
¿Qué pasa con el tiempo y el espacio en Kechiche? Es como si no tuviera apuro ni distancias. Olvidando los escándalos que no hacen a la obra en sí misma sino en tal caso a su contexto, vayamos a la ficción (que es realidad, en esta película, más que nunca).
La vida de Adèle se trata de una película de 179 minutos. Se ubica cerca de la retina de los ojos de los espectadores. Muestra masticar con la boca abierta. La salsa de tomate en los espaguetis y la salsa de tomate en la lengua. Los ronquidos de quien duerme con la boca abierta, a punto de babear, cuerpo despatarrado, sin poses. Como si no hubiera cámara. El espectador está dentro. No hay prácticamente mediación ni ventana ni cuadro. El espectador observa no solo con los ojos sino con el cuerpo. La piel que ve es la nuestra, además de la de Adèle. La piel es la de todos.
Adèle es una adolescente que va descubriendo su sexualidad y el amor. Vive un romance con un muchacho que le hace pensar, replantearse gustos, asumir que finge y maldecir su cara. Y llorar. Adèle llora. Permanentemente llora.
Será en esa misma etapa, la del Instituto, cuando conozca a Emma, una chica mayor a ella que le atrae a primera vista. Adèle se enamora. Se ubica. Pertenece: va a manifestaciones y fiestas del mundo gay. Y se defiende de y se enfrenta a las acusaciones que le hacen sus compañeras de colegio. Adèle no asume en un principio, pero poco a poco crece y es ella. Se asume. Es Adèle.
Como si conformara la segunda parte de la película, han pasado algunos años y Adèle ya está crecida. No hacen faltas letras impresas en la pantalla que anuncien el paso del tiempo: incluso su físico más estilizado y su cara menos infantil y regordeta lo ponen en evidencia. Adèle tiene armado un hogar, una pareja, un amor, una profesión, una vida. Hay una entrega total y absoluta de ella para con el amor. Hay una dedicación. Un foco, una concentración. Una intención y un propósito. Adèle ama. Sencillamente ama.
A su lado: una mujer amada y menos sencilla, artista plástica, que intenta explotar en Adèle dotes artísticos que esconde por el lado de las letras. Pero Adèle está tranquila siendo maestra y amando. Sencillamente tranquila y enamorada.
Y la ruptura. Dijo Kachiche: Después de una ruptura, cuando te caes, tienes que levantarte. Adèle se cae. El llanto en el momento de su caída es memorable. Adèle llora mocos y lágrimas caminando por las calles nocturnas no tanto perdida y sin rumbo sino plenamente derrotada. Adèle está derrotada por ella misma. Lo que se le estampa de lleno en la cara es menos el sopapo que le da su novia y mucho más la concreción de una distracción o distancia (en la pareja) que se venía gestando. La certeza de una soledad. Es decepción de un lado y caída irremediable, catástrofe y el dolor más puro y encarnado del lado de Adèle. En ese momento de la película, en el que Adéle se ahoga de y en llanto, el espectador no puede tampoco respirar bien. Los mocos son de todos. La vida es la de Adèle.
Después de una ruptura (…) tienes que levantarte, bailar, hacer coreografías con los alumnos, vivir, trabajar, dormir, mudarte, y volver. Volver a ser. Recuperar algo. Reconstruir. Reinventar. Estar. Ser. Ir. Ir a reencontrarse con su ex, donde Adèle intenta recuperarla, le chupa los dedos, le comería las uñas, le lame las manos, le llora. Adèle llora. Permanentemente llora. La escena de este reencuentro tal vez sea la segunda escena de llanto más impactante de toda la película. Otro ahogo. Más y más baba. De nuevo, la de todos.
Ya lo dijo Kachiche y a mí no me queda ninguna duda: no es una historia sobre un amor homosexual. Es una historia de amor. Los dos personajes son dos personas y dos cuerpos. O sea, lo que somos todos. No hay más ni menos que en la vida real. Es pura realidad estampada en la retina de los ojos del espectador, no en la pantalla. Por eso, no sé qué le pasa a Kechiche con el tiempo y el espacio, pero para mí es lo justo: no le sobra ni un segundo ni le falta ni un milímetro. Es vida y dolor contada para todos y con todos los recursos y todas las escenas que se necesitan para eso. No hay vida sin sexo. En el cine tampoco. Las escenas de sexo de La vida de Adèle no son morbo, ni pornografía ni erotismo; son realidad. Es carne sin censuras, mediaciones ni distancias. La película no está del lado de la ficción, está más acá. Del lado de la vida. La vida es la de Adèle y excede los límites del cuerpo y del alma de Adèle. La piel es la de todos.
© Del Texto: Flor Bea


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