nov 28 2013

Lobezno inmortal: Demasiado previsible

Lobezno inmortal es una película divertida. La dirige James Mangold que no intenta, ni una sola vez, descargar peso dramático alguno en el desarrollo de la trama.
Poco más se puede decir de esta película. Algunos efectos especiales son notables (como en todas las grandes producciones actuales), las escenas de acción están bien construidas y permiten al espectador saber qué es lo que ocurre. Poco más. Entre otras cosas, porque se dan por sabidas cosas que no todos tenemos que saber necesariamente. Si alguien se acerca, por primera vez, a este tipo de películas que tienen a los superhéroes de Marvel como protagonistas, es posible que no se entere de nada. Y no comprender, por ejemplo, la motivación o los orígenes de un personaje, es un desastre.
Esta es la razón por la que la carga dramática aparece con cuentagotas y se incide más en explotar lo divertido.
Aun siendo la trama entretenida, no se libra del suspenso por ser terriblemente previsible. No hay nada importante que no se intuya y sólo los detalles aportan alguna novedad visual o a la acción. Lógicamente, esto resta mucho interés a este Lobezno Inmortal.
Todo el ímpetu del director se centra en las persecuciones y en reflejar con exactitud las coreografías de los combates. Lo más destacado es el encuentro de Lobezno con los criminales cuando viaja a bordo de un tren bala.
Hugh Jackman hace de Lobezno poniendo cara de Lobezno. Ya he dicho que el perfil del personaje es inexistente. Por tanto, con poner un gesto es suficiente. El resto del reparto cumple. Incluidos los actores japoneses que hacen de malos. Ni gritan a lo tonto, ni el gesto es cómico cuando se pegan.
Bien, muy bien, la fotografía de Ross Emery. Logra planos extraordinarios por sus encuadres, su nitidez y el acierto con la luz.
Lobezno Inmortal es peor película que otras de superhéroes. Divierte, eso sí, aunque no termina de cautivar al espectador. Demasiado previsible.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 27 2013

Elysium: Propuesta fallida

De una buena idea puede surgir un buen producto o una castaña pilonga. En el caso de una película de cine, es el guión el que provocará que sea una cosa u otra ya que el guión es lo fundamental, en lo que no se puede fallar. La idea convertida en libreto es el secreto para conseguir una buena película.
No es el caso de Elysium. Una magnífica idea. Un producto final torpón, mediocre; una película que transita por los territorios de siempre, un guión lleno de baches que deja sin contestación un gran número de preguntas y siembra dudas sobre su consistencia a base de abusar de gazapos inexplicables.
El gran problema es el cambio que se produce en una trama que comienza cercana al tono más lírico y que genera una épica de la construcción del individuo como parte de la humanidad. De esa zona poética se salta, sin aviso o razón alguna, a las batallitas de siempre, a lo sobado otras veces. Y la película termina siendo la historia de un héroe necesario para que el ser humano tenga alguna posibilidad. Lo mismo que un millón de veces.
Los efectos especiales y visuales están a gran altura. Algunas escenas (por no decir todas) alcanzan buenos niveles en el ritmo narrativo cuando se incorporan estos efectos. Cuando no los hay todo se viene abajo. Porque, aunque la ambientación es notable, no pasa casi nada que nos interese. Todo huele a conocido, todo se desliza hacia la zona gobernada por la desidia.
Matt Damon es lo mejor de la película. Solvente; muy profesional, intenta arrastrar con él a su personaje sin escatimar esfuerzos. No luce más porque es imposible. Jodie Foster debería interpretar un papel protagonista; sin embargo, su personaje es plano, es un misterio del que no entendemos gran cosa y deja de interesarnos a las primeras de cambio.
Neill Blomkamp (qué buena su película District 9 y qué esperanzas dejó entre los aficionados al cine) se enreda más en la estética que en otra cosa. Y fracasa.
Parece que, ahora, lo que se estila es reunir a un grupo de actores de primera fila, hacer un planteamiento en el que la informática es esencial y comenzar a rodar. Yo no sé cómo son capaces de filmar una película sin un guión bien rematado, sin una buena frase que echarse a la boca. A veces la sensación es que el cine se está convirtiendo en una vía de escape para el espectador que quiere evadirse de este mundo durante un par de horas. Y el cine es mucho más que eso. Un mal montaje, una banda sonora encajada con calzador o un guión en el que todo vale, es una estafa. No se puede pensar que el espectador es tontito o algo así.
Fallida propuesta por su falta de contenido, de sentido y de seriedad. Neill Blomkamp debería pensárselo dos veces antes de aceptar este tipo de trabajo.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 26 2013

¿Quién mató a Bambi?: Estupenda comedia española

Cuando un guión se llena de ingenio, de chispa, de situaciones disparatadas e hilarantes y, además, el director logra que los actores se dejen llevar sin pensar en nada que no sea el personaje que encarnan, es muy posible que se consiga una película divertida y gratificante.
¿Quién mató a Bambi? es una comedia, firmada por Santi Amodeo, que resulta arrasadora, loca y presenta situaciones surrealistas que, encajadas en el conjunto, pasan por ser verosímiles. El lío es descomunal, los personajes se colocan en el límite de lo creíble (este es el gran acierto de Santi Amodeo, puesto que no permite que ninguno se vaya hasta más allá de lo debido), el remate de tanto alboroto es más consistente de lo esperado y se narra con un dominio del tiempo y del tempo poco usuales en la actualidad. Para ello, lógicamente, el montador echa el resto facturando un trabajo estupendo.
La dirección actoral es notable. Salvo en el caso de Quim Gutiérrez (algo pasado de vueltas en algún momento aunque bien en general) todo el reparto está bien. Ernesto Alterio destaca con su personaje mezclando idiotez y maldad a partes iguales.
Toda comedia de enredo necesita situaciones divertidas que lleven más allá el lío que finalmente debe resolverse. Esto significa una vuelta de tuerca más a la psicología de los personajes; una vuelta de tuerca más que no puede desvirtuar la esencia de estos ni arrastrarlos con el fin de llegar hasta un límite innecesario. ¿Quién mató a Bambi? es una demostración de cómo una comedia disparatada y negruzca puede avanzar sin llevarse por delante lo conseguido. Tan sólo, en el tramo final, alguna cosa se desmanda (la fiesta que se celebra en casa de una de las protagonistas es el claro ejemplo), pero el peso narrativo es menor y la importancia poca. Parece más una gamberrada del director que un alarde cómico fallido. Y no es extraño que esto sea así. En esta película la sensación de diversión es absoluta.
El único lunar que sorprende mucho es la aparición de Andrés Iniesta. Forzadísima y sin interés alguno.
Esta es una opción magnífica para pasar la tarde en el cine, para reír hasta la carcajada, para comprobar que (a pesar de los ministros) se hace buen cine en España. No dejen de ver ¿Quién mató a Bambi?
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 25 2013

Malavita (The Family): Nada nuevo entre los mafiosos

Películas sobre mafiosos italo-americanos ya se han rodado unas cuantas. Algunas verdaderas obras maestras, otras pasables y muchas insoportables. Intentar algo novedoso en este territorio es difícil.
Luc Besson se animó y entrega un trabajo desigual que va de un arranque prometedor a la explosión ininterrumpida de artefactos, al millón de disparos y al disparate absurdo. Pero antes se pasea entre todos los tópicos conocidos, por los personajes más irrelevantes y por la reiteración de lo que ya nos han contado otras veces.
Malavita (The Family) cuenta el día a día de una familia protegida por el FBI. El padre (Robert De Niro) es un mafioso que ha delatado a la plana mayor de la organización; la madre (Michelle Pfeiffer) es una mujer deprimida por tanto traslado, por haber renunciado a su vida; y suele incendiar, de vez en cuando, alguna tienda local. Los niños (Dianna Agron y John D´Leo) son un par de psicópatas. Allá donde va esta familia deja marcado el territorio con algún muerto, alguna paliza o algún negocio en quiebra. Y a todos ellos les busca la mafia.
A ratos es divertida acumulando disparates y violencia que, acompañada por alguna frase ocurrente, resulta cómica. Pero no encontramos nada nuevo (por cierto, en El Padrino cualquier cosa se acompañaba de una frase inteligente que puede parecer lo mismo sin serlo, claro). Lo más sorprendente es la cantidad de arrugas de la señora Pfeiffer y de Tommy Lee Jones. Porque todo lo demás es de una normalidad excesiva. Nada destaca salvo lo previsible de la trama y el bajón en el pulso narrativo del minuto treinta en adelante.
Los personajes no son tan originales como el director quiere que aparenten. En la serie de televisión La familia Addams ya se dijo todo sobre esto de las familias formadas por seres raritos. No son tan originales y se podría prescindir de alguno de ellos. Del de la hija, por supuesto (no sé qué pinta en todo esto un personaje así). Por lo poco desarrollado, el del hijo, también.
Robert De Niro interpreta su papel sin despeinarse. Tal vez sea este sea un problema. Mucho actor para tan poco personaje, para tan poca exigencia. Y, por qué no decirlo, ya le tenemos muy visto como mafioso. La señora Pfeiffer cumple con el suyo que tampoco exige nada del otro mundo. Tommy Lee Jones se limita a poner cara de póker. Poco más. Los dos jovencitos parecen tener potencial aunque en este trabajo no despuntan.
El montaje deja espacios para algunos flashbacks que resultan interesantes puesto que intentan dibujar a los personajes. Pero no lo consiguen. Cualquier cosa que se quede en la superficie tiene el mismo problema.
El resto pasa desapercibido. Todo el ímpetu del director en el arranque se desvanece entre escenas violentas que procuran disimular las lagunas de un guión más flojo que otra cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 24 2013

Don Jon: Catecismo y moralina

De esta película se han dicho muchas cosas y, casi todas, buenas. De Joseph Gordon-Levitt, que puede dirigir bien y que logra un papel notable; del guión, que es divertido además de estar bien construido; que la fina ironía cubre cada secuencia; cosas así.
Sin embargo, la película es mediocre; el trabajo de Gordon-Levitt, como actor, es pasable (siendo generoso) y, como director, discreto (siendo muy generoso); la ironía no está por ninguna parte salvo que esa ironía sea el mal gusto, las palabras malsonantes soltadas a diestro y siniestro o el intentar que todos nos veamos reflejados en un tópico tras otro. Pero lo peor es que Don Jon termina convertido en una especie de catecismo fabricado por el director y guionista para obsequiarnos con una filosofía barata y más vista que el TBO. Moralina pura.
La historia que nos endosa Joseph Gordon-Levitt es la de un adicto al porno, infeliz por no poder liberarse por completo cuando experimenta la realidad. Músculos (ya se encarga el director de enseñarnos hasta el último detalle de sí mismo) belleza e insatisfacción. Aparece una rubia explosiva (Scarlett Johansson) que quiere cambiar a nuestro chico. Eso no funciona, claro. Continúa la adicción al porno, a la confesión en la iglesia del barrio y a sí mismo. Mucha adicción y poco de lo demás.
Pero un día aparece otra mujer (mayor, experta en todo tipo de cosas que tengan que ver con la vida misma porque es mayor; lo que supone una auténtica idiotez; es Julianne Moore) que lo arregla todo. Estarán ustedes pensando que les he desvelado la trama. Tienen razón. Pero les aseguro que es tan previsible que esto da igual. Lo hubieran descubierto ustedes mismo al poco tiempo, entre bostezo y bostezo.
La dirección actoral no está mal auqnue contar con la señora Johansson y la señora Moore es una garantía de éxito en este aspecto. El montaje es excesivo en las reiteraciones aunque imagino que, dadas las circunstancias, había que conseguir minutos de metraje medio potables. El guión, salvo algunas cositas, es bastante ramplón. Encontrar alguna frase importante es imposible; se intentan giros argumentales que no aportan nada resultando ridículos y estériles; y el remate del relato busca una importancia moral impostada e inexistente. La música atronadora. Es lo que tiene hacer una película pensando más en uno mismo que en el propio trabajo.
Propuesta fallida y tramposa al intentar colar de rondón lo que, sencillamente, no está. Don Jon no pasará a la historia del cine. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal.


nov 20 2013

Las brujas de Zugarramurdi: Un aquelarre disparatado

Alex de la Iglesia pretende divertirse con cada uno de sus trabajos. Eso se percibe desde los créditos iniciales. Y para ello, no le importa dejarse llevar por los excesos argumentales o visuales. Incluso escribe guiones (esta vez acompañado por Jorge Guerricaehevarria) que contienen altibajos y zonas faltas de sentido. Pero los trabajos de Alex de la Iglesia suelen traer cosas interesantes y mucha diversión.
Las brujas de Zugarramurdi es un disparate absoluto. Sobre todo en su parte final. El arranque es muy divertido, loco e inquietante; está filmado con mucho acierto. De la Iglesia presenta a sus personajes con ritmo frenético, con diálogos chispeantes y escenas de acción bastante notables. Si estos personajes con los que comienza la película son un monumento al surrealismo, los que se van sumando son otro al delirio total.
Hugo Silva y Mario Casas interpretan bien sus papeles. Ambos han evolucionado mucho y bien como actores, especialmente Hugo Silva. La sensación es que se lo pasan bomba. Macarena Gómez está divertidísima encarnando a una madre histérica y con muy mala leche. Pepón Nieto Y Secun de la Rosa, con personajes muy encasillados en el tópico, hacen lo que deben y lo que pueden. Las brujas, en general, están todas bien. Las famosas y las figurantes. También, el director, no escatima en papeles para los amigos, que aparecen en pantalla para hacer un chiste y ayudar al reclamo en las salas. Pero está muy bien porque todos le echan ganas y muy buen humor. El resultado, como ya pueden imaginar, es estupendo.
El guión es desigual. Va de más a menos. De la contención a cierto desbarajuste. El tramo final es excesivo y se remata con prisas y sin acierto. Los dos minutos últimos son espantosos y prescindibles del todo. Sin embargo, el conjunto no molesta porque, metidos en ese lío, los aciertos tapan los errores.
El asunto de las brujas no se agarra para profundizar. Nada de investigaciones. Es la excusa para rodar una película gamberra y, especialmente, entretenida. Nada de maravillas aunque la cosa queda resultona. Es un espectáculo con el que se pasa un rato excelente. No todo es pensamiento profundo o chapuzas indignantes. En el cine hay un espacio reservado para el cine de entretenimiento que se resuelve con cierto arte. Unos se divierten y otros hacen una taquilla notable que les permite seguir trabajando sin grandes agobios.
Alex de la Iglesia sabe lo que quiere. Los productores saben cómo colocar sus inversiones. Los espectadores saben a lo que se enfrentan. Todo en su sitio.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 19 2013

Una cuestión de tiempo: Todos felices y eso

Richard Curtis es experto en filmar películas amables y simpáticas. Los padres son lo más; todo el mundo vive en lugares estupendos; los finales son felices; bodas divertidas; y la parte más sensiblera del espectador, siempre, sale a flote entre alguna lagrimilla emocionada. Richard Curtis hace cine para ser aplaudido. Curtis escribe guiones para ser aplaudido. Y, supongo, que el Sr. Curtis reza todo lo que sabe con el fin de evitar que alguien piense algo, por poco que sea, sobre sus trabajos. Qué cosas tiene este Richard.
Una cuestión de tiempo es una comedia simpática y llevadera. Eso sí, mejor no pensar en la propuesta del guionista y director.
El tiempo, la posibilidad de viajar a través de él, es el motor de la trama que plantea Curtis sin hacer demasiados esfuerzos. La cosa queda bonita y todos tan contentos. Pero si el espectador reflexiona sobre lo que le cuentan no entiende nada y se puede sentir estafado.
Seré buena persona y fingiré no haber pensado sobre ello. Así podré soportar mejor el asunto.
Un chico conoce a una chica -tal vez la escena del primer encuentro y la de la boda sean lo único que se puede salvar- se enamoran y son felices. Aquí todos son felices, damas y caballeros. Ya está. Eso es todo. Bueno, el chico puede viajar a través del tiempo si cierra con fuerza los puños y a oscuras. Pero esto es mejor no tenerlo encuenta como ya he dicho. Qué bonita es la vida y eso. Pero el cine no está ni se le espera.
Richard Curtis, además, acompaña la acción con una banda sonora que no pega ni con cola. Yo diría que pensó primero en los temas musicales y luego escribió el guión. También creo, viendo el resultado, que tardó algo más en elegir la música que en escribir el libreto. Quizás meter los chistes con calzador le entretuvo algo. No lo sé. La partitura original que firma Nick Laird-Clowes es bastante empalagosa y sosa.
Rachel McAdams es lo mejor en Una cuestión de tiempo. Tranquila, contenida y muy guapa. Domhnall Gleson es un actor algo cargante que necesita poner cara de algo para que la cosa funcione (eso si funciona, claro). No remata bien un papel que le habría servido para lucirse. A Bill Nighy no hay quien se lo crea. Muy forzado. El resto pasa desapercibido.
La película se llena de cosas muy, muy, bonitas. Todo es una maravilla. En fin, representa eso que quisiéramos que fuese la realidad. Momentos tiernos, momentos cómicos o que quieren pasar por serlo, momentos emocionantes (sería más adecuado decir que son un pastelón y de una sensiblería apabullante). Y el motor de la acción, el tiempo, maltratado. Porque el vehículo argumental se trata como si fuese una caja que abierta colorea todo de rosa. El amor. Claro, claro.
Es demasiado poco lo que ofrece Richard Curtis. Un rato frente a la pantalla olvidando las preocupaciones. Pero eso es casi nada. El cine es mucho más que un antidepresivo. Carísimo, por cierto.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 17 2013

Eichmann: Cuando el cine se convierte en un panfleto

Adolf Eichmann fue un asesino salvaje, parte de una maquinaria demoledora. Eso nadie lo podrá poner en duda jamás. Sin embargo, si hablamos de cine, incluso teniendo un personaje en nómina de esta calaña, no se puede ser tendencioso al narrar.
Eichmann es una película dirigida por Robert Young que se centra en los interrogatorios previos al juicio contra el nazi que tuvieron lugar en Jerusalén. Pero, aquí llega el problema, realiza varios flashbacks que nos enseñan a Eichmann durante la época en la que desarrolló su trabajo como responsable del transporte de cientos de miles de judíos a los campos de exterminio. Dicho así, no parece que esto sea nada del otro mundo, pero se aprovecha el recurso para mostrar al demonio, al mismísimo demonio. El espectador no dispone de alternativas ante un punto de vista tan sesgado como ese. Si añadimos que las lagunas del guión son enormes (el final es apresurado, el dibujo del personaje es escaso, las subtramas son del todo irrelevantes), tenemos como resultado una película sin interés alguno que intenta arrastrar al espectador a un territorio no elegido, impuesto desde el primer momento. Parece que el único interés del director es resaltar la maldad incalculable del alemán; algo que todos sabemos. No necesitamos de una mala película para reforzar la idea.
La ambientación no está mal y se apoya en una tenue fotografía aunque la zona expositiva en la que aparece uno de los campos de concentración es muy pobre. Las interpretaciones no son malas ( Thomas Kretschmann está contenido; Stephen Fry se defiende bien en un papel muy corto). Pero sin personaje, sin un guión solvente, en cine no hay nada que hacer. Es por ello que la estética de la película se acerca peligrosamente al telefilm de domingo en televisión.
Después de ver la película de Margarethe von Trotta, Hannah Arendt, esta parece una caricatura en todos los sentidos. No se puede ser tendencioso y tratar de maquillar ese movimiento dando importancia en la trama a otros asuntos que no interesan y que intentan equilibrar una clara postura del realizador. No se puede intentar perfilar un personaje con cuatro trazos gruesos y llenos de violencia porque no entendemos nada y, por tanto, no nos interesan lo más mínimo. Convertir una película en una historia de buenos contra malos sin definir lo que es bueno y lo que es malo es un esfuerzo que no lleva a ninguna parte.
Es seguro que muchos se conforman con algo así. A veces, lo que hacen los narradores es decir lo que sus espectadores o lectores quieren escuchar. Y siempre que esto pasa el resultado es una catástrofe artística.
Flojísima película en la que los pocos esfuerzos verdaderos por hacer un buen trabajo se diluyen en la nada.
© Del Texto: Nirek Sabal.


nov 12 2013

Somos los Miller: Gamberradas a medio gas

Algún momento gracioso; pretensiones fallidas de gamberrismo; todos los tópicos habidos y por haber; y una candidatura, más que sería, para poder proclamarse vencedora en cualquier premio a la peor película del año.
El arranque del trabajo es sorprendente por parecer el comienzo de algo que puede merecer la pena. Aunque es eso, un arranque prometedor. Nada más.
Somos los Miller es una comedia más, muy parecida en calidad a todas las que hemos visto (las malas, digo) y que acumula todos los defectos imaginables. La receta de contar con un reparto apañado no funciona por sí mismo; el guión que intenta escapar de las zonas comunes se atasca en sus propias carencias y, además, termina enfangado en todos los tópicos posibles; el humor tosco y facilón sigue sin funcionar. Además, en esta película se intenta colar un mensaje envuelto en moralina sobre la importancia de la familia que está gastado y resulta cargante. Nos lo sabemos de memoria y parece el intento de llenar un vacío absoluto del guión.
Cuando, sea lo que sea lo que se cuenta, nos encontramos entre tópicos, chistes mediocres o situaciones que intentan la transgresión por el camino de la bobada sobre el sexo; no hay forma de encontrar un hueco que merezca la pena. Si existe queda oculto o difuminado por el conjunto desastroso y aburrido.
Jennifer Aniston hace su trabajo. Con oficio y cierta gracia. Pero, en Somos los Miller, esto es como decir que un albañil levanta una pared con maestría colocando ladrillos de papel. Will Pouller está gracioso; Emma Roberts pasa desapercibida y Jason Sudeikis, aunque correcto, tiene problemas para controlarse en algunas escenas. El que interpreta un papel especialmente estúpido de forma especialmente histriónica es Ed Helms. Un auténtico desastre. El director Rawson Marshall Thurber hace con los actores lo que con el resto del trabajo: casi nada. Es verdad que la propuesta es la que es y que no se intenta maquillar de ninguna forma, pero con un poquito de talento, hasta de lo más cutre se puede sacar algo en claro.
Esta es una película que, tal vez, funcione en los formatos caseros. Es posible. Desde luego, como película de cine no pasará a la historia. Como mucho ostentará el premio a lo más flojo del año 2013.
© Del Texto: Nirek Sabal


nov 10 2013

Fanny y Alexander: Lo insólito

Ingmar Bergman escribió Fanny och Alexander en tres meses con un pensamiento: Jugando puedo vencer la angustia, aliviar las tensiones y derrotar la destrucción; en un momento en el que lo habían acusado de evasión de impuestos. Así, quería describir el lado luminoso de la vida, en un momento en que para mí la vida era insoportable.

Queriendo hacer una película que dure tanto como la lluvia, realizó una versión de cinco horas para televisión y otra cinematográfica de tres horas y ocho minutos. Este filme parece un extraordinario y bello cuento infantil (y no infantil), en el que el propio director confiesa la influencia de dos hombres que se han colado en las fantasías de muchos niños de todo el mundo, como son E.T.A. Hoffman y Charles Dickens. Concretamente, de sus relatos El Cascanueces y Cuento de Navidad. Al mismo tiempo, es una historia que retrata toda la profundidad humana, metafísica y sentimental, con el empleo de metáforas, sutilidades y complejas alegorías que ensanchan la percepción. Y es precisamente en Navidad, a principios del XX, donde comienza la historia de los dos niños protagonistas, Fanny y Alexander (Pernilla Allwin y Gunn Wållgren), siempre inseparables, que duermen juntos en una habitación donde juegan con casas de muñecas, teatros de marionetas, un cinematógrafo y trenes de juguete, y en donde sólo la campanilla de la gran casa barroca, cómoda y rojísima en la que viven, indica cuándo es mañana y noche. Es una buena vida, la vida bondadosa, la sencilla, la increíble vida, escribe el director.

Esta cinta es un cuadro de la infancia con valor universalista, en el seno de la familia Ekdahl, inmensamente rica y burguesa que se dedica a un trabajo vinculado al prestigio y la fama, como es el teatro y del que hay referencias a Strindberg y Shakespeare. Todo en el filme es bondad, luz, positividad, paz, armonía y una belleza que jamás había visto antes, y que debemos en gran parte a Anna Asp, Sven Nykvist y Sylvia Ingemarsson: Los niños sabían de sobra que sus papás les habrían comprado toda clase de bonitos regalos, que se ocupaban de colocar; también estaban seguros de que, junto a ellos, el Niño Jesús los miraría con ojos bondadosos, y que los regalos de Navidad esparcían un ambiente de bendición, como si los hubiese tocado la mano divina. (El Cascanueces, E.T.A. Hoffmann). 

Por otra parte, señalaba Bergman: Todo tiene que ser delicado como la lluvia. De esta forma, la niña lame los sellos de las cartas mientras la criada plancha, nos llega el olor a pan caliente y chocolate fundido y a delantales de sirvientas. Percibimos el aburrimiento pesado, pero dulce mientras nieva, y cómo no les duele nada. También sentimos sus pieles suaves y los ojos brillantes y limpios. Desconocen toda la miseria, conocen el dolor, pero no la miseria. También vemos a Alexander, tras el teatro de marionetas, y cómo la luz de las velas alumbra su rostro imposible. Siempre cuidadosamente vestidos, no hay en la película ni un solo elemento indiferente, grotesco sí, pero hay una total ausencia de elementos sin importancia.

Digo que todo es bondad, porque es lo que más recuerdo de esta película, en palabras del propio director sueco: Por fin quiero dar forma a la alegría que, a pesar de todo, llevo dentro de mí y a la que tan rara vez y tan vagamente doy vida en mi trabajo. El poder describir la fuerza de actuar, la vitalidad, la bondad. Sí, no estaría mal por una vez. Pero también se percibe cómo, al igual que en el Fausto de Murnau, un Mefistófeles inconmensurablemente más grande que todos nosotros, extiende su manto negro promulgando la peste: Hay crueldad, educación severa e irracional y castigos muy duros por mentir o tonterías. 

La madre de estos niños, Emilie Ekdahl (Ewa Fröling), se casa con el obispo de gran poder y prestigio cuando muere su esposo. Esta mujer es el pilar que sostiene la película y, sin su belleza, no se entiende. El pastor representa la cara más destructiva del protestantismo, rechazando todos los placeres mundanos, y buscando una austeridad que se alimenta de sacrificios. Da un miedo apabullante la firmeza de carácter del obispo, con un comportamiento estático, gélido y gótico. Obliga mediante vejaciones a Alexander a confesar su mentira y a pedirle perdón, cuando éste relata la muerte en el río de la mujer y las hijas del obispo. El obispo representa la idea que todos albergamos de una incomprensible autoridad, a veces tan deseada: los guías, el orden, el poder. Cogerle la mano fuertemente para no perderte en las calles, en la nieve. Su lachrymarum palacio episcopal es estéril, enfermo y carcelario; al igual que las mujeres que viven allí: Con este fantasmal librito he procurado / despertar al espíritu de una idea sin que pro- / vocara en mis lectores malestar consigo / mismos, con los otros, con la temporada ni / conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie / sienta deseos de verle desaparecer. (Prefacio a Cuento de Navidad, Charles Dickens). Desde que eres pequeño intuyes la sombra. Fanny y Alexander las descubren con las impertinencias de los adultos, que no saben vivir, que se desnaturalizan, que son unos incompetentes hacedores de ilusiones y alegrías. A través de las ventanas de la gran casa, como en el cuento de Buda, los niños presienten la existencia de otro palacio que amenaza con aniquilar todas las historias encantadoras de flores y futuro, de Amélies, de inventos de realidades de ensueño, de castillos de locos, doctorados del amor y escuelas de luz.
Todos los personajes parecen de fábula. El rico judío Isak (Erland Josephson) es un personaje entrañable, que hace cosas mágicas y tiene objetos raros y excitantes, además de juguetes, que se extienden por una tienda laberíntica, oscura y recargadísima que no tiene fin. Allí es donde a Alexander se le aparece Dios en forma de marioneta, alimentado por la ignorancia que siempre revela los dientes del mal, y donde se encuentra Ismael, membrana sensible a los deseos, el ser andrógino fantástico y tétrico con ojos ambiguos y cristalinos, que representa todo el miedo del mundo, como todas esas pesadillas que dibujaba el genial Alfred Kubin, pero que al mismo tiempo se convierte en una fuerte atracción para Alexander.
Como ya he dicho, la película hace realidad la corte de fantasías infantiles que no podrían existir fuera del arte, la superchería o el milagro. Alexander tiene relaciones con lo secreto: la escultura marmórea se mueve cuando el reloj da la campanada, el episodio del baúl, el chico habla con su padre muerto e incendia telepáticamente la casa del Obispo, como metáfora de su inmenso odio hacia él y, al mismo tiempo, por la imposibilidad para Alexander de escapar de ese trauma.

¿Acaso no es toda la película la visión de un niño? Se titula Fanny y Alexander porque se retrata su mundo, los niños víctima, la vida en todo su esplendor que son los infantes: los sentidos intactos, abiertos como nunca; las visiones llevadas al límite, la convivencia del ensueño con la amabilidad de la realidad; los traumas que dejan su hendidura irreparablemente, su clavo profundo, urdido, exasperante y cómo el odio se instala para siempre. 

Pero esta cinta es un mundo de todas las mujeres: Fanny, la niña que aparta la cara para evitar la caricia del Obispo, después de que este haya, con su amor áspero, encerrado en el desván a su hermano; la pequeña niñera Mai, que con el corsé desatado da de comer al tío divertido, cariñoso, dado a los discursos y que se toma libertades; la rica abuela de un pasado dichoso como amante principesca y notable actriz que pasa de la risa a las lágrimas y besa a Isak recordando sus infidelidades; las sirvientas, algunas dulces, otras muy amargas; y la madre, un caso de belleza que se siente vacía, y que se refugia en los brazos del contemplador, ya que no puede vivir sin que alguien la observe y la guíe. La desesperación del que no necesita buscar la belleza porque ya la posee y entonces es como no tener finalidad en la vida.
En la solemnidad impecable y terrible a lo largo de toda la película, son imborrables momentos los alaridos de Emilie Ekdahl que despiertan a los niños y los llevan hasta la habitación donde reposa su padre muerto; el velatorio de Oscar Ekdahl, un haiku de Gritos y Susurros, y en el que Alexander dice palabrotas como forma de llorar y escapar del miedo; los discursos, tanto del padre de los niños como del tío libertino; la canción navideña que cantan en la mansión cogidos de la mano, mientras dan vueltas por todas las habitaciones y se observa el esteticismo en todos los detalles llevado casi al decadentismo. Ello me hace pensar en una escena que me encanta en la que la niñera pelirroja Mai con un precioso recogido, pecosa, alegre, cojuela y que huele bien a sudor; entra en la habitación por la noche con un vestido muy elegante, que le ha regalado su amante (el tío de estos niños), y el niño la mira enamorado, celos e inocencia desconfiada. Y también cuando juegan ella y los dos niños con la almohada, y el cuarto se llena de plumas. Esta cinta muestra la sobrenatural sublimidad de la belleza sueca que colma todas las copas, y que parece negociar con los recursos extremos de dioses y demonios, los cuales nos colocan ojos de niño, ojos de Wagner, ojos de Hoffman. Quizás lo que más me interesa de la película es el deseo de vivir de ese modo, como en un cuento infantil, donde la alegría triunfa y cualquier cosa puede suceder, donde vives para crear belleza y todo es educación y aspirar a lo grande, a la sublimidad. Supongo que lo que me pasa con esta película es que me inspira a pensar en cosas insólitas que de otro modo no podría haber imaginado: Me veo contándole cuentos a todos los niños de la ciudad, haciendo un pastel por la tarde cuando llueve para mis seres queridos, llevando un teatro o vistiéndome cada día con una estética impecable. El sueño de lo nórdico siempre lo he tenido, y Fanny och Alexander guía mis pasos.
*Citas de Imágenes de Ingmar Bergman.
© Del Texto: Claudia Ruiz Cívico