La Conquista de México: Gran ópera moderna

Las sociedades evolucionan porque el ser humano evoluciona. Y todo lo que tiene que ver con el hombre (es decir, el universo entero) avanza con él. Gustará más o menos, se entenderá peor o mejor, tendrá más o menos importancia en la historia; pero el equipaje de la humanidad siempre fue y será guardado en maletas de distintos colores según vaya pasando el tiempo.
La ópera, como cualquier manifestación artística, se mueve en el tiempo modificando sus formas y sus fondos. Los que pensaron o siguen pensando que con la muerte de Giacomo Puccini moría la ópera, estaban más que equivocados. O lo siguen estando. La ópera del siglo XX dejó obras bellísimas e importantes. La del siglo XXI lo está haciendo, también. Lo seguirá haciendo. Y, cada vez que aparezca un autor capaz de estar a la altura, el mundo de la ópera lo celebrará.
La conquista de México de Wolfgang Rihm, estrenada en el Teatro Real de Madrid, es una muestra de lo que puede llegar a dar de sí la ópera moderna. El libreto es del propio compositor y lo construye desde los textos de Antonin Artaud y Octavio Paz. Se mezclan los Cantares anónimos mexicanos del siglo XVI.
El enorme concepto trágico que encierra la obra de Rihm, la excelente puesta en escena (a pesar de algunos errores de los figurantes al moverse y crear efectos, el trabajo de Pierre Audi es apabullante), el uso de una policromía preciosa enfrentada con un negro más que seductor y unas voces que se encuentran a gran altura, hacen de esta ópera un espectáculo grande y emotivo.
La conquista de México relata el encuentro entre Cortés y Montezuma. Los previos y el encuentro en sí seguido de las trágicas consecuencias que llegaron inmediatamente. Nada ceñido a la historia oficial o académica, eso sí. En España este asunto nunca fue tratado como lo que realmente fue -una masacre y una desoladora destrucción de una civilización riquísima- por lo que no entusiasmará a un determinado tipo de público. Rihm lo trata desde la épica con la que se construye el hombre, desde una lírica conmovedora.
El color se impone desde el principio. Acompaña toda la simbología de forma precisa y emocionante. Mientras, Malinche (Ryoko Aoki; extraordinaria en la expresión corporal o en la ausencia de esta dependiendo del momento) se mueve desde antes de comenzar a sonar la primera nota. La orquesta distribuida por el teatro suena impetuosa (el efecto estéreo es más que interesante) avisando de un desastre irremediable y arrimándose a las tonalidades más cálidas cuando es necesario (el final de la obra es majestuoso). Todo se encierra sobre lo femenino, lo masculino o lo neutro. Eso quiere el compositor y no duda en anunciarlo desde el primer momento. La percusión protagonista. La zona femenina domina el mundo indígena (las voces femeninas de estos personajes nada tienen que ver con sus inclinaciones sexuales sino con la forma de entender el mundo y la fascinación con la que reciben a los españoles); la masculina acompaña al invasor que convierte la cruz en espada; lo neutro parece no imponerse hasta que ya es tarde y no hay remedio.
El vestuario luce cuidadísimo, creativo, bello. El escenario sencillo y versatil.
Alejo Pérez, director musical, algo extravagante en algún momento aunque entendiendo muy bien la partitura. Las voces excelentes aunque destaca la contralto Katarina Bradić que logra un registro lleno de colores y matices improbables.
Si bien es cierto que al aficionado le pueda parecer una ópera extraña y dura; que al que va por primera vez le puede espantar; el arte no puede dejarse llevar por los gustos de algunos o la ignorancia de otros. La conquista de México, lejos de los prejuicios tan pesados a estas alturas, es fantástica y merece la pena. Mucho, mucho, mucho.
© Del Texto: Nirek Sabal


Comentarios cerrados.