El manantial de la doncella: El silencio de Dios y otras obsesiones

Magnífica película. En ella queda patente, con bastante claridad, lo que Ingmar Bergman buscaba al realizar películas de cine. Y, por eso, en ella se puede encontrar el universo del director casi al completo. Desde luego, lo fundamental está.
El cine de autor se caracteriza, entre otras cosas, porque las obsesiones del director se repiten sin filtro; porque los esquemas creativos conservan lo fundamental aunque integren las novedades que llegan con la madurez de sus trabajos. En El manantial de la doncella encontramos la obsesión de Bergman con dioses y religiones; la contraposición de lo nuevo y lo ancestral; la angustia existencial; la maldad luchando con la inocencia bondadosa; la muerte; la mujer como centro de atención y eje fundamental en la construcción del mundo.
En el cine del sueco los dioses aparecen silenciosos, imperfectos y equivocados cuando deciden crear al ser humano. Cualquier dios es así aunque el cristiano es el que nunca habla, el que deja a su suerte a la persona. Nunca cambia su actitud. En esta película es Odín, un viejo dios pagano, el que se hace eco de los deseos de una de sus fieles seguidoras. La malvada Ingeri (una estupenda Gunnel Lindblom) pide y su deseo es concedido. Parece que Odín es mucho más fiable que el nuevo dios llegado a la Suecia medieval y se ajusta a las necesidades de los que creen en él. El dios cristiano es posible que no pueda llegar a perdonar.
Lo que hace Bergman en este trabajo es actualizar una leyenda (Törens dotter i Vänge) que dice que donde muere una doncella aparecerá un manantial. La Suecia medieval, marco de desarrollo del relato y en la que la religión ordena el momento más oscuro de la humanidad, se dibuja como un paisaje idílico destrozado por un ser humano brutal, rebosante de prejuicios y supersticiones; es un marco del que no se puede disfrutar a causa del yugo clerical.
Bergman consigue un clima terrible, casi tenebroso en esta película. A medida que avanza la trama, ese clima se hace irrespirable. Esto lo logra gracias a una puesta en escena elegantísima y sobria, por un trabajo en la dirección actoral muy preciso (alguna escena resulta teatral en exceso aunque se compensa con la elegancia de los encuadres y del magnífico movimiento de la cámara), por la excelente fotografía en blanco y negro de Sven Nykvist (realista y tendente al expresionismo jugando primorosamente con los claro-oscuros) y por el uso de una banda sonora sencillísima que resalta el carácter bondadoso y cándido de la doncella frente al resto de personajes (matiz perfecto para las contraposiciones que busca el realizador).
No faltan los símbolos en la película. Por ejemplo, un sapo negro que anuncia la muerte violenta que, desde el principio, deja claras las intenciones del Bergman. Intenciones que se enroscan en sus preocupaciones. El director conoce bien el lenguaje visual, el iconográfico y el de los objetos. Todo se revela como iluminador de los personajes, como cimientos del relato.
Tal vez, el guión de Ulla Isaksson sea lo más flojo del conjunto. Aunque está a muy buen nivel. Los diálogos son escasos con lo que se minimiza el problema al ocultarse las lagunas tras la potencia visual. Los personajes podrían haber crecido más y mejor, pero, no obstante, se elevan lo suficiente como para cumplir con las expectativas.
Max Von Sydow es Herr Töre, el padre de la doncella, un hombre instalado en la tranquilidad y el amor a Dios hasta que se topa con la crueldad y sufre una conmoción que le lleva a conocer su parte más primitiva y salvaje. La escena en la que sale a buscar ramas de abedul es inolvidable. Von Sydow aporta credibilidad en su trabajo. Birgitta Valberg es fru Märeta. Sobria y elegante; convincente. Birgitta Valberg interpreta a la doncella estupendamente y es, con seguridad, la mejor fotografiada y con la que más trabaja Bergman intentando conseguir el efecto buscado.
Bergman se plantea cuestiones existenciales que, por supuesto, deja sin resolver. Este director tenía la buena costumbre de plantear preguntas que llevasen al espectador a otras más profundas; nunca a una respuesta aportada por él. Deja que la angustia vital se encarame a la pantalla de principio a fin, que la violencia destroce las consciencias de personajes y espectadores, que se sienta el dolor de las personas ante su finitud o ante la falta. El manantial de la doncella es una película soberbia. Al fin y al cabo, Bergman fue un genio.
© Del Texto: Nirek Sabal


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