Glengarry Glen Ross: Alimañas en el puesto de trabajo

Glengarry Glen Ross es una excelente película. Queda dicho desde el principio. Un trabajo que hoy (se trata de una película de 1992) vuelve a tener una relevancia más que importante.
Al que escribe, David Mamet no le pareció nunca una director excepcional, pero sí un guionista de los buenos. Este -que es una obra de teatro y se deja notar- está bien construido, sin altibajos, sin grandilocuencias, sin trampas fáciles, sin una trama innecesariamente enrevesada (sólo al principio parece que la cosa está clara y se pueden observar algunas dudas). El autor se centra en el problema que plantea y se deja de espectáculos. El hombre deshumanizado, adicto al trabajo, capaz de cualquier cosa con tal de triunfar. El hombre humillado por las cifras o endiosado por el oro de su reloj. La importancia desmesurada de lo material ante el resto de las cosas. Todo ello concentrado en una oficina inmobiliaria; pequeña, en la que tenemos el arquetipo de los diferentes tipos de trabajadores (el negativo, la estrella, el que es mayor y sufre o le imponen la decadencia, el pusilánime…), en la que se presentan los diferentes tipos de relación que se establecen en los puestos de trabajo. Todo montado para que la idea de un hombre sumido en el pozo materialista aparezca como un títere que no puede gobernar ni su propia vida.
El director James Foley (tampoco un director excepcional) contó con un reparto de lujo. Jack Lemmon (impresionante, con oficio para dar y regalar), Al Pacino (contundente, creíble, desplegando un lenguaje corporal inmenso que recuerda al Tony Montana de Scarface), Alec Baldwin (sorprendente en su corto papel), Ed Harris (sobrio y seguro), Alan Arkin (aportando sencillez a un personaje difícil), Kevin Spacey (cumplidor y seguro de sí mismo) y Jonathan Pryce (correcto como de costumbre); un reparto que hubiera soportado una mala dirección e, incluso, un mal guión. Y, además de sumar estrellas en su película, dirigió con astucia Glengarry Glen Ross, una película llena de teatralidad que Foley desmonta sacando la trama en momentos justos a exteriores. Con cuatro escenarios sencillos a más no poder logra entregar una película estupenda. La banda sonora (escasa, pero acertada) ayuda y pone el grano de arena que se espera de ella.
El mensaje de la película es claro y contundente: el camino del dinero como único objetivo nos lleva a la autodestrucción como seres humanos. Así de simple y de tremendo. El trabajo, que debería ser algo gratificante con lo que el hombre pudiera crecer como persona, no puede convertirse en una trituradora de personas. Sencillo y muy clarito. Algo que hoy nos debería hacer pensar en la situación que estamos viviendo.
El sistema capitalista criticado sin piedad, la relaciones humanas analizadas para señalar que el débil está en manos del mejor colocado, que alguien desesperado tan sólo tiene la posibilidad de entrar en ese sistema para ser descuartizado.
Una buena película para ver con atención, para reflexionar sobre lo que está pasando y el lugar en el que nos coloca.
© Del Texto: Nirek Sabal


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