Pacific Rim: Los buenos siempre ganan

En realidad, casi todo se puede perdonar en el cine. Las equivocaciones las puede tener cualquiera; los gustos son los gustos y sabemos que, muchas veces, el problema no es de la película y sí tiene que ver con que no le damos una oportunidad a esta o aquella película. Casi todo se puede perdonar. Excepto la soberbia o la falta de honestidad. Esto es aplicable al resto de las manifestaciones de carácter artístico, sean cuales sean. Si se detecta que la intención del autor es engañosa o quiere colocarnos en un lugar que no es el adecuado para salvar el expediente, nadie, con un criterio mínimamente formado, lo perdona. Eso de querer parecer una película llena de ideología estando vacía no cuela, por ejemplo.
No es el caso de Pacific Rim. Ni mucho menos. Guillermo del Toro no juega a nada que no sea entretener, a trasladar a muchos a sus tiempos de niño o a montar su película sobre una idea muy sencilla, un guión sin aristas y el espectáculo visual. Eso es lo que intenta y lo consigue. Desde luego, esta película no es una obra maestra. Tan sólo es un espectáculo divertido. Ni siquiera se siente terror, ni interés por el desenlace (desde el principio intuimos lo que va a pasar casi al milímetro), ni gran empatía con los personajes (quedan bastante planos puesto que no interesan mucho más que los robots jaeger o los bichos enormes llamados kaijus). Del Toro nos presenta un mundo hecho trizas gracias al poco cuidado del ser humano; un mundo en el que, en esas circunstancias, sigue haciéndose negocios de lo que va a destruirlo. Y coloca a jaegers y kaijus enfrente, unos de otros, para que se líen a golpes. Si alguien busca algo que no sea esto no lo encontrará.
Lo que sucede es que el mimo con el que lo hace el director, su pasión por contar esta historia, es más que notable. Cada imagen está cuidada al máximo, cada combate es una coreografía perfecta. Eso sí, el guión ni está cuidado con mimo ni deja notar esa pasión de Del Toro. Más bien su fijación casi obsesiva con lo visual, con el detalle.
El trabajo de los actores queda eclipsado por todo lo demás. Será por eso que no se esfuerzan en exceso o se les exige lo mínimo. Con servir de percha para los trajes futuristas es suficiente. Del mismo modo que el realizador se afana en unas cosas, desprecia otras. Pero insisto en que no lo oculta de ninguna de las maneras. Del Toro es honesto con su propuesta y sabe que tiene su público. Bueno, por nombrarles, Charlie Hunnam, Idris Elba o Rinko Kikuchi son algunos de esos actores y actrices. Santiago Segura hace un cameo insustancial. El mismo Del Toro aparece en la pantalla.
El ruido es ensordecedor, la potencia de las imágenes (alejadas por completo de la lírica aunque, a veces, da la sensación que se busca) en importante, y el exceso digital es manifiesto. La trama es muy simple. El mundo nos lo hemos cargado. Ha llegado el momento de la destrucción final aunque el ser humano sabe reaccionar ante el mal. Los malos son horrendos y los buenos siempre ganan.
Pacific Rim es una buena película ya que se trata de colocar en un lugar muy concreto sin truco alguno. Insisto, honesta. Es de esos trabajos que necesitan de palomitas y ganas de disfrutar para que gusten. Porque si lo que se busca por parte del espectador es hondura, lírica o un guión lleno de frases inteligentes o ideas profundas, hay que buscar en otra parte.
© Del Texto: Nirek Sabal


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