La chica del puente: La desdicha divertida y pasional

El cine francés y el español se parecen en algunas cosas. Sí, aunque unos crean que su cine es lo más de lo más (franceses) y otros crean que el suyo es lo más de lo más (españoles). Ambos se quedan anclados, durante largas temporadas, en lo que funciona bien durante un momento concreto. La cosa da dinero y todos se arriman como si esto del cine consistiera en una ciencia exacta en la que las fórmulas o recetas fueran la panacea. Los directores repiten esquemas, los guionistas dan vueltas y más vueltas al mismo tema con los mismos formatos, los actores y actrices se pegan a un registro que les fue bien sin querer saber nada de su evolución como artista. Por todo esto, es alentador dar con películas como La chica del puente (La fille sur le pont) de Patrice Leconte. Esquema narrativo original, actuaciones magníficas de Daniel Auteuil y Vanessa Paradis; una fotografía, en blanco y negro, cercana al expresionismo alemán espléndida (Jean Marie Dreujou) y una banda sonora extraordinaria que encaja a la perfección con la imagen y lo que se cuenta (Jean Goudier). Todo ello para tratar un asunto clásico, de los de toda la vida: el amor y la desdicha o la felicidad que puede provocar mientras se vive. El aliño irónico, casi sarcástico, y un punto filosófico en los diálogos (bien construidos casi siempre aunque alguno con un punto de exceso literario), hacen de esta película eso que hace falta para que el cine siga el camino que no debió perder jamás.
Si el amor es pasión, peligro, dolor o un viaje a ninguna parte (aunque amor al fin y al cabo), La chica del puente es una de las películas que mejor lo presenta. Todo en ella es una metáfora agridulce de ese concepto que tantas veces magnificamos y que, en realidad, es lo que es. Para ello el realizador huye, como alma que lleva el diablo, de los tópicos y de las zonas más manoseadas del asunto (al final termina siendo otro topicazo aunque se trate de ser original).
El personaje que encarna Daniel Auteuil es lanzador de cuchillos circense. Encuentra a una muchacha (ella es Vanessa Paradis) a punto de lanzarse desde un puente al río. Le ofrece ser su colaboradora en el espectáculo. Qué mejor que una asistente suicida para ello, alguien que busca la muerte. Y aquí comienza la historia que cuenta otra forma de entender la vida desde el riesgo en todo lo que se hace, desde la frontera entre esa vida y su final, desde la relaciones auténticas.
La presentación del personaje de la señora Paradis es espectacular. Aguanta un primer plano durante 7 u 8 minutos con una naturalidad imponente. Y, de paso, el realizador deja perfilado al personaje sin despeinarse. Como siempre pasa en los buenos relatos, desde el principio las cartas quedan sobre el tapete. No hay trampas y todo queda dicho. La entrada del personaje de Daniel Auteuil es otra conmoción. No sólo ilumina lo que ya conocemos sino que explota por sí solo haciéndose imprescindible en la trama. Son las mitades justas de un todo.
La película presenta un punto absurdo en su planteamiento cercano al surrealismo más enternecedor. Pero todo fluye sin problemas, como si siempre esa historia hubiera estado allí para que alguien la contase. Con un ritmo excelente que se ve acompañado por la música más precisa.
La desdicha es amor, la vida es amor, todo es amor. Pero sólo si se vive instalado en la pasión y teniendo claro que el sentido del humor es fundamental para salir adelante. Si cuando su pareja le besa no siente lo mismo que si le lanzara un cuchillo, la cosa se está poniendo fea, aburrida, irreal. Eso dice Patrice Leconte. Y, me temo, no le falta razón.
Excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal


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