ago 31 2013

Ahora me ves: Un gran truco que se ve a la primera

Todo en Ahora me ves está diseñado para que el espectador esté pegado a la butaca sin moverse hasta que los créditos aparecen en pantalla. Para no dejar que piensen. Si lo hicieran se levantarían, como muy tarde, en el minuto treinta. Una trama que promete y se reduce con el paso del tiempo en un disparate increíble. Un asunto -la magia- que siempre gustó al ser humano y que se convierte en una excusa estúpida para que las escenas parezcan brillantes siendo oscuras y estando vacías. Una música que puede funcionar durante una escena, pero que se convierte en la gran invasora formando parte, desde muy pronto, del gran engaño (nada mágico) que es esta película. Una cámara que comienza histérica y termina loca de remate arrastrando con sus movimientos inexplicables a todo y a todos. Un reparto prometedor del que no se aprovecha ni un gesto. Esto es Ahora me ves.
¿Es divertida? Pues sí. ¿Es irritante? En el momento de intentar saber qué te han contado (nada) lo es y mucho. ¿Merece la pena? Pues si te invita un amigo puede colar, pero pagar un dineral no (lo que cuesta ir al cine empieza a ser cosas de locos y no parece el mejor camino para que la industria cinematográfica pueda seguir adelante).
El guión es flojo. Todo se intenta solucionar con giros argumentales completamente ridículos. Por supuesto, la trama se cierra en falso con una idiotez. Los diálogos son explicativos por lo que los personajes quedan planos. No se sabe casi nada acerca de ellos y no interesan en absoluto. No están perfilados en ningún caso. Si alguno de ellos fuera cambiado por cualquier otro, no pasaría nada. Y eso al narrar es algo que destroza cualquier relato. Por supuesto, ni una sola frase merece la pena, ni una idea, ni nada de nada. Boaz Yakin, Ed Solomon y Edward Ricourt logran una estafa perfecta y carente del más mínimo interés desde muy pronto.
La dirección de Louis Leterrier es completamente desquiciante. Arranca con cierto brillo, con cierta elegancia, para quedarse sin ideas con las que defender la propuesta. Y toma la peor de las decisiones: mueve la cámara con un frenesí apabullante para tapar los defectos. eso convierte el trabajo en una locura imposible. A los actores no les saca ni lo mejor ni lo peor. Tan sólo los coloca delante de la cámara (sería más exacto decir corriendo delante de la cámara para no quedar fuera de campo) y deja que la suerte y el marketing llene las salas de proyección mientras se pueda.
Melanie LaurentMichael Caine, Jesse Eisenberg, Woody Harrelson, Morgan Freeman, Mark Ruffallo, Isla Fisher y Dave Franco enfrentan su papel como pueden. Pero si el personaje no existe no hay nada que se pueda hacer. Actores, actrices y personajes son la misma cosa: nada.
Lo de la banda sonora merece un comentario aparte. Hacía mucho tiempo que un director no consentía una burla como la que se vive en esta película. La música intenta obligar al espectador, se entromete, en lugar de matizar prevalece y, además, no es de gran calidad. Es una cosa muy normalita colocada con el volumen a tope.
Un desastre que se olvida a los diez minutos. Por fortuna.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 30 2013

Memorias de un zombie adolescente: O te comunicas o te muerdo

Jonathan Levine, director de Memorias de un zombie adolescente, nos quiere contar que la comunicación entre los seres humanos es escasa. Nos quiere contar que eso hace que parezcamos más muertos vivientes que otra cosa. Y nos quiere contar que el amor es lo único que puede lograr que todo se modifique para que el mundo se convierta en un lugar agradable en el que merece la pena vivir. Vale, muy bien.
Además, intenta echar humor a la cosa para que el asunto funcione sin problemas. Y, por si era poco, le pone un punto de bestialidad zombie a la trama. Es decir, intenta abarcar todo, todas las esquinas posibles, para que los espectadores (todos, sin excepción) queden contentos y salgan de la sala de proyección agarrados de la manita, hablando de cosas importantes y besándose con ardor.
Debería saber el señor Levine que no se puede agradar a todo el mundo. Debería saber que meter en el mismo trabajo tanta cosa es convertirlo en un desastre seguro.
Memorias de un zombie adolescente arranca bien. Es un chiste enorme, un guiño constante a la serie B. Pero a mitad de la película todo se comienza a derrumbar por previsible, por ñoño, por sabido. Lo único que sale ileso es la banda sonora (Sitting in Limbo; Missing You, Be the Song o Shelter From the Storm, son algunos de los temas que suenan y que encajan bien sin ser invasivas en exceso). La película se convierte en una auténtica tortura.
Nicholas Hoult, Teresa Palmer y John Malkovich, son los actores principales. Hoult (incluido el físico bien trabajado por los maquilladores) está bastante verde, Palmer lo mismo aunque le digan lo contrario y Malkovich no sé qué demonios pinta en todo esto. Hoult es la bestia, Palmer es la bella y Malkovich es el padre de la chica (de verdad, no sé qué pinta en todo esto). La dirección actoral es flojita.
Es una pena tanto desperdicio porque la idea podría servir. Centrando los esfuerzos en lugares concretos, apostando por una cosa u otra, Memorias de un zombie adolescente podría haber funcionado bien. Porque, finalmente, parece que el guión es insípido e insuficiente, los zombies ni son zombies ni nada, el humor se convierte en un montón de chistecillos de tres al cuarto que se olvidan al salir de la sala de proyección y todo se desliza hacia un lugar en el que el poso no existe.
Aunque no es uno de sus mejores trabajos, Javier Aguirresarobe presenta un trabajo limpio que, sin alardes, cumple con lo que la película necesita.
Y ya. No se puede decir nada más de Memorias de un zombie adolescente. Tal vez ya he dicho demasiado sobre tan poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 20 2013

La chica del puente: La desdicha divertida y pasional

El cine francés y el español se parecen en algunas cosas. Sí, aunque unos crean que su cine es lo más de lo más (franceses) y otros crean que el suyo es lo más de lo más (españoles). Ambos se quedan anclados, durante largas temporadas, en lo que funciona bien durante un momento concreto. La cosa da dinero y todos se arriman como si esto del cine consistiera en una ciencia exacta en la que las fórmulas o recetas fueran la panacea. Los directores repiten esquemas, los guionistas dan vueltas y más vueltas al mismo tema con los mismos formatos, los actores y actrices se pegan a un registro que les fue bien sin querer saber nada de su evolución como artista. Por todo esto, es alentador dar con películas como La chica del puente (La fille sur le pont) de Patrice Leconte. Esquema narrativo original, actuaciones magníficas de Daniel Auteuil y Vanessa Paradis; una fotografía, en blanco y negro, cercana al expresionismo alemán espléndida (Jean Marie Dreujou) y una banda sonora extraordinaria que encaja a la perfección con la imagen y lo que se cuenta (Jean Goudier). Todo ello para tratar un asunto clásico, de los de toda la vida: el amor y la desdicha o la felicidad que puede provocar mientras se vive. El aliño irónico, casi sarcástico, y un punto filosófico en los diálogos (bien construidos casi siempre aunque alguno con un punto de exceso literario), hacen de esta película eso que hace falta para que el cine siga el camino que no debió perder jamás.
Si el amor es pasión, peligro, dolor o un viaje a ninguna parte (aunque amor al fin y al cabo), La chica del puente es una de las películas que mejor lo presenta. Todo en ella es una metáfora agridulce de ese concepto que tantas veces magnificamos y que, en realidad, es lo que es. Para ello el realizador huye, como alma que lleva el diablo, de los tópicos y de las zonas más manoseadas del asunto (al final termina siendo otro topicazo aunque se trate de ser original).
El personaje que encarna Daniel Auteuil es lanzador de cuchillos circense. Encuentra a una muchacha (ella es Vanessa Paradis) a punto de lanzarse desde un puente al río. Le ofrece ser su colaboradora en el espectáculo. Qué mejor que una asistente suicida para ello, alguien que busca la muerte. Y aquí comienza la historia que cuenta otra forma de entender la vida desde el riesgo en todo lo que se hace, desde la frontera entre esa vida y su final, desde la relaciones auténticas.
La presentación del personaje de la señora Paradis es espectacular. Aguanta un primer plano durante 7 u 8 minutos con una naturalidad imponente. Y, de paso, el realizador deja perfilado al personaje sin despeinarse. Como siempre pasa en los buenos relatos, desde el principio las cartas quedan sobre el tapete. No hay trampas y todo queda dicho. La entrada del personaje de Daniel Auteuil es otra conmoción. No sólo ilumina lo que ya conocemos sino que explota por sí solo haciéndose imprescindible en la trama. Son las mitades justas de un todo.
La película presenta un punto absurdo en su planteamiento cercano al surrealismo más enternecedor. Pero todo fluye sin problemas, como si siempre esa historia hubiera estado allí para que alguien la contase. Con un ritmo excelente que se ve acompañado por la música más precisa.
La desdicha es amor, la vida es amor, todo es amor. Pero sólo si se vive instalado en la pasión y teniendo claro que el sentido del humor es fundamental para salir adelante. Si cuando su pareja le besa no siente lo mismo que si le lanzara un cuchillo, la cosa se está poniendo fea, aburrida, irreal. Eso dice Patrice Leconte. Y, me temo, no le falta razón.
Excelente película.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 18 2013

Casablanca: Sorprendente, pero Inevitable

Sorprendente pero inevitable, es una premisa del guion de cine. Pero, ¿eso qué es? Va de finales, en este caso concreto, el de Casablanca.
En diferentes clases de guion de cine, con distintos profesores y compañeros, siempre ha surgido esta cuestión y, se ha puesto Casablanca como ejemplo. Un The End, tiene que sorprender al espectador pero, al mismo tiempo, ser inevitable. Lo cual significa que, debe guardar relación con el devenir de la trama. Lo contrario, sería sacarse un as de la manga, sin venir a cuento. No es muy ortodoxo que digamos.
Este largometraje se centra en el conflicto de Rick, que deberá escoger entre el amor y la virtud: Su amor por Elsa y el deber de salvar a Laszlo (P. Henried), héroe de la resistencia.
Los profes siempre mantenían que, Casablanca, no podía terminar de otra manera. Ni mis compañeros ni yo, nos dábamos por vencidos y, todos planteábamos nuestras propuestas de final. Yo, poniéndome el mundo por montera, quería que Elsa (la Bergman) y Rick (Bogart), acabasen juntos a toda costa, sin tener en cuenta el posible destino de Laszlo.
Se me partía el corazón ver la mirada de la Bergman, momentos antes de coger esa avioneta. Y el pobre Rick ¡Menudo trago tan amargo! Detrás de su aspecto de tipo duro, con las solapas de la gabardina levantadas y, cigarro en boca, se escondía todo un sentimental. También estaba la niebla, añadiendo dramatismo a la escena.
¿Con qué derecho Laszlo iba a romper ese amor de película? Cuestión de matemáticas: Para que Laszlo, una persona, viviese feliz, Rick y Elsa, dos personas, debían separarse. El uno gana al dos. Pero, ¿dónde se ha visto eso? No me parece justo, que lo sepáis.
Laszlo, un hombre inteligente y valiente, tendría que darse cuenta de que, entre su mujer y el dueño del The Rick’s Bar, saltaban más que chispas. Alguien como él, acostumbrado al sacrificio, debería renunciar a su mujer, animándola a escapar con el hombre de su vida, Rick.
Rick y Elsa harían un poco de paripé, para finalmente, tomar juntitos la avioneta. Laszlo permanecería en Casablanca, iniciando una bonita amistad con el capitán francés Renault (H. Rains), con la amenaza del gobierno nazi planeando sobre su vida y, todo por mi culpa. Aquí hay algo que chirría.
Me rendí y me rindo, ante lo sorprendente, pero inevitable. Casablanca tiene uno de los finales más inolvidables del cine y, you must remember this. ¿Estáis de acuerdo conmigo? ¿Puedo pedir algo? No de beber, aún es pronto. Necesito un poco de música: Sam, tócamela otra vez.
© Del Texto: Mar Franco


ago 10 2013

Objetivo: La Casa Blanca – Grite usted USA USA USA

Izar la bandera de los Estados Unidos de América mientras se escucha un patriota y contundente discurso del presidente de ese país. Este es el que parece ser único fin de películas como esta; poder incluir una escena llena de patriotismo casposo al final de la película. Otra cosa no se me ocurre.
Objetivo: La Casa Blanca es una película de acción que narra como los coreanos (los del norte, los demonios sin escrúpulos, según los guionistas Creighton Rothenberger y Katrin Benedikt) atacan la Casa Blanca. Su plan es espectacular y el despliegue de armamento y personal monumental. El de los americanos lo es del mismo modo, pero reciben las derrotas una tras otra. Pero no pasa nada porque el que fue jefe de seguridad de la Casa Blanca logra llegar dentro del edificio para poner las cosas en su sitio. Mientras que Banning (así se llama esa especie de superhéroe) va matando sin piedad a los malos, rescata al hijo del presidente, es capaz de desconectar todos los sistemas nucleares y esas cosas, el pobre presidente y sus colaboradores tienen tiempo para demostrar su heroicidad. No sabría decir con exactitud cuantos muertos van quedando en el camino aunque de trescientos no baja. Más o menos los mismos tópicos que arrastra el guión.
Este tipo de películas ejercen un tremendo magnetismo sobre los espectadores. No dan tregua, no dejan pensar en nada que no sea el instante narrativo. Explosiones espectaculares, armas sofisticadas, peleas violentísimas. Todo hace que el ritmo sea extenuante. Pero de cine nada, pero nada de nada.
Objetivo: La Casa Blanca se sostiene sobre un guión muy endeble que intenta giros argumentales absurdos y deja cabos sueltos cada minuto. Por ejemplo, una de las líneas argumentales que mueven la acción desde el principio gira alrededor del hijo del presidente; si es capturado la cosa se pondrá imposible. Pues bien, es rescatado a tiempo, pero da lo mismo porque los malos consiguen su objetivo sin él; es decir, que lo del hijo era un truco para crear tensión y aumentar los minutos de la cinta. Y los guionistas cobraron hasta el último céntimo haciendo estas chapuzas. El director, Antoine Fuqua, intenta salir airoso moviendo la cámara con cuidado, pero eso es algo incompatible con este guión. Todo es histérico. Aaron Eckhart es el presidente, Gerard Butler es Mike Banning y Rick Yune es Kang (el malo malísismo). También histéricos entre tanto golpe repartido (por otros o por ellos mismos) y tanto disparo (si los muertos no bajan de trescientos, los disparos sobrepasan los cien mil). Morgan Freeman también actúa. Defiende un papel menor que no le causa el menor problema porque su personaje es plano e insignificante.
La película no es otra cosa que eso, que un exceso de violencia. Los diálogos son intrascendentes, las actuaciones mediocres, la fotografía muy normalita y el montaje facilón. Para pasar el rato puede colar. Para cualquier otra cosa mejor no intentarlo.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 8 2013

La delicadeza: De lo vulgar no puede salir nada bueno

David Foenkinos guionista y director (junto a Stéphane Foenkinos) de La delicadeza, intenta lo que ya había hecho en su novela; intenta solventar la papeleta con dos o tres frases ingeniosas y un par de situaciones extraordinarias. La novela funcionó (inexplicablemente al ser un texto bastante vulgar), pero la película no terminó de prosperar en taquilla ni en los comentarios críticos como este que leen. Y es que un par de frases ingeniosas son eso y sólo eso; y es que una escena, sea cual sea, debe ser filmada con corrección (al menos) o no funciona ni a la de tres. Esa originalidad que trata de encontrar el realizador sólo aparece en el último plano secuencia de la película. La idea de Foenkinos, eso que quiere decir y encierra el sentido del trabajo, debería ser el eje de la película, pero no. Ni aparece ni se le espera tras el primer minuto de proyección. La propuesta se queda en nada ya que el riesgo asumido por el director es mínimo; se conforma con repetir a ver si cuela.
Foenkinos coloca frente a la cámara a Audrey Tautou, confía en una adaptación muy literaria de la novela y (supongo) reza todo lo que sabe. Eso es todo. Y eso no suele funcionar bien. Hacer películas de cine es más fácil que
conseguir milagros.
La película cuenta con una buena fotografía -a veces, el empeño por enseñar París como si fuese cosa nueva se hace pesado puesto que no aporta gran cosa a la trama- y con una banda sonora notable. Sin embargo, el movimiento de la cámara resulta insípido y no enseña nada que no supiéramos hace un siglo.
Audrey Tautou hace la que tiene que hacer. Y lo hace bien. Esta mujer tiene un talento especial con el que llena la pantalla aunque aparezca rascándose la nariz. Una pena tanto para tan poco. François Daimiens está correcto. Y el resto pintan poco.
La historia que se cuenta en La delicadeza está muy cercana a los territorios que tanto aburren cuando ya son conocidos y se repiten sin cesar. La delicadeza es eso aunque se disfrace con un muerto, con un sueco o con una bofetada de la empleada a su jefe. La delicadeza es una historia rosa chillón, una historia de chica conoce chico y cuando menos lo espera se enamora. Ni más ni menos. ¿Ya se lo saben? Pues eso es lo que hay.
Además, es inevitable pensar sobre el problema que plantea adaptar una novela para construir un guión de cine. No se escribe una cosa igual que la otra. Si el que adapta ese texto es el propio autor el problema se multiplica, todo se complica. Lo que le parece esencial al autor puede que sea lo más literario y, seguro, no querrá eliminarlo. Problema enorme. No puede encajarse una frase por maravillosa que sea en un guión porque parecerá una garrapata si no deja atrás el código novelesco. No se escribe como se habla. Ni se escribe del mismo modo cuando un actor dará vida a tu personaje. En cine la traducción de la realidad tiene su propio mecanismo.
Foenkinos escribió una novela que funcionó. Dirigió una película que no lo hizo. Debería sacar sus conclusiones.
© Del Texto: Nirek Sabal


ago 5 2013

Fast & Furious 6: Pim, pam, pum & catapom 6

Bueno, bueno, bueno. Salgo del cine con ganas de coger un coche y estamparlo contra un muro, saltar con él desde un puente muy alto o declarar la guerra a Corea del Norte. Porque no pasa nada. Todo es posible. Si eres calvo o guapo o estás cachas o eres tonto de remate, cualquier cosa que te propongas es posible. Después de ver la peor película del año (sin miedo a equivocarme digo esto e, incluso, afirmo que deberían detener de inmediato al director, al productor y al reparto enterito, por tirar el dinero de forma criminal), decía que después de ver la peor película del año, pienso en la cantidad de dinero que se malgasta en el mundo del cine. Y me resulta insoportable.
Justin Lin vuelve a la carga con otra entrega de Fast & Furious. Es la sexta. No dirigirá la siguiente, afortunadamente. Aunque lo más sano para la humanidad es que no hubiera más. El guión está escrito por Chris Morgan. Este señor repite, también. Desconozco que es lo que puede gustar de semejante bodrio aunque el caso es que la película funciona muy bien en taquilla. Habrá que pensar que al ser humano le gusta eso de lanzarse con un automóvil contra un carro de combate, conducir a velocidades improbables o ser perseguido por la policía del mundo entero. No voy a entrar a valorar gustos, pero si hablamos de cine esto es una estafa, un trabajo menos que mediocre.
El argumento arrastra asuntos de entregas anteriores aunque la película se puede ver sin saber dónde tienes la mano izquierda. Es tal el disparate que sólo cuenta el ruido de los motores, los golpes entre unos y otros (con vehículo o a puñetazos) y nada más. Encontrar una frase de diálogo que merezca la pena es tan imposible como lo que se cuenta en este trabajo del señor Lin. El trabajo de los actores y actrices (si es que se les puede llamar así) se reduce a poner cara de duros, a enseñar biceps en tensión y a evitar que se les note que están sonados.
Algunas escenas son una calamidad. Por ejemplo, ver un carro de combate de no sé cuantas toneladas corriendo a todo correr delante o detrás de automóviles rápidos y manejados por especialistas es desconcertante. Aquello no cuadra ni a la de tres. Pero, además, la cosa se desarrolla con saltos imposibles de los personajes, con contradicciones con la física más elemental. Espectacular, tanto como tonta, la escena. Y la final, en la que un avión tarda veinte minutos en despegar (qué pista de despegue tan larga, oiga) ocurren, sin exagerar, seis millones de cosas completamente ridículas. Yo no había visto una cosa igual en mi vida. Por cierto, y como cualquier aficionado al cine habrá intuido, el montaje es lamentable. No se puede recrear ese despegue aunque se alternen escenas que ocurren al mismo tiempo (esa es la idea aunque ni se acerca al éxito) haciendo que la cosa se extienda durante veinte minutos.
No soy de los que critican a otros por ver un tipo de cine u otro. De hecho me parece muy bien que la gente se mate por una entrada de cine siendo la película esta u otra parecida. Eso no es motivo de crítica. Pero que haya profesionales dedicados a sacar músculo (como los protagonistas) con escenas trepidantes y dejen vacío el trabajo me parece lamentable. ¿No podrían hacer un esfuerzo y escribir un guión con un poquito, sólo un poquito, de sentido?
Si le gusta el cine evite este desastre. Si le gusta el mundo del motor o el de los músculos y la testosterona, no se la pierdan.
© Del Texto: Federico de Vargas y Expósito


ago 1 2013

Los últimos días: Pánico al guión

Los últimos días es una película firmada por Alex Pastor y David Pastor. La firman con la inestimable ayuda del fotógrafo Daniel Aranyó, la gran baza de la película. Porque, en realidad, a pesar del esfuerzo técnico, lo que tenemos son unas ganas locas de hacer cine, un despliegue de medios exprimido al máximo, una puesta en escena cuidada y elegante, a José Coronado que se las sabe todas, pero un producto en el que falta arrojo como para apostar por una mayor profundidad narrativa. El cine no puede, ni debe, quedarse en espectáculo visual que se aprovecha para contar cualquier historieta. No, porque puede pasar lo que en Los últimos días, que todo tenga pinta de estar hilvanado y poco más a costa de mostrar lo que se sabe hacer con una cámara. Un detalle sin desvelar nada de la trama: en una escena vemos como un personaje rompe un cristal de la ventana y se asoma desde el borde, luego vemos a cuatro más que lo hacen en otro lugar distinto. Vale. Pero cuando uno de ellos necesita hablar con otra se dedica a golpear el vidrio y gritar como un loco para que le escuche (la otra persona está alejada). Si ya hemos visto que asomarse a la ventana se puede ¿por qué esas criaturas no lo hacen y se dejan de tonterías? Eso sí, hay escenas espectaculares, hay mucha escuela de cine detrás. El caso es que los Pastor nos cuentan cómo una enfermedad ataca a la humanidad entera, una enfermedad que impide salir a espacios abiertos. Agorafobia. Y, claro, la cosa es apocalíptica del todo.
Algunas escenas son francamente buenas. Barcelona en plena desintegración, la vida en los espacios cerrados incluidos los subsuelos (lo del metro está muy bien diseñado). Otras son francamente desastrosas. Por un lado, no vienen a cuento y, por otro, recuerdan en exceso a producciones millonarias que ya habían abordado esto del apocalipsis. Animales sueltos por la ciudad (¿Recuerdan Soy Leyenda o la flojita Fin?), fortalezas construidas para evitar ataques de los más salvajes (¿recuerdan Mad max?). Se suman cosas inexplicables que restan interés. Lo de las ventanas ya esta dicho, pero cómo saber la forma en la que alguien sobrevive meses sin comida, sin agua y embarazada se hace pesado e irritante. Poco guión que se intenta maquillar a base de espectáculo visual y una magnífica fotografía.
Quim Gutiérrez no termina de encajar en su papel. Parece no disfrutar con lo que le toca hacer. José Coronado, sin embargo, aunque sin demasiado ánimo, encaja porque tiene tablas para dar y tomar. No es el papel de su vida, eso no. Leticia Dolera hace un papel muy secundario y se queda en correcta. Y Marta Etura, aunque aparece poco, soluciona algunas escenas con la sonrisa y poco más. Tiene un talento natural muy poderoso esta chica. Con poco consigue mucho.
Esta película me hace pensar en el talento de los profesionales españoles (que no falta) y en cómo se utiliza, en qué lo utilizan. Hay muestras suficientes de buen cine y de originalidad. ¿Por qué andar con productor parecidos a los de Hollywood? ¿Por qué no arriesgar sin buscar tanto el resultado de la taquilla? Lo grande no llega con lo extravagante. Lo grande llega con las grandes ideas y con las apuestas inciertas. Esto es algo en lo que deberían pensar productores y realizadores. Y es la baza que hará despegar al cine español definitivamente.
Los último días es una película más. Sólo eso. Y es una lástima que sea así.
© Del Texto: Nirek Sabal