Antes del atardecer: Nueve años en ochenta minutos. Y el futuro

Nueve años después, Jesse y Celine, los protagonistas de Antes del amanecer, se vuelven a encontrar. Los personajes de la primera entrega son adultos, son interpretados por (otra vez) Ethan Hawke y Julie Delpy, han evolucionado, han construido sus vidas con distintos materiales, pasan de los treinta años. Deberían ser desconocidos el uno para el otro, pero no. Pasarán ochenta minutos juntos. Él ha escrito un libro y lo presenta en París; ella trabaja para una Ong y va en su busca cuando se entera de que está en una librería hablando de su obra. Después de nueve años sabremos qué pasó. Nosotros (los espectadores) y ellos (los personajes). La película comienza siendo algo así como un puzzle en el que se colocan las piezas que faltan aunque el conjunto lo vemos con claridad. Faltan los detalles. Y termina con huecos que habrá que rellenar después.
Richard Linklater elige París para desarrollar la trama. Aunque no el más famoso y bullicioso o turístico. Jesse y Celine tomarán café en un rincón del Barrio Latino, pasearán por el Pomenade Plantée y navegarán unos minutos a bordo de un bateaux mouche. La ciudad desde sus ángulos más íntimos para que los personajes se muestren con calma, con tranquilidad, en su propia intimidad. La ciudad como un protagonista más, tal y como sucedió en Antes del amanecer.
La complicidad entre Hawke y Delpy sigue siendo la misma, la química abundante. Eso permite que los personajes que interpretan crezcan más y mejor. Él, más delgado y estropeado. Ella bellísima. Él más racional, sabiendo equilibrar realidad e imaginación. Ella más pendiente de no recibir golpes que de inventar el mundo como hacía siendo más jovencita. Él es, ahora, escritor. Ella no termina de encontrar su sitio. Él tampoco aunque lo ha maquillado. Se faltan el uno al otro. Lo saben, lo sabemos. Desde el primer minuto en el que se vieron.
Jesse y Celine recuerdan aquella primera y única noche con detalle. Les marcó la vida. Pero (esta es la grandeza de esta película) son capaces de imaginar un futuro estando juntos o estando separados llegando a las misma conclusiones, haciendo el mismo diagnóstico. Ellos, nosotros, sabemos que sólo pueden ser las cosas como se dibujan. Aquí nos cuentan cada trazo que hacen, sin obligaciones para el espectador, con sugerencias constantes y expresividad en cada fotograma. Y, otra vez, sin posibilidades de elipsis. Los ochenta minutos que pasan juntos coinciden, casi, con el metraje. De nuevo, nos encontramos con una cámara, dos personajes dialogando, una ciudad y una historia por vivir. Desde la madurez. Es verdad que la trama está condicionada por la anterior entrega aunque es mucho más importante lo que está por llegar, la necesidad de contarse el mundo de los personajes (un mundo sin apenas sentido cuando el otro no está), la necesidad de mantenerse en el lugar adecuado cada minuto de sus vidas.
Tanto Hawke como Delpy están estupendos. Disfrutan delante de la cámara; es como si ellos hubieran deseado reencontrarse con las mismas ganas de Jesse y Celine.
Con esta película quedan clara algunas cosas. Por ejemplo, no hacen falta no sé cuantos millones de euros para hacer buen cine (casi puede decirse que es al contrario); un buen guión es lo que vertebra cualquier trabajo y se hace fundamental, si no hay guión no hay película; la elección de los escenarios tiene mucho que ver con los personajes y una canción resume la eternidad (atención al vals de Celine al finalizar la película).
Segunda y espléndida entrega del realizador Richard Linklater con Jesse y Celine como protagonistas. Ya sólo queda rematar el trabajo. Una delicia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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