Apocalypse Now Redux: Todo es un infierno

En 1979, Francis Ford Coppola entregó el espectáculo más abrumador, espeluznante y, si se quiere, extravagante, jamás filmado. El director echó el resto en este trabajo. Todo su trabajo, todo su talento y su prestigio se puso en juego durante un rodaje en Filipinas lleno de baches, falta de presupuesto y problemas diversos por doquier. Y el resultado fue una excelente película que, sin duda, está entre las mejores de toda la historia.
Francis Ford Coppola y John Milius escribieron el guión adaptando (muy libremente) El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad. Otra época, otra trama, pero manteniendo buena parte de la esencia del relato. ¿Cuál es esa esencia? Fundamentalmente, el regreso del hombre a su estado más primitivo puesto que todos somos lo mismo desde que el ser humano lo es, aunque disfracemos nuestra existencia de una forma u otra. Coppola traslada la historia de Conrad a la guerra de Vietnam, una guerra terrible en la que todo lo que sucede se confunde y termina siendo una misma cosa. La diferencia es el maquillaje, ese disfraz que justifica una crueldad o lo convierte en un acto atroz y punible.
Pero, también, del mismo modo que ocurre en El corazón de las tinieblas, el entorno es un personaje más, con su propia vida, con su coherencia, con su propio latido. Esto es algo que no puede olvidar el espectador.
El guión es espléndido. Alterna momentos de acción con otros de cierta tranquilidad, pero sin perder la tensión en ningún instante. Porque el personaje del coronel Kurtz (Marlon Brando) se va desarrollando sin aparecer hasta el final. Porque la evolución del resto de personajes va desarrollándose a la par. No se puede entender al coronel sin entender y atender a todos los que van apareciendo en pantalla. A todo lo que se enseña.
Desde el principio, Coppola hace una declaración de intenciones. El capitán Willard está siempre en el mismo lugar. Bien porque lo desea, bien porque lo sueña, bien porque, efectivamente, se encuentra allí. Replegado sobre sí mismo, ardiendo en su propio infierno. En él. Un hombre que se asoma al abismo de lo que es -Willard lo ha hecho- jamás regresa. Un abismo en el que todos tenemos parte o la totalidad. Lo sepamos o no.
Una fotografía impecable, una banda sonora convertida en símbolo y un despliegue de medios descomunal y bien gestionado son las señas de identidad de la película. La partitura de Carmine Coppola es inquietante, profunda; se salpica con temas de The Doors, Flash Cadillac, Richard Wagner y de The Rolling Stones, entre otros. La fotografía de Vittorio Storaro logra una conjunción perfecta entre luces, sombras y nieblas, que resaltan los estados de ánimo de los personajes a la perfección. Por otra parte el montaje de Richard Marks, Walter Murch y Gerald B. Greenberg (esta versión Redux la montó Murch) es una clase magistral. Por ejemplo, cómo presenta las escenas que van del ataque al barco en el que muere uno de los personajes hasta la salida de la plantación francesa, es extraordinario.
En Apocalypse Now Redux encontramos escenas inolvidables que ya están colocadas entre las más importantes de la historia del cine. También otras que no parecen ser entendidas del todo y son criticadas por romper el ritmo del conjunto sin aportar nada. Un ejemplo de las primeras es el ataque del regimiento de caballería. Helicópteros, música de Wagner y, sobre todo, el coronel Kilgore al frente de sus hombres. Robert Duvall interpreta el papel aportando una credibilidad impresionante. Y su personaje es el que aclara a Willard (encarnado por un Martin Sheen extraordinario) y al espectador algo fundamental: Si Kilgore está al frente de un regimiento nadie puede acusar a otro de estar loco o de ser un asesino (cosa que ocurre con Kurtz). Kilgore es capaz de arrasar una aldea para que sus hombres puedan practicar surf, no permite que un combatiente sea dejado a su suerte salvo que su propio interés aparezca y todo se reduzca a sí mismo. Es un ser cruel y terrible. Todos en Vietnam son así. Esta escena de la carga con helicópteros está rodada con maestría. Pocas películas bélicas han llegado a este nivel de claridad expositiva y de sentido en las escenas violentas.
El ejemplo de zona expositiva no entendida y criticada con dureza lo encontramos en la que va desde la llegada a la plantación francesa hasta que Willard y sus hombres la dejan atrás. Son muchos los que han dicho que es prescindible y que funciona como una explicación política de la trama. Nada más lejos de la realidad. Tras el ataque que sufre la lancha (la muerte de un compañero; las cartas que habían recibido todos excepto Willard que tiene, a cambio, un informe secreto de sus mandos; la cinta de la madre que escuchamos por encima del resto de sonidos, la pérdida del cachorro de Lance), los soldados descubren un reducto de lo que fue y ya casi no tiene relevancia, poemas recitados por niños, una mesa ordenada y limpia, el discurso vacío del que quiere repetir la historia y está condenado a ello con los matices imponderables. Descubren una buena parte de la realidad olvidada entre tanta locura, pero que sirve a Willard para ver otra parte de su universo (la iluminación es perfecta cuando nos lo enseñan deslumbrado, atónito), otra parte de la verdad. Todo se repite, todo es lo mismo. Una mujer viuda interpretada por Aurore Clément (misteriosa y envuelta por un aura brillante entre lo sucio) representa esa zona del ser humano sensible, conocedor de lo que es, de lo que fue y de lo que será. Es la normalidad narrada. Preparar la pipa (seguramente de opio) a Williard, como siempre hizo con su marido difunto, es el colofón. Y se presenta como casi irreal, tras la mosquitera, como un fantasma del recuerdo. Destaca, también Christian Marquand interpretando a Hubert de Marais. Desde aquí, queda claro que el enemigo no es el ejército de enfrente. Es la propia esencia del ser humano y el entorno, la naturaleza. La selva se muestra silenciosa, amenazante. Los ataques llegan desde ella aunque no vemos al enemigo que esperamos. Se va cerrando sobre el barco, sobre sí misma. A partir de aquí, todo alcanza profundidad, desesperanza. Un sentido que se forma desde la falta de él. Por tanto, de escenas flojas o innecesarias no podemos hablar.
Apocalypse Now Redux es una película perfectamente dirigida desde el punto de vista actoral. Ni uno solo de los que aparecen en pantalla está fuera de un nivel extraordinario. Incluido Marlon Brando al que algunos acusaron de imitarse a sí mismo.
Un espectáculo impresionante salpicado de momentos que deben contemplarse. El paso por el puente Do-Lung; el campamento en el que se encuentran las chicas Playboy, la ya mencionada carga de los helicópteros, el poblado de Kurtz. Todo en Apocalypse Now tiene importancia, todo es fantástico y hace mella en el espectador.
La versión Redux es muy larga aunque creo que, lejos de restar como se ha criticado tantas veces, añade interés al conjunto. Desde luego, si tienen la oportunidad de ver la película en pantalla grande, no la pierdan. Esta es una de las mejores películas de la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


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