El año pasado en Marienbad: Las ruinas de la memoria

En el salón de la casa de mis padres sigue colgando aun la inevitable fotografía de mi primera comunión, esa de la que no recuerdas el momento en que te la hicieron ni el lugar y que sin embargo ofrece un  rostro tremendamente familiar. En ella aparezco increíblemente pálido de piel (como aun soy), trajeado y con el pelo más rubio que ahora peinado de esa intemporal forma marcada por una raya al lado que solo una madre sabe manejar, detrás de mí una rimbombante cortina roja remata la artificiosa escena.
De una forma un tanto fantasmática en esta instantánea siempre he encontrado a un chico ario muy acorde con la  imagen y la estética de las juventudes hitlerianas o mas bien con la imagen que conozco de estas a través del cine. Invariablemente es lo único que consigo ver cuando miro esa fotografía.
En El año pasado en Marienbad los personajes a quienes se conoce simplemente como X, Y y Z habitan ese mismo espacio confuso en el que la percepción y la memoria nunca coinciden,  un espacio subyugado por las fugas de la ficción, por el instante de las luces y las sombras ordenadas, de los jardines que simulan cartón y piedra, de ese flautista hipnotizador que vive en una mesa de montaje. En este extraño film  la memoria es solo una línea quebrada, un plano que sustituye a otro, secuencias que se encadenan contradiciéndose o cuestionándose, siempre atadas a la enunciación de un tiempo y un lugar y siempre luchando por liberarse.
Alain Resnais ha demostrado a lo largo de su carrera que es un director dotado, pero irregular que trabaja mejor bajo el estímulo de las ideas ajenas (sobretodo si provienen de escritores de demostrado talento) aunque puede presumir de haber filmado dos de las películas  mas fascinantes de la historia del cine. En Hiroshima mon amour, con guión de Marguerite Durás, exploraba de una forma tan realista (cercana al documento) como poética las consecuencias del trauma, del trauma histórico y del personal aunado en una  pareja que dialoga sin cesar reconstruyendo su propio pasado como un enorme monólogo en el que agresor y agredido se confunden bajo las cenizas. La memoria juega ya un papel importante en esta cinta que también es el film más descaradamente moderno realizado hasta ese momento, llegando más lejos en su intención manifiestamente conceptual y su elaborada trasgresión formal que los mismísimos Roberto Rosellini o Ingmar Bergman en aquella misma época. Nada mal para un debutante en el terreno del largometraje.
¿Qué puedes tratar de explicar después de haber estado en Hiroshima? Nada, solo puedes tratar de hacer otra película.
Resnais filma El año pasado en Marienbad con un guión del magnifico Alain Robbe-Grillet y con ella abraza el sinsentido del mundo, la quiebra del lenguaje, la imposibilidad de una enunciación válida. Y lo hace bajo el hermetismo de la imagen a través de la sensualidad y belleza de unos planos que rozan la perfección para mostrarse vacíos, los escenarios perfectos para la inacción de unos personajes que no necesitan nombre, son solo los elementos que el film requiere para existir, las variables que mover de un sitio a otro en busca de un orden que posibilite la historia que se resiste a aparecer; marionetas encuadradas, atrezzo necesario, objetos que habitan ese extraño y plateado espacio en la pantalla, mas que onírico un espacio fílmico, halúrico.
El resultado posiblemente sea  el mas radical y efectivo ensayo metalingüístico sobre la propia naturaleza del cine y sus múltiples mecanismos de ficción, y lo mas increíble de todo es que consigue serlo recubriendo una complejísima premisa conceptual bajo la hipnotizante puesta en escena que hace que todo lo que el film nos narra se cuele directamente a través de los sentidos, nos impone un mundo que surge solo de la fascinación, la mas pura y artificiosa, compleja y simple, particular y universal, la que se reviste de grandes jardines, trajes elegantes y paredes de mármol: la fortaleza inexpugnable del deseo, de la fascinación traumática por lo que no se puede poseer ¿no es eso el cine?.
Resnais afirmaba esa letanía (que abunda quizás demasiado dentro del mundo del arte) de que cada espectador puede encontrar un significado a su obra. No puedo estar menos de acuerdo. Este es un film que no presenta ni exige explicación, trata solo de la subyugación del espectador ante la escenificación coreografiada de, precisamente, su propia ausencia de sentido, la misma que imperan en un mundo y unos seres humanos paralizados, la que habita las novelas de Samuel Beckett o los cuadros de Ad Reinhart, un mundo en el que la memoria es tan irreal e inaccesible como el propio film y se desmorona bajo si misma.
© Del Texto: David Mayo


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