Las ventajas de ser un marginado: cine genuino, cine de género

Ya en su título Las ventajas de ser un marginado esconde el acento agridulce que recorre una película tan típica como única, una película que domina el tono de voz del  mejor Morrisey, ese que canta melodías arrebatadoramente  tristes cubiertas de un halo de  optimismo y viceversa. Y no solo eso, este primerizo film de Stephen Chbosky también obra el milagro de abrazar cada tópico de ese subgénero que es el cine para adolescentes y hacerlos vibrar de forma sutilmente diferente para hacernos sentir como si fuese la primera vez que asistimos a este espectáculo.
Chbosky adapta su propia novela y nos ofrece una cinta indie que por momentos parece no querer serlo, que huye de ser demasiado rara y abraza el cine mas convencional para ofrecernos un metraje intenso que no deja de sumergirse en todos y cada uno  de los mecanismos narrativos que caracterizan un género, no para subvertirlos, sino para extraer de ellos imágenes y palabras cargadas de sinceridad. Podríamos decir que Las ventajas de ser un marginado es para el cine adolescente lo que 500 días juntos a la comedia romántica o Zodiac al trhiller, nunca deja de pretender ser un film para un determinado tipo de público y ofrece todo lo que a priori esperamos de él: un instituto, fiestas adolescentes llenas de alcohol y drogas, el primer amor, el héroe del equipo de fútbol y el empollón, el padre no demasiado enrollado y el profesor que sustituye su figura,  la chica guapa y el amigo gay;  todos los clichés posibles para contar la misma historia de siempre que aquí parece distinta, tan única como el vidrio de una botella de Coca Cola en la que grabaron  las letras del revés, un film para adolescentes que no tiene miedo de serlo, pero tampoco a ser inteligente y sensible como pocas películas estrenadas en lo que va de año, una historia contada desde la perspectiva no del chico cool, ni siquiera del estudiante poco agraciado que ansia ser popular, sino desde la del marginado que no desea dejar de serlo; solo crecer y experimentar el presente.
Charlie es  un chico con aparentes problemas psicológicos y con muchas dificultades para relacionarse que escribe cartas a alguien que no existe (posiblemente a ese Yo aun no construido) y cuyo mayor temor es el incipiente comienzo de su primer año en secundaria, conocer a un grupo de compañeros de instituto del ultimo curso,  tan poco populares como él, pero orgullosos de esa marginalidad; le hará sentirse integrado por primera vez y experimentar el amor y la vida como no lo había hecho nunca. Una historia de iniciación en toda regla que realmente es lo de menos, ya la habíamos oído. Lo que importa en Las ventajas de ser un marginado es el tono justo alcanzado, cómo consigue construir con toda naturalidad una finísima línea  entre lo obvio y lo mágico, una línea en la que  el primer beso a la chica de tus sueños deja de ser un momento empalagoso para  transformarse en un instante excepcional gracias a un ritmo pausado, al constante deje melancólico y, sobre todo, a unos  diálogos tan simples y directos como brillantemente emocionantes.
Unas actuaciones estupendas de los chicos, especialmente de Ezra Millar, una banda sonora llena de grandes momentos que reúne a gente como Sonic Youth o The Smiths (y sin un ápice de pseudopunk a lo Blink 182), e incluso alguna sorpresa final que firmaría el propio Shyamalan, enriquecen un film que todo fan del género no debe perderse y que todos sus detractores deben ver obligatoriamente.
Si la apropiación y el reciclaje continuo en que nos envuelve  la posmodernidad tiene alguna función es esta, la de construir algo con verdadero sentido a partir de lo que habitualmente consideramos clichés, la de encontrar en esos imaginarios que el cine ha construido para nosotros durante décadas el espacio perfecto para hablarnos de lo importante.
El monólogo final de Charlie, en realidad toda la última secuencia, es el mejor ejemplo de lo que intento decir, la hemos  vistos demasiadas veces, pero nunca con tanta intensidad: los chicos son jóvenes y guapos, conducen bajo las luces brillantes de  un túnel mientras  la voz en off nos dice verdades como puños y en el radiocasette suena Bowie.
Un tipo de perfección que solo existe en la gran pantalla, o en los sueños aun no disueltos por la madurez.
© Del Texto: David Mayo


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