Wozzeck: Cerrar los ojos y escuchar

¿Está condenado el ser humano a vivir en soledad? ¿Puede un hombre salir del fango por sí mismo o la estructura social se lo impedirá por siempre jamás? ¿Condena la pobreza a mayor pobreza? ¿Son los niños los futuros adultos que vivirán hastiados, derrotados y sin posibilidades de modificar las cosas? Estas son algunas de las preguntas que asaltan al espectador que asiste a la grandiosa ópera Wozzeck de Alban Berg.
Este es un espectáculo, para muchos, duro por distintas razones. Hay quien piensa que la ópera la murió con Giacomo Puccini; que la ópera moderna ni es ópera ni nada que se le parezca. Los que se acercan por primera vez a esta manifestación artística se encuentran con un libreto terrible (Berg adaptó un drama inconcluso de Georg Büchner) que habla de muerte, desesperanza, diferencias sociales horrorosas, de crimen; con un libreto doloroso y con un espectáculo muy alejado de lo clásico. Hay quien se queda boquiabierto cuando se topa con voces que son más gritos desgarrados que otra cosa, soportados por una música atonal que no todo el mundo comprende. Sin embargo, esta es una gran obra. En su momento fue la composición atonal más grande jamás escrita donde la tonalidad aparece para matizar situaciones muy concretas. Y no por ser peor entendida es peor. Wozzeck es magnífica.
Se presenta en el Teatro Real el montaje estrenado en la ópera Bastille de París (2008).
La puesta en escena de Christoph Marthaler intenta mostrar el contraste entre la niñez y la edad adulta, la evolución fallida de las personas; la alegría de unos y el cansancio y soledad de otros. Dibuja bien la idea aunque convierte la obra en algo mucho más lineal de lo que realmente es. Su idea funciona un rato. Pero llega un momento en que, cada minuto que pasa, lo anodino se va instalando en el escenario y en cada butaca. Lo peor de todo es que entendiendo esta primera parte de la propuesta, se hace difícil comprender el resultado en su conjunto. No todo es diferencia entre adultos y niños. ¿Dónde queda esa religión absurda y convertida en herramienta para reparar conciencias? ¿Dónde queda la injusticia más atroz? ¿Y lo ridículo del mundo que vivimos? ¿Qué pasa con la doble moral con la que se machaca al más débil? Eso debería aparecer por alguna parte. Es verdad que los actores se ven obligados a moverse entre tics y comportamientos arquetípicos, pero no parece suficiente. Por ello, la sensación de aburrimiento ataca en el patio de butacas del mismo modo que habita en el escenario. Marthaler sale del paso, casi de puntillas, respaldado por la grandeza de la obra. Y el espectador sale del suyo cerrando los ojos y dedicando su atención a lo que se escucha. Sylvain Cambreling está muy acertado. Este hombre es una garantía con la partitura de Berg en el atril.
Destaca el barítono Simon Keenlyside (Wozzeck) que está comodísimo en su papel y logra que su voz exprese lo que corresponde al conseguir tonalidades diversas y apropiadas. Nadja Michael, por su parte, se defiende con facilidad gracias a la versatilidad de su voz y a una interpretación dramática de altura. El resto (algunos repiten en el Teatro Real y con esta misma ópera) correctos. Esta no es una obra que permita grandes lucimientos y, sin embargo, logran que no se pueda apuntar pega alguna.
Aunque la iluminación pretende ser el hilo conductor dramático, no termina de funcionar bien en un escenario tan estático como el que nos ofrece esta producción. Salvo que el espectador conozca bien la obra, nada queda claro, no se entiende el juego que se realiza con los focos. No se puede dar por sabido nada y menos representando algo tan complejo y lleno de matices. Mucha sugerencia estéril. Todo lo contrario a lo que sucede sobre las tablas. Allí no hay sugerencias, allí todo es explícito si de sexo o violencia se trata. Tal vez, explícito en exceso para buena parte del público que pase por el Teatro Real. Si la producción de Calixto Bieito en 2007 puso los pelos de punta a algunos, esta no será menos.
En cualquier caso, dejando a un lado los inventos y las personalísimas formas de interpretar que nos ponen delante, Wozzeck es una obra de arte maravillosa y brutal; una ópera que no ofrece respiros y en la que se dibuja una zona muy oscura de la sociedad, los sótanos del ser humano sin adornos ni excusas.
© Del Texto: Nirek Sabal


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