jun 30 2013

Barry Lyndon: La simpleza convertida en maravilla

Barry Lyndon es, posiblemente, la película de Stanley Kubrick que mayores diferencias, entre crítica y público, ha cosechado.
Al que escribe le parece que, de un guión simple y de un personaje como es Barry Lyndon (no excesivamente complejo), es extraordinario conseguir una película tan grande, tan maravillosa.
Técnicamente, el trabajo roza la perfección. Kubrick consigue retratar una época con detalle, convierte cada escena en un cuadro digno de admiración. Las localizaciones son espléndidas y los escenarios construidos no generan una sola duda en el espectador. El vestuario es perfecto. Maquillaje y peluquería también. La fotografía de John Alcott es impecable. Difícilmente se puede conseguir una nitidez de la imagen así, difícilmente se puede conseguir algo tan perfecto y bello.
Con todo ello, Kubrick quiere atacar asuntos recurrentes en toda su filmografía: la violencia como herramienta destructora de la humanidad; la pequeñez de una humanidad medida junto al universo entero. Es por ello por lo que muchas escenas comienzan con primeros planos que, a través del zoom, dejan finalmente al personaje en medio de un mundo hostil, enorme, demasiado grande como para que nadie pueda cambiar algo o esté a salvo del destino. Y es por ello por lo que el realizador nos lleva, una y otra vez, a vivir situaciones en las que el ser humano desaparece con un simple disparo, con una actitud idiota ante el mundo. Todo ello envuelto por gran sensibilidad (algo que se le negó a Kubrick insistentemente y de lo que hace gala en este trabajo).
Barry Lyndon es el resultado de la adaptación de la novela de William Makepeace Thackeray. No es del todo fiel al trabajo del novelista (la última media hora es cosa del guionista y no de Makepeace) y el resultado es una historia simple y lineal. ¿Por qué fascina entonces? Hay varias razones fundamentales. La voz en off del narrador es una de ellas. Nos separa de la acción de forma intencionada (del mismo modo que en literatura, el punto de vista es una cuestión de distancias respecto a la acción). Se trata de un narrador no identificado (lo que se conoce por tercera persona) que busca cierto distanciamiento del espectador. Además, se adelanta a la acción y la anuncia de modo que todo se sabe o intuye. Esto es algo que irrita a muchos puesto que buena parte de la tensión narrativa se pierde al usar este mecanismo. Sin embargo, es imprescindible para lo que Kubrick intentaba hacer. En realidad, la trama, el personaje principal, los secundarios, todo; son vehículos utilizados para dibujar una época, un universo casi inmóvil por el aburrimiento y el hastío, paralizado por la violencia, en el que todo se desliza hacia la nada. Kubrick quiere que miremos eso, desde la distancia, evitando injerencias de cualquier tipo.
Barry Lyndon es el personaje principal. Un tipo que quiere medrar sea como sea. Lo encarna Ryan O’neal. Este actor, mediocre y muy limitado en todos los sentidos, funciona más que bien. No por sus excelencias interpretativas (no las tiene) sino por el carácter dual que imprime a su personaje. Fragilidad, debilidad, atrocidad. Marisa Borenson le acompaña como Lady Lyndon. Espectacular en sus silencios y sus miradas vacías, casi muertas, infinitamente fatigadas. La sociedad se perfila desde esos dos personajes.
Además de la fotografía de John Alcott, destaca la banda sonora de Leonard Rosenman. Música tradicional irlandesa, Händel, Paisiello, Bach y Shubert. Excepcional y encajada sin titubeos, con un criterio demoledor.
La película de Stanley Kubrick habla de antihéroes, de todos nosotros, de nuestra imposibilidad de sobrevivir al mundo. Y lo hace de forma profunda utilizando un despliegue técnico muy difícil de igualar. La minuciosidad del realizador queda patente desde la primera escena. Es un peliculón firmado por un genio del cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 27 2013

El hombre de acero: El cine no es un videojuego

Todo aquello que nazca para ser comercial terminará siéndolo. Por ejemplo, en un guión se pueden incorporar buenas ideas, seriedad narrativa, una estructura coherente. Lo que sea. Pero el afán comercial, ese querer vender a toda costa, lo estropea todo. Un buen guión como locomotora comercial es carne de marketing.
El hombre de acero tiene cosas muy buenas. Un guión que quiere tratar al personaje como el mito que es, unos medios técnicos deslumbrantes; una banda sonora muy bien diseñada (Hans Zimmer firma una partitura muy personal en la que sobresalen los graves para apabullar, una partitura que sin saber el nombre del autor se le adjudicaría a él; le acompaña Junkie XL); y un reparto que cumple más que bien (la sosería infinita de Henry Cavill habrá que perdonarla). Pero todo esto se lo entregan a un histérico que quiere deslumbrar moviendo la cámara sin parar (este no es otro que el realizador Zack Snyder) y todo se viene abajo. Todo a todo volumen, todo a toda velocidad. Y todo se reduce a un alarde vacío que termina por arruinar lo que podría ser un excelente trabajo.
El estruendo constante hace que lo demás -que es lo importante- pase a segundo plano. El ruido ensordecedor y la cantidad de puñetazos, explosiones, edificios derrumbados y aeronaves derribados. El final de la cinta es delirante en este sentido. Muy bien los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Pero El hombre de acero es una película de cine y no un videojuego. Y tanto alboroto no funciona bien.
Si ven la película comprobarán que faltando el ruido, quedando la cámara quieta unos instantes, pasan muchas cosas en la pantalla. Muchas e importantes. Una pena que el guión de David S. Goyer se quede en menos de lo que podría ser. La historia original fue escrita por este guionista y por Christopher Nolan. Como estarán comprobando, hay mucho nombre y mucho ego para un solo trabajo. Este ha podido ser un problema y de los grandes.
La película es irregular. Al querer dejar justificado y explicado casi todo, se pasa de momentos de gran vértigo a la calma absoluta, de una acción frenética a la reflexión profunda, de no decir nada a querer decirlo todo. Una historia que reinventa el mito de Superman aunque incluye todos los elementos que hacen del superhéroe lo que es.
Henry Cavill se podría haber quedado dormido en cualquier toma. Más parado, más inexpresivo y más soso no se puede ser. De hecho, ni se inmuta cuando aparece por allí Amy Adams que no está mal en su papel, pero que no hace pareja con este chico ni a la de tres. Michael Shannon es el villano. Creíble y contenido cuando su papel invita a todo lo contrario. Russell Crowe y Kevin Costner defienden papeles muy cortos aunque están bien plantados frente a la cámara. Hacen lo que les toca.
El hombre de acero es una película excesivamente larga. Lo que cuenta hubiera podido colocarse en una cinta de cien minutos como máximo. Pero como todo se envuelve con grandiosidad técnica y visual, la cosa se va alargando hasta causar pereza. ¿Es una película entretenida? Sí; los golpes, las explosiones y las naves espaciales que explotan, son muy agradecidas. Pero no deja de ser decepcionante. Las expectativas de muchos no han sido cubiertas en absoluto. Demasiados egos en la misma coctelera. Y, sobre todo, demasiado alboroto en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 25 2013

Monstruos University: Nada de inventos, nada de emoción, nada de riesgo

Las películas de animación, en la actualidad, deben ser visualmente perfectas. Esto es algo obligado y que cualquier espectador da por sentado y piensa que formará parte del trabajo antes de entrar en la sala de proyección. Lo asombroso, hoy en día, es que esa perfección no esté presente. Lo que diferencia una película de otra no es el recurso técnico (todas las factorias de animación importantes son parejas en ese ámbito); es el guión, la capacidad del trabajo para sorprender, emocionar o hacer reír lo que marca la diferencia. Si no hay buenos personajes, frases brillantes y una trama exquisita o la banda sonora; cualquier película entra en el saco de lo repetido y falto de interés. Y esa opinión no es sólo de los adultos. Los niños aprenden rápido y saben sacar sus propias conclusiones.
Monstruos University se queda dentro de ese saco. Salvo un divertido concurso de sustos, la gran parte de la película es conocida, repetida, casi sobada y vacía. Esta vez, a Pixar no le basta con un alarde técnico asombroso. Tal vez a los niños les divierta porque Monstruos University es una buena película de animación (casi todas lo son a estas alturas), pero ni se acerca a lo que todo el mundo espera de un imperio de la animación de esta categoría.
Ni arriesgan, ni inventan, ni emocionan.
La película cuenta cómo se conocieron Mike Wazowski (el pequeñajo, redondo y con un sólo ojo) y James P. Sullivan (el peludo y grandullón). Cómo se conocieron y cómo salieron adelante en la universidad del susto obligados a rodearse de compañeros bobalicones y frikies. Les aseguro que los detalles de la trama la pueden intuir casi al milímetro. Piensen en cualquier película ambientada en una universidad norteamericana y voilà.
Todos esperábamos una secuela de Monstruos, S. A. y Pixar presenta una precuela. Un cambio de rumbo que intenta un mismo destino. Pero los cambios de rumbo llevan a lugares distintos. Unos al éxito y otros, por ejemplo, a la apatía.
Es algo decepcionante no encontrarse con lo nuevo, con lo que nunca esperas aunque alguien te trae en forma de película. ¿Los personajes son simpáticos? ¿El ritmo narrativo de la película es el adecuado? ¿Esta es una película impecable desde el punto de vista técnico? Pues sí. ¿Destaca algún villano o algún frikie que merezca la pena? ¿El guión es inteligente y está lleno de chispa? Pues no. Todo es decepcionante aunque se pase un buen rato frente a la pantalla. Una pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 24 2013

El año pasado en Marienbad: Las ruinas de la memoria

En el salón de la casa de mis padres sigue colgando aun la inevitable fotografía de mi primera comunión, esa de la que no recuerdas el momento en que te la hicieron ni el lugar y que sin embargo ofrece un  rostro tremendamente familiar. En ella aparezco increíblemente pálido de piel (como aun soy), trajeado y con el pelo más rubio que ahora peinado de esa intemporal forma marcada por una raya al lado que solo una madre sabe manejar, detrás de mí una rimbombante cortina roja remata la artificiosa escena.
De una forma un tanto fantasmática en esta instantánea siempre he encontrado a un chico ario muy acorde con la  imagen y la estética de las juventudes hitlerianas o mas bien con la imagen que conozco de estas a través del cine. Invariablemente es lo único que consigo ver cuando miro esa fotografía.
En El año pasado en Marienbad los personajes a quienes se conoce simplemente como X, Y y Z habitan ese mismo espacio confuso en el que la percepción y la memoria nunca coinciden,  un espacio subyugado por las fugas de la ficción, por el instante de las luces y las sombras ordenadas, de los jardines que simulan cartón y piedra, de ese flautista hipnotizador que vive en una mesa de montaje. En este extraño film  la memoria es solo una línea quebrada, un plano que sustituye a otro, secuencias que se encadenan contradiciéndose o cuestionándose, siempre atadas a la enunciación de un tiempo y un lugar y siempre luchando por liberarse.
Alain Resnais ha demostrado a lo largo de su carrera que es un director dotado, pero irregular que trabaja mejor bajo el estímulo de las ideas ajenas (sobretodo si provienen de escritores de demostrado talento) aunque puede presumir de haber filmado dos de las películas  mas fascinantes de la historia del cine. En Hiroshima mon amour, con guión de Marguerite Durás, exploraba de una forma tan realista (cercana al documento) como poética las consecuencias del trauma, del trauma histórico y del personal aunado en una  pareja que dialoga sin cesar reconstruyendo su propio pasado como un enorme monólogo en el que agresor y agredido se confunden bajo las cenizas. La memoria juega ya un papel importante en esta cinta que también es el film más descaradamente moderno realizado hasta ese momento, llegando más lejos en su intención manifiestamente conceptual y su elaborada trasgresión formal que los mismísimos Roberto Rosellini o Ingmar Bergman en aquella misma época. Nada mal para un debutante en el terreno del largometraje.
¿Qué puedes tratar de explicar después de haber estado en Hiroshima? Nada, solo puedes tratar de hacer otra película.
Resnais filma El año pasado en Marienbad con un guión del magnifico Alain Robbe-Grillet y con ella abraza el sinsentido del mundo, la quiebra del lenguaje, la imposibilidad de una enunciación válida. Y lo hace bajo el hermetismo de la imagen a través de la sensualidad y belleza de unos planos que rozan la perfección para mostrarse vacíos, los escenarios perfectos para la inacción de unos personajes que no necesitan nombre, son solo los elementos que el film requiere para existir, las variables que mover de un sitio a otro en busca de un orden que posibilite la historia que se resiste a aparecer; marionetas encuadradas, atrezzo necesario, objetos que habitan ese extraño y plateado espacio en la pantalla, mas que onírico un espacio fílmico, halúrico.
El resultado posiblemente sea  el mas radical y efectivo ensayo metalingüístico sobre la propia naturaleza del cine y sus múltiples mecanismos de ficción, y lo mas increíble de todo es que consigue serlo recubriendo una complejísima premisa conceptual bajo la hipnotizante puesta en escena que hace que todo lo que el film nos narra se cuele directamente a través de los sentidos, nos impone un mundo que surge solo de la fascinación, la mas pura y artificiosa, compleja y simple, particular y universal, la que se reviste de grandes jardines, trajes elegantes y paredes de mármol: la fortaleza inexpugnable del deseo, de la fascinación traumática por lo que no se puede poseer ¿no es eso el cine?.
Resnais afirmaba esa letanía (que abunda quizás demasiado dentro del mundo del arte) de que cada espectador puede encontrar un significado a su obra. No puedo estar menos de acuerdo. Este es un film que no presenta ni exige explicación, trata solo de la subyugación del espectador ante la escenificación coreografiada de, precisamente, su propia ausencia de sentido, la misma que imperan en un mundo y unos seres humanos paralizados, la que habita las novelas de Samuel Beckett o los cuadros de Ad Reinhart, un mundo en el que la memoria es tan irreal e inaccesible como el propio film y se desmorona bajo si misma.
© Del Texto: David Mayo


jun 18 2013

Gangster Squad: Estereotipos a barullo

Salinger leyó a Chéjov; Carver a Salinger. Los autores son lo que han leído. En cine pasa lo mismo. Esto es algo normal e, incluso, bueno. No pasa nada por ser deudor de uno de los grandes salvo que seas muy pequeño y tu obra una burda imitación de lo anterior.
Gangster Squad es una película que debe lo que es a L. A. Confidential y a Los intocables de Elliott Ness. Seguramente a alguna de las películas de los años 40 ó 50. Y esto no sería mejor ni peor si no fuera porque la película de Ruben Fleischer es una fotocopia borrosa de esas otras. En cualquier escena de L. A. Confidential hay más cine que en la película entera de Fleischer. Cualquier escena de Gangster Squad acumula un número de estereotipos abrumador. Ni uno solo de los personajes logra alejarse del cliché o de la imitación ridícula. Una pena puesto que el reparto es estupendo, porque el talento que se derrocha es grande (derrocha en el sentido más peyorativo del término); porque un buen guión hubiera convertido el intento en algo más grande.
En Gangster Squad todo tiene un tufo extraño a conocido; un aroma a semiplagio que termina siendo molesto y desagradable. El villano de siempre, los policías corruptos de siempre, los que son honrados de siempre, la rubia tonta eterna, la guapa que termina en brazos del policía guapo y valiente. La gran diferencia con otros trabajos son las caras.
En el guión de Will Beall -del que sabemos todo desde el principio- escuchamos dos o tres frases bien construidas y con sentido. El resto forma parte de lo que se puede esperar de una película de gangsters. Chascarrillos, frases sobadas y, por tanto, nada nuevo. Diferencias que hagan especial el trabajo de Ruben Fleischer: ni una.
Entre tanto estereotipo, sobresale un personaje. Es la mujer del protagonista -John O’Mara, jefe de los policías honrados y encarnado por Josh Brolin-, un ama de casa que intenta, a toda costa, proteger a su marido. Es un personaje que ya se vio alguna vez, pero lo interpreta Mireille Enos estupendamente. Logra una gran credibilidad en sus escasas y cortas apariciones. El resto, arquetípico. Sean Penn es un villano con pinta de muñeca de cartón piedra, Ryan Gosling está correcto aunque su personaje está muy visto y resulta aburrido, Emma Stone (guapísima) hace de chica boom, Nick Nolte se deja ver un par de veces o tres y nadie se explica por qué (sin estar nada hubiera cambiado). Y etcétera.
Todos son buenos actores y actrices aunque no imprimen carácter particular a sus personajes; entre otras cosas porque no hay personajes que puedan desarrollarse mínimamente. Imposible con este guión.
La música de Steve Jablonsky se soporta sobre buen jazz aunque la partitura original es algo estridente a veces, algo exagerada en los matices. No obstante, es de lo poco que se puede salvar de la cinta.
Gangster Squad no es una película aburrida. Tampoco es una buena película. Un rato de entretenimiento si puede llegar a aportar. Eso sí, no se le ocurra pensar en ella. Un análisis de treinta segundos no lo soporta. Para pasar la tarde de un domingo en casa puede colar.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 17 2013

Un invierno en la playa: Relatar el universo

Cada escritor redacta la vida desde el lugar en el que se encuentra. Desde la experiencia, siempre. Crea un mundo, corrige en la ficción lo que quisiera que fuera de otro modo en la realidad y da forma a sus esperanzas. Lo que un escritor espera de la vida se encuentra en su obra. De esto habla Un invierno en la playa, película escrita y dirigida por el joven Josh Boone, que presenta un trabajo más maduro de lo que se podía esperar en un nuevo autor. Es verdad que no le falta algún tópico, algún personaje algo estereotipado y algún laberinto más lacrimógeno de lo deseado; eso es verdad. Los padres tan modernos, los hijos tan extraordinarios y las situaciones tan extravagantes chirrían algo. Aunque también es cierto que algunos diálogos (buena parte de ellos) son excelentes, las interpretaciones están a una altura considerable y la cámara de Boone está colocada buscando encuadres necesarios y moviéndose con elegancia y delicadeza. Quedarse en el territorio de las tres tramas que conviven en la cinta sin buscar nada por debajo de ellas es un error. Todo buen relato sugiere una búsqueda en su esencia. Y no moverse hacia ese territorio hace que la película pierda mucho de su encanto. No es una película profunda, pero algo queda sin decir que la hace entrañable, inteligente y atractiva. Todo lo que hace evolucionar a los personajes, de un lado a otro, debe tenerse en cuenta: la muerte, el amor, el miedo, las drogas, la ausencia. Todo evidente como vehículo, no tanto el lugar hasta el que transporta a cada personaje implicado. Y todo envuelto en la necesidad de narrar del ser humano. Por eso es tan importante y tan acertado que sean escritores los personajes principales o que tengan una relación tan íntima con la literatura. La película se hace importante al transitar este terreno. Sólo cuando se relata el mundo el mundo se mueve, sólo cuando se relata el mundo se puede sobrevivir.
Greg Kinnear se desenvuelve como pez en el agua en su papel; Jennifer Connelly interpreta una madre sin una duda en su lenguaje corporal; Lily Collins, Nat Wolff, Liana Liberato y Logan Lerman están muy bien dirigidos logrando un nivel interpretativo creíble, lleno de espontaneidad.
La banda sonora compuesta por Nathaniel Walcott y Mike Mogis se salpica de temas propios y ajenos. Junto a Big Harp interpretan el tema At Your Door, por ejemplo. Un excelente tema que inaugura la partitura. Elliott Smith (Between The Bars) y Bear Driver (No Time To Speak) destacan sobre el resto de intérpretes.
El cine indie tiene un nuevo inquilino al que habrá que seguir la pista de cerca. El trabajo de Josh Boone, salvo algunas dudas al principio de la cinta, tiene un aspecto mucho más sólido de lo que es habitual en un primer trabajo. Todo hace pensar que sabe hacer cine y que la experiencia le convertirá en un realizador a tener muy en cuenta. Esperemos que el próximo guión este mejor armado para comprobar si esto es cierto o no.
Un invierno en la playa recoge esa parte de la comedia romántica que tanto gusta a un tipo de espectador, pero que no deja de incluir elementos dramáticos que le dan cierta profundidad y prepara la cabida a un público más numeroso. Es una película muy agradable y, sobre todo, un comienzo muy esperanzador del joven Boone.
A ver si es verdad.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 16 2013

Smashed: El recipiente vacío

Vivir con honestidad, sin arrimarse a cualquier tipo de mentira o truco que convierta el mundo en algo aparentemente fácil; es muy difícil y causa gran fatiga. Las drogas, incluido el alcohol, son atajos que sirven para que algunos crean durante un tiempo que el mundo se rinde a sus pies o que el entorno es muy distinto a lo que es. La vida es dura y aburrida cuando se inunda de rutinas molestas o de problemas que nos impiden ser felices. No parece todo esto que digo un gran descubrimiento ni nada que no se haya dicho un millón y medio de veces.
El realizador James Ponsoldt elige un alcoholismo descontrolado y lesivo para contar una historia que sabemos cómo comienza y cómo acaba desde las dos primeras escenas. Un matrimonio formado por una pareja de jóvenes, grandes cantidades de alcohol, el peligro de nuevas drogas y un entorno hostil que evita la recuperación, son los ingredientes fundamentales de un flojo guión que se centra más en lo que rodea el problema que en el propio problema. Ponsoldt mira más la historia de amor entre los jóvenes que la botella vacía. Y eso hace que todo quede en tierra de nadie. No quiere profundidades porque no sabe si quiere indagar o no, si quiere arriesgar o no. Ante esas dudas, el resultado final es soso y prescindible. En cualquier caso, decepcionante. Lo único que se establece desde el primer minuto es un estado de desasosiego e imposibilidad de regreso a la normalidad. Lo que ya sabíamos.
Leaving Las Vegas o Días de vino y rosas ya contaron estas cosas. Bastante mejor, por cierto. Smashed no aporta nada nuevo.
Lo único que se puede rescatar es un excelente trabajo de Mary Elizabeth Winstead interpretando a Kate. Natural, creíble y bella. Muy convencida de lo que hace. Aaron Paul cumple bien encarnado su personaje.
Parece imperdonable pisar territorios tan delicados con la sosería con la que lo hace James Ponsoldt. Si lo intentas debes arriesgar. Como siempre ocurre, es el guión lo que hace aguas por los cuatro costado y por donde la película se convierte en un recipiente vacío. Sin guión no hay personajes; y sin personajes no hay nada que pueda interesar de un relato. Pero, claro, no hay nada más cómodo que un guión facilón.
© Del Texto Nirek Sabal


jun 14 2013

Trance: Un follón muy bonito

Desde que un señor llamado Homero contó La Iliada y La Odisea, todos los autores han tenido problemas para ser originales. Porque ya estaba todo contado. Desde Homero, el reto es encontrar un punto de vista original que, contando lo mismo, muestre el mundo de forma distinta y enriquecedora. James Joyce terminó de rematar la faena narrando desde la propia consciencia del personaje. Con él se cerraba el círculo. Y en cine el problema es similar. Al fin y a la postre, es una forma de narrar como puede ser la novela o un relato breve.
Pero ser original se ha ido convirtiendo en algo así como ponerse exquisito -una veces- o ponerse raro -muchas veces. La transgresión confundida con hacer que el personaje diga tacos o hable con la boca llena es una herramienta muy utilizada para parecer extravagantemente original. Las rupturas espacio-temporales otra. En fin hay varias opciones. Y no son malas en sí. Lo malo aparece cuando la falta de talento se intenta maquillar con estas cosas. La falta de talento o el intento de salir de un laberinto imposible creado por el propio autor o realizador.
A priori, Trance tiene todo lo necesario para ser un película atractiva. Danny Boyle como director. Los guionistas Joe Ahearne y John Hodge. La banda sonora en manos de Rick Smith. Y la fotografía en las de Anthony Dod Mantle. Se suma un reparto encabezado por James McAvoy, Vincent Cassel y la imponente Rosario Dawson. Todo parece que debe ir bien. Y, efectivamente, la fotografía es excelente, la banda sonora cumple con su labor matizando la imagen de forma notable y los actores no están nada mal. Pero, como todo el mundo sabe, si falla el guión, si el libreto trata de ser original a base de proponer alternativas narrativas que terminan aburriendo, que terminan por dejar huecos para explicar lo que ya se ha contado porque aquello está lleno de cruces, vueltas de 180º, túneles sin salida y todo tipo de obstáculos; si el libreto, decía, se pone imposible, todo se enreda sin remedio. Boyle se intenta inventar el crimen desde la deconstrucción hipnótica y su película comienza a vaciarse por los cuatro costados.
Está muy bien hacer pensar al espectador y ofrecer un juego inteligente en el que tenga que implicarse. Pero pedir un curso intensivo sin posibilidad de preparar un examen ya es otra cosa. El gran y único logro de Trance es que muchos estén deseando saber cómo termina aquello. El desastre es que lo desean para salir de la sala de proyección corriendo. Si un gran logro es querer ver por segunda vez la película, un desastre absoluto es querer hacerlo para intentar sacar alguna conclusión de importancia.
La dirección actoral es buena. Eso es cierto. Y el trío protagonista pone ganas y consigue un buen trabajo. Y la película tiene un arranque vigoroso y excitante. Pero dura poco. Tras veinte minutos, todo se convierte en una propuesta fatigosa. Ya no por ser algo enrevesado el guión. Eso es lo de menos porque prestando un poco de atención se descubre que es mucho más sencillo de lo aparentado. El problema es que ni se profundiza en la psicología de los personajes, ni evolucionan lo más mínimo, ni la trama tiene un sentido que nos haga reflexionar sobre un tema u otro. Boyle quiere que montemos un rompecabezas. Ni más ni menos; eso es todo. Si el espectador dedica cinco minutos a pensar sobre Trance descubre que el esfuerzo que le han pedido no ha servido para casi nada.
Esta vez lo original es exquisitez fotográfica acompañada de buena música. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 13 2013

New York, New York: Nosotros y lo diferente

Las personas evolucionamos constantemente. Nunca dejamos de hacerlo. Y con nosotros hacen el viaje nuestras cosas. Unas cambian y otras siguen inmutables a nuestro lado de principio a fin. Quizás con matices, pero esencialmente iguales. Cualquier otra cosa o cualquier persona que haga peligrar lo que sentimos ser quedará en la cuneta del camino que transitamos.
De eso trata el peliculón que Martin Scorsese filmó allá por los años setenta. Sí, sí. New York, New York. Peliculón que reunió un magnífico reparto (Liza Minnelli y Robert De Niro son los principales), una banda sonora completamente grandiosa (John Kander y Fred Ebb firmaron la partitura original), un guión muy bien trazado en el que los personajes ocupan el lugar exacto porque crecen desde la primera secuencia, un vestuario y un maquillaje ajustado con pulcritud a lo que era necesario y una dirección de fotografía muy cuidada. Con esto, Scorsese logró un producto emocionante, compacto y muy creíble. Un peliculón, se lo digo yo. Y no es necesario ser un fan del jazz para que guste. El guión es suficiente para que el calado de lo que nos cuentan sea universal.
Jimmy (Robert De Niro) y Francine (Liza Minnelli) se conocen y entablan una relación absolutamente tormentosa. Él es un saxofonista genial que se encuentra en plena evolución (como lo está el jazz en ese momento, que sigue anclado en las Big Bands respecto al gran público, pero que tiene una estructura distinta en los pequeños clubes. Está llegando el BiBop). Ella es una cantante pegada a lo clásico y que maneja registros muy amables con el público. Es lo que están deseando encontrar los empresarios para grabar discos). Pues bien, eso que les une (la música) será lo que les separe finalmente. Saben renunciar a unas cosas, pero a otras no. El éxito de uno no le sirve al otro. El mundo de uno es ajeno al otro. Todo esto, muy bien contando, envuelto en una música que será difícil que nadie pueda igualar (la banda sonora es sensacional), con una interpretación de Minnelli fantástica (sobre todo cuando se sube a los escenarios que trae el guión para que ella sea ella). De la de De Niro no puedo decir lo mismo. Es correcta. Mucho, pero no pasa de ahí.
El ambiente que se vivía alrededor de la música en la América de los años cuarenta, cincuenta y sesenta, quedan perfectamente dibujados en la película. Un mundo que, al fin y al cabo, es el mundo de todos y que puede maquillarse con esto o aquello, pero no puede dejar de ser siempre el mismo.
Una escena que se desarrolla en un club, en el que Jimmy interpreta ese jazz que ya ha llegado con fuerza, es la que resume con exactitud toda la película. Él interpreta. Ella acaba de firmar el contrato de su vida. Intenta subir al pequeño escenario para acompañar cantando a su marido. Este modifica el registro y hace que ella tenga que olvidar la idea. Música distinta, personalidades distintas, mundos distintos. Eso que nos hace fracasar tan a menudo en nuestras relaciones interpersonales.
Por supuesto, Minnelli interpreta el tema New York, New York, como nadie lo podría hacer. Inmensa. Aunque el resto de la película fuera un tostón, merecería la pena verla sólo por ver a esa fiera del escenario.
Hay que ver esta película, dejarse llevar por la música (si no es el jazz su música preferida lo puede llegar a ser después de disfrutar de esta banda sonora, queda usted advertido), intentar comprender a los personajes sabiendo que aquí no hay ni mejores ni peores sino diferentes. Son dos horas inolvidables de buen cine. Se lo digo yo.
Una última cosa. Si echan un vistazo a la película podrán comprobar que Scorsese no tiene pereza buscando los primeros planos de sus actores. En concreto, con Minnelli, hace un alarde. Claro, esa mujer, en ese momento, era unos de los rostros más expresivos que se podían encontrar. Y da gusto acercarse a sus ojos, a sus labios. Parece que no es necesario nada más. ¿Han notado que ya no se hacen esas cosas con tanta frecuencia? Creo yo que tanta cirugía está dejando sin expresión los rostros y, por eso, se buscan alternativas al primer plano. Pero siempre nos quedará Minnelli en está película. A los espectadores, digo. Los directores de cine tendrán que inventar algo.
© Del Texto: Nirek Sabal.


jun 12 2013

Eyes Wide Shut: El desastre de saber

Realmente ¿queremos saber? ¿Hasta dónde debemos saber? ¿Es bueno inmiscuirse en los asuntos privados de otros por muy cercanos que sean? Posiblemente, el conocimiento, sea cual sea su naturaleza, es el factor más desestabilizador para una persona. Podrá tener un efecto positivo o negativo, pero pondrá patas arriba a cualquiera.
Eyes Wide Shut es una magnífica e inquietante película firmada por Stanley Kubrick. Construida sobre una estética sexual casi explícita en momentos concretos, la película trata del saber, de la información, de las consecuencias de cruzar la frontera que separa la ignorancia del conocimiento. Sexo y poder (asuntos que aparecen tratados con claridad) son parte de las consecuencias y vehículos para afrontar el tema principal. La crisis matrimonial, también.
La película se divide en tres actos como es costumbre en el cine de Kubrick. Es famosísimo el central por sus escenas de la orgía en la que se ve envuelto el protagonista. Sin embargo, son el primero y el último donde se encuentra la verdadera esencia de este trabajo. En el primero se abre una ventana por la que Bill Harford (Tom Cruise) podrá mirar un mundo desconocido y ajeno que le conmociona de tal forma que la obsesión se convierte en su motor vital. En el tercero, su esposa Alice (Nicole Kidman) le avisa y le sugiere cerrar para siempre, dejar de mirar de inmediato. En la escena final, vemos a los protagonistas paseando por un centro comercial; ella termina diciendo que lo único que queda es follar (textual). Y el espectador se pregunta si el amor no existe; se pregunta si follar es el mecanismo físico más antiguo, efectivo y posible, que puede utilizar el ser humano desde que lo es. El protagonista conoce un secreto de su mujer y termina en el punto de inicio; fingiendo amar y follando para sobrevivir con un aspecto y status determinado. En el camino, Bill Harford entenderá que es dominado por su mujer, que él mismo puede dominar y eso le fascina (por ejemplo, lo descubre con la prostituta llamada casualmente Dómino); que el sexo retirado del matrimonio tiene sus complicaciones y puede llegar a ser sucio o peligroso o las dos cosas al mismo tiempo; que el amor puede estar esperando en cualquier parte; que el poder es exclusivo de unos pocos y puede ser peligroso para los demás si se enfrentan a él.
La película es un viaje a los infiernos del matrimonio Harford que arrastra al espectador sin contemplaciones. Lo hace desde una fotografía espléndida, cuidadísima, en la que predominan los colores brillantes. Sobre todo el rojo intenso. En gran parte de las escenas prevalece ese color y algún objeto rojo ocupa el punto de fuga de la imagen. La cámara de Kubrick está colocada, siempre, buscando el mejor de los encuadres posibles, se mueve con elegancia intentando pasar desapercibida. Los travelings son, sin excepción, extraordinarios. La banda sonora es inquietante, casi perversa, en algunas zonas narrativas. Desde la pieza de Shostakovich inicial (Jazz Suite Waltz) hasta el final (vuelve a ser la misma pieza, anunciando un baile del matrimonio que es una gran mentira), la música va encanjando milimétricamente con la acción. El piano es protagonista en los momentos de mayor tensión narrativa. El montaje es pausado y logra un equilibrio absoluto al manejarse los tempos con maestría sin que afecten a los tiempos.
La dirección actoral es espléndida. Los trabajos de Cruise, de Kidman y de Sydney Pollack son notables.
A pesar de ser un éxito de taquilla al estrenarse, Eyes Wide Shut no fue bien recibida ni bien tratada por la crítica. No es lo mejor de Stanley Kubrick, pero no es una mala película. Al contrario, vista con tranquilidad y perspectiva, es una excelente película. ¿Incómoda? ¿Plantea asuntos feos y sucios? Muy posiblemente, pero eso no la hace peor de lo que es en realidad.
© Del Texto: Nirek Sabal