jun 27 2013

El hombre de acero: El cine no es un videojuego

Todo aquello que nazca para ser comercial terminará siéndolo. Por ejemplo, en un guión se pueden incorporar buenas ideas, seriedad narrativa, una estructura coherente. Lo que sea. Pero el afán comercial, ese querer vender a toda costa, lo estropea todo. Un buen guión como locomotora comercial es carne de marketing.
El hombre de acero tiene cosas muy buenas. Un guión que quiere tratar al personaje como el mito que es, unos medios técnicos deslumbrantes; una banda sonora muy bien diseñada (Hans Zimmer firma una partitura muy personal en la que sobresalen los graves para apabullar, una partitura que sin saber el nombre del autor se le adjudicaría a él; le acompaña Junkie XL); y un reparto que cumple más que bien (la sosería infinita de Henry Cavill habrá que perdonarla). Pero todo esto se lo entregan a un histérico que quiere deslumbrar moviendo la cámara sin parar (este no es otro que el realizador Zack Snyder) y todo se viene abajo. Todo a todo volumen, todo a toda velocidad. Y todo se reduce a un alarde vacío que termina por arruinar lo que podría ser un excelente trabajo.
El estruendo constante hace que lo demás -que es lo importante- pase a segundo plano. El ruido ensordecedor y la cantidad de puñetazos, explosiones, edificios derrumbados y aeronaves derribados. El final de la cinta es delirante en este sentido. Muy bien los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Pero El hombre de acero es una película de cine y no un videojuego. Y tanto alboroto no funciona bien.
Si ven la película comprobarán que faltando el ruido, quedando la cámara quieta unos instantes, pasan muchas cosas en la pantalla. Muchas e importantes. Una pena que el guión de David S. Goyer se quede en menos de lo que podría ser. La historia original fue escrita por este guionista y por Christopher Nolan. Como estarán comprobando, hay mucho nombre y mucho ego para un solo trabajo. Este ha podido ser un problema y de los grandes.
La película es irregular. Al querer dejar justificado y explicado casi todo, se pasa de momentos de gran vértigo a la calma absoluta, de una acción frenética a la reflexión profunda, de no decir nada a querer decirlo todo. Una historia que reinventa el mito de Superman aunque incluye todos los elementos que hacen del superhéroe lo que es.
Henry Cavill se podría haber quedado dormido en cualquier toma. Más parado, más inexpresivo y más soso no se puede ser. De hecho, ni se inmuta cuando aparece por allí Amy Adams que no está mal en su papel, pero que no hace pareja con este chico ni a la de tres. Michael Shannon es el villano. Creíble y contenido cuando su papel invita a todo lo contrario. Russell Crowe y Kevin Costner defienden papeles muy cortos aunque están bien plantados frente a la cámara. Hacen lo que les toca.
El hombre de acero es una película excesivamente larga. Lo que cuenta hubiera podido colocarse en una cinta de cien minutos como máximo. Pero como todo se envuelve con grandiosidad técnica y visual, la cosa se va alargando hasta causar pereza. ¿Es una película entretenida? Sí; los golpes, las explosiones y las naves espaciales que explotan, son muy agradecidas. Pero no deja de ser decepcionante. Las expectativas de muchos no han sido cubiertas en absoluto. Demasiados egos en la misma coctelera. Y, sobre todo, demasiado alboroto en la pantalla.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 25 2013

Monstruos University: Nada de inventos, nada de emoción, nada de riesgo

Las películas de animación, en la actualidad, deben ser visualmente perfectas. Esto es algo obligado y que cualquier espectador da por sentado y piensa que formará parte del trabajo antes de entrar en la sala de proyección. Lo asombroso, hoy en día, es que esa perfección no esté presente. Lo que diferencia una película de otra no es el recurso técnico (todas las factorias de animación importantes son parejas en ese ámbito); es el guión, la capacidad del trabajo para sorprender, emocionar o hacer reír lo que marca la diferencia. Si no hay buenos personajes, frases brillantes y una trama exquisita o la banda sonora; cualquier película entra en el saco de lo repetido y falto de interés. Y esa opinión no es sólo de los adultos. Los niños aprenden rápido y saben sacar sus propias conclusiones.
Monstruos University se queda dentro de ese saco. Salvo un divertido concurso de sustos, la gran parte de la película es conocida, repetida, casi sobada y vacía. Esta vez, a Pixar no le basta con un alarde técnico asombroso. Tal vez a los niños les divierta porque Monstruos University es una buena película de animación (casi todas lo son a estas alturas), pero ni se acerca a lo que todo el mundo espera de un imperio de la animación de esta categoría.
Ni arriesgan, ni inventan, ni emocionan.
La película cuenta cómo se conocieron Mike Wazowski (el pequeñajo, redondo y con un sólo ojo) y James P. Sullivan (el peludo y grandullón). Cómo se conocieron y cómo salieron adelante en la universidad del susto obligados a rodearse de compañeros bobalicones y frikies. Les aseguro que los detalles de la trama la pueden intuir casi al milímetro. Piensen en cualquier película ambientada en una universidad norteamericana y voilà.
Todos esperábamos una secuela de Monstruos, S. A. y Pixar presenta una precuela. Un cambio de rumbo que intenta un mismo destino. Pero los cambios de rumbo llevan a lugares distintos. Unos al éxito y otros, por ejemplo, a la apatía.
Es algo decepcionante no encontrarse con lo nuevo, con lo que nunca esperas aunque alguien te trae en forma de película. ¿Los personajes son simpáticos? ¿El ritmo narrativo de la película es el adecuado? ¿Esta es una película impecable desde el punto de vista técnico? Pues sí. ¿Destaca algún villano o algún frikie que merezca la pena? ¿El guión es inteligente y está lleno de chispa? Pues no. Todo es decepcionante aunque se pase un buen rato frente a la pantalla. Una pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 24 2013

El año pasado en Marienbad: Las ruinas de la memoria

En el salón de la casa de mis padres sigue colgando aun la inevitable fotografía de mi primera comunión, esa de la que no recuerdas el momento en que te la hicieron ni el lugar y que sin embargo ofrece un  rostro tremendamente familiar. En ella aparezco increíblemente pálido de piel (como aun soy), trajeado y con el pelo más rubio que ahora peinado de esa intemporal forma marcada por una raya al lado que solo una madre sabe manejar, detrás de mí una rimbombante cortina roja remata la artificiosa escena.
De una forma un tanto fantasmática en esta instantánea siempre he encontrado a un chico ario muy acorde con la  imagen y la estética de las juventudes hitlerianas o mas bien con la imagen que conozco de estas a través del cine. Invariablemente es lo único que consigo ver cuando miro esa fotografía.
En El año pasado en Marienbad los personajes a quienes se conoce simplemente como X, Y y Z habitan ese mismo espacio confuso en el que la percepción y la memoria nunca coinciden,  un espacio subyugado por las fugas de la ficción, por el instante de las luces y las sombras ordenadas, de los jardines que simulan cartón y piedra, de ese flautista hipnotizador que vive en una mesa de montaje. En este extraño film  la memoria es solo una línea quebrada, un plano que sustituye a otro, secuencias que se encadenan contradiciéndose o cuestionándose, siempre atadas a la enunciación de un tiempo y un lugar y siempre luchando por liberarse.
Alain Resnais ha demostrado a lo largo de su carrera que es un director dotado, pero irregular que trabaja mejor bajo el estímulo de las ideas ajenas (sobretodo si provienen de escritores de demostrado talento) aunque puede presumir de haber filmado dos de las películas  mas fascinantes de la historia del cine. En Hiroshima mon amour, con guión de Marguerite Durás, exploraba de una forma tan realista (cercana al documento) como poética las consecuencias del trauma, del trauma histórico y del personal aunado en una  pareja que dialoga sin cesar reconstruyendo su propio pasado como un enorme monólogo en el que agresor y agredido se confunden bajo las cenizas. La memoria juega ya un papel importante en esta cinta que también es el film más descaradamente moderno realizado hasta ese momento, llegando más lejos en su intención manifiestamente conceptual y su elaborada trasgresión formal que los mismísimos Roberto Rosellini o Ingmar Bergman en aquella misma época. Nada mal para un debutante en el terreno del largometraje.
¿Qué puedes tratar de explicar después de haber estado en Hiroshima? Nada, solo puedes tratar de hacer otra película.
Resnais filma El año pasado en Marienbad con un guión del magnifico Alain Robbe-Grillet y con ella abraza el sinsentido del mundo, la quiebra del lenguaje, la imposibilidad de una enunciación válida. Y lo hace bajo el hermetismo de la imagen a través de la sensualidad y belleza de unos planos que rozan la perfección para mostrarse vacíos, los escenarios perfectos para la inacción de unos personajes que no necesitan nombre, son solo los elementos que el film requiere para existir, las variables que mover de un sitio a otro en busca de un orden que posibilite la historia que se resiste a aparecer; marionetas encuadradas, atrezzo necesario, objetos que habitan ese extraño y plateado espacio en la pantalla, mas que onírico un espacio fílmico, halúrico.
El resultado posiblemente sea  el mas radical y efectivo ensayo metalingüístico sobre la propia naturaleza del cine y sus múltiples mecanismos de ficción, y lo mas increíble de todo es que consigue serlo recubriendo una complejísima premisa conceptual bajo la hipnotizante puesta en escena que hace que todo lo que el film nos narra se cuele directamente a través de los sentidos, nos impone un mundo que surge solo de la fascinación, la mas pura y artificiosa, compleja y simple, particular y universal, la que se reviste de grandes jardines, trajes elegantes y paredes de mármol: la fortaleza inexpugnable del deseo, de la fascinación traumática por lo que no se puede poseer ¿no es eso el cine?.
Resnais afirmaba esa letanía (que abunda quizás demasiado dentro del mundo del arte) de que cada espectador puede encontrar un significado a su obra. No puedo estar menos de acuerdo. Este es un film que no presenta ni exige explicación, trata solo de la subyugación del espectador ante la escenificación coreografiada de, precisamente, su propia ausencia de sentido, la misma que imperan en un mundo y unos seres humanos paralizados, la que habita las novelas de Samuel Beckett o los cuadros de Ad Reinhart, un mundo en el que la memoria es tan irreal e inaccesible como el propio film y se desmorona bajo si misma.
© Del Texto: David Mayo


jun 18 2013

Gangster Squad: Estereotipos a barullo

Salinger leyó a Chéjov; Carver a Salinger. Los autores son lo que han leído. En cine pasa lo mismo. Esto es algo normal e, incluso, bueno. No pasa nada por ser deudor de uno de los grandes salvo que seas muy pequeño y tu obra una burda imitación de lo anterior.
Gangster Squad es una película que debe lo que es a L. A. Confidential y a Los intocables de Elliott Ness. Seguramente a alguna de las películas de los años 40 ó 50. Y esto no sería mejor ni peor si no fuera porque la película de Ruben Fleischer es una fotocopia borrosa de esas otras. En cualquier escena de L. A. Confidential hay más cine que en la película entera de Fleischer. Cualquier escena de Gangster Squad acumula un número de estereotipos abrumador. Ni uno solo de los personajes logra alejarse del cliché o de la imitación ridícula. Una pena puesto que el reparto es estupendo, porque el talento que se derrocha es grande (derrocha en el sentido más peyorativo del término); porque un buen guión hubiera convertido el intento en algo más grande.
En Gangster Squad todo tiene un tufo extraño a conocido; un aroma a semiplagio que termina siendo molesto y desagradable. El villano de siempre, los policías corruptos de siempre, los que son honrados de siempre, la rubia tonta eterna, la guapa que termina en brazos del policía guapo y valiente. La gran diferencia con otros trabajos son las caras.
En el guión de Will Beall -del que sabemos todo desde el principio- escuchamos dos o tres frases bien construidas y con sentido. El resto forma parte de lo que se puede esperar de una película de gangsters. Chascarrillos, frases sobadas y, por tanto, nada nuevo. Diferencias que hagan especial el trabajo de Ruben Fleischer: ni una.
Entre tanto estereotipo, sobresale un personaje. Es la mujer del protagonista -John O’Mara, jefe de los policías honrados y encarnado por Josh Brolin-, un ama de casa que intenta, a toda costa, proteger a su marido. Es un personaje que ya se vio alguna vez, pero lo interpreta Mireille Enos estupendamente. Logra una gran credibilidad en sus escasas y cortas apariciones. El resto, arquetípico. Sean Penn es un villano con pinta de muñeca de cartón piedra, Ryan Gosling está correcto aunque su personaje está muy visto y resulta aburrido, Emma Stone (guapísima) hace de chica boom, Nick Nolte se deja ver un par de veces o tres y nadie se explica por qué (sin estar nada hubiera cambiado). Y etcétera.
Todos son buenos actores y actrices aunque no imprimen carácter particular a sus personajes; entre otras cosas porque no hay personajes que puedan desarrollarse mínimamente. Imposible con este guión.
La música de Steve Jablonsky se soporta sobre buen jazz aunque la partitura original es algo estridente a veces, algo exagerada en los matices. No obstante, es de lo poco que se puede salvar de la cinta.
Gangster Squad no es una película aburrida. Tampoco es una buena película. Un rato de entretenimiento si puede llegar a aportar. Eso sí, no se le ocurra pensar en ella. Un análisis de treinta segundos no lo soporta. Para pasar la tarde de un domingo en casa puede colar.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 16 2013

Smashed: El recipiente vacío

Vivir con honestidad, sin arrimarse a cualquier tipo de mentira o truco que convierta el mundo en algo aparentemente fácil; es muy difícil y causa gran fatiga. Las drogas, incluido el alcohol, son atajos que sirven para que algunos crean durante un tiempo que el mundo se rinde a sus pies o que el entorno es muy distinto a lo que es. La vida es dura y aburrida cuando se inunda de rutinas molestas o de problemas que nos impiden ser felices. No parece todo esto que digo un gran descubrimiento ni nada que no se haya dicho un millón y medio de veces.
El realizador James Ponsoldt elige un alcoholismo descontrolado y lesivo para contar una historia que sabemos cómo comienza y cómo acaba desde las dos primeras escenas. Un matrimonio formado por una pareja de jóvenes, grandes cantidades de alcohol, el peligro de nuevas drogas y un entorno hostil que evita la recuperación, son los ingredientes fundamentales de un flojo guión que se centra más en lo que rodea el problema que en el propio problema. Ponsoldt mira más la historia de amor entre los jóvenes que la botella vacía. Y eso hace que todo quede en tierra de nadie. No quiere profundidades porque no sabe si quiere indagar o no, si quiere arriesgar o no. Ante esas dudas, el resultado final es soso y prescindible. En cualquier caso, decepcionante. Lo único que se establece desde el primer minuto es un estado de desasosiego e imposibilidad de regreso a la normalidad. Lo que ya sabíamos.
Leaving Las Vegas o Días de vino y rosas ya contaron estas cosas. Bastante mejor, por cierto. Smashed no aporta nada nuevo.
Lo único que se puede rescatar es un excelente trabajo de Mary Elizabeth Winstead interpretando a Kate. Natural, creíble y bella. Muy convencida de lo que hace. Aaron Paul cumple bien encarnado su personaje.
Parece imperdonable pisar territorios tan delicados con la sosería con la que lo hace James Ponsoldt. Si lo intentas debes arriesgar. Como siempre ocurre, es el guión lo que hace aguas por los cuatro costado y por donde la película se convierte en un recipiente vacío. Sin guión no hay personajes; y sin personajes no hay nada que pueda interesar de un relato. Pero, claro, no hay nada más cómodo que un guión facilón.
© Del Texto Nirek Sabal


jun 14 2013

Trance: Un follón muy bonito

Desde que un señor llamado Homero contó La Iliada y La Odisea, todos los autores han tenido problemas para ser originales. Porque ya estaba todo contado. Desde Homero, el reto es encontrar un punto de vista original que, contando lo mismo, muestre el mundo de forma distinta y enriquecedora. James Joyce terminó de rematar la faena narrando desde la propia consciencia del personaje. Con él se cerraba el círculo. Y en cine el problema es similar. Al fin y a la postre, es una forma de narrar como puede ser la novela o un relato breve.
Pero ser original se ha ido convirtiendo en algo así como ponerse exquisito -una veces- o ponerse raro -muchas veces. La transgresión confundida con hacer que el personaje diga tacos o hable con la boca llena es una herramienta muy utilizada para parecer extravagantemente original. Las rupturas espacio-temporales otra. En fin hay varias opciones. Y no son malas en sí. Lo malo aparece cuando la falta de talento se intenta maquillar con estas cosas. La falta de talento o el intento de salir de un laberinto imposible creado por el propio autor o realizador.
A priori, Trance tiene todo lo necesario para ser un película atractiva. Danny Boyle como director. Los guionistas Joe Ahearne y John Hodge. La banda sonora en manos de Rick Smith. Y la fotografía en las de Anthony Dod Mantle. Se suma un reparto encabezado por James McAvoy, Vincent Cassel y la imponente Rosario Dawson. Todo parece que debe ir bien. Y, efectivamente, la fotografía es excelente, la banda sonora cumple con su labor matizando la imagen de forma notable y los actores no están nada mal. Pero, como todo el mundo sabe, si falla el guión, si el libreto trata de ser original a base de proponer alternativas narrativas que terminan aburriendo, que terminan por dejar huecos para explicar lo que ya se ha contado porque aquello está lleno de cruces, vueltas de 180º, túneles sin salida y todo tipo de obstáculos; si el libreto, decía, se pone imposible, todo se enreda sin remedio. Boyle se intenta inventar el crimen desde la deconstrucción hipnótica y su película comienza a vaciarse por los cuatro costados.
Está muy bien hacer pensar al espectador y ofrecer un juego inteligente en el que tenga que implicarse. Pero pedir un curso intensivo sin posibilidad de preparar un examen ya es otra cosa. El gran y único logro de Trance es que muchos estén deseando saber cómo termina aquello. El desastre es que lo desean para salir de la sala de proyección corriendo. Si un gran logro es querer ver por segunda vez la película, un desastre absoluto es querer hacerlo para intentar sacar alguna conclusión de importancia.
La dirección actoral es buena. Eso es cierto. Y el trío protagonista pone ganas y consigue un buen trabajo. Y la película tiene un arranque vigoroso y excitante. Pero dura poco. Tras veinte minutos, todo se convierte en una propuesta fatigosa. Ya no por ser algo enrevesado el guión. Eso es lo de menos porque prestando un poco de atención se descubre que es mucho más sencillo de lo aparentado. El problema es que ni se profundiza en la psicología de los personajes, ni evolucionan lo más mínimo, ni la trama tiene un sentido que nos haga reflexionar sobre un tema u otro. Boyle quiere que montemos un rompecabezas. Ni más ni menos; eso es todo. Si el espectador dedica cinco minutos a pensar sobre Trance descubre que el esfuerzo que le han pedido no ha servido para casi nada.
Esta vez lo original es exquisitez fotográfica acompañada de buena música. Poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 9 2013

Elegy: Una clase que nadie ha pedido

Una sucesión de imágenes bellas en movimiento no es cine. Una sucesión de posados de una actriz no es un papel interpretativo (a pesar de tener los ojos llorosos o el semblante triste tristísimo). No se acude a un grupo de actores y actrices de primer orden para dedicar cientos de planos al detalle de los poros de la piel porque eso lo hace cualquier aficionado y es, lógicamente, un desperdicio pagar tantos miles de euros. Un director de cine debería dedicar sus esfuerzos, a eso, a rodar películas de cine. Sobra del todo que el trabajo que presente ese director sea un compendio de ideas personales lanzadas al espectador como si este fuera un ignorante necesitado de referencias culturales e ideas profundas para sacar su triste vida adelante.
Si existiera una máquina capaz de mezclar palabras y metiéramos todo esto dentro, pulsáramos la tecla on y dejáramos diez segundos que todo se convirtiera en 108 minutos de película, tendríamos como resultado Elegy de Isabel Coixet. Una mujer que puede hacer excelentes películas y que, en este caso, se ha propuesto realizar uno de esos trabajos muy, muy personales y profundos. Aunque se queda a medio camino y el trabajo se queda en uno de esos que son muy, muy aburridos.
El guión de Elegy es una adaptación de la novela de Philip Roth El animal moribundo. De momento, no es, ni mucho menos, lo mejor de ese autor. Pero, además, el guión de Nicholas Meyer se distancia peligrosamente del texto original (sin ser lo mejor tiene cosas interesantes) para perderse en la nada. Un ejemplo. Consuela Castillo es una mujer de origen caribeño, ardorosa, vital, alegre. En Elegy parece que es un alma en pena desde el minuto uno. ¿Cómo explicar algunas de las cosas que suceden con el profesor Kepesh cuando tiene al lado a un marmolillo; cómo nadie puede sentir tanta pasión con la mujer más aburrida del mundo entero? Es sólo un ejemplo. Esto escuchando a Satie (¡Oh, qué gran hallazgo para el cine, qué novedad!) se convierte, poco a poco, en algo insufrible y aburrido a más no poder. Y la culpa no la tiene la música de Satie.
Consuela es Penélope Cruz. Se pasa media película desnuda y con cara de pena. No sabemos mucho más de ella o de su personaje puesto que la cámara va del primer plano al plano detalle con insistencia y el guión no profundiza en su psicología. A veces, Coixet se equivoca y nos deja ver algo más, pero pocas veces. Más sosa no se puede estar. Eso sí, la fotografía de Jean Claude Larrieu es estupenda; lo que nos permite disfrutar del físico de la actriz.
El profesor David Kepesh es encarnado por Ben Kingsley. No está mal. Con Peter Sarsgaard mantiene el diálogo mejor construido de la película. Son padre e hijo y discuten sobre los diferentes tipos de infidelidad y sus justificaciones. Soporta, Kingsley, buena parte de la carga dramática de la película y si Elegy no es un auténtico desastre es, en gran parte, gracias a él.
Dennis Hopper es otra cosa. Parece que llega desde otra película o regresa a ella. Franco, libre y muy, muy bien en su papel. Sin ese revestimiento de cultura imprescindible o interpretación de postal que parece buscar la realizadora. Patricia Clarkson estupenda. Su personaje interesa mucho más que el de la señora Cruz. Clarkson parece que llega para hacer un buen favor; alejada de la dinámica impuesta por la filosofía de frases hechas.
No se puede ir por la vida dando clases de lo que nadie te pide. A Coixet, como cineasta, se le pide cine; a un profesor de matemáticas se le pide álgebra o trigonometría. Es una pena que gente como Coixet, con un potencial inmenso, se enrede en este tipo de cine que no aporta casi nada a casi nadie; incluida ella misma. Es una pena que Coixet confunda lo de soltar frases muy redondas o mostrar una imagen muy bonita, con arriesgar. Todo artista está obligado a hacerlo. Pero arriesgar es otra cosa, es ordenar el mundo poniendo al servicio de la narración todo lo que uno es. No lo que sabe de esto o aquello. Porque no está en juego el conocimiento personal sino el universo entero. Y eso no se soluciona intentando deslumbrar a otros o intentando pasar a la historia.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 8 2013

Versión Original Subtitulada

Texto cortesía de Mar Franco

La mayoría de los entendidos y demás tribus cinéfilas, prefieren ver las películas en versión original. Yo sólo lo hago con las películas en inglés, por eso de afinar el oído en la lengua anglosajona.
Está muy bien escuchar a los actores en sus lenguas vernáculas, ¡vaya palabro!, pero hay un pequeño problema, cuando lees los subtítulos, no les ves actuar. Cuando vamos al cine decimos voy a ver una película, no voy a leer una película; además, una de las máximas de un guion de cine, es no contar con diálogos lo que puedas mostrar visualmente, a no ser que seas Woody Allen. La imagen prevalece sobre la palabra.
Esta era una pequeña introducción para atacar una anécdota que viene muy al caso. Primero les pondré en situación: Villaverde (barrio de la periferia sur de Madrid), finales de los años setenta; primeros ochenta. Había dos cines en la zona, ¡vaya lujo!, el cine Orpal y el cine Jamay (actualmente un bingo).
En el Cine Jamay proyectaban pocos estrenos: Fiebre del Sábado Noche, Grease, E.T., y el resto, el resto… La verdad es que sólo recuerdo Conan el Bárbaro. La clientela era muy variada, desde los típicos gamberretes adolescentes, papás con sus niños y parejitas incipientes, hasta algunos miembros de etnia gitana, que vivían en su pequeño gueto de las casitas bajas.
Una tarde de domingo en la que se proyectaba la peli de nuestro querido Conan, en versión original (dato importante para esta historia), mi hermano y su panda de amiguetes, ya sentados en sus correspondientes butacas, se disponían a pasarlo bien molestando a todo bicho viviente en la sala y, Rafa el Manías también.
Que por qué digo también, pues porque estos planes se le truncaron de forma drástica. Un gitano (no quiero ser peyorativa, es el lenguaje que se utilizaba entonces, bueno, y ahora), algunos años mayor que él, se sentó a su lado y digamos que le coaccionó para que le leyera los subtítulos, ya que él no sabía.
Lo que un gitano te pedía, se hacía, y sin rechistar; ya fuese darle tu paga del domingo, tu bocata, tus nuevas zapatillas Kelme o tu flamante coreana azul marino (anorak de corte esquimal). A Rafa el Manías, no le quedó otra que leerle toda la película, con voz temblorosa y consciente de las risas que el resto de sus amigos se estaban pasando a su costa.
Después de aquello, ¿creéis que a Rafa le habrán quedado muchas ganas de seguir viendo películas en versión original? Yo creo que no, aunque nunca se sabe. Dicen que la memoria es selectiva y edulcora los momentos más negros que hemos vivido, y lo mismo, el Manías ahora, ve movies chinas con subtítulos en yiddish.


jun 5 2013

Objetivo: Birmania (Objective, Burma!): La batalla desde la inocencia patriótica

Los norteamericanos tienen una clara tendencia hacia la exaltación de lo propio. De igual potencia que cuando se trata de dibujar a sus enemigos (reales o imaginarios) como monstruos tenebrosos. Y el cine, casi siempre lo han utilizado como vehículo difusor de esas tendencias tan patrióticas. A pesar de todo, alguna vez, y con esta premisa por delante, han logrado películas muy meritorias e inolvidables.
Objetivo: Birmania (Objective, Burma!) es una de esas cintas sobre las que se puede volver sabiendo que el disfrute está asegurado.
Es importante echar un vistazo a la película en versión original. La traducción que se realizó en España es espantosa. No sólo los diálogos se modificaron de forma absurda; la banda sonora perdió calidad en cada nota de la partitura y los efectos de sonido se diluyeron e incluso desaparecieron sin dejar rastro. Habrá que pensar que la censura fue radical y torpe, que el traductor era experto en latín y griego o algo así.
Objetivo: Birmania es una película bélica. Pero fue rodada en 1945. Eso significa que es más inocente que maliciosa o dura o violenta. Inocente en todos su ángulos, casi infantil en algunos aspectos. Ni gota de sangre, ni una sola escena en la que podamos ver algo horrible. Muchos muertos, eso sí. Matanzas en toda regla que, entre otras cosas, comienzan con una realizada por el ejército de EEUU. Lo que ocurre es que se ve compensada con otra mucho más brutal y sangrienta por parte del ejército japonés. En esta película se enfrenta la bondad, heroicidad y glamour de los soldados norteamericanos con la cara de mal genio, los gritos terribles (hasta para dar las gracias) y la maldad de los japoneses. La lealtad ciega, el patriotismo o la valentía de unos queda bien clara. El salvajismo, fealdad y traición de otros es patente.
Norteamérica se dibuja como la gran nación que salva al mundo. Tanto es así que la película se prohibió en el Reino Unido tras el estreno. Los británicos se sintieron insultados al comprobar que, según este guión, sólo el ejército de EEUU recuperó Birmania o eso podía parecer.
La película se presenta sobre la base de un espléndido montaje en el que se elimina lo superfluo y convierte la trama (lineal de principio a fin) en algo perfectamente comprensible y atractivo.
El guión busca desarrollar las psicologías de los personajes aunque no deja cabos sueltos al centrarse en la misión militar. En conjunto es un trabajo minucioso, ofrece una gran cantidad de información y deja sugerido todo lo que puede herir sensibilidades.
Objetivo: Birmania se rodó en las marismas de Orange County (California) y, algunas cosas, en el Jardín Botánico de Los Ángeles. Los escenarios están muy bien conseguidos y el tratamiento del fotógrafo James Wong Howe es extraordinario. Wong saca todo el jugo posible a un blanco y negro que resalta lo frondoso de esa vegetación haciendo creer al espectador que se trata de una jungla verdadera. Se intercalan secuencias aéreas reales que refuerzan la idea de credibilidad escénica. Son muy destacables los efectos sonoros que incluyen cantos de aves, movimientos de agua o ruidos procedentes de la jungla mezclados inteligentemente.
Entre unas cosas y otras, la sensación de verdad es total. Se suma una partitura extraordinaria firmada por Franz Waxman que incide con ímpetu en los picos de tensión o aporta continuidad a las secuencias que muestran el penoso movimiento de los militares.
Pues, con todo esto, el realizador Raoul Walsh, logró una cinta que podría ser una de las tres mejores rodadas inmediatamente después de finalizar la Segunda Guerra Mundial.
La película está bien narrada y muy bien dirigida; astutamente dosificado el material. El trabajo con los actores es espléndido. George Tobias, William Prince o Henry Hull, por ejemplo, defienden sus papeles con solvencia. Pero, claro, es Errol Flynn, con su papel de Capitán Nelson, el que acapara toda la atención. Su personaje condensa el grueso de los valores que se defienden en la película. Es buen jefe, es bondadoso, no duda en llorar si es necesario, es buen estratega, duro en el combate. Todo lo que representa el ejército de los EEUU para los norteamericános. Flynn hace un buen trabajo. Además, cuentan las crónicas que era estupendo trabajar a su lado. Sólo si estaba de buen humor.
La película contiene buenas dosis de moralina. El mal menor antes que un desastre; el fin justificando los medios; pero tratado desde el patriotismo más radical, desde los buenos muy buenos y los malos perversos hasta más no poder. Y eso convierte cualquier idea moral en moralina pura.
El que escribe pudo ver esta película hace muchísimos años, siendo un crío. Resultó inolvidable. A pesar de las pegas descubiertas más tarde, de algún cambio en el punto de vista imposible; a pesar de todo, sigue siendo una película difícil de aparcar para siempre. Debe ser que la atracción de la violencia disfrazada de inocencia funciona.
Prueben. Merece la pena.
© Del Texto: Nirek Sabal


jun 2 2013

Wozzeck: Cerrar los ojos y escuchar

¿Está condenado el ser humano a vivir en soledad? ¿Puede un hombre salir del fango por sí mismo o la estructura social se lo impedirá por siempre jamás? ¿Condena la pobreza a mayor pobreza? ¿Son los niños los futuros adultos que vivirán hastiados, derrotados y sin posibilidades de modificar las cosas? Estas son algunas de las preguntas que asaltan al espectador que asiste a la grandiosa ópera Wozzeck de Alban Berg.
Este es un espectáculo, para muchos, duro por distintas razones. Hay quien piensa que la ópera la murió con Giacomo Puccini; que la ópera moderna ni es ópera ni nada que se le parezca. Los que se acercan por primera vez a esta manifestación artística se encuentran con un libreto terrible (Berg adaptó un drama inconcluso de Georg Büchner) que habla de muerte, desesperanza, diferencias sociales horrorosas, de crimen; con un libreto doloroso y con un espectáculo muy alejado de lo clásico. Hay quien se queda boquiabierto cuando se topa con voces que son más gritos desgarrados que otra cosa, soportados por una música atonal que no todo el mundo comprende. Sin embargo, esta es una gran obra. En su momento fue la composición atonal más grande jamás escrita donde la tonalidad aparece para matizar situaciones muy concretas. Y no por ser peor entendida es peor. Wozzeck es magnífica.
Se presenta en el Teatro Real el montaje estrenado en la ópera Bastille de París (2008).
La puesta en escena de Christoph Marthaler intenta mostrar el contraste entre la niñez y la edad adulta, la evolución fallida de las personas; la alegría de unos y el cansancio y soledad de otros. Dibuja bien la idea aunque convierte la obra en algo mucho más lineal de lo que realmente es. Su idea funciona un rato. Pero llega un momento en que, cada minuto que pasa, lo anodino se va instalando en el escenario y en cada butaca. Lo peor de todo es que entendiendo esta primera parte de la propuesta, se hace difícil comprender el resultado en su conjunto. No todo es diferencia entre adultos y niños. ¿Dónde queda esa religión absurda y convertida en herramienta para reparar conciencias? ¿Dónde queda la injusticia más atroz? ¿Y lo ridículo del mundo que vivimos? ¿Qué pasa con la doble moral con la que se machaca al más débil? Eso debería aparecer por alguna parte. Es verdad que los actores se ven obligados a moverse entre tics y comportamientos arquetípicos, pero no parece suficiente. Por ello, la sensación de aburrimiento ataca en el patio de butacas del mismo modo que habita en el escenario. Marthaler sale del paso, casi de puntillas, respaldado por la grandeza de la obra. Y el espectador sale del suyo cerrando los ojos y dedicando su atención a lo que se escucha. Sylvain Cambreling está muy acertado. Este hombre es una garantía con la partitura de Berg en el atril.
Destaca el barítono Simon Keenlyside (Wozzeck) que está comodísimo en su papel y logra que su voz exprese lo que corresponde al conseguir tonalidades diversas y apropiadas. Nadja Michael, por su parte, se defiende con facilidad gracias a la versatilidad de su voz y a una interpretación dramática de altura. El resto (algunos repiten en el Teatro Real y con esta misma ópera) correctos. Esta no es una obra que permita grandes lucimientos y, sin embargo, logran que no se pueda apuntar pega alguna.
Aunque la iluminación pretende ser el hilo conductor dramático, no termina de funcionar bien en un escenario tan estático como el que nos ofrece esta producción. Salvo que el espectador conozca bien la obra, nada queda claro, no se entiende el juego que se realiza con los focos. No se puede dar por sabido nada y menos representando algo tan complejo y lleno de matices. Mucha sugerencia estéril. Todo lo contrario a lo que sucede sobre las tablas. Allí no hay sugerencias, allí todo es explícito si de sexo o violencia se trata. Tal vez, explícito en exceso para buena parte del público que pase por el Teatro Real. Si la producción de Calixto Bieito en 2007 puso los pelos de punta a algunos, esta no será menos.
En cualquier caso, dejando a un lado los inventos y las personalísimas formas de interpretar que nos ponen delante, Wozzeck es una obra de arte maravillosa y brutal; una ópera que no ofrece respiros y en la que se dibuja una zona muy oscura de la sociedad, los sótanos del ser humano sin adornos ni excusas.
© Del Texto: Nirek Sabal