The sessions: Lo que nos hace sentir incómodos

Hay tantos universos como personas. Pueden parecerse aunque, siempre, hay matices que les convierten en únicos y exclusivos. O pueden ser lejanos y remotos por sus diferencias con el resto de las personas. Sean como sean, son universos que pueden narrarse, que deben narrarse. El problema llega cuando uno de esos mundos, de esas vidas, se enfrenta al resto que no ha querido mirar nunca. En la vida, nos acostumbramos a lo que nos hace sentir cómodos, a lo que nos permite avanzar sin grandes complicaciones. El resto lo miramos desde la distancia, con temor, prefiriendo que no nos afecte. No somos capaces de entender que, esa vida, es muy parecida a la nuestra; seguramente, no queremos asumirlo.
The sessions es una película espléndida que ataca ese lado que nos inquieta, que nos hace sentir incómodos. La mezcla que presenta el realizador y guionista Ben Lewin se compone de una minusvalía severa (hombre postrado en la cama durante casi toda su vida y dependiente de un pulmón de acero), de religión agarrada desde su lado más duro y desde el más liberal, de sexo, de amor y de una finísima ironía. Puede parecer una bomba de relojería aunque todo se mantiene en el lugar justo para que nada explote.
El guión de Ben Lewin está muy bien trabajado para que nada llegue a lo lacrimógeno o a lo superficial, para que el buen humor no sea motivo de compasión (¡¡Oh, un pobre hombre que es capaz de contar chistes!!), para que la frivolidad aparezca en los momentos delicados como soporte del relato.Es un buen guión que nos presenta la historia desde la reflexión del narrador, desde las conversaciones con otros personajes, desde una relación profesional delicadísima. Distintas perspectivas que nos ofrecen un conjunto soberbio. Un tema delicado, un tratamiento inusual y un resultado exquisito.
Lo que nos cuentan en The Sessions es cómo Mark O’Brien decide dejar de ser virgen. Mark es un hombre muy religioso, muy inteligente. Para conseguir su objetivo recurre a los servicios de una terapeuta sexual. Cheryl Cohen-Greene. Y a los consejos del sacerdote de su parroquia. Asistimos a las sesiones que Mark y Cheryl llevan a cabo, a los resultados y a sus consecuencias. Un asunto más que delicado que no admite con facilidad lo explícito, lo mojigato o lo frívolo.
Mark O’Brien es encarnado por John Hawkes. Un papel lleno de trampas y dificultades para el actor. Hawkes lo resuelve más que bien. La terapeuta Cheryl es el papel mejor desarrollado por una Helen Hunt extraordinaria. Sencilla, natural y creíble. El sacerdote es William H. Macy. Correcto en un papel que sirve como nexo y complemento de la acción.
El montaje de la película es, también, acertado. Las rupturas espacio-temporales que se producen no provocan confusión alguna y la sensación de linealidad es casi absoluta cuando no es, exactamente, así. Montaje sencillo y efectivo al máximo.
Si hay que poner un pero es al narrador. Todo va bien aunque, al final, Lewin comete un error de principiante. ¿Por qué gusta tanto elegir narradores que, sencillamente, no pueden contar la historia? Algo chapucero y ventallista lo que pretende ser un giro dramático evidente y no puede resolverse de ese modo. Los muertos no pueden contar cosas y si lo hacen entramos en el ámbito del género. El punto de vista no puede variarse o equivocarse de este modo. Pero aún así, se puede hacer la vista gorada y dejarlo pasar. Aunque sólo sea por las interpretaciones merece la pena, y mucho, ver esta película.
© Del Texto: Nirek Sabal


Comentarios cerrados.