La noche más oscura (Zero Dark Thirty): Un punto de vista realista

Hay que saber diferenciar entre un punto de vista realista y una historia real; entre una película basada en hechos reales y la crónica de algo que pasó y quiere contarse. Y eso lo tienen que saber hacer realizadores, guionistas, productores y, también, espectadores.
La noche más oscura (Zero Dark Thirty) es de esas películas cercanas al documental que siembran dudas a diestro y siniestro; pero sólo entre los que no quieren entender que la realidad mezclada con la ficción es, inevitablemente, ficción. Kathryn Bigelow es especialista en crear sensaciones que llevan al espectador del lado de la realidad al de la fábula, del documental a la trama narrada desde una posible objetividad (cosa del todo imposible, pero que Bigelow presenta como alternativa y le funciona de maravilla).
La noche más oscura (Zero Dark Thirty) es una larga y compleja película (por su jerga y la cantidad de información que se ofrece en su guión). Larga, compleja y extraordinaria. Es posible que la última media hora pase a la historia del cine como ejemplo de cómo se debe rodar una escena de acción. Bigelow va soltando zarpazos para que el espectador decida qué hacer con lo que le cuentan, dónde debe colocar eso en su escala ética y moral. Torturas brutales, atentados inhumanos, políticas que no tienen en cuenta a las personas, violencia de todo tipo. Suelta un zarpazo y continúa con su trabajo milimétrico, técnicamente impecable. La tensión narrativa se mantiene inalterable, de principio a fin, aunque el último tramo de la cinta es espectacular por su intensidad.
Aunque son muchos los actores y actrices que intervienen en la película, Jessica Chastain sobresale de forma especial. Su trabajo es fantástico y su personaje soporta el peso dramático de la cinta. Contenida, expresiva, impresionante.
La dirección de Kathryn Bigelow es firme y decidida. Sabe lo que quiere contar y cómo quiere hacerlo. En las más de dos horas y media de duración no hay un solo atisbo de duda. El montaje es perfecto, la puesta en escena precisa, el vestuario cuidado y muy trabajado. Todo está en su sitio, todo está bien. La estética se acerca a la de un documental en buena parte del metraje, especialmente en la última media hora. Con ello, la realizadora busca credibilidad aunque no fuerza demasiado al espectador con este artificio. No quiere malos y buenos; todos son malos y buenos. En el debe hay que anotar que, aunque intenta escapar de los clichés, se escapan algunos sobre la cultura islámica. Por otra parte, los efectos especiales, aun siendo muy buenos, se pegan mucho a lo que podría ser la realidad. Otro material narrativo que mantiene la cinta en el lugar que desea la señora Bigelow. Un exceso de explosiones y de color nos lleva, directamente, a la ficción pura y dura.
¿Quiere contar la realizadora lo que ocurrió? No, rotundo. Seguramente, eso no lo saben más de tres o cuatro personas. Quiere aportar un punto de vista que explique qué pudo pasar desde el atentado del 11-S hasta que se produjo el asesinato de Osama bin Laden. Nada más que eso.
La película es interesantísima a pesar de la carga informativa. Y es una clase práctica de cómo se rueda y monta una cinta que quiere establecerse en la franja de calidad alta. Desde luego, lo que no se pretende con este trabajo es un estudio histórico.
Bigelow nos vuelve a colocar ante el cine para que hagamos de espectadores, para que ejerzamos como tal. Algo que siempre es de agradecer.
© Del Texto: Nirek Sabal


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