may 26 2013

Lola Versus: Un sello indie para lo convencional

Lola Versus se presenta con el sello indie americano. Y tiene de todo menos de indie.
Daryl Wein nos plantea una propuesta muy manoseada, poco atractiva, pesada y muy alejada de lo que debería ser cine indie. El guión, firmado por el realizador y la actriz Zoe Lister Jones, es más una acumulación de chistes ramplones y situaciones sin interés que otra cosa.
Los personajes son tan arquetípicos, tan cercanos al tópico más irritante, que dejan de interesar desde muy pronto. Lo que quiere ser normalidad se convierte en tostón, la falta de profundidad en las psicologías de los personajes hace imposible cualquier posibilidad de empatía con ellos; la música se inserta por las buenas para que aquello parezca una película independiente y moderna, pero no termina de funcionar bien (mejor escuchar un disco y te libras del paquete).
Lola Versus intenta narrar la separación de una pareja y cómo afecta esto a la vida de los implicados, que son él, ella y los amigos de ambos. Lógicamente, esto es algo que nos han contado un millón de veces y hace falta una gran dosis de originalidad en el punto de vista para conseguir algo nuevo. Lola Versus carece de originalidad. Además, absolutamente. Todo son clichés, situaciones conocidas y causas más que suficientes para el rechazo.
Greta Gerwig es Lola. Una acriz con pinta encantadora y que está por descubrir. El día que le den un papel importante sabremos si es verdad o no que tiene el potencial que se intuye. Zoe Lister Jones hace de amiga de Lola. Se supone que es la graciosa. Por esa razón la actriz se quedaría con el papel en el reparto. Pero resulta ridícula, histriónica y estereotipada. Los chicos, Joel Kinnaman y Hamish Linklater, meros acompañantes sin espíritu.
Prescindible. Muy prescindible. Tal vez los adolescentes se puedan divertir con alguna escena. Por pura empatía, no porque sean tontos. Por lo que me temo que no será así.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 24 2013

El cuerpo: Atar cabos para tener un cabo enorme

En cine o en literatura, nos encontramos con novelas o guiones que tratan de sobrevivir con giros argumentales improbables o increíbles. Naturalmente, el relato o la película que no está instalado sobre una trama sólida o unos personajes bien construidos y desarrollados, no sobrevive con estos intentos desesperados por encontrar una salida digna. Hace falta algo más.
Por otra parte, un guión que deja atados todos los cabos no es, necesariamente, más creíble que otros. Atar cabos, ordenar todo para que encaje, está muy bien; pero si lo que ensamblamos son disparates o tonterías, el resultado final es un enorme disparate o una tontería inmensa.
El cuerpo es una película en la que el realizador y guionista Oriol Paulo procura dejar las cosas en su sitio sin tener en cuenta qué son esas cosas que maneja. Además, los personajes que presenta van de lo superficial a lo prescindible. Si sumamos una dirección actoral espantosa, en la que los actores y actrices terminan ofreciendo un recital de gestos insulsos, el resultado es muy flojo. Casi tedioso en su desarrollo, con un arranque prometedor hacia ninguna parte y un desenlace que resulta estúpido cuando trata de ser una explosión de creatividad narrativa. Y todo gracias a la cantidad de lagunas que nos encontramos en el camino. Para ser más exactos, lodazales que no pueden disimularse con facilidad.
Oriol Paulo monta la película queriendo convertir los flashbacks en fundamentales. Lo que consigue, sin embargo, es ser repetitivo hasta la extenuación. Conocemos que la situación es una y nos la repiten sin saber la razón por la que hacen algo tan aburrido e innecesario. De este modo, el metraje se le antoja excesivo a cualquiera. En noventa minutos o algo menos se puede contar lo mismo. Igual de reiterativa es la banda sonora. Reiterativa y algo violenta con el espectador ya que parece querer obligar a estar en tensión o a sufrir de lo lindo con lo que se ve en pantalla; algo que se debe intentar por otros medios, lógicamente.
José Coronado no pasa del aprobado esta vez. Está muy mal dirigido. Del mismo modo que el guión está lleno de tópicos, su personaje y su actuación están plantados en lugares comunes y sobados. Lo peor de todo es que Coronado no es capaz de escapar de allí. Belén Rueda, desenvuelta y solvente, defiende un personaje absolutamente prescindible. Sin él se podría contar lo mismo. Hugo Silva parece estar dormido, tal lo esté. Y Aura Garrido algo verde.
Demasiadas vueltas sobre la misma cosa, excesivas molestias en minucias. Todo muy previsible incluido un final que se puede ver llegar desde mucho antes. El resultado roza la idea de estar ante una película farfullera, tramposa y sin fondo alguno.
Tendrá que ser en otra ocasión.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 21 2013

Emergo: Una vulgaridad absoluta

Hay películas que, aun sabiendo cómo van a terminar, te tienen pegado a la butaca hasta el final. Esto no significa que sean buenos trabajos; al contrario, suelen ser un desastre. Pero, entonces, ¿por qué soportamos un buen rato frente a la pantalla? La razón suele encontrarse en un arranque vigoroso y esperanzador, un arranque que parece llevarnos hasta un lugar conocido por su estética, pero que está por descubrir. Y cuando la cosa comienza a empeorar, cuando todo se coloca en lugares comunes y sobados, allí seguimos por si es algo transitorio; con la esperanza de que el realizador escape hacia el lugar en el que empezó, que el guionista tenga fuerzas para renunciar al éxito más comercial o a un fracaso bien pagado. Pero nunca ocurre. Todos quieren (sobre todo los más nuevos) volver a tener una oportunidad. Un gran error por otra parte, puesto que el mercado está necesitando nuevas ideas, nuevos realizadores que aporten; y así, tal y cómo se dejan llevar por el imán del circuito comercial, es imposible.
Emergo es una de esas películas que arrancan inquietando, haciendo que el espectador abra los ojos. Cámara subjetiva, los elementos más habituales del género, una estética que ya es casi familiar y se desgasta con rapidez; pero un discurso muy técnico, muy explícito; que busca la justificación de la acción, una nueva alternativa. Desde lo ambiguo se va dibujando un conflicto, una trama con posibilidades. Pero a la media hora, todo se va hacia el lado de siempre, hacia el topicazo. Tanto es así que la escena final -si es que algo quedaba en pie- arrasa con todo el trabajo.
Este es el debut de Carles Torrens como realizador. Rodrigo Cortés es guionista, productor y editor de la película. Se deja notar su trabajo en la dosificación que hace de la acción, pero es, también, el gran culpable del desastre absoluto. Carles Torrens hace lo que puede utilizando diferentes ubicaciones de la cámara que nos deja planos larguísimos alternando con cierto caos en los momentos de mayor acción. Esta es la que suele definirse como película que va de más a menos aunque, para ser exacto,s esta va de más a nada.
Los intérpretes no destacan en absoluto. El único que tiene que aguantar el tipo frente a la cámara es Kai Lennox (un ratito pequeño).
La película termina siendo de una vulgaridad absoluta. Incluso el discurso más técnico (lo poco que sobrevive al desastre) se hace pesado e innecesario. Más que nada porque asistimos a lo que nos han presentado ciento noventa veces anteriormente. Si Cortés hubiera apostado en su guión por lo que vemos al principio otro gallo le hubiera cantado.
Prescindible por sabida, por desilusionar, por estar vacía en su núcleo. Un penoso desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 20 2013

Jack Reacher (One Shot): Sin moverse del sitio

Pues nada. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Otra vez, sí. Lamento decirlo en cada crítica, pero es lo primero que se me viene a la cabeza. Intento pensar en algo distinto y, como lo que he visto está vacío del todo, la idea recurrente de que Cruise hace de Cruise y solamente de Cruise me envuelve sin dejar posibilidad alguna a la imaginación.
Jack Reacher es un papel a medida para el actor. Lo hubiera podido hacer sin moverse del sitio. ¡Anda, si, ahora que lo pienso es lo que hace! La falta de expresividad es mucha y constante. Se trata de un policía militar licenciado (del ejercito, digo) que aparece en escena para investigar un caso de asesinato múltiple. Superlisto, superfuerte, superastuto, superconductor, supergalán, supermarmolillo. ¡SuperCruise! Le acompaña en sus correrías una abogada rubia algo más tonta, algo más débil, que se maneja peor en situaciones difíciles, conduce con prudencia, ansiosa por beneficiarse a Reacher y supermarmolilla; gracias a que el papel lo interpreta Rosamund Pike.
Aunque, seré justo, he de decir que la película es muy entretenida. Uno pulsa el botón de encefalograma plano y se pone a disfrutar entre muertes, persecuciones y peleas (por cierto, la que se produce en el baño de una casa trata de ser cómica y, aún en modo necesito desconectar del mundo, se hace patética). Pero claro, eso de entretenerse no es suficiente cuando te proponen pasar más de horas frente a una pantalla. Todo tiene un límite. Para perder el tiempo entretenidos ya tenemos todo tipo de cachibaches electrónicos. Es una ofensa al cine eso de que el espectador trague con lo del entretenimiento como si fuera un gran valor de una película.
Jack Reacher es entretenida e irregular. Porque las escenas de acción se distancian mucho unas de otras en el tiempo; porque después de un arranque magnífico (todo hay que decirlo) la cosa va de lo interesante al bostezo, del diálogo sugerente a los que convierten el guión en una catástrofe monumental. Lo que no es irregular es el personaje encarnado por Cruise. Ya saben, supertodo. Los villanos son otra cosa. Son malos, malísimos. Aunque terminan siendo torpes, torpísimos. Werner Herzog es el que impone más, pero su papel es muy corto y superficial.
La trama es inverosímil. Sobre todo porque va desarrollándose a través de las deducciones de Jack Reacher. Vale, todo cuadra, pero el espectador tiene la sensación de estar ante un guión que se arma para que no se le cierre la boca nunca más ya que asiste al milagro de la inteligencia norteamericana. Y esto no puede ser. El cine no puede recibirse como una realidad ajena a la propia realidad; el cine forma parte de ella y si el espectador detecta que, al apagarse las luces de la sala, está en el cine; el fracaso, el olvido y la indiferencia están garantizados.
Todo esto lo dirige Christopher McQuarrie (el guión es, también, cosa suya y de Josh Olson; la novela que se adaptó la firmó Lee Child y es mejor no acercarse a ella). Comienza muy bien la cinta. Los cinco primeros minutos tienen todos los ingredientes nacesarios para presentar una propuesta sobresaliente. Pero no. Rápidamente, estamos en zonas comunes, en fórmulas mil veces usadas. Nada nuevo y nada de posos.
Pues eso. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Y poco más. Muy poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 17 2013

El gran Gatsby: Otro que no se entera de nada

Interpretar un texto literario es muy difícil. Encontrar la clave de una lectura correcta no está al alcance de cualquiera cuando la novela o el relato es complejo; pero, si además, el lector no se hace preguntas sobre lo que le van diciendo, la cosa se antoja imposible.
No sabemos si el realizador Baz Luhrmann lee mucho, poco, bien o regular. Lo que sí se puede afirmar, sin posible error, es que de la novela de F. Scott Fitzgerald no se ha enterado. De nada. Tal vez se la contó un amigo, tomó nota en una servilleta y escribió un guión o lo que creía él que podría serlo. No se puede estar más alejado del texto original. Con media docena de frases textuales (que no son ni mucho menos las de mayor relevancia), con todo lo superficial del texto; con eso es con lo que ha trabajado el señor Luhrmann. Bueno, y potenciando la figura del narrador (un narrador que no tiene nada que ver con el del relato) aunque todo indica que lo hace sin saber la razón por la que hay que hacerlo. Debe ser que alguien le dijo oye, Baz, el secreto está en el narrador y él lo potenció. No hace falta decir que, con estos mimbres, la propuesta es aburrida, extravagante en todos los sentidos y vacía.
Es verdad que F. Scott Fitzgerald habla de la imposibilidad de recuperar el pasado, eso que pudimos ser y va quedando, poco a poco, en un lugar inalcanzable. Es verdad y a eso se agarra el director y guionista como si fuera lo único que se encuentra en el universo de Gatsby. También es verdad que Fitzgerald dibuja una sociedad frívola y alocada. También se agarra Luhrmann a ello. Pero lo hace para entregar un alarde estúpido, un ejercicio que suspende desde el principio. Porque la esencia de El gran Gatsby es otra bien distinta. La cosa no va de fiestas y sólo de fiestas; no va del pasado como algo inalcanzable y sólo de eso. De ser así, la novela sería un tostón.
Efectivamente, la figura del narrador, de Nick, es fundamental. Pero ¿por qué? ¿Por qué esa fascinación por Gatsby? ¿Por qué Nick escribe una novela para contarnos todo esto? Según Luhrmann porque se lo prescribe un médico. ¡Y se queda tan ancho! No es que este hombre se distancie de la novela para poder hacer cine; es que este hombre desgracia el texto por completo y, además, no hace cine.
La puesta en escena es exagerada, la cámara parece estar en manos de un histérico dando carreras de un lado a otro, la banda sonora no puede estar peor elegida (es uno de los peores experimentos que recuerdo). Todo se desliza hasta el ridículo. Entre bostezo y bostezo, eso sí.
Se libran los actores que muestran cierto empeño por sacar el proyecto adelante. Leonardo DiCaprio defiende el papel principal. El de Jay Gatsby. No pasa de estar correcto aunque, dentro del conjunto, se agradece su decencia. Si intentó salir corriendo del plató no se nota. De todos modos, hay actores que encajarían mejor con el Gatsby de Fitzgerald. No pasa nada, en cualquier caso, el Gatsby de esta película no es el del autor. Tobey Maguire se esfuerza mucho, muchísimo. Su trabajo es notable. Carey Mulligan (muy bien fotografiada por Simon Duggan) sale airosa del empeño. Bien de expresión corporal, bien contenida, bien en todo.
Una decepción enorme. ¿Cuándo alguien leerá bien esta novela y dejará a un lado la idiotez antes de hacer una película?
La única forma de entender esta obra reside en la voz narrativa. Y, concretamente, se percibe en la fiesta a la que asiste Nick junto al marido de Daisy. Allí se encuentra con un fotógrafo. Este tiene en la mejilla restos de espuma de afeitar. Nick que la quita con su pulgar mientras el tipo duerme. En esta película, podría haber metido el dedo en un enchufe y hubiera dado lo mismo. Pero en la novela es el momento en que descubrimos lo que está por debajo del propio texto. Nada más y nada menos que la condición sexual de Nick. Algo que marca, definitivamente, la narración; que nos hace ver a los personajes desde un punto de vista novedoso, interesante, profundo. Pero Baz Luhrmann (y todos los directores anteriores) no ven nada. Así es imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 13 2013

David Larible: El mayor espectáculo del mundo

Los payasos son los artistas que consiguen que un adulto se sienta como un niño durante unos minutos y, además, que los niños se sientan felices por serlo durante años.
Los payasos son capaces de hacer reír, de empatizar con su público; de construir un mundo desde la emoción que provoca una mezcla de alegría y tristeza en la que cualquiera puede bucear y encontrarse a sí mismo; de igualar edades, sexos y condiciones de todo tipo.
Los payasos son los artistas imprescindibles desde que en el mundo se derramó la primera lágrima. Alguien tenía que arreglar aquello.
Y David Larible es el mejor payaso del mundo.
Su espectáculo es completísimo. No faltan los guiños a grandes ni a chicos; la música se instala desde el primer minuto en el lugar de lo fundamental; la participación de los espectadores es mucha y los momentos emocionantes se mezclan con las carcajadas. Es un espectáculo total.
El montaje es sencillo. Ni grandes o sofisticados elementos técnicos, ni grandes despliegues que impresionen a los asistentes. En esa pista lo que impresiona es la capacidad creativa de un payaso, sus ganas de hacer reír, su humildad y su amor por lo que hace. Este es el espectáculo de un payaso. No hay más. Y es suficiente para que durante noventa minutos muchas personas se olviden de todo excepto de sus risas y de sus sensaciones más básicas como pueden ser la emoción, el amor por la vida o la belleza que emana de los pequeños detalles.
La pista se llena de niños y adultos a los que David Larible invita a participar. El dinamismo es absoluto. Ni un respiro. Ni para él ni para los demás.
Llega el final del espectáculo. La gente en pie aplaudiendo. Nadie quiere que aquello acabe. David Larible cede y se despide, definitivamente, pidiendo a todos que asistan a los espectáculos en directo. En vivo. Y dice que sus espectáculos no tendrían sentido sin el público. Eso es cierto, señor Larible; tanto como que la vida de los demás se llena de ese sentido gracias a artistas como usted.
©Del Texto: Nirek Sabal

David Larible se despidió ayer del público de Madrid. Su espectáculo ha podido disfrutarse en el Teatro Circo Price Madrid.


may 12 2013

Don Pasquale: La llegada de lo importante

Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico; un rumor nervioso alrededor de la impaciencia contenida. Todo parece colocarse en el lugar exacto; todo acompaña; hasta el más mínimo detalle tiene un significado especial.
Ayer, eran las siete de la tarde y el Teatro Real estaba envuelto por ese run-run que precede a la grandeza inevitable de la ópera. Ensayo general. Don Pasquale. Dramma buffo en tres actos firmado por Gaetano Donizetti. Una obra representada miles de veces, conocida por cualquier aficionado a la ópera. Pero todo estaba envuelto por el sonido que, como una espiral, iba convirtiendo el Teatro Real en el centro de todo y la obra de Donizetti en algo nuevo y único. Se presentaba la producción del Festival de Ravenna. Una puesta en escena fácil, divertida y eficaz; perfecta para que el espectador traduzca la propuesta del director de escena Andrea de Rosa. Es difícil conseguir mejor resultado con tan poca cosa. Poniendo en movimiento cuatro cositas, de Rosa consigue una versatilidad en el escenario que consiente una escena precisa y clara. Se suma que la iluminación es extraordinaria. El juego de luces permite que los actores se muevan sin limitación alguna, sin causar confusión a pesar del trasiego que se produce durante la representación. Y sin la sensación de claudicar ante un foco tramposo. Colocar una mesa en una esquina, crear las sombras que parecen haber estado siempre allí y dejar que el estado de ánimo de los personajes explote en el momento justo. Ese es el gran logro. Todo se desliza con suavidad para que la mirada del espectador se centre en el conjunto sin dejar de percibir cualquier detalle.
Riccardo Muti, extraordinario. Impetuoso y sensible; encontrando el punto de unión entre los instrumentos y las voces de forma exacta. Los componentes de la Orquesta Giovanile Luigi Cherubini parecen intuir lo que el maestro les dirá diez minutos después. Musicalmente este Don Pasquale es una maravilla.
Cuando Donizetti y Ruffini, su libretista, compusieron esta ópera (entre lo bufo y lo realista con cierta marca de solemnidad) ya sabían, con toda seguridad, que el problema residía en el dibujo de los personajes. Su complejidad es alta a pesar de las limitaciones de lo bufo y se diferencian notablemente entre ellos. El carácter de Norina que lleva hasta el extremo su picardía o los profundos sentimientos del enamorado Ernesto (que estallan cuando escuchamos Cercherò Lontana Terra iniciado con un solo de trompeta profundo y emocionante), son un ejemplo. Y esto puede ser un problema si el reparto no está a la altura. Sin embargo, el escenario se va llenando de excelentes voces e interpretaciones dramáticas de altura. No sólo las voces corresponden a las exigencias de la partitura. Además, los personajes se construyen con un trabajo espléndido en la dirección dramática.
Nicola Alaimo está perfecto con la voz y al encarnar a su personaje. Este es el papel que más invita al histrionismo y Alaimo controla en todo momento la situación consiguiendo un Don Pasquale creíble y divertido. Alessandro Luongo muy bien como Malatesta y Dmitry Korchak estupendo de voz aunque su Ernesto queda algo soso. Le falla, ligeramente, la expresión corporal. Eleonora Buratto, notable, logra sacar lo mejor de su personaje para que cuadre con el libreto. Las tonalidades de su voz son variadas y bellas. El coro, que aunque no tiene excesivo tiempo sobre las tablas si es de gran importancia en al conjunto, muy bien. Algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. La escena del día de la boda (preludio de lo que va a suceder y mal presagio para Don Pasquale) se resuelve con un movimiento arrasador y sin un solo fallo.
Todo hace que el espectador disfrute de una obra que habla sobre la soledad en la vejez, sobre la supremacía de la juventud, sobre la compasión.
Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico. Y se queda agarrado al recuerdo, a la posibilidad de decir en un futuro que yo estuve allí.
©Del Texto: Nirek Sabal
(Imagen de la puesta es escena de Don Pasquale en Ravenna)


may 1 2013

El chef, la receta de la felicidad: Opereta sin peso

La propuesta del realizador Daniel Cohen; que firma, también, el guión de El chef, la receta de la felicidad; es muy simple: mire la pantalla y relájese, se trata de pasar un rato agradable. Así de sencilla. Aunque estas cosas tan simples, incluso estas, deben conseguirse. El que quiere hacer una película profunda debe echar toda la carne en el asador. El que quiere conseguir entretener y poco más debe echar toda la carne en el asador. Otro tipo de carne, otros condimentos, pero todo lo necesario sin faltar nada. Ya que la cosa va de recetas, hay que decir que a la de Daniel Cohen le faltan cosas o que, al menos, las cantidades están equivocadas.
La excusa de repasar los excesos y ridiculeces de la Nouvelle Cuissine no está mal aunque no basta con intentar chistes o situaciones algo desastrosas. Se necesita una dosis mínima de inteligencia y algo de elegancia, unos personajes con cierto empaque que no se reduzcan a la oportunidad de que los actores se paseen por la pantalla. Sin una pizca de sal en los diálogos no funciona nada. Y esa sal no llega de poner caras graciosas al decir cualquier frasecilla ingeniosa (¿?). La sal se encuentra en las palabras utilizadas. En El chef, la receta de la felicidad no está. Ya les digo yo que no se encuentra por ningún sitio.
La cinta trata de ser una comedia ligera y se queda en una especie de opereta sin gracia ni peso. La baza de colocar como protagonista a Jean Reno (que no se defiende mal en la comedia, pero que nadie podría explicar qué pinta en este trabajo) no sale del todo bien. Parece que quiera hacer su trabajo, cobrar y salir corriendo. Aunque lo peor es colocar a su lado a Michaël Youn. Histriónico y fuera de control. Recuerda mucho este actor a los españoles que repetían, película tras película, en los años 70, 80 y 90. Un Fernando Esteso con bonito acento francés. Santiago Segura hace una aparición que coincide con lo peor de la cinta. Ya nos explicará alguien a qué venía esto. Incomprensible del todo.
La película es previsible desde el primer momento. Es cierto que, en este tipo de películas, eso no importa demasiado, pero un poquito, sólo un poquito de tensión narrativa no está mal. La sensación que deja El chef, la receta de la felicidad es la misma que deja cualquier película de esas que nos endosan los domingos por la tarde en la televisión. Les voy a recomendar que vean (mucho mejor) Ratatoille. Va de fogones y es mucho más película. Donde va a parar.
© Del Texto: Nirek Sabal