may 26 2013

Lola Versus: Un sello indie para lo convencional

Lola Versus se presenta con el sello indie americano. Y tiene de todo menos de indie.
Daryl Wein nos plantea una propuesta muy manoseada, poco atractiva, pesada y muy alejada de lo que debería ser cine indie. El guión, firmado por el realizador y la actriz Zoe Lister Jones, es más una acumulación de chistes ramplones y situaciones sin interés que otra cosa.
Los personajes son tan arquetípicos, tan cercanos al tópico más irritante, que dejan de interesar desde muy pronto. Lo que quiere ser normalidad se convierte en tostón, la falta de profundidad en las psicologías de los personajes hace imposible cualquier posibilidad de empatía con ellos; la música se inserta por las buenas para que aquello parezca una película independiente y moderna, pero no termina de funcionar bien (mejor escuchar un disco y te libras del paquete).
Lola Versus intenta narrar la separación de una pareja y cómo afecta esto a la vida de los implicados, que son él, ella y los amigos de ambos. Lógicamente, esto es algo que nos han contado un millón de veces y hace falta una gran dosis de originalidad en el punto de vista para conseguir algo nuevo. Lola Versus carece de originalidad. Además, absolutamente. Todo son clichés, situaciones conocidas y causas más que suficientes para el rechazo.
Greta Gerwig es Lola. Una acriz con pinta encantadora y que está por descubrir. El día que le den un papel importante sabremos si es verdad o no que tiene el potencial que se intuye. Zoe Lister Jones hace de amiga de Lola. Se supone que es la graciosa. Por esa razón la actriz se quedaría con el papel en el reparto. Pero resulta ridícula, histriónica y estereotipada. Los chicos, Joel Kinnaman y Hamish Linklater, meros acompañantes sin espíritu.
Prescindible. Muy prescindible. Tal vez los adolescentes se puedan divertir con alguna escena. Por pura empatía, no porque sean tontos. Por lo que me temo que no será así.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 24 2013

El cuerpo: Atar cabos para tener un cabo enorme

En cine o en literatura, nos encontramos con novelas o guiones que tratan de sobrevivir con giros argumentales improbables o increíbles. Naturalmente, el relato o la película que no está instalado sobre una trama sólida o unos personajes bien construidos y desarrollados, no sobrevive con estos intentos desesperados por encontrar una salida digna. Hace falta algo más.
Por otra parte, un guión que deja atados todos los cabos no es, necesariamente, más creíble que otros. Atar cabos, ordenar todo para que encaje, está muy bien; pero si lo que ensamblamos son disparates o tonterías, el resultado final es un enorme disparate o una tontería inmensa.
El cuerpo es una película en la que el realizador y guionista Oriol Paulo procura dejar las cosas en su sitio sin tener en cuenta qué son esas cosas que maneja. Además, los personajes que presenta van de lo superficial a lo prescindible. Si sumamos una dirección actoral espantosa, en la que los actores y actrices terminan ofreciendo un recital de gestos insulsos, el resultado es muy flojo. Casi tedioso en su desarrollo, con un arranque prometedor hacia ninguna parte y un desenlace que resulta estúpido cuando trata de ser una explosión de creatividad narrativa. Y todo gracias a la cantidad de lagunas que nos encontramos en el camino. Para ser más exactos, lodazales que no pueden disimularse con facilidad.
Oriol Paulo monta la película queriendo convertir los flashbacks en fundamentales. Lo que consigue, sin embargo, es ser repetitivo hasta la extenuación. Conocemos que la situación es una y nos la repiten sin saber la razón por la que hacen algo tan aburrido e innecesario. De este modo, el metraje se le antoja excesivo a cualquiera. En noventa minutos o algo menos se puede contar lo mismo. Igual de reiterativa es la banda sonora. Reiterativa y algo violenta con el espectador ya que parece querer obligar a estar en tensión o a sufrir de lo lindo con lo que se ve en pantalla; algo que se debe intentar por otros medios, lógicamente.
José Coronado no pasa del aprobado esta vez. Está muy mal dirigido. Del mismo modo que el guión está lleno de tópicos, su personaje y su actuación están plantados en lugares comunes y sobados. Lo peor de todo es que Coronado no es capaz de escapar de allí. Belén Rueda, desenvuelta y solvente, defiende un personaje absolutamente prescindible. Sin él se podría contar lo mismo. Hugo Silva parece estar dormido, tal lo esté. Y Aura Garrido algo verde.
Demasiadas vueltas sobre la misma cosa, excesivas molestias en minucias. Todo muy previsible incluido un final que se puede ver llegar desde mucho antes. El resultado roza la idea de estar ante una película farfullera, tramposa y sin fondo alguno.
Tendrá que ser en otra ocasión.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 21 2013

Emergo: Una vulgaridad absoluta

Hay películas que, aun sabiendo cómo van a terminar, te tienen pegado a la butaca hasta el final. Esto no significa que sean buenos trabajos; al contrario, suelen ser un desastre. Pero, entonces, ¿por qué soportamos un buen rato frente a la pantalla? La razón suele encontrarse en un arranque vigoroso y esperanzador, un arranque que parece llevarnos hasta un lugar conocido por su estética, pero que está por descubrir. Y cuando la cosa comienza a empeorar, cuando todo se coloca en lugares comunes y sobados, allí seguimos por si es algo transitorio; con la esperanza de que el realizador escape hacia el lugar en el que empezó, que el guionista tenga fuerzas para renunciar al éxito más comercial o a un fracaso bien pagado. Pero nunca ocurre. Todos quieren (sobre todo los más nuevos) volver a tener una oportunidad. Un gran error por otra parte, puesto que el mercado está necesitando nuevas ideas, nuevos realizadores que aporten; y así, tal y cómo se dejan llevar por el imán del circuito comercial, es imposible.
Emergo es una de esas películas que arrancan inquietando, haciendo que el espectador abra los ojos. Cámara subjetiva, los elementos más habituales del género, una estética que ya es casi familiar y se desgasta con rapidez; pero un discurso muy técnico, muy explícito; que busca la justificación de la acción, una nueva alternativa. Desde lo ambiguo se va dibujando un conflicto, una trama con posibilidades. Pero a la media hora, todo se va hacia el lado de siempre, hacia el topicazo. Tanto es así que la escena final -si es que algo quedaba en pie- arrasa con todo el trabajo.
Este es el debut de Carles Torrens como realizador. Rodrigo Cortés es guionista, productor y editor de la película. Se deja notar su trabajo en la dosificación que hace de la acción, pero es, también, el gran culpable del desastre absoluto. Carles Torrens hace lo que puede utilizando diferentes ubicaciones de la cámara que nos deja planos larguísimos alternando con cierto caos en los momentos de mayor acción. Esta es la que suele definirse como película que va de más a menos aunque, para ser exacto,s esta va de más a nada.
Los intérpretes no destacan en absoluto. El único que tiene que aguantar el tipo frente a la cámara es Kai Lennox (un ratito pequeño).
La película termina siendo de una vulgaridad absoluta. Incluso el discurso más técnico (lo poco que sobrevive al desastre) se hace pesado e innecesario. Más que nada porque asistimos a lo que nos han presentado ciento noventa veces anteriormente. Si Cortés hubiera apostado en su guión por lo que vemos al principio otro gallo le hubiera cantado.
Prescindible por sabida, por desilusionar, por estar vacía en su núcleo. Un penoso desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 20 2013

Jack Reacher (One Shot): Sin moverse del sitio

Pues nada. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Otra vez, sí. Lamento decirlo en cada crítica, pero es lo primero que se me viene a la cabeza. Intento pensar en algo distinto y, como lo que he visto está vacío del todo, la idea recurrente de que Cruise hace de Cruise y solamente de Cruise me envuelve sin dejar posibilidad alguna a la imaginación.
Jack Reacher es un papel a medida para el actor. Lo hubiera podido hacer sin moverse del sitio. ¡Anda, si, ahora que lo pienso es lo que hace! La falta de expresividad es mucha y constante. Se trata de un policía militar licenciado (del ejercito, digo) que aparece en escena para investigar un caso de asesinato múltiple. Superlisto, superfuerte, superastuto, superconductor, supergalán, supermarmolillo. ¡SuperCruise! Le acompaña en sus correrías una abogada rubia algo más tonta, algo más débil, que se maneja peor en situaciones difíciles, conduce con prudencia, ansiosa por beneficiarse a Reacher y supermarmolilla; gracias a que el papel lo interpreta Rosamund Pike.
Aunque, seré justo, he de decir que la película es muy entretenida. Uno pulsa el botón de encefalograma plano y se pone a disfrutar entre muertes, persecuciones y peleas (por cierto, la que se produce en el baño de una casa trata de ser cómica y, aún en modo necesito desconectar del mundo, se hace patética). Pero claro, eso de entretenerse no es suficiente cuando te proponen pasar más de horas frente a una pantalla. Todo tiene un límite. Para perder el tiempo entretenidos ya tenemos todo tipo de cachibaches electrónicos. Es una ofensa al cine eso de que el espectador trague con lo del entretenimiento como si fuera un gran valor de una película.
Jack Reacher es entretenida e irregular. Porque las escenas de acción se distancian mucho unas de otras en el tiempo; porque después de un arranque magnífico (todo hay que decirlo) la cosa va de lo interesante al bostezo, del diálogo sugerente a los que convierten el guión en una catástrofe monumental. Lo que no es irregular es el personaje encarnado por Cruise. Ya saben, supertodo. Los villanos son otra cosa. Son malos, malísimos. Aunque terminan siendo torpes, torpísimos. Werner Herzog es el que impone más, pero su papel es muy corto y superficial.
La trama es inverosímil. Sobre todo porque va desarrollándose a través de las deducciones de Jack Reacher. Vale, todo cuadra, pero el espectador tiene la sensación de estar ante un guión que se arma para que no se le cierre la boca nunca más ya que asiste al milagro de la inteligencia norteamericana. Y esto no puede ser. El cine no puede recibirse como una realidad ajena a la propia realidad; el cine forma parte de ella y si el espectador detecta que, al apagarse las luces de la sala, está en el cine; el fracaso, el olvido y la indiferencia están garantizados.
Todo esto lo dirige Christopher McQuarrie (el guión es, también, cosa suya y de Josh Olson; la novela que se adaptó la firmó Lee Child y es mejor no acercarse a ella). Comienza muy bien la cinta. Los cinco primeros minutos tienen todos los ingredientes nacesarios para presentar una propuesta sobresaliente. Pero no. Rápidamente, estamos en zonas comunes, en fórmulas mil veces usadas. Nada nuevo y nada de posos.
Pues eso. Tom Cruise haciendo de Tom Cruise. Y poco más. Muy poco más.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 19 2013

The sessions: Lo que nos hace sentir incómodos

Hay tantos universos como personas. Pueden parecerse aunque, siempre, hay matices que les convierten en únicos y exclusivos. O pueden ser lejanos y remotos por sus diferencias con el resto de las personas. Sean como sean, son universos que pueden narrarse, que deben narrarse. El problema llega cuando uno de esos mundos, de esas vidas, se enfrenta al resto que no ha querido mirar nunca. En la vida, nos acostumbramos a lo que nos hace sentir cómodos, a lo que nos permite avanzar sin grandes complicaciones. El resto lo miramos desde la distancia, con temor, prefiriendo que no nos afecte. No somos capaces de entender que, esa vida, es muy parecida a la nuestra; seguramente, no queremos asumirlo.
The sessions es una película espléndida que ataca ese lado que nos inquieta, que nos hace sentir incómodos. La mezcla que presenta el realizador y guionista Ben Lewin se compone de una minusvalía severa (hombre postrado en la cama durante casi toda su vida y dependiente de un pulmón de acero), de religión agarrada desde su lado más duro y desde el más liberal, de sexo, de amor y de una finísima ironía. Puede parecer una bomba de relojería aunque todo se mantiene en el lugar justo para que nada explote.
El guión de Ben Lewin está muy bien trabajado para que nada llegue a lo lacrimógeno o a lo superficial, para que el buen humor no sea motivo de compasión (¡¡Oh, un pobre hombre que es capaz de contar chistes!!), para que la frivolidad aparezca en los momentos delicados como soporte del relato.Es un buen guión que nos presenta la historia desde la reflexión del narrador, desde las conversaciones con otros personajes, desde una relación profesional delicadísima. Distintas perspectivas que nos ofrecen un conjunto soberbio. Un tema delicado, un tratamiento inusual y un resultado exquisito.
Lo que nos cuentan en The Sessions es cómo Mark O’Brien decide dejar de ser virgen. Mark es un hombre muy religioso, muy inteligente. Para conseguir su objetivo recurre a los servicios de una terapeuta sexual. Cheryl Cohen-Greene. Y a los consejos del sacerdote de su parroquia. Asistimos a las sesiones que Mark y Cheryl llevan a cabo, a los resultados y a sus consecuencias. Un asunto más que delicado que no admite con facilidad lo explícito, lo mojigato o lo frívolo.
Mark O’Brien es encarnado por John Hawkes. Un papel lleno de trampas y dificultades para el actor. Hawkes lo resuelve más que bien. La terapeuta Cheryl es el papel mejor desarrollado por una Helen Hunt extraordinaria. Sencilla, natural y creíble. El sacerdote es William H. Macy. Correcto en un papel que sirve como nexo y complemento de la acción.
El montaje de la película es, también, acertado. Las rupturas espacio-temporales que se producen no provocan confusión alguna y la sensación de linealidad es casi absoluta cuando no es, exactamente, así. Montaje sencillo y efectivo al máximo.
Si hay que poner un pero es al narrador. Todo va bien aunque, al final, Lewin comete un error de principiante. ¿Por qué gusta tanto elegir narradores que, sencillamente, no pueden contar la historia? Algo chapucero y ventallista lo que pretende ser un giro dramático evidente y no puede resolverse de ese modo. Los muertos no pueden contar cosas y si lo hacen entramos en el ámbito del género. El punto de vista no puede variarse o equivocarse de este modo. Pero aún así, se puede hacer la vista gorada y dejarlo pasar. Aunque sólo sea por las interpretaciones merece la pena, y mucho, ver esta película.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 17 2013

El gran Gatsby: Otro que no se entera de nada

Interpretar un texto literario es muy difícil. Encontrar la clave de una lectura correcta no está al alcance de cualquiera cuando la novela o el relato es complejo; pero, si además, el lector no se hace preguntas sobre lo que le van diciendo, la cosa se antoja imposible.
No sabemos si el realizador Baz Luhrmann lee mucho, poco, bien o regular. Lo que sí se puede afirmar, sin posible error, es que de la novela de F. Scott Fitzgerald no se ha enterado. De nada. Tal vez se la contó un amigo, tomó nota en una servilleta y escribió un guión o lo que creía él que podría serlo. No se puede estar más alejado del texto original. Con media docena de frases textuales (que no son ni mucho menos las de mayor relevancia), con todo lo superficial del texto; con eso es con lo que ha trabajado el señor Luhrmann. Bueno, y potenciando la figura del narrador (un narrador que no tiene nada que ver con el del relato) aunque todo indica que lo hace sin saber la razón por la que hay que hacerlo. Debe ser que alguien le dijo oye, Baz, el secreto está en el narrador y él lo potenció. No hace falta decir que, con estos mimbres, la propuesta es aburrida, extravagante en todos los sentidos y vacía.
Es verdad que F. Scott Fitzgerald habla de la imposibilidad de recuperar el pasado, eso que pudimos ser y va quedando, poco a poco, en un lugar inalcanzable. Es verdad y a eso se agarra el director y guionista como si fuera lo único que se encuentra en el universo de Gatsby. También es verdad que Fitzgerald dibuja una sociedad frívola y alocada. También se agarra Luhrmann a ello. Pero lo hace para entregar un alarde estúpido, un ejercicio que suspende desde el principio. Porque la esencia de El gran Gatsby es otra bien distinta. La cosa no va de fiestas y sólo de fiestas; no va del pasado como algo inalcanzable y sólo de eso. De ser así, la novela sería un tostón.
Efectivamente, la figura del narrador, de Nick, es fundamental. Pero ¿por qué? ¿Por qué esa fascinación por Gatsby? ¿Por qué Nick escribe una novela para contarnos todo esto? Según Luhrmann porque se lo prescribe un médico. ¡Y se queda tan ancho! No es que este hombre se distancie de la novela para poder hacer cine; es que este hombre desgracia el texto por completo y, además, no hace cine.
La puesta en escena es exagerada, la cámara parece estar en manos de un histérico dando carreras de un lado a otro, la banda sonora no puede estar peor elegida (es uno de los peores experimentos que recuerdo). Todo se desliza hasta el ridículo. Entre bostezo y bostezo, eso sí.
Se libran los actores que muestran cierto empeño por sacar el proyecto adelante. Leonardo DiCaprio defiende el papel principal. El de Jay Gatsby. No pasa de estar correcto aunque, dentro del conjunto, se agradece su decencia. Si intentó salir corriendo del plató no se nota. De todos modos, hay actores que encajarían mejor con el Gatsby de Fitzgerald. No pasa nada, en cualquier caso, el Gatsby de esta película no es el del autor. Tobey Maguire se esfuerza mucho, muchísimo. Su trabajo es notable. Carey Mulligan (muy bien fotografiada por Simon Duggan) sale airosa del empeño. Bien de expresión corporal, bien contenida, bien en todo.
Una decepción enorme. ¿Cuándo alguien leerá bien esta novela y dejará a un lado la idiotez antes de hacer una película?
La única forma de entender esta obra reside en la voz narrativa. Y, concretamente, se percibe en la fiesta a la que asiste Nick junto al marido de Daisy. Allí se encuentra con un fotógrafo. Este tiene en la mejilla restos de espuma de afeitar. Nick que la quita con su pulgar mientras el tipo duerme. En esta película, podría haber metido el dedo en un enchufe y hubiera dado lo mismo. Pero en la novela es el momento en que descubrimos lo que está por debajo del propio texto. Nada más y nada menos que la condición sexual de Nick. Algo que marca, definitivamente, la narración; que nos hace ver a los personajes desde un punto de vista novedoso, interesante, profundo. Pero Baz Luhrmann (y todos los directores anteriores) no ven nada. Así es imposible.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 13 2013

David Larible: El mayor espectáculo del mundo

Los payasos son los artistas que consiguen que un adulto se sienta como un niño durante unos minutos y, además, que los niños se sientan felices por serlo durante años.
Los payasos son capaces de hacer reír, de empatizar con su público; de construir un mundo desde la emoción que provoca una mezcla de alegría y tristeza en la que cualquiera puede bucear y encontrarse a sí mismo; de igualar edades, sexos y condiciones de todo tipo.
Los payasos son los artistas imprescindibles desde que en el mundo se derramó la primera lágrima. Alguien tenía que arreglar aquello.
Y David Larible es el mejor payaso del mundo.
Su espectáculo es completísimo. No faltan los guiños a grandes ni a chicos; la música se instala desde el primer minuto en el lugar de lo fundamental; la participación de los espectadores es mucha y los momentos emocionantes se mezclan con las carcajadas. Es un espectáculo total.
El montaje es sencillo. Ni grandes o sofisticados elementos técnicos, ni grandes despliegues que impresionen a los asistentes. En esa pista lo que impresiona es la capacidad creativa de un payaso, sus ganas de hacer reír, su humildad y su amor por lo que hace. Este es el espectáculo de un payaso. No hay más. Y es suficiente para que durante noventa minutos muchas personas se olviden de todo excepto de sus risas y de sus sensaciones más básicas como pueden ser la emoción, el amor por la vida o la belleza que emana de los pequeños detalles.
La pista se llena de niños y adultos a los que David Larible invita a participar. El dinamismo es absoluto. Ni un respiro. Ni para él ni para los demás.
Llega el final del espectáculo. La gente en pie aplaudiendo. Nadie quiere que aquello acabe. David Larible cede y se despide, definitivamente, pidiendo a todos que asistan a los espectáculos en directo. En vivo. Y dice que sus espectáculos no tendrían sentido sin el público. Eso es cierto, señor Larible; tanto como que la vida de los demás se llena de ese sentido gracias a artistas como usted.
©Del Texto: Nirek Sabal

David Larible se despidió ayer del público de Madrid. Su espectáculo ha podido disfrutarse en el Teatro Circo Price Madrid.


may 12 2013

Don Pasquale: La llegada de lo importante

Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico; un rumor nervioso alrededor de la impaciencia contenida. Todo parece colocarse en el lugar exacto; todo acompaña; hasta el más mínimo detalle tiene un significado especial.
Ayer, eran las siete de la tarde y el Teatro Real estaba envuelto por ese run-run que precede a la grandeza inevitable de la ópera. Ensayo general. Don Pasquale. Dramma buffo en tres actos firmado por Gaetano Donizetti. Una obra representada miles de veces, conocida por cualquier aficionado a la ópera. Pero todo estaba envuelto por el sonido que, como una espiral, iba convirtiendo el Teatro Real en el centro de todo y la obra de Donizetti en algo nuevo y único. Se presentaba la producción del Festival de Ravenna. Una puesta en escena fácil, divertida y eficaz; perfecta para que el espectador traduzca la propuesta del director de escena Andrea de Rosa. Es difícil conseguir mejor resultado con tan poca cosa. Poniendo en movimiento cuatro cositas, de Rosa consigue una versatilidad en el escenario que consiente una escena precisa y clara. Se suma que la iluminación es extraordinaria. El juego de luces permite que los actores se muevan sin limitación alguna, sin causar confusión a pesar del trasiego que se produce durante la representación. Y sin la sensación de claudicar ante un foco tramposo. Colocar una mesa en una esquina, crear las sombras que parecen haber estado siempre allí y dejar que el estado de ánimo de los personajes explote en el momento justo. Ese es el gran logro. Todo se desliza con suavidad para que la mirada del espectador se centre en el conjunto sin dejar de percibir cualquier detalle.
Riccardo Muti, extraordinario. Impetuoso y sensible; encontrando el punto de unión entre los instrumentos y las voces de forma exacta. Los componentes de la Orquesta Giovanile Luigi Cherubini parecen intuir lo que el maestro les dirá diez minutos después. Musicalmente este Don Pasquale es una maravilla.
Cuando Donizetti y Ruffini, su libretista, compusieron esta ópera (entre lo bufo y lo realista con cierta marca de solemnidad) ya sabían, con toda seguridad, que el problema residía en el dibujo de los personajes. Su complejidad es alta a pesar de las limitaciones de lo bufo y se diferencian notablemente entre ellos. El carácter de Norina que lleva hasta el extremo su picardía o los profundos sentimientos del enamorado Ernesto (que estallan cuando escuchamos Cercherò Lontana Terra iniciado con un solo de trompeta profundo y emocionante), son un ejemplo. Y esto puede ser un problema si el reparto no está a la altura. Sin embargo, el escenario se va llenando de excelentes voces e interpretaciones dramáticas de altura. No sólo las voces corresponden a las exigencias de la partitura. Además, los personajes se construyen con un trabajo espléndido en la dirección dramática.
Nicola Alaimo está perfecto con la voz y al encarnar a su personaje. Este es el papel que más invita al histrionismo y Alaimo controla en todo momento la situación consiguiendo un Don Pasquale creíble y divertido. Alessandro Luongo muy bien como Malatesta y Dmitry Korchak estupendo de voz aunque su Ernesto queda algo soso. Le falla, ligeramente, la expresión corporal. Eleonora Buratto, notable, logra sacar lo mejor de su personaje para que cuadre con el libreto. Las tonalidades de su voz son variadas y bellas. El coro, que aunque no tiene excesivo tiempo sobre las tablas si es de gran importancia en al conjunto, muy bien. Algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. La escena del día de la boda (preludio de lo que va a suceder y mal presagio para Don Pasquale) se resuelve con un movimiento arrasador y sin un solo fallo.
Todo hace que el espectador disfrute de una obra que habla sobre la soledad en la vejez, sobre la supremacía de la juventud, sobre la compasión.
Lo importante llega, siempre, precedido por un sonido característico. Y se queda agarrado al recuerdo, a la posibilidad de decir en un futuro que yo estuve allí.
©Del Texto: Nirek Sabal
(Imagen de la puesta es escena de Don Pasquale en Ravenna)


may 5 2013

La noche más oscura (Zero Dark Thirty): Un punto de vista realista

Hay que saber diferenciar entre un punto de vista realista y una historia real; entre una película basada en hechos reales y la crónica de algo que pasó y quiere contarse. Y eso lo tienen que saber hacer realizadores, guionistas, productores y, también, espectadores.
La noche más oscura (Zero Dark Thirty) es de esas películas cercanas al documental que siembran dudas a diestro y siniestro; pero sólo entre los que no quieren entender que la realidad mezclada con la ficción es, inevitablemente, ficción. Kathryn Bigelow es especialista en crear sensaciones que llevan al espectador del lado de la realidad al de la fábula, del documental a la trama narrada desde una posible objetividad (cosa del todo imposible, pero que Bigelow presenta como alternativa y le funciona de maravilla).
La noche más oscura (Zero Dark Thirty) es una larga y compleja película (por su jerga y la cantidad de información que se ofrece en su guión). Larga, compleja y extraordinaria. Es posible que la última media hora pase a la historia del cine como ejemplo de cómo se debe rodar una escena de acción. Bigelow va soltando zarpazos para que el espectador decida qué hacer con lo que le cuentan, dónde debe colocar eso en su escala ética y moral. Torturas brutales, atentados inhumanos, políticas que no tienen en cuenta a las personas, violencia de todo tipo. Suelta un zarpazo y continúa con su trabajo milimétrico, técnicamente impecable. La tensión narrativa se mantiene inalterable, de principio a fin, aunque el último tramo de la cinta es espectacular por su intensidad.
Aunque son muchos los actores y actrices que intervienen en la película, Jessica Chastain sobresale de forma especial. Su trabajo es fantástico y su personaje soporta el peso dramático de la cinta. Contenida, expresiva, impresionante.
La dirección de Kathryn Bigelow es firme y decidida. Sabe lo que quiere contar y cómo quiere hacerlo. En las más de dos horas y media de duración no hay un solo atisbo de duda. El montaje es perfecto, la puesta en escena precisa, el vestuario cuidado y muy trabajado. Todo está en su sitio, todo está bien. La estética se acerca a la de un documental en buena parte del metraje, especialmente en la última media hora. Con ello, la realizadora busca credibilidad aunque no fuerza demasiado al espectador con este artificio. No quiere malos y buenos; todos son malos y buenos. En el debe hay que anotar que, aunque intenta escapar de los clichés, se escapan algunos sobre la cultura islámica. Por otra parte, los efectos especiales, aun siendo muy buenos, se pegan mucho a lo que podría ser la realidad. Otro material narrativo que mantiene la cinta en el lugar que desea la señora Bigelow. Un exceso de explosiones y de color nos lleva, directamente, a la ficción pura y dura.
¿Quiere contar la realizadora lo que ocurrió? No, rotundo. Seguramente, eso no lo saben más de tres o cuatro personas. Quiere aportar un punto de vista que explique qué pudo pasar desde el atentado del 11-S hasta que se produjo el asesinato de Osama bin Laden. Nada más que eso.
La película es interesantísima a pesar de la carga informativa. Y es una clase práctica de cómo se rueda y monta una cinta que quiere establecerse en la franja de calidad alta. Desde luego, lo que no se pretende con este trabajo es un estudio histórico.
Bigelow nos vuelve a colocar ante el cine para que hagamos de espectadores, para que ejerzamos como tal. Algo que siempre es de agradecer.
© Del Texto: Nirek Sabal


may 4 2013

Casino Royal: De regreso a la esencia

James Bond es un mito. Personaje de las novelas de Ian Fleming y encarnado por varios artistas en el cine, ha tenido distintas caras, distintas formas de pelear, distintas maneras de tratar a las mujeres, distintas todo. Sin embargo, James Bond es James Bond, el de Ian Fleming. Cuando más se han distanciado en el cine del 007 de Fleming peor resultado han obtenido. Bebedor, implacable, irónico, misógino, mujeriego, siempre fuera o en el límite de lo establecido.
Si James Bond es un mito es, entre otras cosas, porque lo creó un escritor. Eso es fundamental. Por ello, es de agradecer que el del cine se parezca al de la literatura.
En Casino Royale, 007 es él. Comete asesinatos sin que le tiemble el pulso, trata a las mujeres como objetos que puede rentabilizar, es un atleta completo; astuto y especialista en forzar las situaciones con los malos y con los buenos. Pero, también, se enamora, sangra, recibe golpes que le hacen tambalearse; es un hombre roto, un solitario que no puede ubicarse de ninguna de las maneras. Este 007 (junto con el que interpretó Timothy Dalton) es el más próximo al de Fleming.
Lo interpreta un excelente Daniel Craig. Magnífico su trabajo. Sin aspavientos, sin grandes alardes, sólo con lo que es necesario para que el personaje tome forma. Ni más ni menos. El espectador tiene la sensación de estar ante el verdadero Bond. Le acompaña una bellísima Eva Green, actriz muy poco valorada para lo que pudiera ofrecer. No es tan explosiva como otras chicas Bond, pero su papel se ciñe a un tipo de mujer y a una relación con el agente secreto que no lo permite. El villano cumple bien como tal y el actor que lo encarna, Mads Mikkelsen, también. Judi Dench defiende un papel corto e intenso con mucha solvencia. El resto son secundarios y están a la altura.
En Casino Royale se vuelve a la esencia de lo que es Bond. Esencia que nunca debió dejarse a un lado. Bond logra su ascenso a doble cero y, así, consigue licencia para matar. Cada persecución es excitante (la primera intentando dar caza a un tipo que se mueve como un felino es espectacular aunque, todo hay que decirlo, es la menos justificada de todas desde un punto de vista argumental); cada coreografía en las secuencias de acción está bien resuelta; el despliegue técnico es abrumador. Las escenas se presentan largas aunque la cámara se mueve con soltura para ofrecer distintas perspectivas y matices alternando planos con rapidez. La historia de amor entre Bond y Vesper Lynd se trata con delicadeza. La ironía se presenta con discreción sin deslizarse hasta el chiste facilón. Se alarga algo más de lo necesario sin hacerse pesada y el realizador, Martin Campbell, aprovecha para presentar a 007 en toda su dimensión.
La banda sonora de David Arnold es magnífica. Bien acompasada con la trama y de una variedad extraordinaria.
Casino Royal ocupa el puesto 21º de la serie y la primera en la que aparece Daniel Craig. Una serie que se reinventa para regresar, que se rescata a sí misma, que protagoniza un mito. James Bond. El personaje de Ian Fleming.
© Del Texto: Nirek Sabal