El rito de ir al cine

Es evidente que los nuevos formatos han acarreado nuevas formas de ver cine. El mundo se modifica con una rapidez insólita, inesperada, brutal. Parece tener más prisa que nosotros mismos.
Hasta hace muy poco tiempo, entrar en una sala de proyección para ver una película significaba que el sujeto guardaría silencio, se movería poco y con toda la discreción que fuera posible no haría ruidos molestos para los demás, prestaría atención sabiendo que la oportunidad sería única. Además, hasta hace muy poco tiempo, sólo podía disfrutarse del cine en el cine. Cualquier otra opción era impensable e imposible.
Hoy, en casa, con un reproductor cualquiera, se puede ver una película. Antigua, recién estrenada, en blanco y negro o en color. Cualquiera puede hacerlo y cualquiera puede acumular copias en un disco duro o en la estantería. Además, puede moverse, atender al teléfono, levantarse para ir al baño o descabezar un sueño. La tecla pausa es milagrosa. Eso sí, el momento ya no es único. Se repite una y mil veces, se hace cotidiano. La magia desaparece por siempre jamás.
Debe ser por esto que las salas de proyección se han plagado de individuos que no diferencian entre una cosa y otra. Los hábitos los llevamos en la mochila queramos o no. Estén donde estén se levantan, atienden una llamada telefónica o conversan con su compañero de localidad sin reparo alguno. Son los que siempre conocimos como maleducados. Por lo que se ve, ahora es normal este tipo de comportamiento y la rareza es pedir silencio y cierta moderación en las formas. Para algunos, ir al cine se ha convertido en trasladar el salón de casa a un lugar oscuro. Para otros, en un ejercicio de paciencia infinita. Algo grotesco. Estúpido. Por supuesto, eso de comer y beber dentro de la sala es otra de las terribles novedades. Otro desastre. Después de cada sesión, aquello parece una pocilga. Durante la proyección, los ruidos son constantes. Ruidos de pocilga, también.
Pero, a pesar de todo, ir al cine es un rito que, para los que aman el cine, sigue siendo especial, encantador.
Luces apagadas, la emoción que llega desde lo desconocido, un mundo ajeno que terminará siendo propio. La magia del cine. La eterna magia. Aparece siempre, antes o después, pero siempre. Nada se puede comparar a entrar en el cine, a oscuras, y encontrarse con una imagen en pantalla que fascine sin saber lo que significa. La atracción de la imagen, de la música.
Eso no lo pueden modificar las nuevas tecnologías o las nuevas formas de ver. Eso siempre estará.
Afortunadamente, el cine es cine. habrá que pensar en cómo cuidar de él.
© Del Texto: Nirek Sabal


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