Ayer no termina nunca: Idea deliciosa, ritmo desesperante

Ante la pérdida, ante la ausencia, el mundo se detiene. Todo se concentra en un instante que servirá de salvavidas. La realidad como acumulación de momentos irrelevantes deja de tener importancia. Podemos olvidar algo que pareció asombroso e imprescindible cuando ocurrió. Podemos recordar lo que es intrascendente ahora y lo fue en el momento de ocurrir. Pero el anclaje al universo, a nosotros mismos es intocable e invariable. Podría ser el dolor más intenso o la alegría más brillante. Depende de las personas. Y lo que sigan haciendo en apariencia, lo que muestren y aporten a lo que conocemos por realidad, no será más que cosmética inútil. Esto colocado en un mundo sin posibilidades es lo que cuenta la última película de Isabel Coixet. Ella dice que es una película sobre la crisis. Creo yo que la crisis es una excusa para hablar de dos personajes desde su interior y su postura ante una realidad agotada.
Resulta deliciosa la idea que funciona como motor del relato de Coixet. Pero llegar hasta ella es una especie de prueba imposible hasta para los mejores y más fieles seguidores de la realizadora. La película es un larguísimo diálogo entre dos personajes. Se intercalan las consciencias de ambos con imágenes en blanco y negro. Sabemos lo que dicen, sabemos cómo piensan, sabemos más que ellos. Pero claro, en este tipo de diálogos encontramos zonas inverosímiles por completo; territorios faltos de interés que provocan algún bostezo; y algunas repeticiones innecesarias de ideas que se desgastan a base de ser repetidas.
El ritmo de la cinta es desesperante. Lento, lento, lento. Las interpretaciones de Javier Cámara y de Candela Peña están bien aunque a veces se les haga imposible sacar adelante tanta inmovilidad, tanto intimismo y tanto minimalismo. Tal vez, por esta razón, parecen algo fuera de control en escenas concretas. Dos excelentes profesionales sin exprimir a fondo. La fotografía de Jordi Azategui es lo mejor del trabajo. Los colores, el mundo entero, pierde su brillo. Eso sólo existe en el recuerdo de los personajes, sólo es lo que los personajes quieren recordar.
Ayer no termina nunca resulta agotadora al girar su trama alrededor de dos o tres cositas, por su teatralidad exagerada. Se enfrentan el norte y el sur, el hombre y la mujer, la realidad y el recuerdo, la felicidad y la amargura movidos por el registro utilizado que agota y se agota. La información que llega desde el diálogo también extenúa y se deprime.
Las ideas pueden ser extraordinarias. Esta de Isabel Coixet lo es. Bella, emotiva. Pero esto no es razón suficiente para que, pudiendo contar las cosas con tres escenas alguien se invente una película de largo metraje. Porque termina siendo soporífero aunque se añadan ingredientes a los que deberíamos ser sensibles. Una lástima.
© Del Texto: Nirek Sabal


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