On the road: Mejor la novela

Las adaptaciones de novelas al cine tienen un problema. Si el guionista no es capaz de agarrar la esencia de la obra el resultado final será otra cosa. Cuanto más profundo y complicado sea el original mayor riesgo se correrá. Ya sé que no estoy descubriendo nada del otro mundo, pero parece que algunos guionistas y realizadores todavía no se han enterado.
Querer presentar la famosísima generación Beat desde una novela como es On the Road ya es un reto. Ese libro se escribió de un tirón, el autor estaba bajo los efectos de las drogas y del alcohol, y no es una obra que quiera narrar una historia. Aquí se trata de unir sensaciones, de ideas, de acumular toda una forma de vida en unas páginas. De hacer un viaje literario con el mismo fin con el que el autor y sus compañeros lo realizaban. El punto de partida o el de llegada son irrelevantes; son las experiencias vividas en el camino las que cuentan.
Pues bien, aquí se presenta el problema del realizador Walter Salles y de su guionista José Rivera. Se han quedado a medio camino, en la superficie. No sé si por no haber entendido, por prudencia o por ganas desaparecidas de arriesgar. ¿Dónde queda la duda existencial de los personajes? ¿Todo se reduce a jazz, sexo, alcohol y drogas? Vivir la vida como Jack Keroauc o William S. Burroughs ¿era coger una mochila o inyectarse heroína? ¿O era algo más próximo a entender la propia existencia no como un relato y sí como la acumulación de sensaciones y experiencias aunque el montón fuera un desastre en su desorden?
La película es lenta. El ritmo narrativo se hace casi pesado aunque la fotografía sea notable (todo tiende al gris desde la gama de marrones). Es pesado aunque el jazz que se escucha es del bueno. Aunque nos estén contando algo inaudito y a lo que no estamos acostumbrados. Se hace pesado porque se repiten las pocas ideas una y otra vez. Demasiadas vueltas a las mismas cosas que no son las esenciales. Por ejemplo, nos repiten tres o cuatro veces (a través de tomas casi idénticas) que los personajes roban allá donde van para sobrevivir. Ya lo sabemos, pero se insiste. Así todo.
Sam Riley (Jack Keroauc – Sal Paradise) resulta un actor blandito para el papel. Keroauc era un tipo educado, galante y comprensivo, pero -según sus propios amigos- de gran virilidad. Riley se queda lejos. No está mal en el papel aunque le falta algo. Igual que a la película en su conjunto. Garret Hedlund (Neal Cassidy – Dean Moriarty) aparece con un look más propio del hombre actual que del personaje. Mal elegido el actor. Se esfuerza, pero no llega a cuadrar con el papel en ningún momento. Lo mismo ocurre con Viggo Mortensen (Bull Lee – William S. Burroughs). Kristen Stewart defiende el papel de una Marylou convertida en su mirada picante. Ya está, eso hace. El resto interpreta papeles muy secundarios y muy cortos.
El guionista intenta, a través de elipsis, dar esa sensación que percibimos en la novela de no buscar la trama y sí la evolución de los personajes según van viviendo sus experiencias. No lo consigue siempre. Y procura introducir un par de poemas en el guión que resultan dos parches metidos con calzador. El libro rebosa poesía, poemas también, pero sobre todo poesía. Y eso no se arregla leyendo un poema. ¿Ven? Esto es a lo que me refería cuando hablaba de adaptar bien o mal una obra literaria. Por otra parte, algunos diálogos parecen excesivamente literarios. Todos los son aunque algunos cuelan mejor que otros.
La película puede resultar aburrida y decepcionante. Tal vez, sin conocer la novela el asunto se resuelva mejor. Lo dudo, pero podría ser. Creo yo que se dejará ver. Sólo eso.
© Del Texto: Nirek Sabal


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