abr 13 2013

Oblivion: Un gasto indecente


Dice el director Joseph Kosinski que Oblivion es un homenaje al cine de ciencia ficción. Después de ver la película, hay que suponer que quiso decir que es un poquito de cada película de las que quiere homenajear; que se ha introducido el material en una coctelera para agitar muy fuerte y poder tirar el resultado frente a la cámara digital o dentro de un disco duro. Caiga como caiga la plasta obtenida.
Antes de realizar semejante operación, el señor Kosinski debió pensar que, como el papel protagonista lo iba a defender Tom Cruise, debía, al mismo tiempo, diseñar un trabajo a medida para el actor. Pero se le olvidó. Total, como al señor Cruise todo le cae bien, para qué pensar más de la cuenta. A lo mejor, lo del trabajo a medida fue impuesto por el actor y fue él quien arrojó el contenido de la coctelera para probar suerte. No lo sabemos. El caso es que el resultado es un trabajo previsible desde el principio, visto cien veces y soporífero incluso cuando la acción se acelera entre disparos de máquinas infernales.
Se libran, cómo no, del desastre, los efectos especiales, los visuales y los de sonido. Nada del otro mundo hoy en día.
El guión es espantoso. Lento, cansino; un intento de dosificar la información para alargar el metraje que termina siendo un reparto irregular que hace de la película una montaña rusa que siempre avanza hacia el ridículo. Una montaña rusa muy aburrida.
Los diálogos son vergonzosos. Creo que no hay una sola frase que merezca la atención. Ni una. Todo lo que se dice es superficial, vacío. Para decir algo inteligente, el guionista recurre a los clásicos romanos. Con esto está todo dicho.
Tom Cruise hace de Tom Cruise aunque en la película se hace llamar Jack Harper. Pero no se dejen engañar; es Tom Cruise. Le acompañan de cerca Olga Kurylenko y Andrea Riseborough. Discretitas. Todos están discretitos. Todo en esta película lo es.
La cosa va de un planeta Tierra destruido e imposible de habitar durante la guerra nuclear y la destrucción de la luna por parte de unos alienígenas malísimos. De eso, de la expoliación de la Tierra y del amor. Es decir, la cosa va de lo de siempre. ¡Anda, ahora que lo pienso Tom Cruise ya hizo de Tom Cruise en La guerra de los mundos. Y en esa también querían dejar el planeta hecho unos zorros! Debe ser una de las homenajeadas.
A los cinco minutos de proyección, ya se sabe lo que va a pasar. Lo peor es que eso y lo que pasó anteriormente y lo que está pasando no despierta el más mínimo interés. Nada interesa. Ni siquiera las batallitas y persecuciones resultan atractivas o divertidas. Cuando las máquinas asesinas aciertan cualquier blanco con una precisión pasmosa y no son capaces de atinar en un dedo o algo de Tom Cruise las batallitas resultan una ridiculez. Su personaje no es un mecánico. Es Dios, hombre. Omnipresente, onmipotente y omni lo que quieran. Es omnipatético, también.
La película es, sobre todo, un gasto indecente que no aporta nada. Ni a nadie ni a nada. Más de lo mismo. Resta a lo que es el cine de género aburriendo colosalmente.
Hacer cine no es ser habilidoso con el ordenador. El cine es otra cosa. Ya tenemos las consolas para ver aventurillas.
Una pena y una gran decepción.
¿Cuántas buenas películas podrían rodar los directores desconocidos y rebosantes de talento con el presupuesto de Oblivion? Muchas, ya se lo digo yo.
Esperen a verla en casa cuando se edite en formato doméstico. Al menos podrán levantarse tantas veces como quieran o descabezar un sueñecito sin peligro de perderse cosas.
© Del Texto: Nirek Sabal


abr 13 2013

Una pistola en cada mano: Un silencio en cada frase

Lo sugerido, lo implícito, lo que no se dice de forma directa, es un recurso narrativo tan difícil de utilizar como impactante, expresivo y efectivo. Complicado de usar y extraño en los creadores actuales que buscan más hacer caja y ser famosos que cualquier otra cosa (me refiero al 80% de los que se mueven en los circuitos más comerciales del mundo de la creación. El resto son rarezas muy necesarias o no les conoce nadie).
Siempre he defendido que la idea de que los diálogos en una película son fundamentales. Si son malos no hay nada que hacer aunque el reparto sea impresionante, aunque la fotografía o los efectos especiales sean una maravilla. Pero esa idea incluye el silencio, la evocación o la expresión llegada desde la palabra que esconde detrás de su aparente superficialidad toda una forma de entender el mundo. Lo que no funcionan son las frases rimbombantes o pretenciosas, la falsa ironía o un discurso rodeado de cosmética que es una enorme pata de gallo.
Cesc Gay es un excelente realizador. Sus películas son una demostración de lo que debe ser la dirección actoral, el movimiento cuidadoso y elegante de la cámara o la inteligencia al desarrollar personajes. Una demostración, también, de originalidad y de vocación por hacer buen cine. Con Una Pistola en cada mano se adentra en la franja de edad de los hombres en la que todo se puede venir abajo si no se asume como lo que es. Lo hace desde una serie de encuentros entre distintos personajes que apenas dicen nada aunque hacen explotar sus universos o lo que queda de ellos. Es curioso que, en esta película, cuanto más se habla de asuntos importantes más se roza el tópico y el personaje que lo hace se asoma al precipicio del ridículo. Cuanto más se silencia mejor se entiende lo que sucede, con qué ánimo se enfrenta el personaje a la realidad. Narra el realizador cinco encuentros en los que los egos chocan, los logos rozan provocando situaciones inaguantables para el personaje; cínicas, divertidas , patéticas, tristes casi todas.
El reparto es excepcional. Y el trabajo de Cesc Gay con él es impresionante. Es verdad que con este elenco la cosa es más sencilla de lo normal, pero que todos estén sobresalientes no es fácil. Ricardo Darín, Luis Tosar, Javier Cámara, Leonor Watling, Eduardo Noriega, Leonardo Sbaraglia, Cayetana Guillén, Candela Peña, Clara Segura, Alberto San Juan, Eduard Fernández y Jordi Mollá. Casi nada. Por si era poco, la fotografía de Andrés Rebés cuida hasta el último detalle y todo parece estar diseñado para que no deje de encajar una sola pieza.
Tan sólo la escena final desentona. Demasiado traída de los pelos, demasiado aparatosa para que un personaje diga pues estamos buenos lamentándose entre un grupo de hombres que viven diferentes situaciones a cual más trágica. Y, quizás, Gay se arrima más de la cuenta a algún tópico que no deja de serlo a pesar de enfrentarlo desde la zona inteligente. Alguien podría pensar que la película quiere decir que los hombres son más tontos que pichote y las mujeres muy, muy listas. Y algo de eso hay. Pero hay muchas más cosas. Hay universos enteros que explican situaciones, por ejemplo, de desventaja en las que alguien puede parecer eso, más tonto que un cubo, aunque lo que sucede es que la desesperación es grande y los errores acompañan muy bien en esos momentos. Se enfrentan personas en situaciones distintas en las que las desventajas son muy severas.
Cesc Gay hace buen cine. Cada uno de sus trabajos es una grata sorpresa. Un excelente realizador que ha madurado su cine y terminará triunfando. Es cuestión de tiempo. Y de presupuesto.
© Del Texto: Nirek Sabal