Posesión Infernal: Sangre, mucha sangre

El género de terror, en la actualidad, no vive sus mejores momentos. Entre la falta de ideas de los guionistas, el uso excesivo de los avances tecnológicos que quitan sabor a lo que deberían ser efectos visuales terribles, y que ya está casi todo contado; el panorama es algo desolador. Aunque siempre cabe la posibilidad de que llegue alguna película a las pantallas que alivie la situación. Esto es justo lo que ha sucedido con el remake Posesión infernal (Evil Dead).
El realizador uruguayo Fede Álvarez se estrena en el gran formato con una película muy sangrienta, llena de referencias a la original y con una vocación de ser otra cosa sin olvidar la procedencia -cosa que es muy de agradecer-. La ayuda de Sam Raimi con el guión (seguramente con alguna otra cosa más) parece que ha sido importante. Y la banda sonora, a veces excesiva, del español Roque Baños también suma una buena cantidad al conjunto.
En realidad, es más una película de sangre y casquería que de terror. Pero sí hay sustos y momentos inquietantes. Se acerca al gore, pero no llega hasta tan lejos. Entre otras cosas porque esa cosa tan artesanal que tenía el génesis del gore se ha perdido y todo se ha transformado en imágenes depuradas a través del ordenador y exquisitas en exceso. Pero no se puede negar que algunas escenas son escalofriantes. La película promete sustos, sangre, gritos de los espectadores y risas tontas. Eso no falta. Sin embargo, hay que hacerse el loco con algunas cosas para que guste al película.
La acción de desarrolla en una cabaña que está en medio del bosque. Todo es gris, triste y, claramente, allí no puede suceder nada bueno. Fede Álvarez introduce aquí una justificación importante de la acción. Tenemos una razón para llegar hasta allí y para quedarnos (me refiero a los personajes, claro, aunque los espectadores necesitamos una razón por la nos quedemos sentaditos y prestando atención). Ahora bien, si conoce usted un cliché usado en el cine de terror, lo encontrará en esta película. Que un personaje corta una pieza de carne asada con un cuchillo eléctrico, pues nada, luego se corta un brazo. Que la cámara se centra en el cutter, ya saben, el que aparezca por allí se va a ir calentito a la cama. Que un personaje trata de escapar, oh, las llaves del coche se caen, tropieza con todo lo inimaginable, etc. Un espejo en el baño, de esos que tienen puerta porque son un armarito para las medicinas y el cepillo de dientes; se abre y cuando el personaje lo cierra, tachán, la imagen horrorosa del personaje que mira y que va a morir en la siguiente escena.
Que conste que para esto es para lo que va uno al cine sabiendo el título que es. Es verdad que se echa en falta algo de imaginación aunque se perdona porque el conjunto funciona razonablemente bien.
El ritmo narrativo es poderoso. Apenas hay tiempo para nada que no sea ver litros de sangre, sierras mecánicas en funcionamiento, clavadoras automáticas repartiendo metal entre unos y otros… Esas cositas. Y, sorpresa, incluso podemos empatizar con algún personaje. Poco, eso sí. Pero, a diferencia de muchas películas de este género, algo podemos. El realizador logra mover la cámara con acierto sin que tanta muerte, tanto demonio yendo de aquí para allá, se convierta en una tortura visual o en un conjunto histérico de imágenes.
Los actores son penosos. Es igual, sus personajes van a morir y no importa mucho. El problema es que alguno aguanta en pantalla, de forma inexplicable, algunos minutos más de lo soportable. Presten especial atención a la actriz rubia. Eso sí que es un horror y no el diablo protagonista. Salvo Jane Levy, el resto (Shiloh Fernández, Lou Taylor Pucci, Elizabeth Blackmore y Jessica Lucas) son espantosos. Los personajes que defienden, seré serio, lo son del mismo modo. Curiosamente se libra el de Jane Levy.
La escena inicial nadie sabe qué pinta en todo este lío. Y la final no tiene ni pies ni cabeza desde un punto de vista argumental aunque está bien rodada.
Los jóvenes disfrutarán mucho con este trabajo. Los amantes del género también. Los que se quedaron prendados con la original comprobarán que esta película trata de ser otra cosa, pero no deja de tener gran conexión con la otra. Y es que es un buen trabajo. Con problemas, sí. Lo que pasa es que, a veces, hay que saber hacerse el loco con algunas cosas. Ponerse exquisito cuando el de enfrente no lo hace y entrega una película que trata de entretener, asustar y homenajear un trabajo previo, es excesivo. Las pretensiones son las que son y, encima, se cumplen.
© Del Texto: Nirek Sabal


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