Tesis sobre un homicidio: Un final insólito e imperdonable

Los espectadores que acuden al cine pagan para ver la película que ha realizado otro.
Alguien tiene una idea, otros (incluso él mismo) financian la cosa y, voilà, los demás pagamos para ver cómo ha quedado el asunto. En ningún caso, creo yo, el espectador paga el precio de una localidad para tener que desarrollar una trama y completar, de ese modo, lo que ha visto. Porque, en caso de hacerlo, la entrada a las salas de proyección debería ser gratis.
Esta muy bien que realizadores y guionistas dejen opciones abiertas en las tramas, que dejen al espectador su propio espacio. Esto está muy bien. Pero presentar una propuesta en la que todo quede reducido, finalmente, a un usted verá lo que quiere hacer con todo esto, a un usted verá cómo quiere colocar las piezas que le han entregado; no parece que sea la forma de tratar inteligencias ajenas.
Tesis sobre un homicidio es una película que rebosa diálogos interesantes (alguno algo pretencioso; todo hay que decirlo); que se desarrolla con buen ritmo; en la que se plantea algo ya viejo y conocido -la lucha de intelectos- aunque con matices muy atractivos. Vocación de hacer cine hay por todos los sitios. Es una película en la que interviene Ricardo Darín que siempre es garantía absoluta; una película bien planificada en la que se alternan planos diferentes con el fin de perfilar a los personajes (los planos secuencia en los que intervienen Darín y Alberto Ammann son un ejemplo). Es una película con la que se quieren conseguir objetivos de altura, de importancia. Ahora bien, deja en manos del espectador demasiado. Y el espectador ha pagado su entrada. Hacer eso, dejar que el peso recaiga sobre el que observa, convierte la relación película-espectador en algo árido, en una bomba de relojería. Más que nada porque si el espectador decide no asumir un reto que no le corresponde todo se viene abajo. Si, además, esto lo descubre el espectador al final, la irritación puede ser descomunal.
Una cosa es dejar abierto el final a modo de elipsis eterna (que puede ser rellenada o no de sentido sin que el propio de la película de vea modificado) y otra, bien distinta, es no plantear un final (con lo que ese sentido del conjunto se desvanece por completo). Tesis sobre un homicidio es eso.
El planteamiento narrativo es que algo observado desde distintos puntos de vista, siendo la misma cosa, se convierte en algo distinto con cada perspectiva. Si te fijas en esto, tienes este resultado. Si te fijas en esto otro, lo anterior se derrumba o crece aún más. ¡Menudo descubrimiento! Pero contar lo mismo, sea cual sea el punto de vista, necesita una solución. No se deben mezclar las cosas y que termine siendo válida cualquier cosa.
Ricardo Darín defiende el papel protagonista. Un abogado que ya sólo se dedica a la enseñanza. Alberto Ammann defiende el papel del otro protagonista. Un alumno del primero. Se comete un crimen. Asistimos desde ese momento, bien a la paranoia de uno, bien a la realización de un plan sofisticado y perverso del otro. Darín con oficio. Ammann con falta de tablas. El talento de Darín es notable y patente. El de Ammann debe estar por llegar (¿qué habrán visto en este chico?).
Las mejores escenas las protagonizan ambos. En ellas, la tensión narrativa se dispara. Pero más por los diálogos y el trabajo de Darín que por otra cosa. No falta una cámara bien colocada siempre y moviéndose tranquila. Ayuda, también, la música de Sergio Moure que, aunque algo tendente a la exageración alguna vez, logra encajar bien. Calu Rivero, sosita. Guapa aunque sosita.
Patricio Vega (adaptador de la novela de Diego Paszkowski) deja algunos cabos sueltos en el guión. Y alguna cosa inexplicable. Por ejemplo, ¿cómo es que acaba la película sin que sepamos el contenido de esa tesis? Podría haber insertado un par de frases. Algo. Y lo de ese final es imperdonable. Hace que un trabajo de una potencia considerable se vacía sin remedio por los cuatro costados. Tesis sobre un homicidio podría ser un auténtico peliculón. No sé si por falta de ideas, de presupuesto, de ganas o de tiempo; se queda en una buena propuesta fallida. Una paradoja, sí. Como convertir el oro en plomo. Algo así.
De todos modos, tal y como están las cosas, no es una mala opción. Porque ya les avanzo que la cartelera está hecha unos zorros.
© Del Texto: Nirek Sabal


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