Hotel Rwanda: las consecuencias de amar y odiar

De 1990 a 2002, una guerra civil desoló Ruanda. Las imágenes de asesinatos, de violaciones, de destrucción sin límite, llegaban a través de la televisión ante la pasividad del mundo occidental. Allí no hay petróleo, ni intereses económicos relevantes para Europa o Estados Unidos. Fue una condena a muerte para cientos de miles de personas.
Eso es lo que cuenta Hotel Rwanda aunque la cinta se centra en lo que ocurrió durante 1994 (un asunto que puede llevar a confusiones puesto que la película dibuja buenos y malos y resultó que los buenos fueron, poco después, tan malos como los anteriores). El realizador Terry George trata de ir más allá de lo puramente histórico (sin mucho éxito). Hace un intento de proponer una película que indague en la dualidad amor-odio. El odio y sus consecuencias. Las heridas mal curadas que llevan hasta el odio. El ansia de poder y de dinero que lo mueven todo. El amor y sus consecuencias. La medicina que supone amar para cualquier herida por profunda que sea. El ansia de amor que lo mueve todo. La misma cosa tratada desde un extremo o desde otro. Amor y odio. Vida y muerte. Y una denuncia social. Occidente mirando hacia otro lado aunque el conflicto fuera de magnitud extraordinaria.
Hotel Rwanda es una buena película aunque con cierta estética de telefilm domingero de la televisión. Algo exagerada en su metraje (duración excesiva motivada, sin duda, por ser una historia real la que sirvió para escribir el guión; suele ocurrir que son muchas las cosas que contar y pocas las ganas de elegir entre ellas para eliminar algunas). Es una buena película, pero no es gran cine. Impresiona más el recuerdo de esa barbarie que la propia cinta. Terry George lo sabe y abusa algo de ese recuerdo. No está mal realizada aunque no enseña nada nuevo; nada conmociona como debería al ser cine.
Don Cheadle es el actor protagonista. Está muy bien. Este actor es una inversión segura porque, aunque austero, no suele fallar. Nada de grandes cosas, pero el trabajo suele ser correctísimo. Nick Nolte y Joaquín Phoenix defienden papeles muy secundarios. Correctos los dos. Sophie Okonendo algo histriónica. La puesta en escena está muy cuidada y es detallista al máximo aunque, al final, el esfuerzo sirve más para colocar personajes secundarios y figurantes que para otra cosa. La fotografía es digna y la música notable.
Pero falta algo. Como siempre, el guión es el problema. Que lo que se cuenta sea un hecho histórico no hace verosímil el trabajo. Esto no es un documental. Hay que buscar con lupa frases que contengan algo de sentido profundo (se trataba de denunciar y de hablar de asuntos muy serios como lo son el amor y el odio; para hacer eso es necesario una reflexión seria y convertirlo en un libreto de calidad). Todo se coloca en lugares que permiten que avance la acción aunque se olvida lo fundamental. El tema que se trata. Por eso decía que Terry George trataba de ir más allá sin mucho éxito. Trató de hacerlo aunque se quedó en la línea de salida o casi.
La película se deja ver y resulta entretenida. Los momentos más crueles, los que podrían estropear la tarde a los espectadores más sensibles, no se muestran de forma explícita salvo una docena de golpes. Lo más interesante, a la vez que doloroso, llega desde la insinuación. Cuando la cámara se centra en algo que se intuye y se vuelve hacia otro lugar es cuando la imaginación se dispara y viaja a zonas terribles. Esos momentos, a decir verdad, son escasos y es una pena.
No vean la película con niños. En pantalla encontrarán a niños como ellos pasando las de Caín y les afectará. Eso es seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


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