Un hombre serio: Preguntas sin respuestas

La vida está llena de incógnitas. Y nadie las puede desvelar. De eso es de lo que habla Un hombre serio de los hermanos Coen. Pero, además, invita a no intentar encontrar soluciones, a no formular preguntas que nos dejen dentro de una espiral incómoda o inútil. Aquí, se trata de vivir, de vivir lo mejor que se pueda y, luego, ya veremos qué pasa. Porque, entre otras cosas, intentar salirse del camino, intentar tomar atajos, puede llevar a la ruina más absoluta.
Con esta propuesta, los hermanos Coen, presentan un trabajo que, a muchos, puede parecer extraño, que a otros les someterá a realizar un ejercicio de fe buscando el sentido o imaginando que está oculto en algún punto del metraje, que a muchos les provocará tener dudas sobre lo que les han contado.
La película es extraña porque no es más que una broma. Puede gustar o no. Pero eso es lo que es. Todo se mira desde el prisma de la sobreactuación, desde el de la exageración, desde la ironía. En definitiva, desde extremos diferentes que obligan a interpretar, a colocar cada pieza en el lugar correspondiente.
La película tiene un sentido muy claro. Casi nada tiene sentido; todas las cosas pueden ser modificadas en un instante y su sentido también. En la vida las preguntas deben ser las justas, las que no provoquen otras que se conviertan en una trampa.
El arranque de la película contiene un corto delicioso en el que, como en todos los buenos relatos, se fijan las reglas del juego. Todo, sea lo que sea, contiene una simbología. Y el símbolo es eso que sin ser visto hace que veamos lo que vemos. La cáscara de la realidad es lo de menos. Lo que está detrás es, o debe ser, el motivo de nuevas preguntas, pero sabiendo que las contestaciones no llegarán fácilmente.
Las dudas sobre Un hombre serio llegan desde el principio. Aunque es al final cuando, con un par de secuencias inquietantes, todo se cubre de una duda total sobre la percepción de la realidad, sobre la ficción, sobre la libertad del ser humano, sobre el poder de la religión y el silencio de Dios.
Un hombre serio es una película estupenda. La puesta en escena, el vestuario, el maquillaje y la peluquería, son una muestra del perfeccionismo más gratificante con el que se puede hacer cine. Las interpretaciones de Michael Stuhlbarg, Fred Melamed y Sari Lennick, sobre todo, son de alto nivel. Los hermanos Coen sacan el máximo partido a su reparto. La música está perfectamente elegida. Y la estructura narrativa; en la que conviven sueño, consciencia y cientos de posibilidades en el desarrollo; está construida con inteligencia y astucia. Los personajes se construyen con solvencia (los secundarios, los que participan en las subtramas, son caricaturas cercanas al surrealismo) y crecen sin que los guionistas parezcan tener una sola duda del camino que hay que seguir en cada caso. Crecen mucho y bien. Son personajes que creen poder vivir soportados por la palabra aunque descubren, antes o después, que las palabras están vacías. Es significativo que se eligen discursos de contenido religioso para hacer esta idea más verosímil.
Todo el universo dibujado por los hermanos Coen es mezcla de sueño y consciencia; todo se mezcla, se convierte en un problema irresoluble que perciben los personajes como nebulosas sin sentido, lejanas e innecesarias. Los únicos que pueden ser felices son los jóvenes y los niños. Quieren ver su canal de televisión preferido o ir a una fiesta. Eso y sólo eso. Nada de preguntas.
Casi al final de la película, un rabino dice a un muchacho lo siguiente: Cuando la verdad resulta ser mentira y la esperanza muere en tu interior, entonces ¿qué? Sé buen chico. Este podría ser el resumen de toda la propuesta. Y no parece que sea poca cosa.
© Del Texto: Nirek Sabal


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