Argo: El diamante convertido es granito

¿Se puede estropear una película cuando parece que es casi imposible de lograr? Sí. Rotundamente, sí. En el caso de que usted tenga entre manos un proyecto, un excelente proyecto, y quiera dejarlo hecho unos zorros, no lo dude, llame a Ben Affleck y a su guionista. Le harán un trabajo de primera.
Argo presenta un arranque muy prometedor. Con fuerza, con tesión que crece por momentos. A pesar de utilizar un millón de planos que nos hacen ir muy rápido, sin tiempo para saborear el relato, funciona muy bien. Muy bien.
Tras el arranque, aparece Ben Affleck actuando. Malo. Si se hubiera quedado detrás de la cámara todo hubiera ido mejor. Porque no hace un mal trabajo en la dirección.
La trama se va desarrollando con buen ritmo. Aparecen en escena John Goodman y Alan Arkin. Excelentes ambos. Además, son los que más humor le echan al asunto. A estas alturas el guión se va dividiendo en tres zonas. El secuestro de la embajada norteamericana en Irán y sus consecuencias; un drama que se enuncia y nunca termina de desarrollarse mínimamente (el agente de la CIA, su hijo, su vida triste, su desamparo) y la broma constante respecto a Hollywood. La primera zona llena de personajes planos (sobresale Bryan Cranston), la segunda con Affleck como protagonista (un marmolillo de actor y de personaje) y la tercera con Goodman y Arkin (sus personajes no son nada del otro mundo aunque se agradece que estén por allí).
Llega el desenlace. Diez millones de casualidades y, para acabar, un festival de luz y de color patriótico.
Ben Affleck se deja llevar por el amor que siente por sí mismo como actor. Y por un guionista que le debió decir que sin banderas, persecuciones al límite, cierto toque lacrimógeno y un final feliz que no dejara un cabo suelto (de felicidad plena y maravillosa), aquello no sería lo mismo. Affleck dijo amén y Chris Terrio destrozó un guión que podría haber sido de bandera (no de la norteamericana sino de bandera a secas).
La dirección artística es excelente. Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con este aspecto de una película. La música elegida por Alexandre Desplat no desentona, la fotografía es muy correcta. Por eso los rasgos tan baratos del guión son una pena y un desperdicio más grave si cabe. Por cierto, el montaje es un desastre por simplón. Sobre todo en las escenas finales.
La película, a pesar de todo, se deja ver. Pero no es tan buena como algunos quieren hacer ver. Una película entretenida, bien dirigida y con cosas muy destacables. Sólo eso. Es lo malo de utilizar tópicos a manos llenas, es lo que tiene dejarse llevar por el ansia de la recaudación, es lo que tiene cambiar la tensión y la intriga por una cadena interminable e inverosímil de situaciones azarosas llevadas al límite.
Affleck tenía una mina entre las manos. Otra que se ha quedado sin excavar. Affleck es un actor mediocre. No es malo como realizador y, si se pone manos a la obra, terminará haciendo algo importante. Mucho más que Argo.
¿Hay que ver Argo? Pues sí. Lo que irrita es la pérdida de posibilidades ciertas a cambio de facturar algo más. Pero hay que verla. Entre otras cosas para saber lo que no hay que hacer nunca cuando el material es estupendo.
© Del Texto: Nirek Sabal


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