Dredd: Balas de todo tipo, muertes de colores

Es muy posible que la película dirigida por Pete Travis en 2012, Dredd, sea una de las tres más violentas presentadas durante ese año.
Basada en el cómic, Juez Dredd, escrito por John Wagner e ilustrado por Carlos Ezquerra (cómic que se realizó para la revista 2000 AD en 1977), esta película nos sitúa ante un mundo desolado, en Megacity 1. La ciudad acumula cientos de millones de almas en una ciudad con extensión insólita y en la que el crimen es el que impera. Un ejército de jueces, que son policías, jueces, jurados y verdugos al mismo tiempo, intentan poner algo de orden dentro de caos. Por supuesto, Dredd es el protagonista. Frío, calculador, impasible, despiadado. Le acompaña, durante gran parte de la trama, una aspirante a jueza, una mujer con capacidades extrasensoriales, llamada Cassandra Anderson.
El arranque de la película es vigoroso y prometedor. Queda claro en los primeros instantes qué tipo de individuo es nuestro héroe. Poco más tarde, ya en compañía, se ve envuelto en un follón morrocotudo; un lío del que sólo puede salirse a base de disparos (la pistola del juez dispara balas, balas indendiarias, aturdidoras, de máxima potencia, bolas de fuego, penetradoras y no sé qué más cosas). Tantos disparos como para que todo el mundo se quede sin munición. Las muertes son violentas o ultraviolentas o las más violentas de la historia. Depende del momento de la trama en el que nos encontremos. Y tras un arranque que no está nada mal, consumido un tercio del relato, la cosa se viene abajo. Argumentalmente todo es predecible y los recursos técnicos y narrativos comienzan a pesar en el espectador por las reiteraciones constantes que se hacen. Por ejemplo, el uso de la slow-motion o los giros argumentales innecesarios que no aportan nada salvo un poco de oxígeno al guionista que puede alargar  la acción algo más.
La fotografía es dura, fría; busca entre un escenario gris cualquier rojo que haga, si cabe, esa fotografía más apocalíptica. Los arreglos con el ordenador potencian esos efectos puesto que el fotógrafo, Anthony Dod Mantle, realiza un trabajo cuidadoso y perfeccionista. Por contra, cuando los personajes se drogan con un producto, que retarda la sensación del paso del tiempo y es la causa de tanta violencia, la fotografía se hace luminosa, la gama de colores se extiende muchísimo y la brillantez de la imagen es total. Coinciden estas tomas con las rodadas usando la slow-motion.
Karl Urban es el juez Dredd. Se pasa la película con un casco sobre la cabeza (como en el cómic). Y poco más. Cualquier actor con voz grave y espalda ancha podría hacer un papel así. Por cierto, esta historia se podría contar utilizando otro personaje distinto a Dredd, lo que no deja de ser una gran pega. Si esto es así algo falla. En la película se pierde el cinismo y la ironía que encontramos en el cómic y que caracteriza tan bien al personaje. Olivia Thirlby es la compañera. Esta no lleva casco. Entre tanto alboroto se la distingue más por el color de pelo (rubio) que por su expresión o forma de actuar por lo que se celebra esa falta de casco. La villana es Lena Headey (una narcotraficante mafiosa llamada Ma-Ma). No terminan de convencer ni la villana ni la actriz. Hubiera sido necesario una mala más activa. Esta da órdenes y mira. Como la actriz. Recibe órdenes y cumple.
Está muy bien logrado el 3D. Aunque artísticamente no se justifica del todo. Pero vaya, como hoy en día no se hacen películas sin versión tridimensional, ya no se plantea nadie la necesidad cuando es la obligación la que manda.
Dredd no será recordada como una película imprescindible para los amantes del género. Para ello hay que incluir diálogos trabajados, un arco argumental mínimo (eso es lo que necesitaba este personaje) y cierta originalidad. El guionista Alex Garland eliminó subtramas innecesarias, chicas enamoradizas y esas cosas. Es de agradecer. Pero se llevó por delante cosas fundamentales. Y eso ta no gusta tanto.
© Del Texto: Nirek Sabal


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