La espía que me amó: 007 capturado por Moore

Roger Moore es el actor que menos ha hecho por el bien de James Bond. Ni fue un buen 007, ni se pareció nuca a él. Quizás, La espía que me amó sea, de las películas que protagonizó, la única en la que Bond-Moore no parece tonto de remate. Bond en manos de Moore siempre fue una parodia.
De todos modos y pase lo que pase, los amantes de James Bond lo son al precio que sea. De la excelencia de Sean Connery, de la inseguridad de George Lazbury, de la frivolidad estúpida de Moore, de la sobriedad de Timothy Dalton o de la profesionalidad de Brosnan o Craig, son capaces de sacar el máximo rendimiento. Lo digo porque soy uno de esos fans.
La espia que me amó fue dirigida por Lewis Gilbert en 1977. Con un presupuesto extraordinario, consiguió una película con grandes lagunas en todos los aspectos. Se trata de una película que, a diferencia de las de Connery, ha envejecido muy mal y vista hoy el sabor anejo no deja disfrutar de lo que se ve.
Lo mejor de la película es el trabajo de Derek Meddings. Sus maquetas y efectos especiales fueron asombrosos en su momento y todavía hoy gustan al verlos. También la música de Marvin Hamlisch (por debajo de las partituras de John Barry) está a buen nivel. El tema principal de la película es extraordinario. Lo interpreta Carly Simon. En el apartado de cosas buenas de verdad entra el diseño de producción de Ken Adam. Francamente, notable.
La espía que me amó es la décima entrega de la serie Bond. Y fue la tercera aparición de Moore como 007. Le acompaña una flojita Bárbara Bach. Guapa, pero sosa y forzada. Desde luego, no le ayuda un guión que presenta a su personaje (Mayor Anya Amosoja, alias xxx) como una mujer meticulosa, valiente, intuitiva y feroz, para dejar que se convierta en una chica Bond más según avanza la trama. Su faceta de profesional del espionaje desaparece en favor de 007. A veces, parece un perrito asustado que depende del agente inglés. Y, desde luego, la idea primitiva es otra.
Los villanos son Curd Jürgens (un loco que quiere provocar una guerra nuclear con el fin de que el ser humano comience una nueva vida en los fondos oceánicos) y Richard Kiel (un secuaz del loco Stromberg que tiene una dentadura metálica, la fuerza de un gorila y la inteligencia de un mosquito; se le conoce como Tiburón). Son villanos, pero menos. La eficacia de Stromberg eliminando enemigos es relativa y la ferocidad de Tiburón es casi cómica (el guionista le utiliza en las fases de autoparodia características de la serie Bond).
Y 007 en manos de Moore. Como en esta película se limita ese humor tan irritante de las anteriores entregas protagonizadas por este hombre, la cosa se hace más llevadera. Pero vaya, que una pelea de este Bond es de risa si la comparamos con alguna de Connery (¿Recuerdan el enfrentamiento de Bond con el villano viajando en el tren (Desde Rusia con amor)?), que una ironía en boca de este 007 apesta a chistecito barato y facilón, que el galán es como de goma-espuma.
Los amantes de los ingenios de la serie pueden disfrutar de varios aunque sobresale el lotus acuático. Está muy logrado y resulta hasta creíble.
La escena de inicio es espectacular a pesar de que el montaje deja mucho que desear. Es una persecución sobre la nieve en la que tan pronto los perseguidores están encima del perseguido o a dos kilómetros para dar algo de recorrido a la escena.
Una última cosa. Forma parte del equipo de los villanos una tal Naomi. Encarnada por Carolina Munro. Siempre pensé que hubiera sido una agente xxx mucho más apropiada.
La espía que me amó es una película entretenida con localizaciones espléndidas y es una excusa de primera para pasar una tarde cualquiera frente al televisor. Y es que es de James Bond. Y eso es muy, pero que muy importante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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