ene 28 2013

Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited): Los colores del alma

Todo lo que se sale de lo convencional suele ser mal entendido, rechazado y apartado hasta la esquina en la que duermen genios de todos los colores, las nuevas ideas o lo que incomoda a lo establecido. Por eso, casi todo es convencional; porque todo el mundo lo hemos construido sobre lo que no causa problemas en occidente.
No hay menos convencional en occidente que la cultura oriental. En concreto, todo lo que venga de la India se ve con la ceja alzada. Eso y el cine de Wes Anderson. Humor bizarro, un guión compuesto para que se descomponga a lo largo de la acción, lo pequeño que soporta el universo de los personajes (como ocurre en la vida real; todo se sujeta en lo insignificante; lo enorme es cosa del marketing, de los gobiernos y de los banqueros), un toque surrealista y salvaje que nos lleva de la mano durante un rato sin que rechistemos. El cine de Anderson es otra cosa (aunque se aproxime peligrosamente al circuito más oficial).
The Darjeeling Limited es el título original de la película. Viaje a Darjeeling es el que hemos conocido en el mercado español. Supongo que se debe al completo desconocimiento del traductor sobre la película. Si alguien pone este título es que no ha visto ni la primera escena. Seguro.
Wes Anderson cuenta el viaje de tres hermanos a bordo de un tren que cruza la India (propiedad de The Darjeeling Limited). Tras la muerte de su padre buscan a la madre. Son diferentes, sienten celos unos de otros, apenas tienen relación, sus objetivos no tienen nada que ver. Intentan un viaje espiritual que no lo es hasta que toman contacto con la realidad. Viajar en primera clase a través de la India es como estar ajeno al mundo.
Owen Wilson (con Anderson pilotando siempre alcanza niveles notables de interpretación), Adrien Brody (agradable sorpresa al moverse en el mundo Anderson con naturalidad) y Jason Schwartzman (magnífico en la expresión corporal) son los actores principales. Anjelica Huston defiende un papel muy secundario aunque lo hace de forma explosiva. El resto son papeles sin apenas importancia aunque los nombres son archiconocidos (Bill Murray o Natalie Portman, por ejemplo). Además de la calidad individual de todos ellos, Wes Anderson hace un trabajo formidable de dirección actoral.
La fotografía es espléndida. Robert D. Yeoman aprovecha toda la gama de colores imaginable para presentar un trabajo preciosista. El viaje espiritual de los personajes tiene mucho que ver con esos colores, la trama completa se pega a esos colores.
El movimiento de la cámara es especialmente interesante. Marca con total exactitud el estado en el que se encuentran las relaciones entre personajes. Va y viene de uno a otro. La separación entre ellos lo marca la cámara. Mientras dialogan o estando en silencio. La sintonía que hay entre un hermano u otro lo comprendemos desde el encuadre y el movimiento de la cámara. Algunos travellings son muy meritorios ya que son la herramienta que utiliza Anderson en las zonas expositivas más complejas y originales.
Viaje a Darjeeling (vaya traducción desafortunada) no es una comedia. Al menos no es lo que esperamos que sea una comedia. La inclusión de asuntos tan serios como la muerte o la falta de amor y comunicación, hacen que sea más un drama. Lleno de ironía, humor negro y grandes dosis de originalidad. Pero un drama.
Esta película cuenta un viaje entrañable en el que las personas se unirán o separarán para quedar más unidos después, un viaje en el que los fantasmas se irán para siempre, en el que nadie tendrá que renunciar a ser lo que es, un viaje al son de una banda sonora extraordinaria.
No es una película que vaya a gustar a muchos. Algunos dirán que no hay quien entienda algo así. Pero para otros representará una forma de reconciliarse con el cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 27 2013

Hábleme de usted (Parlez-moi de vous): Una grata sorpresa

De forma inesperada, algunas veces en la vida nos encontramos con algo que nos sorprende, que nos conmociona. En las salas de cine (ahora, muchas veces frente a la pantalla del televisor o del ordenador) pasa más de una vez. Es por eso que las personas se aficionan y sienten la necesidad de ver películas. Perder el tiempo no le gusta a nadie. Si ese tiempo pasa y se aprovecha al mismo tiempo es mucho más gratificante. Y en el cine se viaja, se conocen personas nuevas, historias que siendo ajenas se convierten en propias. La magia del cine no es el 3D o unos efectos especiales deslumbrantes. La magia del cine reposa en el paso del tiempo convertido en experiencia vital.
Hábleme de usted es una película deliciosa. Dirigida por Pierre Pinaud, nos habla de la soledad, del olvido, de las posibilidades perdidas para siempre. Pero también hace un guiño al futuro incierto, a lo que una persona puede aspirar y que no es otra cosa que a ser auténtica, pase lo que pase.
Mélina es una locutora de radio. En su programa, los oyentes cuentan sus problemas y ella trata de dar solución a los mismos. La audiencia es altísima. Nadie conoce el aspecto de la mujer. Mélina tiene una historia que encajaría a la perfección en su programa, un pasado digno de ser contado. Y eso es lo que descubrirá el espectador a medida que la trama avance.
El personaje es estupendo. Maniática, distante, infeliz. Aplastada por su pasado; un pasado que no le permite vivir el presente ni plantearse el futuro. Está tan anclada a lo ocurrido que vive cómodamente instalada en el recuerdo como única realidad.Y es capaz de convertir cualquier experiencia reciente en un recuerdo lejano. Es un personaje repleto de conflictos internos y con su entorno.
Mélina es encarnada por Karin Viard. Estupendo el trabajo de esta actriz que sabe equilibrar el gran drama que interpreta con los puntos cómicos que van apareciendo. Nicolas Duvauchelle acompaña a la actriz. Algo más soso aunque suficiente.
La partitura original la firma Maïdl Roth. Extraordinaria, con gran presencia si es necesario y discreta cuando la acción lo exige. Pero siempre adornando, matizando. Música arrebatadora, elegante y envolvente.
Los encuadres que busca el director son un intento constante por dar sentido a la narración. Desde planos desenfocados hasta escenas largas de gran emoción. Todos buscan un significado, todos buscan ser una imagen que encierre un sentido necesario para entender el mundo interior de los personajes.
Una verdadera sorpresa. Grata, muy grata. Esperemos que las distribuidoras apuesten por ella. No pasaría nada si lo hicieran.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 27 2013

Anonymous: Lo cierto de la ficción

No se puede valorar una obra de ficción por lo y que tenga dentro que sea cierto. Podremos valorar el acierto del autor recreando una situación, un escenario. Vale. Pero si la trama no respeta lo histórico no pasa nada. Al contrario, hay que celebrarlo. Una obra de ficción no es un ensayo.
Si William Shakespeare escribió o no su obra es lo de menos. Es la obra lo que perdura y no su autor. Si alguien quiere jugar a las conjeturas y hace con ello una película no es malo. Lo malo es hacer una película mediocre.
Anonymous es una película que explota mucho y bien algunas cosas descuidando mucho otras. Eso le convierte en un trabajo que se queda a medio camino cuando todo era favorable para hacer una buena película. Roland Emmerich cuida al máximo la puesta en escena. Con ello consigue recrear un momento histórico y una ciudad de forma portentosa. Ayuda que la fotografía de Anna J. Foester sea tan cuidadosa y unos efectos visuales, francamente, buenos. Esta película es, en este sentido, espectacular por su detalle, por una presentación que nos arrastra al Londres de la Reina Isabel, de Shakespeare. Pero ¿para qué este espectáculo, por qué todo esto? Estas son las grandes dudas que asaltan al espectador cuando acaba la proyección. Una puesta en escena como esta sirve de poco si los personajes se dibujan con trazo grueso y no se entra en su psicología con cierta profundidad. Roland Emmerich (en manos del guión de John Orloff) pone a funcionar intrigas palaciegas, venganza, cierta violencia, unas gotas de sexo y celos; sobre la base del teatro. Todo quiere convertirlo en todas las comedias del autor inglés, de Shakespeare. Y eso hace que todo aparezca sin tener una importancia suficiente. Por ello los personajes aparecen más desdibujados que otra cosa.
El guión es mucho más flojo de lo que puede parecer. No ya por las incorrecciones históricas que incluye sino por la falta de acierto al repartir las frases importantes. Las mejores son las robadas a la obra de Shakespeare. El resto buscan más ligar una escena con otra para que exista una continuidad argumental. Pero, claro, sin personajes, esa continuidad da un aspecto a toda la historia de culebrón sin mucho sentido.
Tanto Rhys Ifans como Vanessa Redgrave están algo atacados al interpretar sus papeles. Él amanerado en exceso; ella sin contención alguna en escenas concretas (eso sí, muy bien caracterizada). Lo que sucede es que el resto del reparto está muy discretito y podría parecer que esta pareja está estupenda.
En la película lo que cuentan es que Shakespeare era un actor de segunda y casi analfabeto. Tiene la suerte de hacerse con fama gracias a la obra de un conde que no quiere ni puede aparecer como autor de esas comedias o tragedias. Sí es interesante esa lectura que hace Emmerich sobre lo que representa para un artista su forma de concebir e interpretar la realidad. No es la propia obra ni la fama lo que importa. El artista necesita sobrevivir rodeado de ese arte que le deja poco espacio. Los enredos, los amores, las traiciones o la venganza van dibujando a un número tan elevado de personajes que ninguno termina viéndose con claridad. Además, los flashbacks son frecuentes y molestos. No todos están justificados. Entre los diferentes escenarios, las diferentes subtramas, el gran número de personajes, las rupturas espacio-temporales y las intrigas, todo se queda en tierra de nadie.
Anonymous no es una mala película, pero no será recordada como una obra cumbre y necesaria. Demasiados errores para que eso sea así. Se deja ver. Curiosa y ya está.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 20 2013

The Perfect American: Una partitura excelente directa al mito

Dicen algunos que después de Giacomo Puccini la ópera dejó de serlo. Esta es una afirmación, por lo menos, llena de ignorancia. Las manifestaciones artísticas, de todo tipo, evolucionan. Afortunadamente, la ópera también. Y gracias a ese cambio constante, en el Teatro Real de Madrid se estrena la obra de Philip Glass (basada en la novela homónima de Peter Stephan Jungk) The Perfect American. Es, sencillamente, maravilloso asistir a un espectáculo como este. La partitura de Glass es soberbia, la dirección musical de Dennis Russell Davies precisa; la Orquesta Sinfónica de Madrid sigue sonando, cada día, mejor; y el coro Intermezzo acompaña más que bien. Todo ello dentro de un montaje que, si bien presenta algunos problemas, resulta suficiente.
La música minimalista de Glass estalla, desde que se levanta el telón, provocando sensaciones profundas. Parece que siempre hubiera estado allí preparada para sonar en el momento exacto, en el lugar oportuno. Dennis Russell Davies conoce bien la obra del compositor y ataca la partitura con decisión y delicadeza, sin dejar una sola fisura interpretativa a la vista. El libreto es otra cosa. Puede dar la sensación de haber sido arrancado a una obra sin excesivo acierto. Demasiadas reincidencias sobre lo que ya sabemos desde el principio, demasiada repetición de aspectos superficiales que no permiten progresar a los personajes y los deja con un arco dramático excesivamente escaso. El principal, Walt Disney, podría haberse nutrido más con la luz de los secundarios. Y no es así. Empieza siendo una cosa y termina siendo lo mismo. Esto puede parecer lógico, pero no lo es. En esta ópera al personaje le pasan cosas y esas cosas (las que le pasa a cualquiera) hacen que todo cambie. Una pena este libreto tan flojo. Por otra parte, la puesta en escena no termina de funcionar. Phelim McDermott utiliza vídeos para aportar movimiento en el escenario (lo hace sobre telas que aparecen y desaparecen cada cuadro dramático). Hasta aquí todo bien. Resulta original y efectivo porque, además, la iluminación es acertadísima. Sin embargo, se empeña, desde el primer momento, en utilizar un grupo de figurantes que aparecen para hacer lo mismo que ya vemos en los vídeos. La sensación última es que están allí más para colocar o recoger que por una obligación artística. La coreografía no evita que esta sensación sea permanente. A pesar de todo, a pesar de estas pegas, el conjunto es aceptable. Sobre todo porque la partitura esconde cualquier error.
Christopher Purves está muy correcto defendiendo el papel de Walt Disney. Tanto la voz como la interpretación dramática están a buen nivel. David Pittsinger (Roy Disney) lo mismo. Sobresale Donald Kaasch. Notable la voz, sobresaliente la interpretación. Se añade un toque simpático con la aparición en escena de John Easterlin haciendo de Andy Warhol. Además de cumplir bien con la voz, aporta un toque de frescura interpretativa muy de agradecer.
The Perfect American, a pesar del cuidado que está teniendo Glass cuando habla con la prensa para suavizar asperezas, es un misil que acierta de lleno en la línea de flotación del mito Disney. Se presenta al personaje como un ser obsesionado por la propia eternidad, dictatorial en su relación con los obreros, intransigente, egocéntrico, astuto y despiadado en los negocios. Nada que ver con esa imagen que siempre se tuvo de él. Dantine, antiguo empleado (interpretado por Donald Kaasch), es el eje sobre el que se desarrolla parte de la trama que indaga en esa psicología insólita y sorprendente de Walt Disney. Sin embargo, todo esto lo sabemos porque se enuncia y poco más. A base de repetir terminamos creyendo que es así, pero nada nos lleva al convencimiento salvo la buena voluntad. El dichoso libreto.
Dicho todo esto, porque hay que decirlo, regreso al punto de partida. Una partitura como esta aguanta todo tipo de errores, cualquier defecto menor queda tapado. Merece la pena dejarse caer por el Teatro Real de Madrid y disfrutan de The Perfect American.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2013

Dredd: Balas de todo tipo, muertes de colores

Es muy posible que la película dirigida por Pete Travis en 2012, Dredd, sea una de las tres más violentas presentadas durante ese año.
Basada en el cómic, Juez Dredd, escrito por John Wagner e ilustrado por Carlos Ezquerra (cómic que se realizó para la revista 2000 AD en 1977), esta película nos sitúa ante un mundo desolado, en Megacity 1. La ciudad acumula cientos de millones de almas en una ciudad con extensión insólita y en la que el crimen es el que impera. Un ejército de jueces, que son policías, jueces, jurados y verdugos al mismo tiempo, intentan poner algo de orden dentro de caos. Por supuesto, Dredd es el protagonista. Frío, calculador, impasible, despiadado. Le acompaña, durante gran parte de la trama, una aspirante a jueza, una mujer con capacidades extrasensoriales, llamada Cassandra Anderson.
El arranque de la película es vigoroso y prometedor. Queda claro en los primeros instantes qué tipo de individuo es nuestro héroe. Poco más tarde, ya en compañía, se ve envuelto en un follón morrocotudo; un lío del que sólo puede salirse a base de disparos (la pistola del juez dispara balas, balas indendiarias, aturdidoras, de máxima potencia, bolas de fuego, penetradoras y no sé qué más cosas). Tantos disparos como para que todo el mundo se quede sin munición. Las muertes son violentas o ultraviolentas o las más violentas de la historia. Depende del momento de la trama en el que nos encontremos. Y tras un arranque que no está nada mal, consumido un tercio del relato, la cosa se viene abajo. Argumentalmente todo es predecible y los recursos técnicos y narrativos comienzan a pesar en el espectador por las reiteraciones constantes que se hacen. Por ejemplo, el uso de la slow-motion o los giros argumentales innecesarios que no aportan nada salvo un poco de oxígeno al guionista que puede alargar  la acción algo más.
La fotografía es dura, fría; busca entre un escenario gris cualquier rojo que haga, si cabe, esa fotografía más apocalíptica. Los arreglos con el ordenador potencian esos efectos puesto que el fotógrafo, Anthony Dod Mantle, realiza un trabajo cuidadoso y perfeccionista. Por contra, cuando los personajes se drogan con un producto, que retarda la sensación del paso del tiempo y es la causa de tanta violencia, la fotografía se hace luminosa, la gama de colores se extiende muchísimo y la brillantez de la imagen es total. Coinciden estas tomas con las rodadas usando la slow-motion.
Karl Urban es el juez Dredd. Se pasa la película con un casco sobre la cabeza (como en el cómic). Y poco más. Cualquier actor con voz grave y espalda ancha podría hacer un papel así. Por cierto, esta historia se podría contar utilizando otro personaje distinto a Dredd, lo que no deja de ser una gran pega. Si esto es así algo falla. En la película se pierde el cinismo y la ironía que encontramos en el cómic y que caracteriza tan bien al personaje. Olivia Thirlby es la compañera. Esta no lleva casco. Entre tanto alboroto se la distingue más por el color de pelo (rubio) que por su expresión o forma de actuar por lo que se celebra esa falta de casco. La villana es Lena Headey (una narcotraficante mafiosa llamada Ma-Ma). No terminan de convencer ni la villana ni la actriz. Hubiera sido necesario una mala más activa. Esta da órdenes y mira. Como la actriz. Recibe órdenes y cumple.
Está muy bien logrado el 3D. Aunque artísticamente no se justifica del todo. Pero vaya, como hoy en día no se hacen películas sin versión tridimensional, ya no se plantea nadie la necesidad cuando es la obligación la que manda.
Dredd no será recordada como una película imprescindible para los amantes del género. Para ello hay que incluir diálogos trabajados, un arco argumental mínimo (eso es lo que necesitaba este personaje) y cierta originalidad. El guionista Alex Garland eliminó subtramas innecesarias, chicas enamoradizas y esas cosas. Es de agradecer. Pero se llevó por delante cosas fundamentales. Y eso ta no gusta tanto.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 15 2013

El inocente: Aunque la mona se vista de seda

Lo original de un guión no llega desde un giro argumental brusco que busque cerrar la trama o parte de ella entre fuegos de artificio. Eso es una chapuza. Un guión ya sabido (actualmente el 90% de los guiones son extensiones o copias de lo que ya se ha visto un millón de veces) es eso, un guión sobado, contado, revisado, plagiado y pesado. Un adorno aquí o allá no le convierte en la novedad del siglo. Eso es una trampa y, que yo sepa, las trampas no deben hacerse nunca y mucho menos a la vista de todo el mundo. Esta feo.
Pues bien, El inocente (The Lincoln lawyer) se soporta sobre un argumento de carácter judicial en el que se ve envuelto un abogado (suele defender a los malos) al ser contratado por un tipo que se declara inocente sin serlo, claro. ¿A que no saben cómo acaba la cosa? Exacto. Siempre es así. ¿Lo ven? Con cuatro cosa que he escrito ustedes se saben la película de principio a fin. Es entretenida si una quiere mirar la pantalla como si estuviera mirando al mar o un escaparate de maquetas en movimiento. Si perder el tiempo es lo que hace entretenida a una película esta es de óscar. Además, este guión, ya lleno de tópicos, se sale de madre poco después del comienzo planteando situaciones difíciles de asumir e inverosímiles. Como es un auténtico desastre, lo que hace el guionista (no he querido saber ni el nombre) es ir introduciendo personajes a medida que la trama se complica. ¿Para qué? Para que funcione la cosa, para explicar lo inexplicable. Digo personajes por entendernos porque ni tienen profundidad ni crecen en absoluto pase lo que pase. Lo tiene todo El inocente. Es una joyita.
Brad Furman busca lo espectacular de la situación nadando a ras de superficie. Ni busca alternativa con los encuadres, ni busca planos diferentes, ni con el material narrativo, ni con nada. Y, claro, termina entregando un trabajo vacío; más un intento de encajar piezas que de cuidar si están puestas del derecho o del revés.
Matthew McConanghey y Marisa Tomei interpretan; él como puede, ella con gran desgana; los papeles protagonistas. En varias escenas aparecen borrachos. Me pregunto si bebían de verdad o fingían, si querían ahogar las penas por tener que rodar este bodrio o se limitaban a interpretar.
Del resto nada que decir. Si sigo pensando en esto me voy a desmayar. Casi seguro.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 12 2013

Layer Cake (Crimen organizado): Los bajos fondos desde la elegancia

El año 2004, Matthew Vaughn se estrenaba como director con el thriller Layer Cake. Mafia, droga, asesinatos, malos elegantes, malos bobos y malos muy malos.
El arranque de la película es muy prometedor, pero en el desarrollo presenta algunos problemas argumentales que empañan algo lo que podría haber sido un auténtico peliculón. La cosa se queda en un debut más que interesante.
Lo verdaderamente bueno de la película es esa mirada a las estructuras actuales de los bajos fondos. El cine negro nos mostró en sus orígenes un mundo organizado y compacto. Si conocíamos la base llegábamos a lo alto de la pirámide. Pero la realidad, ahora, es otra. Para poder operar con eficacia, una especie de caos estructural es el que abunda en el hampa. Todo está estratificado. Son tantas capas, situadas a diferentes niveles, las que forman el negocio que podríamos desmontar una de ellas y no pasaría nada de nada. Esto nos lo muestra el realizador con acierto. El otro ingrediente es el personaje principal. No conocemos su nombre aunque sabemos que es culto, educado, elegante, prudente, seductor y quiere abandonar el negocio porque sabe que ese mundo le es ajeno. Eso sí, no duda en ser un ser violento cuando se ve en peligro. Es el narrador de la trama y, por tanto, todo nos llega filtrado desde su punto de vista, desde su forma de enfrentar el mundo. El actor que encarna el papel es Daniel Craig. Muy contenido y disfrutando de su trabajo. Las mejores escenas de la película son para él (hay que pensar, por ejemplo, en la que se arrepiente y dedica todos sus esfuerzos en ahogar su penitencia con alcohol y drogas); bien rodada y un trabajo de montaje excelente. Durante toda la película se alternan planos que buscan la vivacidad narrativa y visual (cenitales y contrapicados fundamentalmente aunque los descuadres, también, son frecuentes).
Las interpretaciones son notables y se deja notar una dirección actoral cuidadosa y firme. Sienna Miller, Colm Meaney, Michael Gambon, Kenneth Cranham y Dexter Fletcher, son algunos de los actores más relevantes además de Daniel Craig.
Y hasta aquí las buenas noticias.
El gran problema es (como siempre ocurre en cine) el guión. La idea del guionista, J. J. Connolly, se queda corta y recurre a giros argumentales bruscos y carentes de un sentido y justificación suficientes. Esto hace que se complique mucho la comprensión por parte del espectador. Demasiadas vueltas de tuerca que hacen inverosímil el argumento en su zona final. Si añadimos que lo que se dice no es nada del otro mundo, la cosa se complica y termina siendo algo decepcionante.
La banda sonora no es la mejor. Al menos no está bien distribuida a lo largo del metraje. No molesta, pero ni aclara, ni matiza, ni aporta tonos a la imagen.
En cualquier caso, Layer Cake, es original, muy entretenida y podemos encontrar en ella cosas interesantes. Esos intentos que hace Vaughn rompiendo la linealidad espacio-temporal no dejan de ser atractivos aunque algo confusos en algunos tramos. La fotografía buscando las tonalidades mínimas, casi monocromáticas, aportan cierto brillo visual. Tal vez, al ser una primera película, el realizador se sintió inseguro y acudió a refugiarse en espacios comunes que empañan algo los logros. Lo peligroso de arrimarse a esos espacios tan sobados es que la cercanía con el tópico en grande (¿qué pinta la chica en todo esto? ¿Está porque en el cine negro siempre debe estar o hay otra justificación que se nos escapa?). Pero para ser justo, diré que sería muy bueno quedarse con lo mejor y perdonar lo menos bueno. Ya habrá tiempo de exigir más al autor.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 4 2013

James Bond contra Goldfinger: el mejor villano entre los villanos

Del mismo modo que Sean Connery es el mejor James Bond de la historia, Auric Goldfinger (villano de esta película interpretado por Gert Fröbe) es el personaje más perverso de la serie. Juntos protagonizan la tercera entrega de la saga. Para muchos la mejor de todas hasta el Casino Royale de 2006. Lo cierto es que fue la película que desató las pasiones por el agente secreto. Los martinis se consumieron más que nunca, los Aston Martin se vendieron como churros, y todos querían vestir un smoking blanco como el de Bond tras bucear y destruir el cuartel general de los narcotraficantes. Y lo cierto es que la película es fantástica. Un guión poderoso y bien armado, unas interpretaciones de primer orden, la fotografía exacta (repetía Ted Moore) y una dirección hábil y sin altibajos de Guy Hamilton. James Bond contra Goldfinger acumula casi todo lo que serían las películas de James Bond. La ironía del agente, la confrontación directa entre el bien y el mal (nunca puede vencer este último), la belleza femenina, el valor de los héroes, traiciones engaños. Todo James Bond. O casi.
Visto en la actualidad, podríamos resumir el perfil del personaje diciendo que el personaje de Ian Fleming nació en 1920. Mide 1,83 y pesa alrededor de 75 kilos. Es viudo. Asesinan a su mujer, la condesa Di Vincenzo en la película Al servicio de su Majestad. Fuma de forma complusiva. Sus armas preferidas son la Beretta 950 B y la Walter PPK. Y su coche predilecto es el Aston Martin Silver Birch DB5. Viste en Turnbull & Asser y le gusta comer lenguado a la parrilla, rosbif y ensadala con patatas. Ese es el personaje del autor. El que Sean Connery moldea en cada escena. Y está todo en su sitio en la película.
Las mujeres tienen una importancia extraordinaria en la saga y dejan de ser objetos sexuales para tomar parte en la trama de forma activa e importante; desde ellas llega la iluminación necesaria para descubrir matices nuevos en el agente secreto (de Bond sabemos mucho cuando conocemos su relación con las mujeres). Pero en Goldfinger es, todavía, mayor. La muerte por afixia cutánea de Jill Masterson (una explosiva Shirley Eaton que era el referente erótico de la época) o el cambio en la tendencia sexual de Pussy Galone una vez que conoce a 007 (serenamente bella la actriz Honor Blackman), son algunos ejemplos. James Bond, no sólo corteja a toda mujer que se pone por delante, además, puede cambiar a cualquiera de ellas.
Auric Goldfinger es el villano. Magnífico. Se trata de un hombre impotente, ludópata, obsesionado con el oro, malvado, incapaz de sentir compasión por nada ni nadie. Lo encarna Gert Fröbe de forma magistral. Fue una pena que el actor no pudiera aprender a hablar en inglés puesto que fue doblado en la versión original. Auric Goldfinger crece enormemente durante la película como personaje y termina dibujándose como el malvado de los malvados. Además de acompaña de Oddjob (Harol Sakata), un secuaz tan terrible como el propio Goldfinger, que mata lanzando su sombrero metálico como si fuera un boomerang o a guantazo limpio. Los malos suman esfuerzos.
Por primera vez, Bond dispone de gadgets (ingenios facilitados por la sección Q del MI6) que nunca retornarán en perfecto estado a su punto de origen. Por primera vez, vemos el mítico Aston Martin de Bond. Ametralladoras, cortinas de humo, chorros de aceite, asientos que saltan por los aires con el pasajero incluido. Entre vehículos y transmisores, Bond se convierte en todo un espectáculo.
Aparte de escuchar el tema de la serie, en Goldfinger, Shirley Bassey interpreta el tema principal de la película; una canción compuesta por John Barry que desbancó del número uno de las listas a los mismísimos Beatles. Casi nada.
La película recibió un óscar por los efectos de sonido. Son excelentes. El trabajo que se realizó con, por ejemplo, el rayo láser con el que casi castran a 007 (estamos hablando de 1964) es fantástico.
Casi todo James Bond está en Goldfinger. Y Goldfinger dibujó todo un género. Merece la pena echar un vistazo a la película.
© Del Texto: Nirek Sabal