ene 28 2013

Viaje a Darjeeling (The Darjeeling Limited): Los colores del alma

Todo lo que se sale de lo convencional suele ser mal entendido, rechazado y apartado hasta la esquina en la que duermen genios de todos los colores, las nuevas ideas o lo que incomoda a lo establecido. Por eso, casi todo es convencional; porque todo el mundo lo hemos construido sobre lo que no causa problemas en occidente.
No hay menos convencional en occidente que la cultura oriental. En concreto, todo lo que venga de la India se ve con la ceja alzada. Eso y el cine de Wes Anderson. Humor bizarro, un guión compuesto para que se descomponga a lo largo de la acción, lo pequeño que soporta el universo de los personajes (como ocurre en la vida real; todo se sujeta en lo insignificante; lo enorme es cosa del marketing, de los gobiernos y de los banqueros), un toque surrealista y salvaje que nos lleva de la mano durante un rato sin que rechistemos. El cine de Anderson es otra cosa (aunque se aproxime peligrosamente al circuito más oficial).
The Darjeeling Limited es el título original de la película. Viaje a Darjeeling es el que hemos conocido en el mercado español. Supongo que se debe al completo desconocimiento del traductor sobre la película. Si alguien pone este título es que no ha visto ni la primera escena. Seguro.
Wes Anderson cuenta el viaje de tres hermanos a bordo de un tren que cruza la India (propiedad de The Darjeeling Limited). Tras la muerte de su padre buscan a la madre. Son diferentes, sienten celos unos de otros, apenas tienen relación, sus objetivos no tienen nada que ver. Intentan un viaje espiritual que no lo es hasta que toman contacto con la realidad. Viajar en primera clase a través de la India es como estar ajeno al mundo.
Owen Wilson (con Anderson pilotando siempre alcanza niveles notables de interpretación), Adrien Brody (agradable sorpresa al moverse en el mundo Anderson con naturalidad) y Jason Schwartzman (magnífico en la expresión corporal) son los actores principales. Anjelica Huston defiende un papel muy secundario aunque lo hace de forma explosiva. El resto son papeles sin apenas importancia aunque los nombres son archiconocidos (Bill Murray o Natalie Portman, por ejemplo). Además de la calidad individual de todos ellos, Wes Anderson hace un trabajo formidable de dirección actoral.
La fotografía es espléndida. Robert D. Yeoman aprovecha toda la gama de colores imaginable para presentar un trabajo preciosista. El viaje espiritual de los personajes tiene mucho que ver con esos colores, la trama completa se pega a esos colores.
El movimiento de la cámara es especialmente interesante. Marca con total exactitud el estado en el que se encuentran las relaciones entre personajes. Va y viene de uno a otro. La separación entre ellos lo marca la cámara. Mientras dialogan o estando en silencio. La sintonía que hay entre un hermano u otro lo comprendemos desde el encuadre y el movimiento de la cámara. Algunos travellings son muy meritorios ya que son la herramienta que utiliza Anderson en las zonas expositivas más complejas y originales.
Viaje a Darjeeling (vaya traducción desafortunada) no es una comedia. Al menos no es lo que esperamos que sea una comedia. La inclusión de asuntos tan serios como la muerte o la falta de amor y comunicación, hacen que sea más un drama. Lleno de ironía, humor negro y grandes dosis de originalidad. Pero un drama.
Esta película cuenta un viaje entrañable en el que las personas se unirán o separarán para quedar más unidos después, un viaje en el que los fantasmas se irán para siempre, en el que nadie tendrá que renunciar a ser lo que es, un viaje al son de una banda sonora extraordinaria.
No es una película que vaya a gustar a muchos. Algunos dirán que no hay quien entienda algo así. Pero para otros representará una forma de reconciliarse con el cine.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 27 2013

Hábleme de usted (Parlez-moi de vous): Una grata sorpresa

De forma inesperada, algunas veces en la vida nos encontramos con algo que nos sorprende, que nos conmociona. En las salas de cine (ahora, muchas veces frente a la pantalla del televisor o del ordenador) pasa más de una vez. Es por eso que las personas se aficionan y sienten la necesidad de ver películas. Perder el tiempo no le gusta a nadie. Si ese tiempo pasa y se aprovecha al mismo tiempo es mucho más gratificante. Y en el cine se viaja, se conocen personas nuevas, historias que siendo ajenas se convierten en propias. La magia del cine no es el 3D o unos efectos especiales deslumbrantes. La magia del cine reposa en el paso del tiempo convertido en experiencia vital.
Hábleme de usted es una película deliciosa. Dirigida por Pierre Pinaud, nos habla de la soledad, del olvido, de las posibilidades perdidas para siempre. Pero también hace un guiño al futuro incierto, a lo que una persona puede aspirar y que no es otra cosa que a ser auténtica, pase lo que pase.
Mélina es una locutora de radio. En su programa, los oyentes cuentan sus problemas y ella trata de dar solución a los mismos. La audiencia es altísima. Nadie conoce el aspecto de la mujer. Mélina tiene una historia que encajaría a la perfección en su programa, un pasado digno de ser contado. Y eso es lo que descubrirá el espectador a medida que la trama avance.
El personaje es estupendo. Maniática, distante, infeliz. Aplastada por su pasado; un pasado que no le permite vivir el presente ni plantearse el futuro. Está tan anclada a lo ocurrido que vive cómodamente instalada en el recuerdo como única realidad.Y es capaz de convertir cualquier experiencia reciente en un recuerdo lejano. Es un personaje repleto de conflictos internos y con su entorno.
Mélina es encarnada por Karin Viard. Estupendo el trabajo de esta actriz que sabe equilibrar el gran drama que interpreta con los puntos cómicos que van apareciendo. Nicolas Duvauchelle acompaña a la actriz. Algo más soso aunque suficiente.
La partitura original la firma Maïdl Roth. Extraordinaria, con gran presencia si es necesario y discreta cuando la acción lo exige. Pero siempre adornando, matizando. Música arrebatadora, elegante y envolvente.
Los encuadres que busca el director son un intento constante por dar sentido a la narración. Desde planos desenfocados hasta escenas largas de gran emoción. Todos buscan un significado, todos buscan ser una imagen que encierre un sentido necesario para entender el mundo interior de los personajes.
Una verdadera sorpresa. Grata, muy grata. Esperemos que las distribuidoras apuesten por ella. No pasaría nada si lo hicieran.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 27 2013

Anonymous: Lo cierto de la ficción

No se puede valorar una obra de ficción por lo y que tenga dentro que sea cierto. Podremos valorar el acierto del autor recreando una situación, un escenario. Vale. Pero si la trama no respeta lo histórico no pasa nada. Al contrario, hay que celebrarlo. Una obra de ficción no es un ensayo.
Si William Shakespeare escribió o no su obra es lo de menos. Es la obra lo que perdura y no su autor. Si alguien quiere jugar a las conjeturas y hace con ello una película no es malo. Lo malo es hacer una película mediocre.
Anonymous es una película que explota mucho y bien algunas cosas descuidando mucho otras. Eso le convierte en un trabajo que se queda a medio camino cuando todo era favorable para hacer una buena película. Roland Emmerich cuida al máximo la puesta en escena. Con ello consigue recrear un momento histórico y una ciudad de forma portentosa. Ayuda que la fotografía de Anna J. Foester sea tan cuidadosa y unos efectos visuales, francamente, buenos. Esta película es, en este sentido, espectacular por su detalle, por una presentación que nos arrastra al Londres de la Reina Isabel, de Shakespeare. Pero ¿para qué este espectáculo, por qué todo esto? Estas son las grandes dudas que asaltan al espectador cuando acaba la proyección. Una puesta en escena como esta sirve de poco si los personajes se dibujan con trazo grueso y no se entra en su psicología con cierta profundidad. Roland Emmerich (en manos del guión de John Orloff) pone a funcionar intrigas palaciegas, venganza, cierta violencia, unas gotas de sexo y celos; sobre la base del teatro. Todo quiere convertirlo en todas las comedias del autor inglés, de Shakespeare. Y eso hace que todo aparezca sin tener una importancia suficiente. Por ello los personajes aparecen más desdibujados que otra cosa.
El guión es mucho más flojo de lo que puede parecer. No ya por las incorrecciones históricas que incluye sino por la falta de acierto al repartir las frases importantes. Las mejores son las robadas a la obra de Shakespeare. El resto buscan más ligar una escena con otra para que exista una continuidad argumental. Pero, claro, sin personajes, esa continuidad da un aspecto a toda la historia de culebrón sin mucho sentido.
Tanto Rhys Ifans como Vanessa Redgrave están algo atacados al interpretar sus papeles. Él amanerado en exceso; ella sin contención alguna en escenas concretas (eso sí, muy bien caracterizada). Lo que sucede es que el resto del reparto está muy discretito y podría parecer que esta pareja está estupenda.
En la película lo que cuentan es que Shakespeare era un actor de segunda y casi analfabeto. Tiene la suerte de hacerse con fama gracias a la obra de un conde que no quiere ni puede aparecer como autor de esas comedias o tragedias. Sí es interesante esa lectura que hace Emmerich sobre lo que representa para un artista su forma de concebir e interpretar la realidad. No es la propia obra ni la fama lo que importa. El artista necesita sobrevivir rodeado de ese arte que le deja poco espacio. Los enredos, los amores, las traiciones o la venganza van dibujando a un número tan elevado de personajes que ninguno termina viéndose con claridad. Además, los flashbacks son frecuentes y molestos. No todos están justificados. Entre los diferentes escenarios, las diferentes subtramas, el gran número de personajes, las rupturas espacio-temporales y las intrigas, todo se queda en tierra de nadie.
Anonymous no es una mala película, pero no será recordada como una obra cumbre y necesaria. Demasiados errores para que eso sea así. Se deja ver. Curiosa y ya está.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 23 2013

Muere otro día: Homenaje digital a Bond

Vigésima entrega de la serie Bond. Cuarta y última aparición de Pierce Brosnan interpretando el papel de James Bond. Cine de evasión, de divertimento. 007 enredado en el mundo digital. Una chica Bond de quitar la respiración (aunque si ya te la ha quitado Ursulla Andress el colapso es menor). Unos villanos que, como pasaba en la época de Sean Connery, quieren hacer maldades para poder controlar el mundo entero. Y que son malos de verdad. La momia de Madonna en pantalla. Un palacio de hielo. Un satélite mortífero. Un avión que nunca se cae al suelo. En fin, una película que lleva al extremo todo disparate posible y que, tal vez, funciona por esa misma razón. Si alguien necesita un par de horas de evasión, esta es la película.
Brosnan está mayorcito para el papel. Se le ve elegante y puaperas, pero con unos añitos de más como para andar corriendo esos peligros y ligarse a esas mujeres tan despanpanantes. Interpreta un Bond que roza (a veces) la frivolidad o tontería del Bond de Roger Moore y la oscuridad del Bond de Timothy Dalton en Licencia para matar. En esta película, la venganza mueve al agente secreto aunque, a mitad de la cinta, es la salvación del mundo la motivación principal. Los amantes de la serie pueden quedar algo decepcionados con esta película; quiere ser un homenaje a todos los trabajos anteriores y se convierte en un batiburrillo. Entonces ¿por qué funciona, por qué alguien se la traga sin rechistar? Seguramente, porque el ritmo es frenético, no queda tiempo para pensar ante tanta escena de acción.
Se trataba de hacer que el espectador se quedase pegado al sillón pasando el rato. Y eso lo consigue el director, Lee Tamahori, sin grandes problemas. ¿Es esto suficiente para una película de cine? Claro que no. A decir verdad, este Bond no es el de Ian Fleming, ni el de Connery, ni el actual de Daniel Craig. Y Bond no es un personaje de ciencia ficción (en esta película se roza el género). Tamahori rapta al personaje y lo devuelve hecho unos zorros.
Halle Berry pasa sin pena ni gloria por la pantalla. Salvo esa primera aparición (homenaje al que realizó la señora Andress) no desarrolla un papel que deje poso. Ni se la dan diálogos que hagan crecer al personaje ni la trama se soporta, mínimamente, sobre ella. Más blandita de lo que cabía esperar.
Judi Dench estupenda. John Cleese inadvertido. Toby Stephens cumplidor. El resto aparecen o desaparecen como si nada, Incluida Madonna.
De los guionistas Neal Purvis y Robert Wade hay poco que decir. Toman ideas de otras películas de la saga, las agitan y sueltan lo que se les ocurre en forma de exceso. Eso sí, multiplicado por un millón. Deberían haber explicado a estos chicos que 007 es mortal y que el mundo es el mundo.
La partitura de David Arnold está bien. No es la mejor aunque tampoco es la peor. Acompaña la acción sin estridencias y presenta versiones del tema principal que resultan agradables y muy divertidas.
El cine tiene un componente de espectáculo que nadie puede negar. Muere otro día es espectáculo puro. Aunque se queda en eso y poco más. Ahora bien, si quiere pasar la tarde sentado frente a una pantalla, comiendo palomitas, sin pensar en otra cosa que no sea un agente secreto y sus cositas, Muere otro día es ideal. Nada de guiones magníficos, ni personajes profundos, ni encuadres prodigiosos. Nada más que acción, héroes, villanos y chicas explosivas (Rosamund Pike también está muy guapa).
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 20 2013

The Perfect American: Una partitura excelente directa al mito

Dicen algunos que después de Giacomo Puccini la ópera dejó de serlo. Esta es una afirmación, por lo menos, llena de ignorancia. Las manifestaciones artísticas, de todo tipo, evolucionan. Afortunadamente, la ópera también. Y gracias a ese cambio constante, en el Teatro Real de Madrid se estrena la obra de Philip Glass (basada en la novela homónima de Peter Stephan Jungk) The Perfect American. Es, sencillamente, maravilloso asistir a un espectáculo como este. La partitura de Glass es soberbia, la dirección musical de Dennis Russell Davies precisa; la Orquesta Sinfónica de Madrid sigue sonando, cada día, mejor; y el coro Intermezzo acompaña más que bien. Todo ello dentro de un montaje que, si bien presenta algunos problemas, resulta suficiente.
La música minimalista de Glass estalla, desde que se levanta el telón, provocando sensaciones profundas. Parece que siempre hubiera estado allí preparada para sonar en el momento exacto, en el lugar oportuno. Dennis Russell Davies conoce bien la obra del compositor y ataca la partitura con decisión y delicadeza, sin dejar una sola fisura interpretativa a la vista. El libreto es otra cosa. Puede dar la sensación de haber sido arrancado a una obra sin excesivo acierto. Demasiadas reincidencias sobre lo que ya sabemos desde el principio, demasiada repetición de aspectos superficiales que no permiten progresar a los personajes y los deja con un arco dramático excesivamente escaso. El principal, Walt Disney, podría haberse nutrido más con la luz de los secundarios. Y no es así. Empieza siendo una cosa y termina siendo lo mismo. Esto puede parecer lógico, pero no lo es. En esta ópera al personaje le pasan cosas y esas cosas (las que le pasa a cualquiera) hacen que todo cambie. Una pena este libreto tan flojo. Por otra parte, la puesta en escena no termina de funcionar. Phelim McDermott utiliza vídeos para aportar movimiento en el escenario (lo hace sobre telas que aparecen y desaparecen cada cuadro dramático). Hasta aquí todo bien. Resulta original y efectivo porque, además, la iluminación es acertadísima. Sin embargo, se empeña, desde el primer momento, en utilizar un grupo de figurantes que aparecen para hacer lo mismo que ya vemos en los vídeos. La sensación última es que están allí más para colocar o recoger que por una obligación artística. La coreografía no evita que esta sensación sea permanente. A pesar de todo, a pesar de estas pegas, el conjunto es aceptable. Sobre todo porque la partitura esconde cualquier error.
Christopher Purves está muy correcto defendiendo el papel de Walt Disney. Tanto la voz como la interpretación dramática están a buen nivel. David Pittsinger (Roy Disney) lo mismo. Sobresale Donald Kaasch. Notable la voz, sobresaliente la interpretación. Se añade un toque simpático con la aparición en escena de John Easterlin haciendo de Andy Warhol. Además de cumplir bien con la voz, aporta un toque de frescura interpretativa muy de agradecer.
The Perfect American, a pesar del cuidado que está teniendo Glass cuando habla con la prensa para suavizar asperezas, es un misil que acierta de lleno en la línea de flotación del mito Disney. Se presenta al personaje como un ser obsesionado por la propia eternidad, dictatorial en su relación con los obreros, intransigente, egocéntrico, astuto y despiadado en los negocios. Nada que ver con esa imagen que siempre se tuvo de él. Dantine, antiguo empleado (interpretado por Donald Kaasch), es el eje sobre el que se desarrolla parte de la trama que indaga en esa psicología insólita y sorprendente de Walt Disney. Sin embargo, todo esto lo sabemos porque se enuncia y poco más. A base de repetir terminamos creyendo que es así, pero nada nos lleva al convencimiento salvo la buena voluntad. El dichoso libreto.
Dicho todo esto, porque hay que decirlo, regreso al punto de partida. Una partitura como esta aguanta todo tipo de errores, cualquier defecto menor queda tapado. Merece la pena dejarse caer por el Teatro Real de Madrid y disfrutan de The Perfect American.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 20 2013

Martha Marcy May Marlene: La importancia de un nombre

Estupenda, emocionante, desasosegadora, inquietante, tenebrosa. Cualquiera de estos calificativos van bien para definir la película de Sean Durkin. Martha Marcy May Marlene es una película muy bien contada, con una propuesta arriesgada que agarra al espectador desde el principio. Nada es ajeno, todo lo que va ocurriendo se termina enroscando sobre sí para tejer una tela de la que es difícil escapar.
El asunto es que la protagonista huye de un lugar atemorizada. Un lugar organizado y gobernado por un tipo magnético, oscuro; un tipo que sodomiza para purificar o mata como forma poética de entender las cosas. Este personaje lo interpreta un magnífico John Hawkes. Una de las escenas nos muestra cómo su personaje canta y toca la guitarra. Marcy’s song es el tema. Subyugante y capaz de hacer sonreír a la muchacha por ello, una Marcy May embelesada ante lo que ve. John Hawkes está magistral. La escena es poderosa y pone los pelos de punta. La protagonista (se llama Martha, Marcy May o Marlene dependiendo del momento narrativo) es interpretada por una prometedora Elizabeth Olsen. Logra contenerse y es dirigida a la perfección. Desde el primer momento, es capaz de transmitir el miedo, la alegría, la conmoción o el dolor que siente el personaje.
Sean Durkin se acerca con su película al cine de Bergman, al de Hitchkock. Aunque el metraje es algo excesivo (se podría contar lo mismo en menos tiempo evitando alguna repetición innecesaria) desde una excelente fotografía el director crea un clima opresivo, lleno de desesperanza y desasosiego (los tonos grises y mates de la granja, las sombras que ennegrecen la pantalla o los colores vivos y alegres que se van apagando cuando el regreso se va haciendo realidad). El temor se puede palpar. Y eso, el espectador lo recibe como una seria amenaza. Por otra parte, la verosimilitud es absoluta. Clima y protagonistas forman un conjunto demoledor.
Martha es Martha cuando se encuentra en el mundo al que perteneció y al que nunca podrá regresar aunque, físicamente, se encuentre en él. Será Marcy May cuando llegue a la granja y comience su aprendizaje. Allí todo se envuelve en mentira y en una libertad tan subyugante como la canción que el líder canta para chica. Esto lo sabemos a través de flashbacks que llegan sin previo aviso y aumentan la tensión narrativa enormemente. Pero, también, es Marlene cuando la descubrimos integrada en la secta, cuando es maestra y líder, cuando ya está convertida en un engranaje más de la trituradora de personas que es ese grupo.
La banda sonora es monocromática y se aproxima al experimento. Eso sí, cuando la escuchamos nos hace remover en el asiento. Daniel Bensi y Saunder Jurrians hicieron un trabajo de lo más fino.
Cada encuadre elegido por Sean Durkin se convierte en un fabuloso mecanismo de narrar. Busca aquí y allá, experimenta, salta la línea de lo convencional. No se puede hablar de algo así desde lo que el mercado demanda. Habría que escribir otra película. Al fin y al cabo, lo que se nos cuenta es que pertenecer a una secta es horrible. Tanto como dejarla y tratar de volver a la normalidad. Ese es un viaje duro y, seguramente, imposible. Nada que quiera saber el público después de pagar una entrada.
También es cierto que deja alguna trampa por el camino. Por ejemplo, las primeras rupturas espacio-temporales los acompaña haciendo que algún personaje mencione el nombre de la chica (bien Martha, bien Marcy May). Posiblemente, sabía que, de no ser así, la cosa sería más confusa de lo conveniente y haría que el espectador tuviera que hacer un esfuerzo extra o perdiera el hilo conductor del relato. Remarca en exceso alguno de los rasgos de los personajes (especialmente los de MMMM) que ya conocemos o intuimos con fuerza. Eso debería surgir con naturalidad desde la interpretación o desde los diálogos.
Escuchamos frases como tienes que compartirte. Y es que las mujeres son sombras. Esto es algo explícito en la película. Pero asistimos a conversaciones que inquietan al espectador por esa falta de mensaje explícito. Hay un momento en el que la chica, ya en casa de su hermana, cuestiona la forma de vida del matrimonio y defiende las ideas que se manejaban en la granja. Y no resulta descabellado. El espectador sabe que la realidad es tremenda, pero se encuentra ante un discurso lleno de ideas con una coherencia interna que asusta. El líder también lo sabe. Envuelve con esas palabras al que llega. Y lo logra. Luego, todo es tremendo aunque ya es tarde. Todos son Marlene (Patrick, el líder, lo primero que hace es cambiar el nombre de las personas, no les deja ni eso). Todos son lo mismo. No son nada.
Martha Marcy May Marlene es un excelente primer trabajo de este director al que habrá que seguir la pista. Una película dura, sin concesiones a la galería (en esto no muestra dudas el director incluso al dejar el final abierto y aspero), una película que se queda en el pensamiento como una esquirla molesta y duradera.
Tienen que verla. No se arrepentirán.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 18 2013

Kika: Almodóvar visionario

Kika es una película de Almodóvar. Eso es decir bastante. Pero si añadimos que es una película gamberra, atrevida y que indaga en territorios prohibidos, cualquiera puede suponer que la pantalla nos hace transitar territorios difíciles, zonas oscuras que tratadas desde el humor no dejan de serlo.
Kika es una película de Almodóvar que cosechó críticas terribles, muy negativas. Si añadimos, que en 1993, España seguía bebiendo ideales ultrareligiosos, más que conservadores, que cualquier novedad en el cine se miraba con recelo, que España se parecía a la España más mostrenca y mojigata; no es de extrañar que el trabajo de Almodóvar pareciese (a muchos) una acumulación de extravagancias sin sentido, una búsqueda insensata de ir un poco más allá llevado a cabo por un descerebrado.
Kika es una película que hay que volver a ver. Y es una película que acumula grandezas y errores, lo bueno y lo malo de Almodóvar. Algunas escenas son excelentes, divertidas. Otras son algo deslucidas. Algunos hilos argumentales se quedan en nada cuando requerían cierto recorrido y otras sirven de anclaje para que los personajes crezcan y desarrollen su psicología. Esto hace que la película se llene de claros y de oscuros. Más de claros que de oscuros.
Quedan cosas sin explicar que hubieran mejorado mucho el resultado final. ¿Qué pasa con el actor porno huido de la cárcel? ¿Cómo termina esa historia? ¿Por qué uno de los personajes sufre desmayos eternos y nadie da una sola explicación? ¿Por qué narrar desde el flash forward el principio del relato si no aporta nada el recurso? Y los arcos dramáticos de los personajes son muy limitados salvo en el caso de Kika (aunque la pelícua tiene como base única al personaje principal y el director trata de construir secundarios actantes para iluminar al principal, hubiera sido necesario profundizar más en alguno de ellos). Por aquí hace aguas la películas. pero abundan los claros. La escena de la violación es divertidísima y está rodada de forma magistral (y no pasa nada por frivolizar sobre algunas cosas); la entrevista al escritor es surrealista, transgresora hasta más no poder; el desenlace de la trama principal es sensato y coherente (desde el principio, Almodóvar deja pistas como para que no quepa un desenlace distinto); el colorido construye una atmósfera ideal para lo que se quiere contar (los colores cálidos siempre con Kika; los más oscuros y violentos siempre con Andrea Caracortada; y Alfredo Mayo, director de fotografía, pilotando como garantía total); el movimiento de la cámara buscando encuadres y planos diferentes, el uso de vídeos, de fotografías; todo abunda en la composición de un gran collage como los que adornan los decorados de esta película.
Kika es una película en la que se critica la televisión dedicada a husmear en lo privado, en el dolor, en lo más sucio de las personas. Viendo la película hoy, es sorprendente lo adelantado que estaba el director al mirar este asunto desde la crítica feroz. Lo que pareció en 1993 una extravagancia absurda, hoy es una realidad. Esa sí que es absurda y consentida por muchos de los que vieron la película y se llevaron las manos a la cabeza denunciando frivolidad a espuertas.
Verónica Forqué hace un papel maravilloso. Arrastra con ella todo el peso narrativo, todo el humorístico, todo el peso trágico. Es el personaje que mejor se dibuja sin lugar a dudas, el que más crece (tal vez el único de toda la película). De hecho, a partir de la escena de la violación (la de Kika) el relato se estructura de forma distinta. Hay un antes y un después en la película porque hay un antes y un depués en el personaje. Algunos entendieron muy mal el significado de esta escena. Kika modifica su relación con el resto de personajes, con el mundo entero. Pero no es la violación en sí la que provoca este cambio. Es la mentira, la traición de los cercanos lo que le destroza. Por esta razón es por la que la escena se trata desde el humor. Los diálogos en los que interviene Kika son los más jugosos, los más gamberros, los menos correctos para un moralista llegado desde tiempos difíciles. Rossy de Palma interpreta un papel divertidísimo. Y lo hace como si lo hubiera estado haciendo toda la vida. Espléndida. El personaje que acumula toda la zona oscura del guión es el que defiende Victoria Abril. Se le acusó, en su momento, de sobreactuar. Algo insólito porque resulta que Andrea Caracortada vive de sobreactuar. La única forma de hacer creíble al personaje era hacer lo que la actriz hizo. Está muy bien en su trabajo. Lo mismo de bien que Anabel Alonso. Graciosa aunque interpretando un papel muy secundario, un papel con un recorrido muy limitado. Peter Coyote, sin embargo, es la apatía personificada. Con él en pantalla se viven los momentos más anodinos de la película. Y Alex Casanovas aparece soso, muy justito.
Es verdad que Kika no es lo mejor de Almodóvar. Pero no es cierto que sea un desastre. Ni mucho menos. El director se reafirmaba en ese momento en una forma de ver la realidad, tendía a exagerar en sus guiones, aún no había descubierto que el mundo es inmenso y que un genio debe echar un vistazo a todo el conjunto.
Kika es una película de Almodóvar en estado puro. Es una película que hay que volver a ver. Porque el paso del tiempo pone todo en su justo lugar.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 17 2013

Dredd: Balas de todo tipo, muertes de colores

Es muy posible que la película dirigida por Pete Travis en 2012, Dredd, sea una de las tres más violentas presentadas durante ese año.
Basada en el cómic, Juez Dredd, escrito por John Wagner e ilustrado por Carlos Ezquerra (cómic que se realizó para la revista 2000 AD en 1977), esta película nos sitúa ante un mundo desolado, en Megacity 1. La ciudad acumula cientos de millones de almas en una ciudad con extensión insólita y en la que el crimen es el que impera. Un ejército de jueces, que son policías, jueces, jurados y verdugos al mismo tiempo, intentan poner algo de orden dentro de caos. Por supuesto, Dredd es el protagonista. Frío, calculador, impasible, despiadado. Le acompaña, durante gran parte de la trama, una aspirante a jueza, una mujer con capacidades extrasensoriales, llamada Cassandra Anderson.
El arranque de la película es vigoroso y prometedor. Queda claro en los primeros instantes qué tipo de individuo es nuestro héroe. Poco más tarde, ya en compañía, se ve envuelto en un follón morrocotudo; un lío del que sólo puede salirse a base de disparos (la pistola del juez dispara balas, balas indendiarias, aturdidoras, de máxima potencia, bolas de fuego, penetradoras y no sé qué más cosas). Tantos disparos como para que todo el mundo se quede sin munición. Las muertes son violentas o ultraviolentas o las más violentas de la historia. Depende del momento de la trama en el que nos encontremos. Y tras un arranque que no está nada mal, consumido un tercio del relato, la cosa se viene abajo. Argumentalmente todo es predecible y los recursos técnicos y narrativos comienzan a pesar en el espectador por las reiteraciones constantes que se hacen. Por ejemplo, el uso de la slow-motion o los giros argumentales innecesarios que no aportan nada salvo un poco de oxígeno al guionista que puede alargar  la acción algo más.
La fotografía es dura, fría; busca entre un escenario gris cualquier rojo que haga, si cabe, esa fotografía más apocalíptica. Los arreglos con el ordenador potencian esos efectos puesto que el fotógrafo, Anthony Dod Mantle, realiza un trabajo cuidadoso y perfeccionista. Por contra, cuando los personajes se drogan con un producto, que retarda la sensación del paso del tiempo y es la causa de tanta violencia, la fotografía se hace luminosa, la gama de colores se extiende muchísimo y la brillantez de la imagen es total. Coinciden estas tomas con las rodadas usando la slow-motion.
Karl Urban es el juez Dredd. Se pasa la película con un casco sobre la cabeza (como en el cómic). Y poco más. Cualquier actor con voz grave y espalda ancha podría hacer un papel así. Por cierto, esta historia se podría contar utilizando otro personaje distinto a Dredd, lo que no deja de ser una gran pega. Si esto es así algo falla. En la película se pierde el cinismo y la ironía que encontramos en el cómic y que caracteriza tan bien al personaje. Olivia Thirlby es la compañera. Esta no lleva casco. Entre tanto alboroto se la distingue más por el color de pelo (rubio) que por su expresión o forma de actuar por lo que se celebra esa falta de casco. La villana es Lena Headey (una narcotraficante mafiosa llamada Ma-Ma). No terminan de convencer ni la villana ni la actriz. Hubiera sido necesario una mala más activa. Esta da órdenes y mira. Como la actriz. Recibe órdenes y cumple.
Está muy bien logrado el 3D. Aunque artísticamente no se justifica del todo. Pero vaya, como hoy en día no se hacen películas sin versión tridimensional, ya no se plantea nadie la necesidad cuando es la obligación la que manda.
Dredd no será recordada como una película imprescindible para los amantes del género. Para ello hay que incluir diálogos trabajados, un arco argumental mínimo (eso es lo que necesitaba este personaje) y cierta originalidad. El guionista Alex Garland eliminó subtramas innecesarias, chicas enamoradizas y esas cosas. Es de agradecer. Pero se llevó por delante cosas fundamentales. Y eso ta no gusta tanto.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 16 2013

Licencia para matar

Licencia para matar es la segunda película en la que aparece Timothy Dalton interpretando el papel de James Bond. Segunda y última. Parece ser que tenía firmada una tercera intervención, pero el actor renunció por motivos personales.
Con Dalton el personaje de Ian Fleming aparecía en plenitud y con Dalton se produjo un giro más que necesario en las películas de 007. El público no lo consideró así y el actor no tuvo gran reconocimiento. El Bond de Dalton no es tan machista como el de Sean Connery o Roger Moore. Es capaz de entender a una mujer y se para más ante una inteligencia que ante un pecho descomunal. El Bond de Dalton es un hombre serio, profesional, arisco, solitario. Y en Licencia para matar es un hombre cegado por la sed de venganza. No se mueve buscando el bien de su país, ni del mundo entero; lo hace buscando solucionar sus propios problemas. Este Bond sufre, se mancha los zapatos de polvo, recibe golpes como el que más, tiene los sentimientos que cualquier otro hombre podría sentir. Es el Bond de Ian Fleming.
Lo curioso es que el guión de la película no es adaptación de alguna de las novelas de Fleming. Ya estaban todas llevadas al cine (esta es la entrega decimosexta). Los guionistas, Michael G. Wilson y Robert Laudaum, inventaron la trama de principio a fin. Logran un guión sólido que mantiene la tensión y un ritmo estupendo. Abundan las muertes violentas, casi sádicas. Y se centran en una asunto que preocupaba especialmente a nivel mundial allá por finales de los años 80: la droga.
Las chica Bond, encarnada por Carey Lowell, además de ser una belleza, es atrevida, inteligente y cínica. Toma una importancia en el desarrollo de la trama muy importante. Talisa Soto (otra de las mujeres protagonistas) se queda más en el territorio de mujer florero.
El arranque de la película vuelve a ser espectacular aunque, esta vez, es el final el que se lleva la palma. Acción trepidante, vehículos incendiados, helicópteros, fuego, disparos. Todo rodado muy bien y montado mejor.
El villano es tremendo. Despiadado, astuto, calculador. El autor elegido fue Robert Davi. Y el personaje malísimo se llama Franz Sánchez. Le acompañan Anthony Zerbe (la muerte de su personaje es escalofriante) y un jovencísimo Benicio del Toro (la del suyo es peor todavía).
Los inventos preparados para 007 siguen siendo sorprendentes y divertidos. En esta película, los amantes de estos chismes disfrutan de lo lindo. Más que nada porque Q (que es el personaje que los idea) aprovecha sus vacaciones para ayudar a Bond.
La banda sonora es estupenda. Sobresale la canción Licence to kill a cargo de Gladys Knight.
Una estupenda película de acción, más cercana al realismo que otras de la serie Bond, bien contada y bien escrita. Una pena que fuera la última de Dalton.
© Del Texto: Nirek Sabal


ene 15 2013

Carne trémula: Un paso adelante

La frescura, transgresión y profesionalidad de Pedro Almodóvar no son las mismas que al comienzo de su carrera. Su genialidad, seguramente, sí lo es. Antes oculta por la falta de experiencia; ahora suelta y desbocada. Todo artista sufre una clara evolución en su obra a medida que va creando. Se madura. Si tuviesemos que buscar un punto de inflexión entre el Almodóvar primero y lo que ha llegado a ser, con casi toda seguridad, tendríamos que pararnos en Carne trémula. Es la película que define un cambio sustancial entre una etapa y otra, entre las primeras pruebas en distintos aspectos de su cine y lo que es ahora. Por esta razón ya es una película importante. Pero, además, es uno de los mejores títulos del director manchego.
Almodóvar escribió el guión junto a Ray Loriga y Jorge Guerricaechevarría, siendo el germen la novela de Ruth Rendell. Seguramente, por ello (por partir de un texto escrito anteriormente) los giros argumentales son menos bruscos o rebuscados y la coherencia narrativa es algo distinta que en los trabajos anteriores. El azar es uno de los ingredientes fundamentales de este libreto y es una pena porque la confianza en este recurso es exagerada y algunos encuentros, algunas casualidades, resultas forzadas. Pero, en general, el texto tiene buen tono, frases inteligentes, humor muy de Almodóvar y un remate que resulta verosímil. No hay que hacer un esfuerzo exagerado para dar credibilidad a la película.
El arranque es fascinante. Penélope Cruz, Pilar Bardem y Alex Angulo llenan la pantalla con el prólogo emocionante, divertidísimo y anunciador de otra de las particularidades de Carne trémula: Madrid es un protagonista más que Almodóvar mira y enseña con devoción.
La cámara se mueve, durante todo el metraje, con elegancia. Y no deja de moverse; su ir y venir es constante; los planos de todo tipo se alternan en un intento de búsqueda de nuevas tonalidades. Del plano picado a los primeros planos indagando en la psicología de los personajes. Parece bailar al son de la música de Alberto Iglesias que presenta una partitura calmada, arrebatadora. Destaca, también, el tema que se inserta en la banda sonora original interpretado por Chavela Vargas, Somos.
Como de costumbre, la dirección que realiza Pedro almodóvar con los actores y actrices es fantástico. En especial con los secundarios. Ángela Molina está inmensa, guapa, cautivadora, graciosa, creíble y contenida. José Sancho interpreta el que, tal vez, sea el personaje más áspero de todos los trabajos de Almodóvar. Defiende el papel con astucia y una profesionalidad impresionante. Cuando aparece en pantalla se intuye algo grande. Ya he dicho que Penélope Cruz, Pilar Bardem y Alex Angulo, en pocos minutos dejan boquiabierto a cualquiera.
Sin embargo, los principales no terminan de cuajar en sus papeles.Una fría y apática Francesca Neri pasa como de puntillas cuando su papel es de enorme importancia. Y Liberto Rabal está muy por debajo de lo que se podía esperar. Da la sensación de estar en una clase de la escuela de interpretación ensayando una escena. Si tienes al lado a Javier Bardem la cosa se multiplica. La película se estrenó el año 1997. Ya han pasado unos añitos. Y Bardem ya apuntaba maneras. Almodóvar le lleva por el camino perfecto y el actor hace lo que tiene que hacer. El resultado es una interpretación estupenda.
Las escenas de sexo están rodadas con una elegancia y sensibilidad abrumadora. Van envolviendo todo y el clima de tono erótico se puede palpar en su tranquilidad. Un momento de disfrute para cualquier espectador.
Carne trémula mezcla la tragedia griega, el drama moderno y el thriller. El tono en varias fases se acerca al cine negro. Y Almodóvar hace constantes guiños al mundo del cine. Reinventa una escena de Luis Buñuel (aparece en Ensayo de un crimen) y las referencias a Hitchcock o King Vidor, por ejemplo, son muy claras.
Peliculón. Un culebrón que rebosa cine, que apesta a buen cine.
© Del Texto: Nirek Sabal