El legado de Bourne: ¿A qué viene esto?

¿Ha visto usted la conocida trilogía de Bourne? Da igual la respuesta. Si la vio en su momento tendrá problemas para entender qué pinta Jason Bourne en todo esto. Si no tuvo ocasión de ver esas tres películas no entenderá que pinta Jason Bourne en todo esto. Porque Jason Bourne es una muy mala excusa para poner en funcionamiento a otro superagente -Aaron Cross, se llama- que está inmerso en un programa oscurísimo de la CIA. Se supone que esta nueva trama viene motivada por lo que le pasó a Bourne. Y se supone siendo generoso a más no poder. Usted, que es avispado, ya habrá imaginado que el guión es una auténtica calamidad. Deje de imaginar; lo es.
La cosa de va de carreras, tiros, misiles teledirigidos que lo destrozan todo, pastillas de colores que aportan poderes casi sobrenaturales al que las toma y de tarados que son reclutados por su condición de eso, de tarados.
¿Es entretenida la película? Pues sí. Tenga usted en cuenta que todo a su alrededor parecerá explotar, todo lo que haga podrá ser visto desde un satélite, los malos pasarán corriendo por su salón pegando tiros. Pero no piense. No, no lo haga. Si lo hace se enfadará usted más de lo necesario por perder el tiempo y recibir un insulto a su inteligencia sin rechistar.
Tony Gilroy, el director, debió terminar con agujetas por todo el cuerpo después de perseguir al elenco de un lado a otro. La película se convierte en una montaña rusa de locos. Y no debió sufrir daño alguno en la mente. Al menos no los sufrió pensando en mejorar un guión flojo, previsible y vacío. Rodó, entregó el trabajo al montador para que hiciera lo que fuera posible y poco más. Pero pensar, lo que se dice pensar, me temo que no.
Jeremy Renner parece más un marmolillo que otra cosa. Y no es nueva la cosa. Repite en casi todas sus películas. Continuidad no le falta al chico. Defience el papel protagonista. A puñetazos, tiros y saltos imposibles. Literal.
Rachel Weisz defiende el suyo lloriqueando y echándole un valor improbable que no se creería ni el propio personaje. En una de las escenas, mientras escapa junto con el otro protagonistas sobre una motocicleta, logra dar una lección de equilibrismo y coraje que ya quisiera Rambo. Queda la cosa tan extraordinaria como poco creíble.
Por su parte, Edward Norton aparece en la pantalla para interpretar un papel que todavía me pregunto de qué va. Más que nada porque crece y desaparece sin avisar. Como si tal cosa.
Los efectos visuales y especiales son decentes. Algo es algo. El resto de normalito a penosillo.
Una película más. Ni más ni menos que eso. O lo que es igual: una castaña pilonga que te tragas mientras pasa el tiempo.
Imagine un tipo que toma pastillas para ser más listo y más fuerte. Imagine que en los despachos se ven obligados a acabar con él y con otros que son como él. Ahora pongan a funcionar miles de ordenadores, satélites, aviones espías; espías sin avión, pero con moto; a la policía de medio mundo. Enfrenten al de las pastillas y a su acompañante a este despliegue. Eso es El legado de Bourne. Ni más ni menos. Una cataña. Pilonga, eso sí.
© Del Texto: Nirek Sabal


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