Shame: Tren a los infiernos

Los viajes que no tienen retorno nos perturban. Nos imaginamos inmersos en ellos, intentando buscar soluciones y nuevas rutas que corrijan el camino mal transitado. Sin querer saber que un primer paso en ese camino significa no poder, tal vez no querer, dar marcha atrás. El ser humano desnudo ante sí mismo es la imagen que, antes o después, se convierte en forma de vida, en viaje con meta incierta hacia el yo más oscuro.
Algo de esto aborda la magnífica película de Steve McQueen. Realizador y guionista junto a Abi Morgan, logra un trabajo que remueve las consciencias de los espectadores; y no por el alboroto escandalizador que llega con las imágenes de sexo explícitas y casi brutales por descarnadas; sino porque el ser humano aparece en la pantalla solo, angustiado, desnudo, perdido. Eso es algo que suele conmocionar por ser un asunto del que quiere huir casi todo el mundo.
La película es desconcertante, triste (terriblemente triste), una plataforma que, si se quiere cruzar, lleva a lugares sórdidos, a las cloacas de cualquiera. Ayuda enormemente la fotografía de Sean Bobbitt que muestra un entorno y a unos protagonistas entre tonos gélidos durante toda la película. Cuando el brillo aparece es cuando retrata a la hermana del protagonista mientras interpreta el tema New York, New York, Sissy (excelente Carey Mulligan), pero tras un velo de tristeza tan colosal que esos destellos iluminan un sufrimiento y un pasado tan negro que nada puede cambiarlo. Eso sí, la voz imperfecta, el rostro expresando todo lo que puede llegar a ser el dolor, la belleza serena de Carey Mulligan, una letra llena de vida convertida en casi un parón del mundo (la versión de este tema es inusual y quiere marcar las diferencias del personaje con un mundo que le aterra); todo, enamora. La música de Harry Escott tiene gran importancia encuadrada en el producto final. Más de la que sería necesaria puesto que busca añadir un sentido a la imagen que debería aparecer sin ayudas. Esta es una de las pocas pegas de la película.
Shame significa vergüenza. Pero la dimensión del título es mucho mayor. Porque se refiere a la vergüenza que genera la culpa. la vergüenza que nos obliga a perder la noción del tiempo y del espacio, la vergüenza de saber que algo anda mal y no somos capaces de ponerle freno (porque no queremos, porque somos más débiles que la inercia del mundo que nos dejan vivir). Shame cuenta la historia de dos hermanos, Brandon y Sissy. Él inició un viaje, a través de un sexo que se convierte en el único atractivo de la vida, un sexo que le impide amar, un viaje que parece haber llegado a su fin aunque no permite regreso alguno. Su hermana sigue cayendo, la espiral eterna y autodestructiva no le deja vivir. Un pasado turbio les une y parece justificar hasta dónde han llegado. Un pasado que no nos desvelan aunque nos dejan intuir.
A pesar de lo que muchos pudieran pensar, la cosa no va de sexo. Es parte fundamental de la trama y un material narrativo que está presente durante toda la película. Pero el tema tratado no es ese. Es la soledad y la imposibilidad de regresar a un lugar en el, tal vez, nunca se estuvo; la imposibilidad de amar de los hermanos frente a la necesidad que tienen otros.
Las interpretaciones son extraordinarias. Michael Fassbender se deja lo mejor de sí encarnando a Brandon. Carey Mulligan hace lo mismo con su Sissy. El lenguaje corporal es de una importancia descomunal. Porque el diálogo es escaso y el personaje fundamental. Personaje que se dibuja a través de la imagen, de la música (en exceso insisto), de su enfrentamiento con la realidad, con otros (la escena del encuentro de los hermanos, desnudos, se convierte en metáfora de esa desnudez del ser humano). Fantásticos ambos. Entendieron muy bien, tanto Fassbender como Carey, que sus personajes crecen juntos a través de la trama y que sus trabajos lo harían de la misma manera. Aunque el resto del reparto está, francamente, bien. Todo esto se apoya en planos secuencia y planos fijos larguísimos que intentan reflejar, desde el silencio, lo que son los personajes. Es curioso que, cuando aparece el diálogo, la sensación es justo la contraria. Se habla y se dice lo que no es. Silencio es verdad. Un ejemplo excelente es la escena en la que Brandon comparte mantel con una compañera de trabajo. Parece que todo es posible aunque cada palabra suena hueca.
Comienza la película con una escena dentro de un vagón de tren. Termina con otra parecida en la que los protagonistas de la acción son los mismos. Brandon y una pasajera. Astuto el director dejando que tengamos que intuir lo que pasa (no quiero desvelar nada). Aunque después de meternos en el túnel más oscuro que puedan ustedes imaginar es difícil que la solución sea la deseada. Porque el ser humano es lo que es. Nosotros lo sabemos y no podemos cambiar nada aunque queramos.
Excelente película. Conviene que los más pequeños no estén frente a la pantalla. No por el sexo (comprobarán que una dosis, más o menos, controlada de moralina también aparece siendo la otra pega de la película). Es por ahorrarles durante años lo que les viene encima.
© Del Texto: Nirek Sabal


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