Hotel Transilvania: Drácula reducido a la nada

Hace años que la cosa se ha convertido, si hablamos del cine de animación siendo una propuesta familiar, en los niños se tragan todo y da lo mismo, así que hagamos más llevadero a los padres lo de ir al cine a ver una de pequeños. Algo que, inevitablemente, nos lleva por un camino justito de ideas, un par de golpes graciosos, una técnica deslumbrante y poco más.
Hotel Transilvania es una película del montón. Genndy Tartakovsky, el director, amontona una cantidad improbable de escenas, las suelta a la velocidad del sonido y listo. Eso está muy bien aunque no logra tapar las carencias del guión, la eliminación de los personajes que se convierten en imágenes sin gran contenido y un vacío importante en el espectador que quiere ver cine aunque vaya acompañado de los niños.
La idea no es mala, pero la resolución se deja detrás lo fundamental. Esa acumulación de personajes reconocibles y tan llenos de sentido debería haberse convertido en una mina. Salvo un par de detalles todo se queda en una superficie insulsa.
Técnicamente, la película es fantástica. A eso no se le puede poner una sola pega. Aunque el mérito, sea lo que sea que se haga, comienza a ser irrelevante dado el nivel que la informática ha proporcionado a los profesionales de la animación. Sin perfección técnica, hoy, estás acabado.
No falla. Si el guión lo firma un batalló, malo. En este caso son Kevin Hagerman, Dan Hagerman, Todd Durham, Peter Baynham y Robert Smigel los que lo hacen. Mucho arroz para tan poco pollo. Simple, ramplón y, en algún momento, excesivo para los niños por pesado y, al mismo tiempo, excesivo para los padres por pretencioso.
La música, un ingrediente clásico y necesario en la animación y en una película de estas características que busca el triunfo, es un pequeño desastre. Busca más el lado cómico de los personajes que otra cosa. Como el guión. Y eso reduce a esos personajes a casi nada.
Si hay que destacar algo es el cambio en el ritmo narrativo que se produce mientras los monstruos juegan al bingo. Un golpe efectivo que funciona muy bien. El resto, como ya adelantaba antes, se cuenta a ritmo de locos, casi sin sentido.
La película se la tragan los niños sin inmutarse. Les parecerá divertida, seguro. Incluso a los padres que están tan hartos de hipotecas, recibos y noticias nefastas. Pero, al salir, si se piensa un poco sobre lo que se ha visto, la cosa se derrumba con facilidad pasmosa.
Estoy deseando que alguien ponga orden en el mundo de la animación, que alguien entienda que se puede hacer una gran taquilla con un poquito de hondura. Que alguien haga algo, hombre.
© Del Texto: Nirek Sabal


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