Salvajes: Haciendo aguas y trampas

La lógica interna de las cosas es lo que hace que esas cosas funcionen. Para orgullo de todos o para formar parte de la nómina de la infamia. Pero hace que funcionen.
Esta es la propuesta que Oliver Stone nos presenta en su último trabajo, Salvajes. Pero lo hace desde lo inverosímil, desde una crueldad, muchas veces, gratuita; desde trampas narrativas de principiante. Me temo que él lo sabe. Por ello, desde el principio, trata de cubrirse las espaldas anunciando un punto de vista que podría llegar a ser imposible aunque no cuela la chapuza de anunciar para justificar. Una de las protagonistas avisa de que podría estar muerta, de que todo podría estar grabado anteriormente. Stone se excusa de esa forma tan ramplona cuando sabe que lo que va a contar no es creíble. Porque la diferencia entre lo increíble y lo que nunca puede pasar está más que clara.  Lo increíble pudiera estar ocurriendo en cualquier lugar del mundo, pero en manos de un narrador se hace imposible. Lo que nunca podría llegar a pasar es eso que aun siendo imposible nos lo tragamos sin rechistar (piensen en una película de ciencia ficción, por ejemplo).
El guión es irregular y tiende a explicarse a sí mismo con parches y elipsis que no funcionan correctamente. Quiere ser novedoso cuando, en realidad, es un libreto clásico en su estructura. Hace aguas muy pronto a pesar de los intentos alocados del realizador cuando introduce escenas terribles como si fueran cortinas de humo que, por supuesto, nadie se traga. Llega de la adaptación de la novela de Don Winslow en la que el propio director colabora. No he leído esa novela aunque si los personajes que se construyen en ella son tan estereotipados y la trama tan desastrosa como la de la película no lo haré nunca.
Las interpretaciones son tan desastrosas como los personajes. Benicio del Toro está fatal. Taylor Kitsch está ramplón. Aaron Taylor Más que mediocre. Y John Travolta debería avergonzarse con la calamidad de trabajo que deja sobre la mesa. Lo de Blake Lively no merece calificativo alguno. Francamente, un desperdicio de talento (de lo poco que hay o queda en el elenco).
El montaje de la película se llena de momentos ridículos. No sabría explicar por qué alguien hace algo parecido. Elipsis que son saltos en el tiempo buscando rescate en la siguiente secuencia, rupturas que no dan ritmo narrativo alguno. Otro desastre.
Se libra de la quema el equipo de maquillaje. Y la banda sonora que es prestada, claro.
En la película hay dos finales. Impresionante por malo el primero. Lamentable por malo el segundo. Un intento de arrimarse al cine de Tarantino por parte del realizador que se queda en un chiste de mal gusto.
Y, por si era poco, la entrada cuesta una cantidad que destrozará el negocio sin tardar mucho.
En fin, un auténtico desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


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