oct 28 2012

Hotel Transilvania: Drácula reducido a la nada

Hace años que la cosa se ha convertido, si hablamos del cine de animación siendo una propuesta familiar, en los niños se tragan todo y da lo mismo, así que hagamos más llevadero a los padres lo de ir al cine a ver una de pequeños. Algo que, inevitablemente, nos lleva por un camino justito de ideas, un par de golpes graciosos, una técnica deslumbrante y poco más.
Hotel Transilvania es una película del montón. Genndy Tartakovsky, el director, amontona una cantidad improbable de escenas, las suelta a la velocidad del sonido y listo. Eso está muy bien aunque no logra tapar las carencias del guión, la eliminación de los personajes que se convierten en imágenes sin gran contenido y un vacío importante en el espectador que quiere ver cine aunque vaya acompañado de los niños.
La idea no es mala, pero la resolución se deja detrás lo fundamental. Esa acumulación de personajes reconocibles y tan llenos de sentido debería haberse convertido en una mina. Salvo un par de detalles todo se queda en una superficie insulsa.
Técnicamente, la película es fantástica. A eso no se le puede poner una sola pega. Aunque el mérito, sea lo que sea que se haga, comienza a ser irrelevante dado el nivel que la informática ha proporcionado a los profesionales de la animación. Sin perfección técnica, hoy, estás acabado.
No falla. Si el guión lo firma un batalló, malo. En este caso son Kevin Hagerman, Dan Hagerman, Todd Durham, Peter Baynham y Robert Smigel los que lo hacen. Mucho arroz para tan poco pollo. Simple, ramplón y, en algún momento, excesivo para los niños por pesado y, al mismo tiempo, excesivo para los padres por pretencioso.
La música, un ingrediente clásico y necesario en la animación y en una película de estas características que busca el triunfo, es un pequeño desastre. Busca más el lado cómico de los personajes que otra cosa. Como el guión. Y eso reduce a esos personajes a casi nada.
Si hay que destacar algo es el cambio en el ritmo narrativo que se produce mientras los monstruos juegan al bingo. Un golpe efectivo que funciona muy bien. El resto, como ya adelantaba antes, se cuenta a ritmo de locos, casi sin sentido.
La película se la tragan los niños sin inmutarse. Les parecerá divertida, seguro. Incluso a los padres que están tan hartos de hipotecas, recibos y noticias nefastas. Pero, al salir, si se piensa un poco sobre lo que se ha visto, la cosa se derrumba con facilidad pasmosa.
Estoy deseando que alguien ponga orden en el mundo de la animación, que alguien entienda que se puede hacer una gran taquilla con un poquito de hondura. Que alguien haga algo, hombre.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2012

Redención (Tyrannosaur): Animales

La propuesta de Paddy Considine, director y guionista, está clara. Explora y nos arrastra en el intento. La mugre y sus aledaños son el escenario. Los protagonistas, todos nosotros. Nuestra parte más animal, esa que sólo tiene una capacidad limitada para asumir la humillación, esa que explota en violencia descontrolada.
No plantea un guión pretencioso, ni novedoso, ni rebuscado. Es más, se trata de una trama bastante corriente. Pero los ingredientes con los que aliña el asunto son enormes, monumentales. Redención es una película difícil de ver. Arruga al más bravucón de los espectadores. Por su conjunto, por lo bien contado que está hasta el último de los detalles.
Peter Mullan arrasa todo lo que encuentra en su camino interpretativo. Fantástico. Aporta una credibilidad fuera de lo normal. Por cierto, ni se les ocurra ver la película doblada. Esta es de las que hay que ver en versión original. Encarna el personaje de un hombre alcohólico, viudo, amargado, arrepentido, conocedor de lo que tiene en las bodegas propias, es decir, que sabe lo repugnante que puede llegar a ser una mala persona. Le acompaña, en el otro papel protagonista, una sorprendente Olivia Colman. Nueva por estas tierras del cine, pone patas arriba todo lo que toca. Está espléndida en su papel.
La película no es que sea una maravillosa muestra de lo que debe ser una película de cine. Tan sólo, es correcta. Pero las interpretaciones son fabulosas.
La banda sonora es impecable. Acústica. Y las letras de las canciones profundas, elegidas de maravilla. Suena la música de forma precisa, ni antes ni después.
El guión, sin ser nada del otro mundo, presenta una cualidad maravillosa. Y es que se salpica de frases demoledoras, inteligentes; frases que mueven la acción en dirección correcta.
Ahora bien, risas, lo que se dice risas, ni una. Redención es una película durísima, inquietante, dolorosa. La pantalla se llena de grises, de tonos sepia, de luces que apagan la imagen o enloquecen cualquier atención prestada en los momentos de conflicto. Es una bajada a la bodega de los personajes. Ellos, los espectadores, todos juntos para ahogarse entre la miseria.
Es una de las películas que más me han emocionado en los últimos tiempos. Es una de las películas que volveré a ver pronto para descubrir los matices que se quedaron aislados. Es una obra de cine independiente que muchos deberían ver para poder comparar con la gran cantidad de trabajos que llegan con fama de extraordinarios siendo mediocres.
No se la pierdan. Es impresionante.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 27 2012

El cazador: Promesas por cumplir

En 1.978, yo tenía catorce años. Parecía algo mayor y pude entrar en el cine con uno de mis hermanos. En aquella época pedían el carnet de identidad para comprobar si habías cumplido los dieciocho años, pero hubo suerte. El hombre de la entrada miró con la ceja levantada al cortar nuestras entradas. Sólo eso.

Ese día descubrí a Robert De Niro, a Christopher Walken, a una jovencísima y bella  Meryl Streep, a John Savage con el que repetiría en Hair poco después. Descubrí el cine de un tal Michael Cimino y la música de un tal Stanley Myers. Descubrí la guerra de Vietnam, lo que supone entrar en combate, las consecuencias de hacerlo, cómo el mundo cambia para todos (los que van al frente y los que no). Pero no terminé de entender bien la película. Aquellas situaciones tan extraordinarias me cegaron lo suficiente como para que no me enterara bien de lo que me contaban. Las escenas en la selva mientras los tres amigos están detenidos y obligados a jugar a la ruleta rusa son demoledoras, la caída desde el helicóptero de Michael y Steven (esas piernas destrozadas de Steven) es espeluznante, la última parte de la película en una ciudad destrozada de la que todo el mundo quiere huir y a la que llega Michael para rescatar a su amigo es angustiosa y una de las más emotivas y tristes de la historia del cine. El horror. El verdadero horror. Salí del cine pensando que había visto una película bélica con una introducción muy larga, que lo importante eran los helicópteros, los vietnamitas acribillados a balazos, la amistad entre jóvenes, una historia de amor. Y no. Pero con catorce años creo que es normal ver así las cosas.

El Cazador narra una historia muy sencilla. Sólo puede cumplir una promesa el que conserva sus principios intactos, el que no renuncia a sí mismo ni por amor, ni por dinero, ni por su propia vida. El Cazador es la historia de una promesa por cumplir. Cuando Michael (ya de regreso a casa) comprueba que lo que dejó atrás al marchar a la guerra seguirá siendo absurdo si no viaja para hacer que vuelva su amigo, que sólo siendo ese cazador que siente ser puede librar de la muerte a Nick, cuando siente eso, no se lo piensa dos veces. Regresa a Vietnam para cumplir la promesa que le hizo a su amigo. Pero Nick, drogadicto y completamente tarado, se levanta la tapa de los sesos recordando a su amigo que morir bien es morir de un solo disparo en la cabeza. Y el mundo se queda sin esperanza. Michael pierde a su amigo, a la que podría haber sido su esposa, a sus amigos. Nada queda intacto. Ni siquiera él pensando en si está bien lo que hizo o no.

Ya sé que debería hablar de cine, pero de esta película ya han hablado (con más o menos suerte) cientos de personas. Se pueden encontrar en la red miles de páginas sobre ella. Así que prefiero hablar de mí. Ustedes me lo van a saber perdonar.

Cada vez que me acerco a la estantería y elijo esta película para ver, siento un escalofrío. Sé que voy a sufrir, que voy a ver en la pantalla muchas cosas que ya me han pasado a mí (sin guerra de por medio), que las escenas se me van a quedar dando vueltas por la cabeza los días siguientes. Novias que no pudieron ser, amigos que no pudieron ser, actos de valor que no podrán ser nunca, mil promesas sin cumplir por esto o por aquello (siempre excusas idiotas), la muerte y lo que arrastra con ella, la vida y lo que embalsa de bueno o de malo. El Cazador somos muchos, pero no podríamos hacer esa película porque nos quedaríamos a medio camino (hasta que llega lo malo, lo difícil). Llegado el momento, nos convertiríamos en lo que realmente hemos querido ser. En todo menos en protagonistas de bellas historias envueltas en terror.

Siempre me ha gustado verme reflejado en los héroes de las películas (como a todo hijo de vecino). Casi siempre lo he conseguido aunque fuera inventando una vida lejana. En este caso no he sido capaz nunca salvo cuando tuve catorce años. Cuando creía ver otra cosa que no estaba. Por eso debe ser que esta película es una de mis tres preferidas.

Si quieren saber algo sobre la película busquen en libros o en la red. Esta vez, aquí sólo me encontrarán a mí. Una pérdida de tiempo total.

© Del texto: Nirek Sabal
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oct 24 2012

El gran Lebowski: Mierda

Si es verdad que la vida es una mierda y si es verdad que estamos de paso en este mundo y nada más, el ministro de cultura debería considerar (seriamente) la posibilidad de hacer obligatoria una nueva asignatura. Los planes de estudio se deberían reducir a eso. Una asignatura única.

Propongo que se llame “Esto es una mierda, yo soy una mierda, y tú lo eres también” o “Vivo en un mundo de mierda, pero no pasa nada porque es lo que hay y no merece la pena quejarse” o “No disfraces este mundo de mierda con ropa de marca de mierda porque no te libras ni de coña”. Nada de libro de texto. Que va. La segunda propuesta es que el alumno se siente tranquilamente, vestido como le dé la gana y, si es su deseo, sin ducharse. Que parezca una auténtica mierda (él). Tercera y última propuesta: ver la película El gran Lebowski tantas veces como sea necesario hasta que entienda lo que le están contando.

Con todo esto garantizaríamos que el alumno aprendiera a tomarse las cosas con tranquilidad, con humor y con la perspectiva de lo efímero (lo estoy diciendo completamente en serio).

Jeff Bridges y John Goodman son los protagonistas de esta película. El primero está muy bien en su papel. Goodman, sencillamente, inolvidable. La trama es una delicia. Los hermanos Coen deberían ser canonizados. Ah, y la señora Julianne Moore una cosa fuera de lo normal. Nunca pensé que podría gustarme una pelirroja.

Quiero ser un tirado como Lebowski, quiero ver las cosas como las ve él, quiero que me importe todo una enorme y maravillosa mierda. Y quiero que mis hijos estudien una asignatura, una sola, que podría llamarse (también) “Bah, si la voy a palmar antes o después, paso de preocuparme, joder”. Y ya está. Si les parece poco lo que digo pidan a la señora Noire que escriba su propio artículo. Yo, ahora mismo, fumando droga y bebiendo, no doy para más. Y, la verdad, me importa un huevo lo que piensen de mí. Qué genial esto del gran Lebowski.

© Del Texto: Nirek Sabal

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oct 16 2012

Lo imposible: Un tsunami lacrimógeno

La línea que separa lo emotivo de lo lacrimógeno es muy fina. Y dar un paso en falso entrando de lleno es lo prescindible, cuando se habla de esos asuntos, es un error garrafal.
Si dijera que Lo imposible es una mala película estaría exagerando sus defectos. Si dijera que es una obra excelente estaría siguiendo la estela de una campaña de marketing muy exagerada. Porque Lo imposible es una película más y no pasando mucho tiempo quedará por debajo de las obras maestras que es donde debe estar. Aunque arrase en taquilla durante las próximas semanas.
Desde el principio el director deja bien claro, por escrito y en pantalla, que la historia que va a contar es una historia verdadera. Lo cierto es que si este guión fuera producto de la imaginación de un autor cualquiera nadie la tomaría en serio, no sería creíble. Es un auténtico disparate. Pero lo cierto es que eso pasó y la actitud del espectador es asumir lo que le echen sin rechistar. De aquí llega el título. Y es al principio cuando la película tiene más fuerza. Narrativamente potente, con un ritmo que hace aumentar la tensión con rapidez hasta remover en el asiento a todos, parca en diálogos aunque suficiente. Pero a partir de las escenas del tsunami (muy bien rodadas y tratadas digitalmente con esmero) la cosa va derivando hacia el drama de una familia que podría contarse en otro ámbito, en otro momento, sin que se modificase nada de lo esencial. La emoción, la conmoción deja espacio a la lágrima fácil; los silencios de los personajes que se sustituyen con un sonido aterrador dejan paso a frases vacías y traídas por los pelos. Es la imagen, la zona visual la que mantiene algo elevado el nivel del conjunto. Todo esto se acompaña con una banda sonora fallida. No puede ser que un trabajo que aspira a ser algo grande utilice la música para que llores más, para que te fijes más, para que si no te emocionas con la historia te emociones por narices. Todo un arranque potente e inquietante se va diluyendo en nada.
Tom Holland es el joven actor que arrastra todo el peso interpretativo de la película. No lo hace nada mal. En este caso concreto, el director Juan Antonio Bayona, hace un trabajo sobresaliente con el actor. Naomi Watts y Ewan McGregor están más discretos. No es que parezcan aburridos, pero tampoco destacan de forma especial. Es verdad que el papel de Naomi Watts era difícil ya que estar metida en el agua para actuar es siempre desagradable y dificultoso. Eso es verdad aunque no puede servir de excusa para defender el papel de forma justita. Lo emocionante no viene de las interpretaciones. Llega desde un clima que el director logra muy bien en el primer tramo de película; cuando nada es exagerado ni buscado de forma artificial.
Los que sí tienen gran mérito son los técnicos de sonido, los técnicos de efectos especiales y visuales, los peluqueros y los maquilladores. Su trabajo es excelente sin paliativos y huele a lluvia de premios.
Lo imposible es una buena película. Muy entretenida. Pero con demasiados peros. Algún día, su director se arrepentirá de haber cedido ante las ganas de hacer taquilla. Tenía un diamante entre las manos y con tanta congoja lo ha dejado caer.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 16 2012

Los idus de marzo

Es una pena enfrentarse a películas que, pudiendo ser extraordinarias, se quedan en buenos trabajos. Es una pena que los riesgos que asumen algunos sean justitos. Es una pena que Los idus de marzo se quede a mitad de camino porque podría haber sido un peliculón y no llega a tanto. No podría decirse que es un propuesta fallida aunque está a punto de serlo.
Por supuesto, todo el problema llega del guión que hace aguas y esconde mucho menos de lo que, incluso el que lo escribió (el propio George Clooney), pudiera llegar a pensarse. Hay un momento de la película en el que se podría creer que Clooney va a por todas, pero no. Una lástima.
Eso sí, la factura es impecable. Una puesta en escena sobria, elegante y sin altibajos. El director deja todo en manos de los interpretes, de un buen montaje, de un operador de cámara cuidadoso y de su intuición como actor que es. En este sentido no se puede pedir más de lo que se recibe.
Todo el elenco está a la altura de las circunstancias. Entre otras cosas, porque el casting debió ser cuidadoso y, desde luego, acertado. Soy de los que piensa que teniendo un físico adecuado todo es más fácil. Y no me refiero a bellezas sino a la encarnación exacta del personaje.
Ryan Gosling defiende su personaje con credibilidad, con facilidad. Y parece disfrutar con lo que hace de principio a fin. Lo mismo sucede con Philip Seymour Hoffman, con la guapísima Evan Rachel Wood, Paul Giamatti (en su papel bastante secundario) o el mismo George Clooney.
Partiendo de aquí, de lo buena película que es desde el punto de vista técnico, la pregunta obligada es ¿qué quieren decirnos, logran decirnos lo que quieren? Aquí radica el problema porque lo que dicen ya estaba contado antes y muchas veces y desde un punto de vista parecido. Y porque el mensaje no deja de ser difuso al igual que el cierre de la trama propuesto por Clooney. Un final que pudiera parecer abierto aunque no lo es tanto puesto que los personajes se dibujan durante toda la película para que podamos intuir un solo desenlace. Además de ser algo previsible, el guión se desbarata con una subtrama que desordena toda la propuesta y la descompone para quedarse en tierra de nadie. Es estéril absolutamente. Me refiero al asunto de la becaria.
Si esta película se hubiese rodado hace algunos años el impacto hubiera sido demoledor. Hoy, no.
Habrá que quedarse con la sobriedad e inteligencia de Clooney. Habra que esperar a la próxima. A ver si arriesga algo más.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 14 2012

Frankenweenie: Un homenaje a los monstruos de siempre

Elegantemente triste. Técnicamente justa. La película de Tim Burton funciona como un enorme y exquisito tributo al cine de terror de todos los tiempos y se centra en la trama y en ese homenaje dejando los detalles técnicos en manos de la normalidad. Y no es malo. Ya está bien de tanto ordenador y de tanto 3D a costa de lo esencial del cine. Y lo esencial del cine es el espectáculo, la emoción.
En la película está Igor, los Gremlins, Vincent Price, Gozzilla, Frankenstein (por supuesto), los cementerios de siempre, la candidez de los monstruos, el terror a lo desconocido. Está todo lo que el cine de terror clásico ha ido dejando en la retina de millones de personas.
Burton consigue una historia estupenda que nos hace reír y nos hace llorar; nos hace imaginar y nos pega a una realidad que soporta todo lo necesario para que podamos seguir acudiendo a una sala de cine llena de magia.
Después de sus últimos trabajos, Burton consigue levantar la cabeza y ponerla a funcionar. Falta le hacía porque la cosa se estaba poniendo difícil incluso para sus admiradores más apegados. Con un blanco y negro acertado (artísticamente la película apestaba a esa falta de colores), una animación sencilla aunque suficiente y un guión notable, el realizador nos hace recorrer sentimientos, vivencias e imaginaciones que todos tuvimos alguna vez. Bien en el cine, bien escribiendo, bien dejando la mente libre para que llegara hasta donde quisiera.
Todo se convierte en una enorme máquina de hacer terror. Tan falso como la verdad del cine siempre nos ha permitido. Y concluye con un mensaje de exquisita relevancia: Nada es posible en este mundo si no se le echa amor al asunto. Un mensaje simple. Eso sí, nos lleva hasta ese territorio a través de una especie de montaña rusa que pasa por el susto del personaje, por la alegría, por la amargura, por el terror. Subidas y bajadas rápidas y eficaces que terminan haciendo sonreír a cualquiera, llorar a cualquiera, también.
El guión es espléndido. Deja atrás todo formalismo y todo maquillaje narrativo innecesario para centrarse en lo importante, en que los personajes vayan creciendo sin pausa. La música es espléndida por lo que matiza la acción. Tal vez la partitura por su cuenta sea algo sosa, pero en el conjunto de la película funciona a la perfección. El montaje exacto. Todo bien en este trabajo.
Es una película que pueden ver los más pequeños porque el terror que llega no es tal. Pero la tristeza sí es eso, tristeza. Más de uno puede salir llorando como una magdalena de la sala de proyección. El universo de Burton es así. Ni un final feliz es capaz de alegrar a nadie después de un baño de tristeza tan clamoroso. Aunque está muy bien que todos sepamos que al cine se va a eso, a emocionarse, a pensar tras la película, a vivir entornos tan desconocidos como familiares al mismo tiempo. Una opción estupenda para una tarde de otoño.
© Del Texto: Nirek Sabal


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oct 12 2012

Salvajes: Haciendo aguas y trampas

La lógica interna de las cosas es lo que hace que esas cosas funcionen. Para orgullo de todos o para formar parte de la nómina de la infamia. Pero hace que funcionen.
Esta es la propuesta que Oliver Stone nos presenta en su último trabajo, Salvajes. Pero lo hace desde lo inverosímil, desde una crueldad, muchas veces, gratuita; desde trampas narrativas de principiante. Me temo que él lo sabe. Por ello, desde el principio, trata de cubrirse las espaldas anunciando un punto de vista que podría llegar a ser imposible aunque no cuela la chapuza de anunciar para justificar. Una de las protagonistas avisa de que podría estar muerta, de que todo podría estar grabado anteriormente. Stone se excusa de esa forma tan ramplona cuando sabe que lo que va a contar no es creíble. Porque la diferencia entre lo increíble y lo que nunca puede pasar está más que clara.  Lo increíble pudiera estar ocurriendo en cualquier lugar del mundo, pero en manos de un narrador se hace imposible. Lo que nunca podría llegar a pasar es eso que aun siendo imposible nos lo tragamos sin rechistar (piensen en una película de ciencia ficción, por ejemplo).
El guión es irregular y tiende a explicarse a sí mismo con parches y elipsis que no funcionan correctamente. Quiere ser novedoso cuando, en realidad, es un libreto clásico en su estructura. Hace aguas muy pronto a pesar de los intentos alocados del realizador cuando introduce escenas terribles como si fueran cortinas de humo que, por supuesto, nadie se traga. Llega de la adaptación de la novela de Don Winslow en la que el propio director colabora. No he leído esa novela aunque si los personajes que se construyen en ella son tan estereotipados y la trama tan desastrosa como la de la película no lo haré nunca.
Las interpretaciones son tan desastrosas como los personajes. Benicio del Toro está fatal. Taylor Kitsch está ramplón. Aaron Taylor Más que mediocre. Y John Travolta debería avergonzarse con la calamidad de trabajo que deja sobre la mesa. Lo de Blake Lively no merece calificativo alguno. Francamente, un desperdicio de talento (de lo poco que hay o queda en el elenco).
El montaje de la película se llena de momentos ridículos. No sabría explicar por qué alguien hace algo parecido. Elipsis que son saltos en el tiempo buscando rescate en la siguiente secuencia, rupturas que no dan ritmo narrativo alguno. Otro desastre.
Se libra de la quema el equipo de maquillaje. Y la banda sonora que es prestada, claro.
En la película hay dos finales. Impresionante por malo el primero. Lamentable por malo el segundo. Un intento de arrimarse al cine de Tarantino por parte del realizador que se queda en un chiste de mal gusto.
Y, por si era poco, la entrada cuesta una cantidad que destrozará el negocio sin tardar mucho.
En fin, un auténtico desastre.
© Del Texto: Nirek Sabal


oct 1 2012

Brave: Nada nuevo

Brave es la última producción de la factoría Disney-Pixar. Y, francamente, se la podrían haber ahorrado y nadie hubiera notado la diferencia. Brenda Chapman, Irene Mecchi, Steve Purcell y Mark Andrews, los guionistas, debieron entender al recibir el encargo que el trabajo consistía en mover mucho las animaciones, introducir algún villano o peligro horrible y que la cosa acabara en final feliz. Debió ser algo así porque, de otro modo, la cosa se hace inexplicable. Los diálogos son pésimos. Que la película sea para los niños no significa que deba ser una parida. No son tontos; son pequeños, pero no son tontos. La trama está forzada desde el principio. Es imposible saber en qué consiste la propuesta. Como en cualquier película, el guión es fundamental.
Técnicamente es estupenda como todo lo que se hace ahora utilizando un ordenador. Sin embargo, eso que fue más que suficiente en su momento ya no cuela.
Cuando en una sala de proyección llena de niños faltan las risas, mal asunto. Salvo que esté en un error, tan sólo se escucharon cuando los personajes aparecieron en cueros. Ya saben ustedes que los pequeños eso lo agradecen mucho. Cuando en una sala de proyección los adultos que acompañan a los niños están locos por levantarse, malo también.
Los personajes son simpáticos. Un padre feroz cuando toca y amoroso siempre, una madre mandona y estirada con buen corazón, unos hermanos que parecen peluches, un montón de guerreros que viven para repartir leña, una bruja que no es mala del todo y la protagonista, Mérida, que abandera esa igualdad que tanto deseamos entre hombres y mujeres. Pero sólo son eso, simpáticos. La profundidad (un mínimo debe tener un personaje aunque sea para el público menudo) no existe. La gran evolución que sufren los principales es que modifican su punto de vista respecto del mundo tras una experiencia traumática. Menuda cosa.
En fin, nada nuevo en el mundo de la animación. Una película completamente prescindible que no pasará a la historia, ni será un clásico de los dibujos animados. Por mucho ordenador y mucho marketing que se le eche al asunto.
© Del Texto: Nirek Sabal.


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