Boris Godunov: Un símbolo de la grandeza reducido a objetos vacíos

Que Boris Godunov es una obra maestra de la ópera no es ningún descubrimiento. Los que han tenido la oportunidad de asistir a cualquiera de las representaciones de la obra de Mussorgski ya lo saben. Y los que lo hagan a partir de ahora tendrán la sensación se asistir a un espectáculo deslumbrante.
Mussorgki busca entre la grandeza, entre la estructura del poder, entre la separación del estado y las cosas de Dios, entre los amores que esconden grandes tragedias y grandes estrategias, entre lo que representa un pueblo para sí mismo. Y consigue plantear todo ello desde una exquisita música, un libreto muy completo y la explicación de un momento de la historia de Rusia que coloca los elementos necesarios para que todo sea universal. Pero esto ya está dicho otras veces si no de esta forma de cualquier otra distinta. Una ópera excelente lo es y no son necesarias más explicaciones.
Se ha estrenado en el Teatro Real de Madrid la versión de 1872 que incluye la escena de la catedral de San Basilio 1869. Y, francamente, es difícil de entender esta nueva producción. Johan Simons presenta una propuesta que intenta llenar de simbolismo cada objeto, cada elemento teatral, pero que convierte en un galimatias lo que el espectador está viendo. Ni es acertado llevar la escena a la Rusia soviética, ni es acertado intentar que lo que cuenta Mussorgki sea perenne en la historia de un pueblo tenga un coste estratosférico o no. Todo lo universal y grandioso se queda en un limbo que nadie puede alcanzar viendo algo así. Es posible que este efecto buscado por Simons se pueda conseguir aunque el camino es otro bien distinto.
Viendo la representacón, podríamos pensar que allí no está pasando nada. Excesiva la quietud de personajes, del decorado, del concepto general de lo que nos proponen. Eso sí, de vez en cuando, los coros (de una importancia altísima en esta ópera) comienzan a invadir el escenario de forma caótica o a dejarlos de forma más desastrosa si cabe. Algo molesto para la vista y para el oído que intenta separar la fabulosa música de tanto alboroto. Aunque lo peor es que todo ello es inservible puesto que no aporta nada a la representación. Por supuesto, la gran pena es que lo que nos cuenta Mussorgki se va diluyendo entre un tedio que llega terco. El resultado de la representación es irregular como lo es la carrera de Simons.
Al menos, la Sinfónica de Madrid estuvo estupenda en manos de Hartmut Haenchen que se mostró sólido. Y los coros (cada día más maduros y mejor dirigidos) a pesar de tener que correr una maratón estuvieron a un nivel más que notable.
Salvo el bajo Dmitry Ulyanov, el resto del reparto andan justos de voz. Concretamente, Michael König debería plantearse con seriedad su trabajo (sus problemas de afinación y un gallo clamoroso en el ensayo general ya lo dijeron todo). También irregular el asunto de las voces.
Eso sí, hablamos de Boris Godunov. Una de las mejores óperas de todos los tiempos. Y eso es siempre un atractivo añadido.
© Del Texto: Nirek Sabal



2 Respuestas en “Boris Godunov: Un símbolo de la grandeza reducido a objetos vacíos”

  • MrDevereux ha escrito:

    Wernicke????????

  • admin ha escrito:

    Cosas de las correcciones. Se quedó en lugar del nombre del buen Simons. Herbert Wernicke aparecía en el texto original para hacer referencia a una producción suya de los años 90 que, evidentemente, desapareció al final (entre otras cosas porque algún colega ya lo menciona en su artículo y no queríamos repetir).
    Muchas gracias por la corrección.