Elefante Blanco: Una tarde de verano en el cine

Esta misma semana fui al cine, a última hora de la tarde de un modo inesperado porque me temía que pasara lo que ha pasado. Me explico, hace apenas unos diez días, en una sala de cine cercana a casa proyectaron como estreno Elefante blanco. El reclamo por el plantel de actores, Ricardo Darín y Jérémie Renier, vaticinaban un medio lleno de sala (medio, porque estamos en agosto y, como todo el mundo sabe, en verano son pocos los que escogen pasar la tarde metidos en un sitio cerrado y a oscuras). Nada más comenzar la película, de la que había leído muy poco (prefería ir completamente virgen a verla) supe que ese medio lleno de esa minúscula sala, no soportaría, lamentablemente, mantener en cartel aquella película. La historia que relata marginación; enfrentamiento a los propios miedos, al cansancio y la desesperación, en una época de calor, de terracitas y despreocupación veraniega (pese a la crisis); no iba a aguantar más de quince días. Y efectivamente, ayer, volviendo a casa pude comprobar cómo mis presagios no fueron equivocados, en cartelera reza una comedia ligera que alegrará a todo el mundo durante todo lo que resta del mes de agosto.
La película de Pablo Trapero nos pone frente al drama social de los barrios marginales de Buenos Aires, las Villas, en los que convive con la miseria, la droga, la más exacerbada de las violencias, la sin razón y la desesperanza, junto con la labor de los que desde el convencimiento personal trabajan, aún a costa de lo propio, del enfrentamiento personal, contra un sistema demoledor que tiende a olvidar a lo más denostado de la sociedad, apartándolo y arrinconándolos donde no molesten, tras la maquinaria de un Estado que los abandona.
El elefante blanco, un edificio faraónico, que ninguno de los sucesivos gobiernos argentinos terminaron, convirtiendo el proyecto de lo que tenía que ser el hospital más grande de toda Sudamérica, en una mole abandonada a medio construir, donde viven, entre la mugre y la miseria, los que no tienen nada, es una auténtica metáfora del sistema.
La película, pese a ser a una narrativa brillante, una puesta en escena brutal, una música excepcional de Michael Nyman, no va a tener el éxito cinematográfico que merece. Una verdadera pena. Puede que la falta de éxito radique en que la gente está saturada de miseria, de problemas y damas, puede que algunos no comprendan que lo de menos sea que sus protagonistas sean dos sacerdotes católicos Nicolás (Jeremie Renier) y Julián (Ricardo Darín) y una trabajadora social (Martina Gusman), pero existe mucho sectarismo aún y todo lo que huele a iglesia, en estos tiempos que corren, repele, en ocasiones, como ésta, injustamente. Porque lo que realmente importa de los personajes que nos muestra Trapero, su acierto, es la manera en que los coloca a ambos frente al gran drama social; unos personajes que arrastran sus propios demonios, con sus culpas y desvelos personales (como los que puede arrastrar cualquier ser humano), que batallan como David contra Goliat, chocando constantemente contra una pared, contra un sistema que oprime y abandona a los más desfavorecidos.
Una película dura en extremo, en la que la desolación no abandona ni un segundo al espectador. La desesperanza, la inutilidad del esfuerzo, el riesgo de la propia vida. El contrasentido de vivir en el puro lodazal de la inmundicia humana en busca de una brizna de esperanza que cuando empieza a crecer muere aplastada todo eso transmitido a través de desgarradoras imágenes que necesitan de muy pocas palabras.
Una película fantástica de las de verdad, arriesgada, pero buena. Por eso no triunfará, seguro.
© Del Texto: Anita Noire


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